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05/02/2023
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He estado pensando XIV.

                                            He estado pensando XIV.

                           Por el Padre Alberto Reyes Pías, sacerdote cubano.

                         He estado pensando… en eso que llamamos “dignidad”.

“Dignidad” es una de las palabras más queridas por el discurso público de esta nación. “Somos un pueblo digno”, repetimos hasta la saciedad, aunque luego, cuando uno pregunta: “¿qué significa “dignidad”? la gente no tiene ni idea.

Dignidad hace referencia a nuestro valor como personas, que viene dado por Dios a todo ser humano por el simple hecho de existir. La dignidad no es algo que se merece o se recibe de una autoridad, porque el valor de una persona es intrínseco a ella.

La dignidad nunca se pierde, pero lo que sí puede perderse, o manipularse, es la conciencia de la dignidad, la conciencia del propio valor.

A veces el discurso social vincula la dignidad de la persona a lo que posee, a su estatus social, a sus atributos físicos…: “vales por lo que tienes, por tu posición social, por tu apariencia…”, pero esa mirada es falsa y manipuladora, porque nuestro valor radica en nuestro ser de personas.

También el valor de la persona puede vincularse al discurso político, que transmite el mensaje de que la persona vale si se integra a un programa político o ideológico, si defiende una determinada línea de pensamiento, si participa socialmente a favor de un proyecto partidista.

De lo contrario, el mensaje oficial deja claro que la persona pasa a ser un “ciudadano de segunda”, mal mirado y tildado de “desafecto”. Y si, más allá de esto, la persona expresa su desacuerdo con el programa político vigente o, más aún, osa oponerse a él, ya no sólo es mal mirado sino que entra en la categoría de “opositor”, y se arriesga a que se le niegue el derecho a expresarse e incluso el derecho a la libertad o a permanecer en su propio país.

Esto hace que muchas personas entren en el pánico de “no marcarse”, de “no perder valor” ante la mirada evaluadora e inquisidora del poder, y buscan por todos los medios dejar claro que ellos “sí se portan bien”: participan en todas las iniciativas del gobierno mostrándose siempre a favor de los objetivos que el poder persigue, van a todas las manifestaciones, a todas las reuniones, a todos los comicios electorales aunque sean una farsa, adornan sus portales y jardines con frases acordes al discurso oficial, siempre están a favor de lo que se pide y nunca en contra, y nunca se abstienen, porque la abstención puede ser ya “sospechosa”.

Llega a tal punto su terror, que incluso en los momentos en que se les pide su opinión a través de un voto personal y secreto, no se atreven a plasmar lo que verdaderamente piensan, porque… “nunca se sabe”.

Y cuando sus hijos van creciendo y van manifestando que no quieren vivir como esclavos, hacen lo imposible porque abandonen el país, y prefieren la lejanía y la separación a enfrentarse a un gobierno que se ha erigido como fuente del valor de los individuos.

Así se puede vivir, y así se puede morir, y puede que, en recompensa, la persona nunca “tenga problemas” con “el sistema”, pero al precio de no existir, de renunciar a su libertad de expresión, al precio de ceder su valor a un sistema político al cual esa persona no le importa, porque es vista simplemente como una pieza necesaria para mantener una estructura de poder.

Por eso, si bien la dignidad es algo con lo que se nace, es necesario crecer en la conciencia de la propia dignidad, es necesario aprender no sólo a reconocer el propio valor sino a defenderlo, a protegerlo, y a asumir los precios de elegir existir.