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01/12/2022
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Rusia ya no está entre las 20 naciones más ricas del mundo

Su industria está paralizada, sus exportaciones se han desplomado a niveles sin precedentes desde la época de la URSS y su economía parece debatirse en una frustrante agonía que entorpece, además, la capacidad de reactivación de un poderío militar que adolece de mucho equipo anticuado o en mal estado.

Sencillamente, no hay país en todo el planeta, por muy poderoso que sea, que pueda depender de una autarquía que lo sostenga aislado del mundo. La economía rusa se ha desgarrado súbitamente del mercado mundial. Hoy, los superyates rusos están siendo incautados y unoYate ruso Ragnar varado en Narvik 2022 quedó varado en un puerto noruego cuando se negaron a suministrarle combustible (foto). Bienes raíces y otros intereses e inversiones en el extranjero están siendo confiscados. El sistema SWIFT de transacciones financieras internacionales ya no está disponible para varios bancos rusos que manejan el sistema financiero, incluido el Banco central de Rusia. Las reservas de moneda rusa en Nueva York, Frankfurt y Londres han sido confiscadas a pesar de que esta medida siempre se consideró una “opción nuclear” que nunca se implementaría.

Aproximadamente 400 corporaciones internacionales han retirado sus operaciones de Rusia. Diversos bancos extranjeros han cesado sus operaciones en el país. Según un historiador de la Universidad de Europa Central, “estamos presenciando una desglobalización rápida y masiva sin precedentes en la historia y el total aislamiento de una gran economía”. En otras palabras, Rusia está cayendo abiertamente al abismo de la autarquía.

Por añadidura, está en marcha una “fuga de cerebros”, liderada por personas talentosas que prefieren la libertad en el mundo exterior a las nuevas normas reminiscentes de la era soviética. Incluso Anatoly Chubais, exjefe de gabinete de Boris Yeltsin y arquitecto de las reformas económicas postsoviéticas de Rusia, renunció a su puesto como enviado especial del Kremlin y abandonó el país debido a la invasión de Ucrania.

Como resultado, la mejor estimación disponible en este momento es que la economía rusa está en caída libre. En pocas semanas, Rusia, que había sido incluida como miembro del G-8, el grupo de las ocho economías industriales más grandes, ha quedado ahora excluida incluso del G-20, con lo cual ha dejado de pertenecer al primer mundo económico y financiero, y pronto podría entrar en una severa recesión y en una espiral descendente al subdesarrollo.

Este desastre sólo puede interpretarse como un abrumador error de cálculo del dictador Vladimir Putin, que ha pretendido transformarse en un mariscal de campo desde su escritorio, al estilo de Hitler. Ha tomado decisiones que desprecian la capacidad estratégica de sus altos mandos para enfrascarse en una guerra para la que sus mandos no estaban preparados. Ha desatado una guerra sin cuartel, elevándola al nivel de exterminio genocida cuando ha tenido que enfrentarse a la dura realidad del fracaso de sus cálculos iniciales.

Vladimir Putin apostó a que podría realizar una guerra relámpago para conquistar Ucrania y que su estrategia sería tan exitosa y tan rápida que terminaría y se consolidaría antes de que los socios comerciales de Rusia tuvieran tiempo de organizarse y responder. Apostó a que el pueblo de Ucrania cedería sin mucha resistencia; a que su ejército, pequeño y débil, se rendiría ante la ofensiva rusa; y a que, despojado de un gobierno legítimo tras la ocupación de Kiev, las naciones del mundo aceptarían la ocupación de Ucrania como un hecho consumado e irreversible.Moscú: demostración antiguerra en Ucrania Manifestaciones como esta (¡No guerra en Ucrania!, dice la pancarta) fueron violentamente reprimidas en Rusia por la policía y los manifestantes fueron encarcelados. Apostó a que las sanciones económicas que se impusieran serían limitadas en firmeza y ​​duración. Apostó a que Europa no tendría la voluntad política de sufrir las consecuencias del súbito rompimiento de las relaciones comerciales con Rusia. Se equivocó miserablemente a medida que Ucrania se fortalecía y asombraba al mundo con una notable contraofensiva y el vigoroso heroismo de su pueblo.

Lamentablemente, la Unión Europea, la OTAN y los Estados Unidos, aunque han reaccionado con firmeza en el plano económico y financiero, y están suministrando algún armamento a las fuerzas ucranianas, siguen actuando con grandes vacilaciones en el plano político y militar. No han aprovechado la debilidad rusa para plantearle un auténtico ultimátum que los obligue al cese al fuego para acudir a la mesa de negociaciones. En un acuerdo multilateral Rusia podría intentar un arreglo por el cual pudieran conservar bajo su control, sin más derramamiento de sangre, a Crimea y a una parte rusófila de las dos provincias (Donetsk y Luhansk) del Donbas a cambio de su retirada del resto de los territorios ocupados mediante un tratado permanente de restablecimiento de la paz, a reserva de que nunca debe confiarse en la palabra de Putin, como lo ha venido demostrando con los hechos consumados en los últimos años.

De lo contrario, la guerra puede extenderse indefinidamente mientras Putin siga empeñado en lograr una victoria a toda costa, consciente de que Ucrania no puede conducir operaciones allende sus fronteras ni puede sostenerse durante meses y años con un país arrasado por la guerra de exterminio librada por el dictador ruso. La solución está en manos del mundo democrático pero se requiere una firme voluntad política.

En resumen, necesitamos un nuevo Winston Churchill que enfrente con firmeza al agresor.