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01/12/2022
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La influencia del Marxismo en la Civilización Moderna

Es común que quienes abandonan el fundamentalismo fanático del comunismo, leninismo, estalinismo o fascismo (o sus derivados maoísta, castrista, etc.) se refugien en un "socialismo marxista" como paliativo a los errores que, según ellos, se desviaron hacia esas teorías y tendencias totalitarias. Buscan en la "pureza" marxista las soluciones a un mundo mejor, más igualitario.

Carlos MarxEn realidad, las ideas que proyecta Karl Marx en su obra están orientadas a destruir el humanismo que se pronuncia desde el siglo XIX como una alternativa viable y mucho más benévola. Aunque muchos teóricos tratan de darle la vuelta a las teorías y prédicas de Marx para presentarlo como un humanista que sintió amor y piedad por los pobres, en realidad, él, al igual que las fuerzas que impulsan la selección natural de Darwin –que él aplica a sus propias ideas–, no tenía consideración ni compasión por el individuo, por la "persona humana". Sólo le importaban los grupos y las clases: trabajador contra patrón, pobre contra rico, proletariado contra burguesía.

Por tanto, afirmo sin ambages que Karl Marx fue el pensador más malvado y destructivo de todos los tiempos. Sus ideas divisionistas y desestabilizadoras infectaron el pensamiento europeo con el convencimiento de que la historia derivaba ciegamente y, según él, inexorablemente hacia una sociedad igualitaria que estaría definida por esta máxima: «¡De cada cual según sus capacidades; a cada cual según sus necesidades!» [Marx, “Critica al programa de Gotha” (Sección I), en Marx y Engels, Obras escogidas en dos tomos, tomo II, p. 16.]

Marx tenía una fe dogmática en el determinismo que contempla al ser humano totalmente sometido a las leyes de la naturaleza, pero trazando el devenir inexorable de la historia. Notablemente, aquí hay una evidente contradicción porque proclamaba que la historia avanza inexorablemente hacia una meta (que no podía ser otra que el Comunismo) y, por tanto, debe ser independiente de la naturaleza, fuera de la cual nada puede existir como una fuerza ajena. La realidad es que la historia no tiene futuro, sólo pasado; el futuro lo construye el ser humano conjugando voluntades y esfuerzos en el ámbito de sus limitaciones naturales pero con capacidad trascendente de edificar o cambiar su propio destino.

No obstante, Marx proclamaba su dialéctica histórica porque al igual que los soviéticos, maoístas y fascistas que inspiró en el siglo XX, planteó la historia como una fuerza en sí misma con la capacidad de impulsar a la humanidad y sus circunstancias en una dirección determinada e inflexible. Por tanto, obviando la evidente contradicción, proclamaba que paralelamente a las leyes de la naturaleza, la fuerza de la historia es de alguna manera tanto ciega como intencional, descriptiva y causativa, impersonal y, sin embargo, capaz de algo sospechosamente parecido a una meta preconcebida. Pretendía Marx hacer el pastel y comérselo también.

Edificada sobre estas ideas, Marx estableció una pirámide con los medios y modos de producción formando la base (o estructura) y toda una serie de capas, o superestructuras, sostenidas por esa base:

En la producción social de su existencia, los hombres establecen determinadas relaciones, necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a un determinado estadio evolutivo de sus fuerzas productivas materiales. La totalidad de esas relaciones de producción constituye la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la cual se alza un edificio jurídico y político, y a la cual corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo de producción de la vida material determina el proceso social, político e intelectual de la vida en general. No es la conciencia de los hombres lo que determina su ser, sino, por el contrario, es su existencia social lo que determina su conciencia.” [Carlos Marx, Contribución a la crítica de la economía política. 1859]

Este párrafo nos permite empezar a entender el carácter tan nocivo y malvado del pensamiento que proyectaba en su obra, mediante el cual ha destruido la estabilidad que prometía el humanismo. En realidad, este tipo de ideas sembraron las semillas del totalitarismo arrollador que desde el siglo XX azota a la humanidad y sigue azotándola en muchas regiones y bajo muchos disfraces. Es importante leer ese párrafo con calma para entender su trascendencia y consecuencias: Nos dice que “la vida en general” está determinada por el modo de producción y que las relaciones humanas son subalternas al entorno social e independientes de la voluntad de cada persona. Para Marx, no son sólo nuestras ideas, nuestras creencias o nuestras pasiones las que están determinadas por fuerzas socioeconómicas; es nuestra conciencia misma. No sólo estamos influenciados por factores sociales y económicos: estamos HECHOS por ellos; somos el producto inexorable de esos factores.

Aquí hay un monismo materialista[1] que supera incluso al de Spinoza, Darwin y Freud; una reducción externa del alma-mente por la que se niega nuestra capacidad de tomar decisiones frente a la influencia de las fuerzas y mecanismos físicos que intentan controlarnos. En otras palabras, somos el producto de fuerzas materialistas, ciegas y mecánicas sobre las cuales no tenemos control alguno. Es la idea que penetra en la conciencia europea y se transforma en el totalitarismo del siglo XX del Estado garantizando forzosamente que esas fuerzas conduzcan inexorablemente al comunismo utópico.

Esta es la influencia que muchos no comprenden y que ha permeado la amalgama de ideas y tendencias diversas que hoy día adoptan indistintamente con la etiqueta de pertenecer a "la izquierda". Un dogma determinista con muchas cabezas como el monstruo de la mitología griega a la que cortando una de ellas le surgían otras dos, dando así lugar a una enorme confusión política y social agravada por el relativismo y responsable de la enorme inestabilidad que padecemos. Mientras el marxismo sea un factor –encubierto o manifiesto, ortodoxo o adulterado– en la política mundial, seguiremos cuesta abajo.

 

[1] El monismo materialista se remonta a Demócrito, quien sostenía que toda realidad es un compuesto material fruto de la unión de átomos y su interacción; es una doctrina basada en la hipótesis de un único principio subyacente.