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17/06/2021
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NATURPAZ, un eslabón más en la lucha interminable de los cubanos por su libertad

Índice del artículo

Naturpaz fue un grupo ecologísta y pacifista de cubanos que brotó auspiciado por las esperanzas de libertad que parecía proyectar Mikhail Gorbachov a fines de la década de 1980 y en medio de los acontecimientos que desembocaron en el fin del Imperio Soviético. Uno de sus fundadores y dirigentes fue el autor del siguiente testimonio. quien nos ofrece una certera pincelada de una época llena de entusiasmo por un cambio hacia la democracia y la libertad en Cuba que ellos y muchos otros cubanos veían próximo y posible a principios de la década de 1990. Leonel Morejón Almagro iría más allá de su grupo Naturpaz, tocando las puertas de las principales figuras de la oposición pacífica para fraguar la idea de un evento que los aglutinara a todos. Lo bautizó como Concilio Cubano y debió realizarse el 24 de febrero de 1996, hace ya más de 25 años; el sueño de la unidad de propósitos en la senda emancipadora nunca estuvo más cerca de concretarse pero nunca llegó a ocurrir. El aparato represor del régimen cubano se esmeró en aplastar el proyecto y el golpe policial y de inteligencia liquidó las estructuras y el liderazgo que estuvieron a punto de consolidar una especie de parlamento opositor con capacidad para impulsar el cambio democratizador.

Notas al alma: 35 aniversario de Naturpaz

por Leonel Morejón Almagro

Tratar de seguir la apertura de mi héroe Mijaíl Gorbachov durante el invierno de 1985 en La Habana me obligó a pagar cinco pesos por Novedades de Moscú a contrabando, un periódico que antes de la perestroika y la glásnost solo era usado como papel de baño.

Los cubanos en busca de aperturas encontramos en las insólitas páginas de Novedades de Moscú y la revista Sputnik, una respuesta a nuestras ansias democráticas. La perestroika y la glásnost calentaban la esperanza mientras yo escribía los versos en mi primer libro de poemas, titulado Testamento.

El título macabro recreaba los temores que llenaban mis días de estudiante a los 21 años. En el invierno de 1985 descubrí, en la revista Correo de la Unesco, que la Unión Soviética y los Estados Unidos poseían misiles nucleares capaces de exterminar más de veinte veces el número de seres humanos en la Tierra. Leyendo ese Correo de la Unesco también me enteré de que Naciones Unidas había declarado el próximo año 1986, como “Año Internacional de la Paz”.

Unos días después, con la imagen del planeta destrozado a cohetazos aún reminiscente en el celebro, escuché a Manolo Ortega leer en el Noticiero de las ocho un comunicado que condenaba “la guerra de las galaxias”. Un intento del expresidente norteamericano Ronald Reagan de llevar la carrera de armas nucleares al espacio, y acelerar aún más la carrera armamentista.

Sentado en el cuarto de mi difunta abuela Mercedes Rodríguez, en Calle Primera, Arroyo Naranjo, el comunicado me hizo saltar como un resorte y asustar a mi madre María Mercedes: comencé a gritarle al televisor y a Manolo Ortega en su imperturbada lejanía. Me apresuré a mi cuarto, arrebaté la vieja máquina de escribir Underwood de la modorra silenciosa de mi chifforobe, y le escribí de un tirón una carta de protesta a Ronald Reagan.

Mi madre nunca creyó Manolo Ortega fuera un genuino comunista ni fidelista.

“Él debe estar fingiendo para sobrevivir, como el resto de nosotros”, me decía. “El pobre hombre ya no puede ni anunciar la cerveza Hatuey”.

“Si está fingiendo, lo hace muy bien”, le respondía yo.

Rubén Darío escribió que la juventud es un divino tesoro. Hoy, en mis cincuentas, deploro amargado que el tirano comunista Kim Jong-un celebre con fuegos artificiales las pruebas de sus bombas atómicas. La protesta vive taciturna dentro de mi pecho; en 1986, hubiera convocado a una protesta frente a la Embajada de la República Popular Democrática de Corea, en calle 17 No. 752, esquina a Paseo, Vedado, La Habana.

El tesoro de los jóvenes cantado por Darío es la urgencia de los sueños, la impaciencia en salvar el futuro. La vida tocando las puertas del alma. La creencia en que una carta puede cambiar el mundo. La certeza de que los sueños pueden construir galaxias.

Leí la carta a los amigos del reparto: Manuel Cruz Duarte, Juan José López Díaz y Oscar González Guillarte. Ellos compartieron mi lógica irrevocable: salvar al planeta de una hecatombe nuclear es responsabilidad de todo ser humano. Deseaban firmar la carta.

Algunos de los integrantes de NaturpazEn los días siguientes el periódico Granma publicó el anuncio de que los cubanos serían autorizados a crear asociaciones, gracias a una nueva ley. Regresé a ver a mis amigos con la carta, y les mostré dos cambios: en vez de estar dirigida al presidente Ronald Reagan, tenía como destinatario el Congreso Norteamericano, y el pie de firma decía: “Agrupación de Ecologistas y Pacifistas Cubanos (Naturpaz)”.

