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20/02/2019
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Tarifas y aranceles ante la 4ª revolución industrial

Pensar en aranceles y tarifas en el comercio mundial del siglo XXI es un error de los gobiernos. Sobre todo, es creer posible una vuelta atrás en el tiempo, cuando las tendencias que empujan el comercio mundial de bienes y servicios van por otro camino, sin duda muy diferente.

Buena parte del comercio mundial desde la primera revolución industrial tuvo mucho que ver con lo que se entiende por el proceso de ensamblaje de piezas, en esencia, el diseño e ingeniería de herramientas e instrumentos necesarios para producir los componentes de los productos finales. El ensamblaje fue la tecnología fundamental desde el nacimiento de las primeras plantas fabriles a la orilla de los ríos en Inglaterra. Permitió que los productos manufacturados salieran de las máquinas y no de las manos de los artesanos tradicionales, como había ocurrido a lo largo de la historia en los siglos anteriores. Supuso que los procesos productivos se beneficiaran y se vieran estimulados por la adopción de tecnologías e innovaciones mecánicas, como la máquina de vapor. La historia desde entonces, nos es bien conocida.

Una vez que las máquinas se hicieron con el papel fundamental en la producción, las materias primas empezaron a viajar de los países en desarrollo a los industrializados, en tanto que las manufacturas producidas se extendían por todo el mundo a precios cada vez más competitivos como consecuencia de la producción masiva. Entonces, en algún momento de este proceso, los gobiernos apostaron por la fijación de los aranceles, tarifas e impuestos sobre el comercio mundial. En ocasiones con fines recaudatorios, en otras como respuesta a las presiones internas para evitar la competencia internacional de precios en descenso. Tanto en un caso como en otro, los perjudicados eran los consumidores finales que pagaban precios más elevados por los productos.

Todavía en la actualidad, las materias primas continúan viajando a las factorías en aquellos lugares del mundo en los que se producen los componentes. A su vez, estos componentes que poseen una naturaleza industrial manufacturera se envían a otros países donde se encuentran los ensambladores del producto final. Este proceso que ha llegado a nuestros días y que se encuentran bien asentado es un legado de la primera revolución industrial.

Como consecuencia de ello, decenas de trillones de dólares de valioso capital circulan en algún momento del tiempo en barcos y aviones, en ocasiones durante semanas, cruzando los océanos y mares de la tierra. Prácticamente cualquier producto tiene un componente que se ha desplazado lentamente por almacenes, puertos y aduanas, y con ello, ha sido sometido a las cargas aduaneras, tarifas, aranceles e impuestos que los gobiernos deciden establecer de acuerdo con su criterio.

Quienes sueñan con este modelo, o eventualmente su revitalización, recurriendo a estos instrumentos que gravan las transacciones y el comercio mundial de bienes, están anticuados y lo que es peor, desconocen tal vez que el mismo está empezando a cambiar y a ser sustituido por otro modelo completamente nuevo y diferente que hunde sus raíces en lo que hemos denominado como la cuarta revolución industrial. El origen de este cambio, que algunos dirigentes políticos del mundo no quieren ver, se encuentra en una de las diez tecnologías disruptivas que el Foro Económico de Davos ha identificado como motores de la nueva revolución industrial en la que nos encontramos. Me refiero a las impresoras 3D.

El comercio mundial de componentes, aquel sobre el que los gobiernos hacen recaer sus objetivos fiscales y arancelarios, se verá completamente trastocado por la capacidad de la nueva generación de impresoras 3D para imprimir componentes complejos a unos costes más bajos que las técnicas tradicionales, como la fundición, y en un período de tiempo no muy largo puede llegar a afectar a más de 100.000 componentes de plástico y otros materiales.

Conforme esta tecnología disruptiva avance, los expertos apuntan a la aparición de una nueva era de producción y comercio sin fronteras. En este nuevo modelo, solamente las materias primas circularán por el mundo y las factorías localizadas en distintos puntos del planeta imprimirán a diario, de forma digital, los componentes que necesitan para sus productos finales. De ese modo, no será necesaria la utilización de procesos intermedios y el desperdicio de materias primas será mínimo. Por lo expuesto, los componentes ya no tendrán que ser enviados en aviones o barcos por el mundo, más bien al contrario, sus viajes se realizarán en ficheros digitales a los lugares en que serán necesarios para ser impresos para un ensamblaje final.

Los beneficios de una cadena de suministro a nivel mundial sin fronteras ni limites dejan las tradicionales técnicas fiscales sobre el comercio, basadas en aranceles, tarifas e impuestos, fuera de combate. Intentar volver a ellas tiene poco sentido en términos de políticas públicas. Algunos podrían pensar que la logística, como actividad prometedora en términos de producción y empleo, podría tener sus días contados, al menos en el ámbito de la manufactura.

Como señalan los expertos, las nuevas técnicas digitales de fabricación permitirán democratizar la producción. La impresión 3D hará posible producir diseños complejos de forma absolutamente libre y permitirá a los diseñadores verse libres de las exigencias del proceso manufacturero, dando a sus creaciones la forma óptima. Cualquier empresa, grande, pequeña o mediana, podrá producir bienes en cualquier lugar del mundo con la misma complejidad y calidad que sus socios globales. Además, los mejores diseños serán enviados de forma digital por el mundo, e impresos bajo demanda, evitando las tarifas globales y los impuestos sobre la producción existentes desde los orígenes de la industria.

Cualquier parecido con la realidad actual es pura coincidencia. Por suerte para algunos gobiernos que todavía piensan en términos de la vieja fiscalidad, los cambios asociados a la implementación de las impresoras 3D pueden suponer algún tiempo, sobre todo para la modernización tecnológica de las empresas. Sin embargo, nadie duda que en este siglo, la producción masiva sin fronteras por medio de impresoras 3D será una realidad, y por ello, los gobiernos deberían ir pensando qué hacer para adaptarse a los cambios del futuro y no aferrarse a un pasado que se desvanece lentamente.


 

Referencia:

Ric Fulop (2018) The way we make things is about to fundamentally change, World Economic Forum.