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23/10/2017

Ni el diálogo cívico ni la protesta pacífica son opciones contra el totalitarismo

  • Gerardo E. Martínez-Solanas
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«Los derechos se toman, no se piden;
se arrancan, no se mendigan.
»
José Martí.

He sido de los que durante muchos años hemos abogado por la solución pacífica de los conflictos, aspirando a que pueda lograrse en un ambiente de civismo, negociación y transacción.

Al hablar de conflictos podemos pensar en situaciones como las que presenciamos en Siria cuando manifestantes pacíficos salían en masa a las calles para reclamar la renuncia del dictador, o en el escenario árabe-israelí que mantiene constantemente a esa región al borde de la guerra, o en el techo del mundo, donde el Tíbet se ve colonizado violentamente por la arrolladora presencia china.  Pero no hay que ir tan lejos, porque nuestro continente presencia situaciones de brutal fuerza dictatorial en Nicaragua, Venezuela y Cuba. En estos tres países se ha intentado la solución pacífica y la negociación cívica. Los resultados están a la vista. En Nicaragua impera una dictadura caciquista que ha superado los excesos del antiguo dictador Somoza. En Cuba continúan los mismos que aún sobreviven al cabo de 58 años de dictadura y hay toda una nueva generación de pichones de dictador esperando su turno para seguir entronizando la tiranía.

Por su parte, los Venezolanos han dado muestras durante los últimos años de su cultura cívica y política, aspirando a la salida democrática y electoral, pero chocando primero con burdas trampas en los empadronamientos y las urnas, con manejos que violan la propia constitución impuesta por el chavismo para lograr el control del poder y, finalmente, ante la masiva protesta popular por tantos desmanes, tanta corrupción y tanto desgobierno, sufriendo una cruel represión que ha causado innumerables muertos y heridos hasta provocar un caos social que prácticamente ha paralizado la nación durante los últimos meses.

Ni se diga del caso de Cuba, que tras la sangrienta represión de los años 60 y el éxodo de millones de sus ciudadanos, que no ha cesado hasta nuestros días, la dictadura no tiene intención ni la ha tenido nunca de permitir una salida negociada hacia la democracia. Ha logrado sojuzgar a su pueblo a sangre y fuego y ha acabado dominádolo con un estricto totalitarismo de corte mafioso.

Pero hoy, 4 de agosto de 2017, en pleno siglo XXI y a pesar de estos trágicos ejemplos de la historia reciente, el pueblo venezolano ve con horror cómo la dictadura establece también el régimen totalitario en tierra de Bolívar mediante la destitución sumaria del Poder Legislativo y el desalojo violento de los diputados electos por el pueblo del recinto de la Asamblea Nacional.

Ante estos trágicos hechos, ante la perpetuación del fidelismo y el raulismo en Cuba, ante la entronización del caciquismo en Nicaragua, ¿cómo podemos seguir soñando con soluciones pacíficas? Ante un agresor salvaje y cruel NO hay soluciones pacíficas. Y ante el pusilánime argumento de que un levantamiento para derrocar a una dictadura dejaría un alto y cruento saldo de vidas cercenadas, cabe preguntar: ¿cuántas vidas más quedarán cercenadas en un futuro cruel y desesperanzador bajo una prolongada tiranía totalitaria? ¡Muchas más! ¡Décadas enteras de tragedia interminable! Las manifestaciones pacíficas en Venezuela han arrojado más de 130 muertos y miles de heridos hasta desembocar en una especie de guerrilla caótica, una especie de intifada venezolana, en el que la población se enfrenta con piedras y palos a la policía y el ejército, que tiene órdenes de matar antes que permitir que los manifestantes protesten en paz y exijan sus derechos ciudadanos.

Cuando en Venezuela hace pocos meses llenaban las calles un millón de venezolanos en manifestación de protesta, ya sabían que se enfrentaban a una dictadura, ya sabían que los que hurtaban el poder no estaban dispuestos a negociar, ya sabían que se negaban a hacer elecciones limpias y debidamente supervisadas, pero optaron por la protesta cívica y por resistir a costa de un saldo trágico de muertos y heridos la represión. Esa obsesión por una "solución pacífica" imposible no evitó el derramamiento de sangre sino que lo ha prolongado y, si la tiranía persiste, se extendrá a muchos miles más.

Hace ya más de dos años que este trágico resultado podía pronosticarse sin necesidad de ser profeta para anticiparlo. Por eso publiqué "La Toma de la Bastilla en Venezuela"  el 15 de febrero de 2014, un artículo que con dolor de mi corazón inicié con estas palabras: «Hay momentos en la historia en que los que defendemos la solución de los conflictos por medios pacíficos no encontramos otra alternativa que proceder a la "toma de la Bastilla".» Entonces se había reprimido «con balas, palos, culatazos, encarcelamientos y torturas» una manifestación estudiantil y el pueblo había salido en masa a "protestar", solamente a "protestar", y clamé que «en estas circunstancias la "Toma de la Bastilla" en Venezuela es la única opción lógica. Lo fue para los franceses en el siglo XVIII y lo es ahora para los venezolanos. Pese a todas las terribles secuelas de la guerra y de la violencia, nadie se arrepiente hoy de la toma de la Bastilla ni tampoco, en otro escenario, de la asoladora guerra que aplastó a Hitler y Mussolini.»

Más recientemente, cuando Pedro Pérez Castro proclamó "¡Victoria en Caracas!" el 2 de La fugaz "Toma de Caracas" reunió a un millón de venezolanosLa fugaz "Toma de Caracas" reunió a un millón de venezolanosseptiembre de 2016, tuve que contestarle con mucho pesar que: «Han pasado dos años y medio y la opinión pública venezolana claramente aspira a un cambio de gobierno. El pueblo, en corriente abundantemente mayoritaria, ha intentado y sigue intentando todos los medios legales y pacíficos para lograrlo mediante un proceso democrático.» Pero le subrayaba que: «Lastimosamente, "La Toma de Caracas" no se ha parecido en nada a "La Toma de la Bastilla". Ha sido mucho más masiva, pero también mucho más pacífica. Encierra una esperanza legítima de armonía nacional en democracia. Aspira a apaciguar a los cancerberos del régimen y a convencer al dictador que abra el puño represor para dar paso a un proceso cívico nacional.» Así resultó que "La Toma de Caracas" fue un fugaz espejismo de vanas esperanzas. Por lo que volví a insistir en que la única salida era aprovechar esa enorme masa ciudadana en las calles de Caracas para arrollar la barrera de represores y sacar del poder de una vez al tirano y a sus testaferros.

Esta es una solución sangrienta y lamentable, pero la única que puede evitar a estas alturas de la historia que las futuras generaciones se vean aplastadas a sangre y fuego y los rebeldes que queden no tengan más opción que emigrar y alejarse permanentemente de su patria.  

En este fin de semana crucial se decidirán los destinos de Venezuela.