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17/11/2019
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La Democracia Cristiana y su aplicación en el escenario político

Discurso  en el Congreso Nacional Extraordinario del Partido Popular. Mayo 7 de 2011Congreso Nacional Extraordinario del Partido Popular en PanamáCongreso Nacional Extraordinario del Partido Popular en Panamá

Quiero aprovechar esta oportunidad para recordar al inicio de estas palabras a tres copartidarios esenciales en la vida de nuestro partido que no están hoy con nosotros: al incansable Iván Romero, mi amigo y compañero de lucha durante toda mi participación en política; al conciliador y generoso René Orillac que dejó en su vida pública y privada una estela luminosa de honradez , y al tenaz Roberto ‘Tito’ Méndez que tuvo la voluntad de tomar la responsabilidad de la secretaría general en uno de los momentos más difíciles de nuestra vida partidaria.  Para ellos mi permanente recuerdo.

Quiero ir a lo medular y no a lo adjetivo, que tantas veces nos traga el tiempo que dedicamos a la política y decir lo mucho que he aprendido de todas y todos los copartidarios y conciudadanos con los que he tenido la oportunidad de tratar a lo largo de los años.  Pero permítaseme primero subrayar algunos antecedentes.

Nací en una familia que por varias generaciones se ha dedicado a la política desde inicios de la República.  Mi bisabuelo, Ricardo Arias Feraud, y su hermano, Tomás Arias, fueron próceres de la independencia, miembros de la Junta Revolucionaria. Tomás, formó parte del Triunvirato de la Junta Provisional de Gobierno en 1903 y ambos hermanos fueron sucesivamente Secretarios de Relaciones Exteriores del primer gobierno constitucional.  Mi padrino de confirmación, el llamado ‘caballero de la política’, Francisco Arias Paredes, fue presidente de un partido de centro izquierda,  y un hombre de ideas progresistas, aclamado por las multitudes. Su hijo, mi tío, Ricardo Manuel Arias Espinosa, asumió la Presidencia de la República en momento traumáticos para el país, devolviéndole su confianza en sí mismo al punto que durante su mandato se realizó la exitosa convocatoria en Panamá de la primera reunión de jefes de Estado del continente americano; y el hermano de mi padre, Juan Bautista Arias, gracias al apoyo popular, fue durante veinte años diputado y en su cargo reconocido por su rectitud y convicciones.

Por el lado de mi familia materna, mi abuelo, Manuel Calderón Ramírez y sus hermanos, Pedro y Salvador, fueron líderes conservadores que se opusieron a la dictadura de Zelaya en Nicaragua y sufrieron la persecución y el exilio a principios del siglo pasado. Salvador fue, además de revolucionario, escritor, profesor y diplomático y hombre de tal autoridad moral que Augusto Sandino le solicitó ser su representante en las negociaciones para deponer las armas. El asesinato del líder nicaragüense lo hizo tomar la decisión de abandonar su patria para siempre y murió en el destierro.

Recibí de mi familia el interés por la política, pero sobre todo un legado de servicio y amor a la patria, al que mi madre añadió el profundo sentido de responsabilidad personal y de gratitud por las bendiciones y privilegios  que Dios y  la vida nos habían otorgado a mí y a mis hermanos y que debían traducirse en vivir con honestidad, preocuparnos por nuestro prójimo sin vacilaciones y servir a Panamá sin regateos.

Cuando regresé a esta tierra,  después de terminar mis estudios,  recibí la invitación de varios grupos políticos para que me activara en ellos; sin embargo, los hechos del 9 de enero de 1964, me mostraron la falta de liderazgo político y popular de las dirigencias tradicionales de la época. En contraposición a esas carencias, me atrajo, de manera particular, la posición del pequeño Partido Demócrata Cristiano, sus planteamientos contundentes y serenos sobre la soberanía panameña y el rechazo de la intervención violenta en nuestro territorio por parte de los norteamericanos.

Mi formación filosófica y el don de la fe cristiana que animaban mi pensamiento y mi actividad intelectual, nutridos de pensadores como Maritain y  Mounier y las enseñanzas de la doctrina social de la Iglesia, encontraron en la Democracia Cristiana Panameña el ámbito para iniciarme en la vida política.

Está de moda declarase apolítico y referirse a la actividad política en términos negativos y hasta con desprecio, como reacción a  la indigna actuación de muchos, pero lo  cierto es que la política es una actividad noble a la que están llamados hombres y mujeres generosos y solidarios que aman a su patria y quieren servirla con honestidad y que, cuando ellos se apartan de la vida pública ésta se empobrece y contamina de los peores vicios.

