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09/12/2022
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El dictador Putin contra el Derecho Internacional

Con ocasión de celebrarse las farsas plebiscitarias en las autoproclamadas “repúblicas populares” de Donétsk y Lugánsk, así como en los “territorios autónomos” de Jersón y Zaporózhie, Vladímir Putin,pronunció un discurso. El público fue selecto, e incluyó no sólo a los diputados a la Duma Estatal (cámara baja del parlamento ruso), sino también a otras personalidades prominentes. La alocución rompió todos los records conocidos de desvergüenza y cinismo.

Como juristas, conviene que señalemos, con verdadero pasmo, que el genocida dictador de Rusia, al referirse a la invasión que, con la denominación eufemística de “Operación Militar Especial” emprendió contra Ucrania, haya invocado… ¡el derecho internacional!

Tras aludir a la aceptación antijurídica de los cuatro supuestos nuevos sujetos de derecho arriba mencionados en el seno de la Federación de Rusia, el genocida dictador actual de Rusia declaró: “Se trata, por supuesto, de su derecho, de su derecho inalienable, plasmado en el primer artículo de la Carta de las Naciones Unidas, donde se alude directamente al principio de la igualdad y la autodeterminación de los pueblos”.

La orfandad de los argumentos (algún nombre hay que darles) esgrimidos por Vladímir Vladímirovich salta a la vista. En el mismísimo artículo 1 de la Carta, al que él aludió, se menciona, como el primer propósito de la nueva organización internacional que surgía tras la debacle de la Segunda Guerra Mundial, el de “mantener la paz y la seguridad internacionales”. Estamos hablando justamente de los grandes valores atacados arteramente por el actual inquilino del imponente Kremlin moscovita.

El autoritario gobernante, con sus actos, ha reeditado los zarpazos asestados antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial por el dictador nazi Adolfo Hitler; también los que por esas mismas fechas, aunque en menor escala, propinó el fascista Benito Mussolini; así como los que, ya en forma concomitante con el inicio del gran conflicto, asestó el comunista José Stalin. En ese sentido, Putin envió sus tropas a la vecina Ucrania, un país independiente y soberano que forma parte de la ONU desde hace más de tres cuartos de siglo.

También en el discurso que pronunciara aquel aciago 24 de febrero, el autócrata ruso dejó entrever sus propósitos de imposición y mangoneo sobre Ucrania. Por una parte, habló del “genocidio” que, según su dicho, perpetraban las autoridades ucranianas sobre las poblaciones rusófonas de Donétsk y Lugánsk. Todo esto —¡claro!— sin ofrecer datos estadísticos u otro elemento probatorio cualquiera que pudiese servir de justificación a tan grave acusación. Esto representaba el prólogo para la anexión (que ahora, al cabo de los meses, se ha pretendido consumar) de esos territorios a Rusia (con los añadidos de Jersón y Zaporózhiye, de los cuales no habló en aquel momento).

Por la otra parte, el orador (nostálgico confeso de la cárcel de pueblos que era la felizmente desaparecida Unión Soviética) se extendió en consideraciones sobre la inexistencia de una verdadera tradición de un estado independiente en Ucrania. Según su interesado dicho, este extenso país sólo puede ser concebido, en la práctica, como una parte integrante de Rusia. Con esto se sentaban los “presupuestos ideológicos” para barrer del mapa (para decirlo en pocas palabras) a la República de Ucrania; para justificar la desaparición pura y simple de ese estado independiente, que es miembro de la ONU.

Por último, el dictador moscovita aludió al “fascismo” que —siempre según él mismo— impera en el vecino país invadido. Esta parte de su alocución, a su vez, constituía el prefacio para “justificar” la remoción de las actuales autoridades ucranianas (y quién sabe si la realización de farsas judiciales en su contra), así como la imposición de una nueva dirigencia títere en lo que quedara de la Ucrania independiente.

Podemos ufanarnos del fracaso de esos planes imperialistas. La Ucrania libre, con el generoso apoyo en material bélico que le prestan Estados Unidos y sus aliados occidentales, le ha plantado cara a la invasión de la soldadesca rusa. De hecho, Putin y su claque se han hundido en el descrédito. La columna de vehículos militares de varias decenas de kilómetros de largo que a fines de febrero se dirigía hacia Kíev, tuvo que cambiar de destino ante la firme resistencia de Ucrania. Al presente, las tropas de este país contraatacan en diversos sectores del frente; al momento de redactar estas líneas se anunciaba la inminente recuperación de la ciudad de Jersón. En resumen, la aventura putinesca sólo ha servido para que la opinión pública internacional ponga en duda la condición de gran potencia (o incluso de superpotencia) que Putin y sus paniaguados le atribuyen a su nación.