Los amigos del reparto me ayudaron a transportar, en una carretilla, una postura de caoba que nos regalaron en un vivero de árboles ubicado en las cercanías del Hospital Nacional “Enrique Cabrera”. El 9 de febrero de 1986 sembramos la caoba en el terreno frente a la Casa del Té, del Parque Lenin. Naturpaz nació con la lectura de la carta al árbol recién sembrado.

La primera misión de la Naturpaz fue recoger firmas para la carta, y con la recogida de firmas la agrupación creció. Se efectuaron elecciones, se discutieron y aprobaron estatutos en la Biblioteca Nacional. La Agencia Nacional de Información (AIN) fue la primera organización noticiosa que recibió copia de los estatutos y, por cierto, fueron tan amables que nos hicieron 185 copias de los mismos.

Me entrevisté con Marta Mena, en el Ministerio de Justicia; ella fue la primera funcionaria designada para tramitar la legalización en el Registro Nacional de Asociaciones en Cuba. Le entregué una copia de los estatutos; una lista con nombres y apellidos de 164 miembros, con dirección y número de carnet de identidad; y una solicitud oficial para legalizar la agrupación, designando a la Unión de Jóvenes Comunistas y a la Academia de Ciencias como órganos coordinadores de Naturpaz. Los órganos de coordinación era un requisito establecido por la Ley de Asociaciones No. 54/85, del 27 de diciembre de 1985.

La señora Mena me recibió con una sonrisa de oreja a oreja: “Qué buena idea, muchacho”, comentó. “Esta va ser la primera asociación ecologista del país”. Pero cuando regresé en busca de una respuesta no me miraba a la cara, evadía mis preguntas, su sonrisa había desaparecido: “Va a tomar un tiempo, porque los reglamentos de la Ley tienen que ser aprobados por el Consejo de Estado”.

Era evidente que la Seguridad del Estado, y no el Consejo de Estado, decidiría el futuro.

Según lo acordado en las elecciones en la Biblioteca Nacional, en los documentos que le entregué a la señora Mena aparecía mi nombre como presidente de Naturpaz, y el de la poeta, pintora y cantautora Ada Elba Pérez, como coordinadora nacional.

Ada Elba, quien me leyera sus poemas en la Casa del Té de la calle G, con sus ojos grandes y su voz de riachuelo. Ada Elba, que tejía arcoíris tristes y sonidos de sinsontes en las matas de guayabas de su Jarahueca natal…

Naturpaz creó un grupo de teatro infantil, con la idea de promover la protección y el respecto a los animales e incrementar la cultura de paz entre los niños cubanos. El grupo teatral “Alfredo Bhrem” debutó en los inicios de 1986 en la Casa de Cultura de Diez de Octubre, con una adaptación de un poema de Nicolás Guillén. Fue parte de una actividad cultural más amplia titulada “Un caldo por la paz”, bajo el lema “Una invitación a todos los hombres de buena voluntad a sentarse a la misma mesa”.

Aquel primer “Caldo por la Paz” en Diez de Octubre fue una labor cultural comunitaria. Cada miembro del grupo aportó una malanga, un plátano, una papa, un ají… Se cocinó un caldo con lo aportado. Los trovadores, como Ada Elba, cantaron sus canciones; otros miembros de Naturpaz, como los poetas y actores Tony Sarriego y Manuel Oña, leyeron y actuaron un monólogo; una banda de rock interpretó varias canciones. Se debatieron formas de contribuir a la protección al medio ambiente y de frenar la carrera armamentista. Se distribuyeron copias de la carta al Congreso Norteamericano, y se recogieron más firmas.

Invitamos a la Iglesia Católica, Los Pasionistas de La Víbora, y al Buró Provincial de la Unión de Jóvenes Comunistas. Asistieron dos sacerdotes; la UJC no envió ningún representante. Al terminar la actividad, uno de los sacerdotes expresó el apoyo de la Iglesia con las siguientes palabras: “El amor a este grupo y a su mensaje es tan alto como las torres de nuestra Iglesia”.

En 1986, el Museo Nacional de Bellas Artes le abrió sus puertas a Naturpaz; allí se celebraron varias lecturas de poemas, se debatieron las últimas noticias eco-pacifistas y se recogieron más firmas para la carta del grupo al Congreso Norteamericano. En uno de esos encuentros, Ada Elba me presentó a Orlando Polo. Polo, que era un “perestroiko” y un personaje fascinante —el Granma publicó un artículo donde lo llamaban “el caminante por la paz”, porque intentaba llamar la atención sobre la paz mundial caminando toda Cuba en compañía de un perro—, se negó a firmar la carta de Naturpaz, argumentando que los cambios había que hacerlos dentro del Partido.

Ada Elba Pérez también me presentó a Pedro Luis Ferrer, quien atacó el derecho de Naturpaz a existir como una agrupación independiente. Me gustaría saber cuál es su opinión ahora, después de 35 años.

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