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La Plantain Democracy invade el Capitolio 07 Ene 2021 18:24 #11537

  • Miguel Saludes
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Día desastroso, nefasto, lamentable, bochornoso, preocupante… son algunas de las palabras con las que muchos testigos expresaron sus sentimientos por los hechos ocurridos este 6 de enero en Washington. Las imágenes transmitidas en directo por los medios desplegados en la capital federal para cubrir el debate y la certificación de la victoria de Joe Biden, resultan inéditas. La mayoría coincide en mostrar como esta “toma del Capitolio” por fanáticos seguidores de Trump resultó un acto vergonzoso, atentatorio contra la democracia norteamericana. 

El asalto a que fuera sometida la Casa de los Representantes del Pueblo estadounidense resultó una mala reproducción de esas movidas totalitarias en el esfuerzo de tomar el poder a cualquier precio. Lo ocurrido no es obra de un arranque espontaneo. Desde hace meses Trump viene alentando este tipo de reacciones. Para ello se ha servido de la repetición de una falsedad para hacerla creíble, hasta el punto de convertirla en una verdad irrefutable. Ella ha servido de argumento y preámbulo a la jornada de la que el mundo fue testigo. Gente armada, enfrentando a las autoridades, vandalizando y violentando los accesos al recinto, corriendo por los salones legislativos, violando documentos y en poses de piratas que se ufanan del botín conquistado. Un acto que al menos ha cobrado cuatro vidas y varios heridos. Un hecho similar, incluso peor por el grado de gravedad que le concierne, a los ocurridos en diferentes ciudades norteamericanas el pasado año. 

Algo que no debe pasar por alto es la manera en que los invasores tomaron con cierta facilidad el control del hemiciclo poniendo en peligro la seguridad de congresistas, senadores y personal destacado en el lugar. Cabe preguntarse si existía un exceso de confianza o se trató simplemente de pasividad ante las características de los que cometieron el delito, mayoritariamente blancos norteamericanos, incondicionales seguidores de Donald Trump. Qué hubiera pasado si esta identidad, o bajo a la sombra de ella, hubiera servido para escudar otro objetivo y orígenes. 

Los manifestantes acudieron a Washington desde diferentes ciudades de la Unión para apoyar las alegaciones de fraude hechas por Trump. Miami llevó los suyos, muchos de ellos integrantes de la organización We The People. Según dijeron a la reportera del canal 51 estaban animados por el espíritu de una buena protesta, exigencia para que la ley se siga, que no haya trampas y porque no se puede permitir el “gran fraude” cometido contra los votantes norteamericanos en las pasadas elecciones. Opiniones que reflejan el influjo de la campaña de descredito vertida por el presidente. Pero “Güi de pipol”, en la voz de una de sus integrantes, asume en su diatriba que ellos son el pueblo. Los votantes son ellos, los votos válidos son los de ellos. Un paralelismo con otras realidades donde “el pueblo”, su voz y sus decisiones, son una atribución que solo corresponde a los que siguen las directrices del autoritarismo entronizado y forman parte integral de su círculo. Los otros, los que no comulgan, no son el “pipol”. Si acaso una gentuza sin voz ni autoridad, que no merece ser tenida en cuenta. Cualquier parecido no es casual.  

Entre los participantes o afines, entrevistados por estos hechos coinciden los matices. Los que se metieron en los umbrales de la Casa Blanca no eran del grupo leal a Trump.  Se trata de los imprescindibles contrarios (en esta ocasión los antifa) que se colaron para desmantelar la conducta pacífica de la protesta. En su defensa coinciden en apuntar que los buenos propósitos de una mayoría no pueden ser manchados por la actuación de una minoría. Y para ello no dudan en defender a quienes ellos mismos criticaron en el pasado reciente, al señalar que el uso del derecho y los buenos propósitos de una mayoría puede ser tergiversada por la actuación de minorías no representativas y elementos ajenos infiltrados.   

Hay otros hechos llamativos como las expresiones de un abogado de la campaña de Trump afirmando en un tuit-típica forma de comunicación adoptada por esta administración singular-que al vicepresidente Pence habría que someterlo a un paredón de fusilamiento. Igual los llamados de ciertos personajes del folclor local aplastando carteles alegóricos al Partido Republicano, destruyendo otros alusivos a grupos contrarios, avisando de una lucha sin cuartel con derrame de sangre incluido si el momento lo requiere.  O los ataques a manera de escraches sufridos por detractores de Trump, como le ocurrió al senador Mitt Romney confrontado por una turba trompista. ¿Trompista? Así suena ese rumbo que parece afianzarse en la democracia de Estados Unidos. Por ello ningún detalle, por anecdótico que parezca o insignificantes quienes lo promuevan, debe pasarse por alto. 

Aunque parezca inútil, es bueno mostrar la manera en que los demagogos manipulan a sus seguidores para dejarles a la deriva y hasta se lavan las manos cuando llega el momento. Fue exactamente lo que hizo Trump tras incitar a la marcha sobre el Capitolio. No apareció en el sitio para evitar los desórdenes y se limitó a enviar mensajes llamando al orden y a la retirada de los manifestantes. Su irresponsable actuación linda casi en la criminalidad. En torno al tema que sirvió de motivación a este amotinamiento antidemocrático -la alegación de un fraude colosal no verificado- se contrapone la llamada del presidente al funcionario electoral de Georgia para que diera marcha atrás a un proceso legal certificado y revocar a su favor los resultados del conteo en ese estado. En la grabación difundida ampliamente y no refutada por el mandatario, se escucha a este indicar el número preciso de votos que se necesitaría “hallar” para cambiar el panorama. Un acto de desespero que implica un serio delito de fraude in fraganti.  

El caso de las elecciones efectivamente está cerrado. La responsabilidad no es única de los vándalos. La hay en quienes de alguna manera siguieron la retórica del mandatario republicano con el afán, algo que resulta evidente, de mantener a su favor los millones de votantes que le dieron su preferencia en las urnas. Pero la mayor de todas apunta a la persona del presidente saliente. Primero por sembrar el desconcierto y la desconfianza. Después por su empecinamiento en desconocer la autoridad de las leyes e incitar al desorden y la desobediencia, retando incluso a las instituciones democráticas que él debió defender en primer lugar.  
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