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¿Por qué quieren desmantelar la policía en Estados Unidos? 30 Ago 2020 20:44 #11429

  • Gerardo E. Martínez-Solanas
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El agresivo movimiento que está provocando el caos desde hace algunos meses en Seattle y otras ciudades de EEUU exige que se retire el financiamiento a la policía y llegan al extremo de proponer su desmantelamiento. Sus activistas afirman que los policías son agentes de violencia dentro de la comunidad y no contribuyen al orden. Por tanto, su solución es eliminar a la policía.

Sin embargo, estas exigencias y propuestas no son claras ni definen abiertamente cómo se reemplazará a la policía ni los métodos a seguir para mantener el orden y combatir el crimen. Evitan cuidadosamente y a propósito los detalles porque saben que el pueblo norteamericano no simpatizaría con las soluciones de su agenda oculta.

No obstante, ya se sabe que esas soluciones involucrarán a "la comunidad". La nueva palabra de moda que esgrimen con persistencia es "comunidad". Los reemplazos serán "basados ​​en la comunidad", "impulsados ​​por la comunidad" y "centrados en la comunidad". Se habla de "alcance comunitario", "desarrollo comunitario", "construcción comunitaria" e "interacción comunitaria". El dinero que se retire a la policía se entregará a los promotores de "programas comunitarios" dentro del movimiento. Por tanto, se han adueñado de la palabra "comunidad" y pretenden su exclusividad para despertar con ella un sentimiento mágico de buena voluntad que, según prometen, reemplazará la violencia en la sociedad.

Ahora bien, "comunidad" tiene significados distintos para diferentes grupos y autoridades. No les pertenece a los revoltosos, como tampoco les pertenecen otras palabras de las que se han adueñado, como "progresista" o "popular". "Comunidad" es una palabra que pertenece a todos sus miembros y no a un sector que pretende organizarla dentro de sus rígidos conceptos. 

La mayoría de los funcionarios de una ciudad norteamericana ven a la "comunidad" como un conglomerado de personas aprovechando centros comunitarios, actividades recreativas, planes de ayuda del gobierno y programas sociales o culturales. Estos programas y esfuerzos funcionan dentro del marco del gobierno local y son mantenidos y promovidos por su burocracia.

Empero, lo que los socialistas "comunitarios" pretenden cuando hablan de comunidad es la creación de foros de autogobierno en los que los residentes puedan tomar, según la orientación de sus promotores, decisiones locales que cambiarían el estilo de vida de las personas y la estructura de los vecindarios, al tiempo que actuarían de forma independiente de los gobiernos nacional, estatal y local. En otras palabras, esos revoltosos que queman autos y comercios y agreden a la policía, se esmeran en movilizar a las masas para tomar acción y crear forzosamente estos foros en los vecindarios que ellos ocupen.

Esta estrategia no es nueva sino un calco de tiempos pretéritos (en Rusia, en China, en Cuba y en otros lugares con historias semejantes), con la diferencia de que entonces los revolucionarios habían tomado el poder por la fuerza, mientras que ahora intentan hacerlo desde la oposición, creando las condiciones favorables para arrebatarle el poder a los que gobiernan, usando inicialmente los mecanismos democráticos y electorales.

Un koljós o kolkhoz (en ruso Колхоз) era una granja colectiva en la Unión Soviética, como parte de un sistema establecido por José Stalin después de la supresión de la agricultura privada en 1928 y su puesta en colectividad. La palabra koljós es una contracción de коллективное хозяйство (kollektívnoye jozyaistvo), "economía colectiva". El sistema fue anunciado originalmente como un esfuerzo "comunitario" pero gradualmente estas unidades fueron quedando bajo el control del Estado que, poco después, regulaba estrictamente la producción y fijaba los precios. Apenas dos años después, la participación en un koljós se hizo obligatoria por las autoridades soviéticas. La resistencia de los campesinos provocó detenciones en masa, deportaciones a Siberia y millones de prisioneros y muertos. 

Por el contrario, para los socialistas más moderados que aspiran a integrarse en una sociedad democrática, así como para los demócrata cristianos, los conservadores y los libertarios, la comunidad es una unidad social de individuos solidarios, unidos con el propósito de promover el bien común. Está llena de instituciones y organizaciones, lo que Edmund Burke llamó “pequeños pelotones” que hacen las cosas orgánicamente dentro del proceso natural del cuerpo social.

Tanto para los demócrata cristianos, dentro del concepto de subsidiariedad, como para los libertarios, en sus teorías de gobiernos descentralizados, la noción de comunidad se basa en la armoniosa unión de familias, granjas, centros de trabajo e iglesias en un área determinada que proporcione una vida social en común que se desarrolle dentro del orden y la colaboración. Con esta perspectiva, cada comunidad es una unidad social que integra una forma de ser y de expresarse diferente a los pueblos y ciudades vecinas y donde las personalidades y los lazos familiares sean suficientemente fuertes para desarrollar, incluso, su propio acento, cultura, arte o cocina.

Bajo esta perspectiva de colaboración, respeto mutuo y ordenamiento democrático es correcto plantear un cierto grado de reforma de la policía y los agentes del orden en general mediante un sistema de colaboración con las comunidades. Todo depende de que esas comunidades auténticas pueden asumir libremente algunas funciones de los departamentos de policía que hoy día están tan sobrecargados de responsabilidades. Dentro de esas estructuras comunitarias no habría necesidad de grandes gastos de presupuesto y equipo, lo cual aliviaría el presupuesto de municipios y condados dedicado a mantener el orden y combatir los delitos.

Es lógico anticipar que los individuos dentro de estas comunidades serían celosos de su buen nombre y actuarían en consecuencia. Cuando las familias dentro de las comunidades son fuertes y saludables, tienden a cuidarlas y defenderlas hasta minimizar la necesidad de vigilancia y asistencia social. Asimismo, los barrios que cuentan con familias que mantienen lazos fuertes, tienden a producir sus propios sistemas de monitoreo y se esmeran en cuidarse unos a otros.

Este tipo de soluciones promueve un fuerte sentido de subsidiariedad, en el que cada nivel de la comunidad depende de sus propios recursos. Esto reduce la necesidad de depender para todo de un gobierno central y de verse sometidos a una vigilancia constante e intrusiva. Por supuesto, mediante esta estrategia las fuerzas del orden siguen siendo el respaldo imprescindible que protege a esas comunidades, al tiempo que las personas confían en las instituciones y grupos comunitarios creados donde viven y trabajan juntas para llevar una vida armoniosa. Además, en una comunidad con un fuerte sentido religioso, la gente se adhiere voluntariamente a un código moral que representa una enorme fuente de orden y paz. Por tanto, es indispensable la libertad religiosa, por la cual se permita a las agrupaciones religiosas acometer empresas de servicio a la comunidad, en estrecha colaboración con sus miembros y con un mínimo de control o restricciones por parte de las autoridades.

Por el contrario, la ideología marxista está orientada a la destrucción de comunidades que hayan alcanzado o puedan alcanzar la autonomía aplicando el principio de subsidiariedad. En lugar de buscar el consenso comunitario y la colaboración armoniosa, introduce una narrativa de lucha de clases que enfrenta a una parte de la sociedad a la otra. Con esa estrategia, crea una cultura de resentimiento e ira contra todo tipo de restricción moral. Y es un auténtico agente divisionista destinado a debilitar la sociedad establecida para edificar sobre sus ruinas la utopía comunista, a despecho de los fracasos, la miseria y la crueldad de experimentos anteriores.
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