Pero volvamos al artículo 1 de la Carta de las Naciones Unidas. Después de mencionar en su apartado primero los propósitos de “mantener la paz y la seguridad internacionales”, el precepto continúa: “y con tal fin, tomar medidas colectivas eficaces para prevenir y eliminar amenazas a la paz, y para suprimir actos de agresión u otros quebrantamientos de la paz; y lograr, por medios pacíficos, y de conformidad con los principios de la justicia y del derecho internacional, el ajuste o arreglo de controversias o situaciones internacionales susceptibles de conducir a quebrantamientos de la paz”.

¡No fue por gusto que el sátrapa del Kremlin, al decidirse a mencionar un precepto del documento básico del derecho internacional contemporáneo, prefirió no hacer citas textuales, y se contentó con aludir de manera vaga al “primer artículo” de la Carta… ¡Si es que el texto de ese mismo precepto invocado a modo de justificación suena como una condena inequívoca a los bárbaros actos de agresión destados por Putin y su claque contra el pacífico pueblo de Ucrania!

Y, por supuesto, ya que Putin tuvo la desfachatez de invocar nada menos que el derecho internacional para justificar su zarpazo a su vecino sudoccidental, viene al caso citar otros preceptos de la Carta que sirven de modo inequívoco para condenarlo por su despiadada agresión.

Mencionemos a vuelo de pájaro algunos de esos principios y normas:

• el fomento entre las naciones de “relaciones de amistad basadas en el respeto al principio de la igualdad de derecho y al de la libre determinación de los pueblos” (Art. 1.2);

• la “igualdad soberana” de todos los países miembros de la ONU (Art. 2.1);

• el uso, por parte de los miembros de la Organización, de “medios pacíficos” para el arreglo de “sus controversias internacionales” (Art. 2.3);

• la abstención, por parte de los estados-miembros, “de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado” (Art. 2.4);

• la no injerencia en los asuntos internos de los Estados (Art. 2.7).

Creo que con esos elementos basta para caracterizar la aventura de Putin y su claque en Ucrania como lo que verdaderamente es: una violación grosera y descarada de todos los principios que el derecho internacional tiene establecidos para normar las relaciones entre los diferentes miembros de la comunidad internacional.

Como cubanos, tienen que despertar nuestro interés la postura asumida por las autoridades del régimen castrista ante el intento de rapiña y despojo acometido por la soldadesca rusa, cumpliendo las órdenes provenientes del Kremlin de Moscú.

Llegado a este punto, forzoso es reconocer, a fuer de sincero, que los inquilinos del habanero “Palacio de la Revolución”, en su complacencia ante los poderes moscovitas, no se han acercado siquiera al grado de descoco alcanzado por algunos de sus más firmes aliados en tierras de Nuestra América.

Me estoy refiriendo —ante todo— al dictador nicaragüense Daniel Ortega. En una carta a su colega Putin con motivo del cumpleaños 70 de este último, el centroamericano no sólo invoca a la Virgen del Rosario (de quien Ortega y su mujer y vicepresidente, Rosario Murillo, en forma absolutamente sacrílega, aseguran que “está guiando sus pasos”… ¡los de Putin!). No contentos con esto, la pareja de sátrapas asegura que el inquilino del Kremlin ¡“libra nobles batallas por la paz, el respeto, la tolerancia y la vida tranquila y segura para todos”! ¡Tamaño descaro!

Otro cuyos mensajes vale la pena destacar es Evo Morales. Pese a eludir las furnias de abyección alcanzadas por Ortega y su consorte, el impresentable expresidente boliviano se dirigió al más grande imperialista e intervencionista armado de este siglo con las siguientes palabras: ¡“Los pueblos dignos, libres y antiimperialistas acompañan su lucha contra el intervencionismo armado de Estados Unidos y la OTAN”!

El gobierno castrista, aunque sin llegar —insisto— a extremos como los recién mencionados, se ha alineado al lado de Putin. A esos efectos, sus embajadores, en las votaciones realizadas en los marcos de la ONU sobre el tema de Ucrania, han optado mayoritariamente por abstenerse. (Y, por cierto, han llevado en el pecado su propia penitencia: En la votación cadañal celebrada en la Asamblea General de ese organismo mundial para condenar el “bloqueo” de Estados Unidos a Cuba, tuvieron que sufrir, hace apenas unos días, que, en justa reciprocidad por sus repetidas abstenciones en las votaciones de otras resoluciones dirigidas contra la invasión rusa a Ucrania, este último país también se abstuviese).

Uno siente vergüenza ajena por esa conducta contemporizadora: Que el gran abanderado de la no agresión de las grandes potencias a otros países tenga ahora (para congraciarse con las ansias imperiales del actual dictador ruso) que abstenerse de criticar el brutal zarpazo asestado por este a Ucrania (del mismo modo que el fundador de la dinastía, Fidel Castro, apoyó en su momento la invasión de la Unión Soviética contra la antigua Checoslovaquia), no deja de ser una realidad harto irónica. Ella demuestra hasta qué grado de dependencia ante sus valedores extranjeros ha llegado el castrismo, sin que importe la poca generosidad de estos.

Tomado de: Boletín Jurídico No. 29 Corriente Agramontista de Abogados Independientes Cubanos