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12/11/2019
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¿Qué hacen las NACIONES UNIDAS?

Muchos suelen responder a esta pregunta con la frase lapidaria:  “¡No hacen nada!”.  La conclusión, igualmente lapidaria, es que deberían desaparecer.

Quienes formulan estos argumentos no comprenden la función ni la dinámica de la Organización Mundial.  Por lo tanto, es oportuno aclarar algunas cosas en los momentos en que Ban Ki-moon ha sido reelecto Secretario General de la Organización Mundial.Ban ki-Moon

El actual Secretario General recibe así un segundo mandato de cinco años, propuesto por el Consejo de Seguridad sin haber tenido que enfrentar la interferencia del veto de los cinco miembros permanentes y ulteriormente confirmado sin oposición por el pleno de la Asamblea General.

Pero Ban Ki-moon no encabeza un poder ejecutivo con la capacidad de decisión que ostenta el Presidente en funciones de las democracias presidencialistas modernas.  Ban Ki-moon, como todos sus predecesores, es un administrador que debe cumplir los mandatos que emanan de las resoluciones de los diversos órganos de las Naciones Unidas.  Su capacidad de iniciativa se limita a la influencia notable que puede ejercer en los Estados Miembros de las Naciones Unidas gracias a su investidura, pero no alcanza más capacidad ejecutiva que la que le conceden las resoluciones aprobadas por esos Estados.

Muchos críticos de las Naciones Unidas cometen el error de asumir que la Organización mundial es una especie de Parlamento y que el Secretario General tiene funciones semejantes a un Primer Ministro.  En primer lugar, no hay en ninguno de sus órganos una estructura democrática sino un medio de representación que concede paridad a todos los Estados representados en cada uno de sus órganos.  Sólo en el Consejo de Seguridad algunos países gozan de un sistema de privilegio al conceder a cinco Estados la permanencia y el derecho al veto.  Es decir, la capacidad de paralizar una acción o resolución con el simple voto negativo.  Empero, también en el Consejo de Seguridad cada voto por el sí cuenta en igualdad de condiciones para todos los Estados representados.  Los miembros privilegiados del Consejo pueden vetar, pero no pueden aprobar sin el apoyo de por lo menos la mitad más uno de los países representados.

Esta estructura convierte a las Naciones Unidas en un foro internacional que permite a los adversarios sentarse frente a frente para solucionar sus diferencias con la anuencia y la colaboración del resto de los países.  Además, las decisiones que se toman por decisión mayoritaria responden al interés y las conveniencias de cada uno de los países participantes, independientemente de la racionalidad o la justicia de la decisión que se tome.  Por lo tanto, algunas decisiones que muchos podemos calificar de aborrecibles no son responsabilidad de las Naciones Unidas como institución, de su Secretario General como su máximo administrador o de su personal como vehículo y herramienta de su aplicación, sino de los intereses, muchas veces mezquinos y egoístas, de los países que han votado a favor de la resolución correspondiente.

En este ambiente de influencias, controversias y choques tiene que desarrollar su gestión mediadora el Secretario General de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon. Su misión consiste en enfocar sus esfuerzos para lograr que la unidad mundial de propósitos resulte particularmente edificante para un mundo que aspira a la paz y la armonía. Debemos reconocer que hasta ahora Ban Ki-moon ha encarnado esa unidad con su excepcional diplomacia personal y por su valentía de liderazgo frente a los intereses nacionales que tratan de socavar su autoridad.

 

Es cierto que por todas las razones mencionadas y por los intereses encontrados de muchos países, la mayoría de los cuales no son siquiera Estados democráticos, las NNUU suelen quedar paralizadas frente a crisis políticas o a conflictos armados que dividen y debilitan la voluntad de los Estados Miembros en la función que deberían desarrollar a favor de los intereses de toda la humanidad.

No obstante, la función de las Naciones Unidas, incluyendo la de sus organismos especializados, es mucho más amplia porque implica una serie de problemas y realidades que trascienden los intereses nacionales y que sobrepasan la capacidad de los Estados para resolverlos individualmente.  Es así como los numerosos problemas del mundo llegan hasta el despacho del Secretario General día y noche. Ya se trate de guerra y paz, revoluciones y golpes de Estado, desastres naturales, epidemias, elecciones discutidas o los terribles problemas del hambre, la pobreza, el cambio climático y las migraciones en masa.

