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Mr. President… Caso Cerrado! 26 Dic 2020 19:33 #11528

  • Miguel Saludes
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La Jornada electoral 2020 parece haber llegado a su fin tras el arduo pugilato que sus resultados desataran. La victoria de Joe Biden y los esfuerzos del presidente Donald Trump para demostrar que la misma se debió a un “fraude masivo”, crispó los sitios noticiosos y los nervios de los que de una u otra posición seguíamos este suceso. Ciertamente no parecía que el casi octogenario candidato lograra arrebatar a un dinámico y carismático Trump la oportunidad para continuar en la Casa Blanca por un segundo período, algo de lo que aparentemente estaba seguro conseguir el republicano y sus votantes. Pero las cosas no salieron así. Meses antes escuchaba por azar un diálogo entre dos personas en Hialeah. Ambos cubanos, evidentemente seguidores de Trump, aseveraban que al presidente no le hacía falta siquiera ir a las próximas elecciones. Su continuidad estaba más que garantizada.  Una conclusión indiscutible a la distancia de cuatro meses de los comicios. 

Pero el 3 de noviembre tenía reservada sorpresas. Confieso que aquella noche me acosté temprano para evitar a mi organismo alteraciones ingratas, asumiendo la inevitabilidad de otros cuatro años bajo el actual mandato. Tendría que esperar semanas para comprobar que no siempre aquello que se da por irremediablemente perdido, lo está. Joe Biden no solo ganó el voto popular con una alta cifra, sino que sobrepasó la imprescindible marca de los estados electores, determinantes para la victoria. La diferencia, en principio reñida, se fue agrandando con el resultado en estados cuya inclinación republicana tradicional lo hacía impensable. Georgia, Arizona y Wisconsin arrebataron a Trump el sosiego. 

¿Fue previsor Donald Trump en su campaña temprana anunciando que las venideras elecciones serían las más “sucias” de la historia de Estados Unidos y vaticinando un amaño inaudito? No lo creo. Trump estaba apuntalando lo que veía venir con el voto por correo para quitar cualquier opción de credibilidad, aunque fuera mínima, a sus contrincantes. Los populistas necesitan ganar de manera absoluta, de ser posible contando con el 99.9 de ventaja porcentual. Su aviso en junio sobre una reelección obstaculizada por un engaño de magnitudes sorprendentes fue un llamado que cayó en terreno fecundo, aunque no resultara serio, ni creíble. La alerta del fraude tenía desde sus comienzos puntos muy débiles y poco sostenibles.  Desde que los gobiernos se deciden en las urnas, las trampas generalmente son hechas por los que detentan el poder para anular a los que pretenden sacarlos de su posición. Es poco probable que al que esté en control le organicen un amaño, avisado con tantos meses de adelanto. Mucho menos que le cuelen las herramientas para hacerlo en bastiones que lo apoyan, sobre todo si los artilugios tienen procedencia tan notoria como facturación China. Queda por cuestionar la pericia de las autoridades aduanales y de inteligencia ante despiste tan garrafal. 

¿Fue el coronavirus la cabeza de playa que provocó la debacle trumpista? Lo creo firmemente. De no ser por la pandemia y los efectos causados en la economía, hubiera sido difícil una derrota de tales proporciones. Pero no solo se trató de las secuelas económicas causadas por la epidemia. George W. Bush pudo hacerse con las elecciones del 2004 pese a la situación tremenda causada por el ataque a Estados Unidos y el derribo de los Torres Gemelas en el 2001. En el caso de Trump se trata además de su actitud, su manera de enfocar la crisis desde posiciones ambivalentes y soberbias. Voluntarista y poco empático cuando la epidemia arrasaba y finalmente irresponsable, oportunista y manipulador en la coincidencia del contagio (para muchos poco convincente) en los días de los debates presidenciales. Finalmente, prepotente en el gesto de quitarse la máscara para lanzar una arenga triunfalista en torno a la enfermedad. 

Pero hay más que la pandemia. Lo peor de su personalidad afloró precisamente en el periodo de cierre de una presidencia que en sus comienzos perfilaba gris y plomiza desde su escenografía inaugural. Meses antes del arranque de las campañas, en momentos en que el Partido Demócrata aún buscaba su candidatura, ya Trump comenzaba a hablar de peligrosos complots. De prisa eligió jueces y fiscales de reconocida postura conservadora para ocupar puestos claves en una estratégica maniobra, que ahora se vislumbra, buscaba cubrir cualquier impredecible fisura surgida en las elecciones. El esfuerzo fue vano porque si en algo hay que reconocer fortalezas en la democracia norteamericana es en su sistema legal, la manera independiente en que la ley ejercita sus poderes y en la efectividad de la separación de ese ejercicio. El fiscal general, los jueces del supremo y estatales, designados algunos por Trump, republicanos todos, se negaron a secundar la maniobra que pretendía demostrar la evidencia de un fraude inexistente. De nada sirvieron los ataques velados y presiones tras bambalinas, así como descalificaciones del presidente contra los que llamó “desleales” y “traidores”, sin siquiera analizar que de haber sido “obedientes” su verdadera deslealtad hubiera sido a la justicia que ellos representan. 

