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10/07/2020
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Perspectiva económica: Martínez-Solanas

Globalización y Derechos Humanos: Dos Polos de una misma Esfera

Los Derechos Humanos tienen su cimiento filosófico y cultural en la dignidad primordial de la persona humana.  En la Declaración Universal se postulan derechos y libertades que son inalienables e inherentes porque no dependen de las decisiones ni de la generosidad de gobiernos y grupos o de otros individuos o instituciones.  Los derechos humanos no se otorgan como una dádiva del Estado o del gobierno sino que son intrínsecos de la naturaleza humana.  Es así porque los derechos humanos trascienden las instituciones humanas y deben ser respetados por éstas como un producto tangible de un orden moral basado en una autoridad superior que no padece las limitaciones y deficiencias que nos aquejan como personas.  En el proceso civilizador que está plasmado en la historia observamos que los países más avanzados y los gobiernos más estables han llegado a estas mismas conclusiones en la edificación del mundo moderno que reconoce estos imperativos en sus propias Constituciones y Declaraciones de Independencia.EarthPolesEasternHemisphere

En la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, se hace referencia a la “Ley Natural” y a un “decoroso respeto a las opiniones de los seres humanos” para afirmar que “estas verdades son evidentes por sí mismas, que todos los hombres son creados iguales, que son dotados por su Creador con ciertos derechos inalienables”.  Los próceres cubanos siguieron por el mismo camino en sus proclamas, como lo habían seguido también sus pares sudamericanos desde el Congreso de Tucumán, cuando los “representantes de la Provincias Unidas en Sudamérica” invocaron “al Eterno que preside el universo, en nombre y por la autoridad de los pueblos que representamos” para “recuperar los derechos de que fueron despojados”. Un siglo más tarde, la Constitución de la República de Cuba, de 1940, a pesar de su notable y avanzado contenido socialista, proclamaba que “para asegurar la libertad y la justicia, mantener el orden y promover el bienestar general” acordaban “invocar el favor de Dios”.  En todo esto no hay un contenido religioso, como pretenden los críticos desde una posición relativista, sino una afirmación de inviolabilidad de libertades y derechos que, para ser válidos, tienen que trascender la voluntad de cualquier ser humano o las decisiones frecuentemente arbitrarias de una suma de voluntades.

Las realidades históricas demuestran abundantemente que la injerencia humana en los derechos de sus congéneres, mediante decisiones que derivan de procesos políticos, económicos o culturales, provocan invariablemente toda suerte de injusticias y crueldades.  Las decisiones de gobiernos que restringen, limitan o desconocen los Derechos Humanos afirmando que el fin justifica los medios utilizados para lograr “el bien común” convierten en dioses a quienes deben limitarse a ser servidores de sus pueblos.  Tales prácticas mesiánicas hacen germinar las semillas de la tiranía.  El buen gobierno sólo es posible en un ambiente cultural que respeta la dignidad de cada persona, establece normas de justicia social y se desenvuelve con una ética de tolerancia, cooperación y solidaridad.  

 

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El poder absoluto corrompe absolutamente

El Presidente Chávez acaba de dar este domingo otra muestra del poder absoluto que tiene en sus manos para regir los destinos de Venezuela.  Caminando por la Plaza Bolívar, frente a las cámaras de "Aló Presidente", comentaba con un grupo de simpatizantes autodenominados "Custodios del Libertador" diversos aspectos de la historia del lugar, cuando uno de ellos comentó que en uno de esos edificios había vivido el Libertador en su juventud.  Volviéndose a su comitiva oficial preguntó Chávez:  "¿Qué es aquel edificio?".  Le respondieron que era "un edificio privado con una joyería".  Inmediatamente el mandatario ladró una orden, como es su costumbre:  "¡Exprópiese!" Seguidamente preguntó otra vez:  "¿Y ese otro de qué es?".  No dio muestras de que le importara mucho la respuesta cuando cortó tajante con otro "¡Exprópiese!", y añadió:  "Tenemos que convertir todo esto en un gran centro histórico", haciendo referencia a ésos y otros edificios del lugar.

Antes de que terminara el programa ya el alcalde Jorge Rodríguez había confirmado que los cuatro edificios señalados por el Presidente serán declarados "de utilidad pública.  Y el martes ya debemos estar expropiándolos".  Ni un asomo de legalidad, de seguir canales oficiales de consulta, de respetar el derecho de los expropiados a defenderse en los tribunales.

Plaza Bolivar, Caracas

Todo esto es la secuela de un proceso donde el Presidente Chávez ha contado con el respaldo casi incondicional de los demás poderes del Estado mediante maniobras y estrategias que le han permitido acaparar el control absoluto del Poder Legislativo, del Poder Judicial y del Poder Electoral.  Esta forma de expropiar por la libre es la manifestación de su éxito en la manipulación de este aspecto específico de su poder político.  Ha seguido un curso legalista, pero claramente ilegítimo porque se basa en la imposición y no en el consenso ni en la negociación, que ha rechazado categóricamente durante su gobierno.  Es el síndrome del poder al que Lord Acton se refería cuando afirmó que "El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente".

El episodio del domingo en la Plaza Bolívar es el resultado final de un proceso de consolidación del poder que empezó a cristalizar hace nueve meses.

La Asamblea Nacional venezolana aprobó el 24 de abril de 2009 una Ley para la Defensa de las Personas en el Acceso a los Bienes y Servicios.

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