Aunque lo más visible para los medios noticiosos es la misión mediadora del Secretario General y de los funcionarios de las NNUU, como se destacó durante el reciente viaje de Ban Ki-moon a Egipto y Túnez, en el cual ofreció su apoyo generoso y estimulante a los valientes dirigentes juveniles de los dos países que están en la vanguardia de los cambios políticos puestos en marcha este año, el Secretario General ha insistido con mucho menos eco en los medios de comunicación en que muchos de los mayores problemas –o la mayoría de ellos– se reducen a una realidad simple, pero brutal: ahora somos una sociedad mundial, interconectada y superpoblada, con más de seis mil millones de personas luchando para encontrar un punto de apoyo en un planeta muy vulnerable.  Por lo tanto, no desvariamos si osamos afirmar que los imperativos de alimentar al mundo, mantenerlo a salvo de epidemias como la viruela, el paludismo y el SIDA, y combinar el progreso económico con la seguridad medioambiental local y mundial son los que caracterizan nuestro tiempo y los que merecen nuestra inquietud prioritaria.  Podemos afirmar que las causas subyacentes de las guerras y la violencia son el hambre, la pobreza, la degradación medioambiental y el cambio climático inducido por el hombre.

Si bien las guerras y las pugnas políticas, territoriales o económicas conmocionan al mundo y pueden causar grandes penurias, son esas cuestiones prioritarias que muchos soslayamos con asombrosa indiferencia las que determinarán si será viable la civilización y hasta la supervivencia de las generaciones futuras.  Si las tenemos en cuenta y nos dedicamos a colaborar para resolverlas, podremos anunciar una nueva era del desarrollo sostenible en la que las NNUU tienen la capacidad de desempeñar una función decisiva porque nuestra seguridad e incluso nuestra supervivencia dependerán de que el mundo entero forje un triple compromiso: acabar con la pobreza extrema, garantizar los derechos humanos a todos y proteger el medio ambiente natural contra las crisis, inducidas por el hombre, del cambio climático, la destrucción de la diversidad biológica y el agotamiento de las reservas de agua dulce y otros recursos vitales. Si los países del mundo le otorgan el mandato indispensable, Ban Ki-moon puede aplicar el peso de la Organización mundial para colocar el desarrollo sostenible en el centro de una política de colaboración internacional.

Hay otras cuestiones donde las NNUU realizan una labor importante.  El año pasado, Ban lanzó una nueva y audaz iniciativa mundial, “Todas las madres, todos los hijos”, para mejorar la atención de salud de las madres y los hijos.  Las NNUU desarrollan también una labor universal contra el VIH/SIDA, la tuberculosis y el paludismo, entre muchas otras dolencias y enfermedades.  Además, en 2015 el Secretario General participará en un esfuerzo que contribuirá a guiar el mundo hacia compromisos aún más audaces en la lucha para acabar con la pobreza extrema y la privación en los dos próximos decenios.  Pero hay muchos otros aspectos culturales, económicos, alimentarios, etc., en los que las NNUU desempeñan un notable papel progresista.

Cuando Ban viaja a las regiones empobrecidas de África, no hay un propósito demagógico ni electoral.  Su presencia en esos lugares no le gana puntos para sus aspiraciones personales.  Se trata de una cuestión de compasión y un genuino deseo de comprender los problemas para formular soluciones.  Por eso se mezcla con los habitantes de las aldeas y les cuenta que creció en la pobreza y la privación de la Corea del cruento decenio de 1950 y que, comprometiéndose con el trabajo denodado, la educación, la ciencia moderna y los valores compartidos, Corea del Sur llegó a ser uno de los países más ricos y progresistas del mundo.  Ban quiere predicar con el ejemplo y su ascenso desde la pobreza hasta el más alto cargo que puede ostentar un dirigente mundial subraya la trayectoria que ha seguido su país. Es una historia de decencia, compromiso y generosidad que le ha granjeado la confianza mundial y puede contribuir a guiar el mundo en un momento de riesgos sin precedentes y oportunidades excepcionales.

Nuestra obligación como ciudadanos del mundo es contribuir a que nuestros respectivos países comprendan que los intereses nacionales deben subordinarse a los intereses universales cuando de ellos depende la supervivencia y la calidad de vida en nuestra civilización.  Es importante entender que no se trata de despreciar a las NNUU por sus deficiencias, carencias y errores, sino de actuar dentro de nuestro ámbito nacional para lograr que los dirigentes de cada uno de nuestros países se comprometan a respaldar a la Organización mundial en los programas y actividades que pueden garantizar un futuro mejor para la humanidad.  La solución de los problemas mundiales está en la colaboración y no en una estúpida rivalidad que sólo aspira a lograr ventajas mezquinas que siempre tienen consecuencias ulteriormente desastrosas.