Hay también quienes en los últimos años han querido promover la confrontación y la desconfianza entre los partidos políticos y las organizaciones de diversa índole que se agrupan bajo la denominación de sociedad civil.  Estoy convencido que esa  confrontación y desconfianza son innecesarias y estériles,  puesto que entre el  más de medio millón de personas inscritas en los partidos políticos se encuentran líderes y activistas de muchas organizaciones gremiales, cívicas, sindicales, ambientalistas, profesionales y religiosas. Y creo que puede darse entre las organizaciones no gubernamentales y los grupos políticos una mutua cooperación en el respeto a la función que cada uno de estos sectores hace en la sociedad.   Los grupos de la sociedad civil tienen que aportar sus ideas, formular críticas y propuestas, así como  sugerir compromisos para que los partidos políticos, que están por su naturaleza llamados a obtener en virtud del voto popular la posibilidad de gobernar, enriquezcan su visión y su acción de manera que hagan realidad, mediante leyes y proyectos, los reclamos que provienen de otros sectores organizados.

No debemos dejar de confiar en los partidos políticos para que hagan realidad en sus propuestas y programas los reclamos de otros sectores de la sociedad en aras del bien común.

Entre lo mucho que aprendí en la actividad política, lo primero fue que la política requiere un trabajo incansable, que unas son las apariencias y otra la realidad, incluso en esta actividad.  ¡Cuántas veces gastamos nuestro tiempo en discusiones bizantinas, opiniones estériles y repetitivas sin que nadie se atreva a oponerse a la pérdida de tiempo y de oportunidad, y a hacer un acercamiento a temas serios y de gravedad para los cuales no encontramos momento oportuno ni fácil solución!

Ocasionalmente, actuamos en la ignorancia y en la indiferencia con respecto a los valores que, por otra parte, proclamamos que son componentes supremos de la vida en común. Pienso por lo demás, que la situación de otros colectivos políticos y de la misma sociedad panameña es mucho peor.

Entre los diversos valores que caracterizan nuestra ideología demócrata cristiana está el tema central de la persona humana, su dignidad inherente y su desarrollo integral.

La persona humana, a diferencia de las cosas naturales, nos hace entrar en un ámbito que puede ser denominado cultura, trascendencia o acceso a lo divino, de ahí que los valores sean los núcleos que influyen sobre las realidades naturales sin pertenecer exclusivamente a la naturaleza, y que a la vez abren paso para que el ser humano viva experiencias inéditas que lo hacen superarse a sí mismo.

Estos núcleos configuran una gama de oportunidades para los hombres y mujeres que sean fieles al llamado de los valores.   Más todo se disgregaría de no ser gestado y apoyado por quien tiene el rol principal: Dios, que por su naturaleza es fuente de todos los valores.

Éstos buscan expresarse de manera unitiva en diferentes planos, sin que ello sea causa de disolución. Uno de estos es el plano sociopolítico, lo que hace que el poder político presente su propia obligatoriedad y por ello reconocemos la capacidad que tiene dicho poder, para que pervirtiéndose, pueda salirse de cauce y mantener el status quo, ahondar en la corrupción o bien, sustentándose en su propia virtud, cambiar positivamente a la sociedad.

Unas políticas que no tomen en cuenta estas realidades no sirven al ser humano para liberarse de aquello que lo encierra en la cárcel de una conciencia reducida y ensimismada.  De allí que cada cierto tiempo la política, sintiendo ella misma su propia degradación, busque revestirse de nuevos hábitos y renovar su potencia luminosa para transmitir el espíritu de unidad que la sociedad requiere. Pero si no se apega al llamado de los valores queda condenada a la dispersión y pérdida de esos mismos valores que dice proclamar.

El objetivo de la política, como decía el maestro Aristides Calvani, “es hacer posible lo necesario”, en otras palabras, es transmitir ese espíritu de unidad que transforma positivamente a la sociedad en un auténtico hogar.  Esto requiere un cambio dinámico como persona humana, titular de derechos y deberes, poseedora de sueños realizables mediante el trabajo, la perseverancia en la honradez y la vivencia de los valores, y con derecho a realizarse plenamente en todas sus potencialidades.

