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09/12/2022
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A propósito del XXXI Domingo del tiempo ordinario.

                          A propósito del XXXI Domingo del tiempo ordinario.

                                             Evangelio: Lucas 19, 1-10.

Poner un nombre es abrir una puerta. Una persona, un deseo, un sueño, una enfermedad, un problema todo cobra vida y despliega un camino cuando se le da nombre.

El Evangelio de hoy invita a poner nombres. Dice el Evangelio que Zaqueo buscaba encontrarse con el Señor, su vida aparentemente resuelta estaba inquieta, y Zaqueo necesitaba ese encuentro, pero la multitud se lo impedía, y por eso, se subió a un árbol.

Ahora, tratemos de definir identidades: ¿qué nombre tienen tus multitudes, y qué nombres tienen tus árboles?

Nuestras multitudes son todas aquellas cosas que nos dificultan el encuentro cotidiano y profundo con el Señor. Toca a cada uno ponerles nombre, pero aventuremos ejemplos. ¿Cómo pueden llamarse tus multitudes?

Tal vez una vida en modo non-stop donde no hay tiempo ni para rezar, ni para el silencio interior, ni para un simple rato de meditación, una vida-carrera-de-obstáculos donde los días son un cúmulo de problemas a resolver. Tal vez personas que te desaniman, que te invitan a renunciar a lo mejor de ti, que no entienden tu fe, ni la valoran, y que ven como un sinsentido el Evangelio. Tal vez hábitos, costumbres, pecados a los que has ido dando espacio y has ido poniendo en el saco eterno del ya lo resolveré. Tal vez tú mismo, que te miras y te dices que, por mucho que te esfuerces, esa relación profunda con Dios que deseas es sólo eso, un deseo, un sueño vano que nunca podrás realizar.

A Zaqueo lo bloqueaban las multitudes, y por eso se subió a un árbol. También toca a cada uno darle nombre a sus árboles, pero podemos de igual modo poner ejemplos: ¿Cómo pueden llamarse tus árboles?

Tal vez son personas, esas que te inspiran, te animan, te hacen mirar más allá de tus derrotas de hoy y de las miserias de este día. Tal vez unos ratos de oración o de meditación celosamente defendidos. Tal vez un libro, un amigo de esos que te dicen la verdad que no quieres oír, tu familia, tu Bíblia releída y manoseada...

Todos tenemos multitudes, y todos tenemos árboles. Pero necesitamos en algún momento detenernos, parar, para mirar a unas y a otros, y ponerles nombre, porque, no lo olvidemos, cuando ponemos un nombre se abre una puerta y se despliega un camino, un camino para poner límites, para separar y apartar, para decir: No te quiero más en mi vida; o un camino para acercar, para hacer crecer, para abrazar, para facilitar el encuentro con aquel que te mira y te dice: Quiero hospedarme en tu casa.