Hay otros puntos oscuros que tal vez el tiempo consiga aclarar. Oleada de caravanas migratorias, organizadas de manera un tanto extraña y con rara espontaneidad, coincidieron con jornadas violentas de protestas contra el abuso policial agravado por circunstancias raciales. La amenaza invasora de ilegales y los graves desórdenes en torno a las manifestaciones en demanda de justicia, acompañadas por desmontaje de estatuas, pintadas con mensajes comunistas, destrozos de bienes y actos de vandalismo, encajaban con la hechura imputada a la izquierda radical en peligrosa ofensiva para escalar el poder. Una estrategia descabellada si se tiene en cuenta que con ella los presuntos beneficiarios generaban temor y rechazo generalizado a pocos meses de las elecciones que pretendían ganar.  Desde una óptica más serena, a la vista de los últimos hechos, es lógico barruntar que aquellas turbulencias realmente favorecían el eslogan de Ley y Orden enarbolado por Trump. Es por tanto posible asumir la tesis de que los hilos conductores de aquellos desenfrenos sociales condujeran a los que apuntaban la peligrosa posibilidad de una victoria demócrata tachada de extrema izquierda. Y no sería extraño que así fuera. En la historia se repiten los ejemplos. El más notorio en la cercanía del tiempo nos lleva a la quema del Reichstag en la Alemania pre hitleriana. 

Más tarde el presidente que más habló de fake news terminó haciendo un despliegue de esas malas artes al punto de que personas inteligentes siguen convencidas, aún después del veredicto de tribunales y jueces de tendencia conservadora, de que al mandatario le robaron las elecciones. Noticias y hechos sin verificar que contaban con el sello de autenticidad por conveniencia (y tal vez por fabricación) que legitimaban la anuencia de los tuits presidenciales y sus colaboradores. Ridículos testimonios como el que testificó la participación de ciudadanos de origen asiático que se rotaban una y otra vez en las mesas de votación amparados en la “imposibilidad de distinguir a un chino de otro”, o las imágenes difundidas por un medio de dudosa credibilidad en la que se mostraban maletas introducidas en los colegios electorales y la nada novedosa participación de millones de votantes fallecidos. El mismo argumento que en sus días utilizó en Cuba el señor Ricardo Alarcón de Quesada al referirse a los 10 mil firmantes del proyecto Varela como un levantamiento de cadáveres en los cementerios cubanos. Y en este punto está el gran daño que Donald Trump deja como legado a la nación norteamericana. Sembrar la desconfianza contra su sistema electoral, contra las leyes y quienes las ejecutan, así como la división entre millones de ciudadanos, ha sido la peor de sus actuaciones. 

Donald Trump afirma que en el 2024 retornará por la revancha. Para ese entonces, si vive, contará con los mismos años de decrepitud que sus seguidores achacan al electo presidente Biden. Pero de confirmarse ese escenario lo más posible es que para entonces Trump busque llegar con un partido de propia inspiración, con la consecuente quiebra del tradicional bipartidismo demócrata-republicano. El proyecto de crear un medio afín parece ir en esa línea independiente. Y no es para menospreciar desde el dato que arroja el apoyo sin precedentes que le dieron casi 80 millones de votantes, número nada despreciable y que debe ser tenida en cuenta por los partidos tradicionales. 

De estas jornadas quedan muchas cuestiones opacas en la personalidad del presidente perdedor. La intentona de dialogo con uno de los peores dictadores del mundo, del que casi llegó a expresar halagos “por la manera en que era venerado entre los suyos”. Expresiones poco felices burlándose de minusválidos, atacando a la prensa, burlándose de reconocidas personalidades políticas, desacreditando a otras como hizo con el republicano McCain, señalando de perdedores a los caídos en las guerras, su respuesta ante el plan perpetrado contra la gobernadora de Michigan, o las expresiones elogiosas hacia el senador Gianforte por golpear a un reportero (“ese es mi chico” manifestó Trump sin ambages al referirse al hecho). Igual de oscuras el velado llamado a grupos paramilitares supremacistas blancos para que vigilaran las urnas, el saludo a los que se manifestaban en actos masivos contra el “fraude” en franco desafío a las normas emitidas por médicos y científicos, una desacostumbrada práctica de nepotismo casi evidente durante su estancia en la presidencia, actitudes autoritarias, racistas, xenófoba, desprecio al mundo hispano, entre tantas más. 

El futuro próximo queda despejado pero el que viene llega bajo una incógnita que deben clarificar con tino los próximos inquilinos de la Casa Blanca. Por el momento valdría tomar la imagen de un popular programa de la cadena hispana Tele Mundo en el golpe del mazo que concluye cada litigio y el tono conclusivo de la Doctora Polo para exclamar: -Señor Trump y seguidores… ¡Caso Cerrado!
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