Durante mis setenta y ocho años de vida he dedicado a la política cuarenta y siete y participado en cuatro elecciones importantes que fueron las que definieron la democracia en Panamá.  No importa que por razones contingentes sólo haya estado transitoriamente en el ejercicio efectivo de un cargo público, porque mi experiencia prueba que se puede influir positivamente en la vida del país sin estar en el poder.

Durante todo ese tiempo mantuve vigente la docencia universitaria en Filosofía, aún  durante los años en que la dictadura me obligó a enseñar en el exterior, específicamente en Venezuela y Estados Unidos.  Mi fe cristiana y mis convicciones democráticas   me ayudaron a soportar las persecuciones de la dictadura, sin jamás entrar en connivencia con ella.

Al llegar a este día, mi satisfacción como político es grande ya que cada momento dedicado al bregar en pos de la democracia me ha redundado en la complacencia de saberme consecuente con mis ideales y el núcleo de valores que han inspirado mi actividad política, a pesar de los atropellos, ingratitudes, sinsabores y traiciones, injurias,  carcelazos y exilios.

Preguntémonos hoy con orgullo y esperanza:

¿Qué sería del Panamá de hoy, si los jóvenes que dos años después formaron la Democracia Cristiana no hubieran, en 1958, sembrado de banderas la Zona del Canal iniciando  así una nueva etapa en el nacionalismo panameño?  ¿O si los demócratas cristianos no nos hubiésemos dedicado a luchar por elecciones limpias desde 1960; o si en 1964 nos hubiese faltado valor y coraje para negarnos, como lo hicimos, a firmar las credenciales de presidente del candidato oficialista, por graves indicios de fraude; o si no nos hubiésemos opuesto, en la contienda de 1968, a la intervención del Ejecutivo y la Guardia Nacional en el proceso electoral a favor del candidato de gobierno?

¿Cuál sería nuestro destino si no hubiésemos tenido el arrojo de introducir el tema de la justicia social a la par del tema de la libertad, en el discurso político nacional desde los años setentas, pagando el precio de ser tildados de “sandías… verdes por fuera y rojos por dentro”?

¿Cómo fuera nuestra sociedad si no hubiésemos insistido en que la recuperación de la democracia, después del golpe militar, debía hacerse por medios políticos y no por la vía de la violencia armada?

¿Tendríamos democracia hoy, si no hubiésemos liderizado la campaña de 1989? ¿Si no hubiésemos accedido a sacrificar nuestra justificada aspiración a la candidatura presidencial en pos de lograr la unidad de toda la oposición?  ¿Si no hubiéramos servido con lealtad y eficacia, que no supo reconocer, a un Presidente que no era de nuestra preferencia? ¿Si no hubiésemos aceptado, sin provocar crisis ni desestabilizar al gobierno, la decisión de excluirnos mediante calumnias y mentiras?

¿Qué sería del balance de poderes del Estado si no hubiésemos insistido en desmilitarizar la Fuerza Pública y. si aún ahora, no estuviésemos alertas y oponiéndonos contra la creciente re militarización que nos amenaza?

¿Qué sería del Panamá de hoy, si no hubiéramos introducido en la agenda política  nacional temas como el concepto de deuda social o el reconocimiento de los derechos de la mujer y la erradicación de la violencia doméstica, y no hubiésemos formado la conciencia de que falta aún mucho por hacer en relación con los derechos humanos de las mujeres, niños y niñas, adolescentes, las personas de tercera edad y los discapacitados?

Todo esto lo hicimos desde nuestra posición en el centro del espectro político, lejos de la derecha recalcitrante y aprovechadora y de la izquierda radical y demagógica.

Si no hubiéramos hecho todo esto y más, Panamá probablemente no tendría hoy esta democracia, que a pesar de ser imperfecta, es real, palpable y perfectible.

En estos momentos de profunda crisis política, cívica y de valores Panamá vuelve a convocarnos para el liderazgo político centrado en ideas medulares, como son el reconocimiento de la dignidad de la persona humana, la promoción del bien común, el perfeccionamiento de las instituciones democráticas, la protección del medio ambiente y el respeto de los derechos humanos con especial atención a los más pobres y marginados de nuestro país.

Sé que en el año 2014 este trabajo que continuará con la presidencia de Milton Henríquez, nos conducirá al triunfo electoral que deberá traducirse en mejores servidores y servidoras para la patria.

Gracias a todas y a todos por haberme acompañado a lo largo de estos cuarenta y siete años y por estar aquí hoy.