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03/10/2022
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Ciencia, dogma y humanidades en el ámbito del poder y la política

Gerardo E. Martinez-SolanasEl cientificismo se ha entronizado en el pensamiento universal hasta el punto de fomentar el relativismo moral, que se establece con el argumento de que los conceptos éticos son variables según las culturas y las épocas en que se desenvuelven, sencillamente porque no pueden ser empíricamente demostrados.

No cabe duda que el período de La Ilustración fue sumamente positivo para el avance de las ciencias y la tecnología al abrirle las puertas a la investigación y al libre debate en torno a los descubrimientos y pruebas empíricas. Al hablar de "La Ilustración" (Enlightment en inglés) nos referimos al movimiento cultural e intelectual que se desarrolló desde mediados del s.XVIII hasta principios del s.XIX, partiendo de Inglaterra, Francia y Alemania y culminando en la Revolución Francesa y otros acontecimientos que provocaron gradualmente el fin de las monarquías absolutistas europeas. Este resultado tangencial se produjo pese a que inicialmente provocara lo que se llamó "despotismo ilustrado", según el cual el pensamiento crítico y reformista de "La Ilustración" podía justificar las leyes que mantenían el absolutismo, valiéndose de la introducción de una serie de reformas y mejoras que, de hecho, pusieron fin al feudalismo, dieron una mayor autoridad a los jueces y crearon muchos centros educativos, pero mantuvieron los hilos del poder en manos del monarca.

CientificismoSegún lo describo en el libro de próxima publicación, titulado "La Huella del Cristianismo en la Historia", el cientificismo resultante de La Ilustración «postula que los únicos conocimientos válidos son los que se adquieren mediante las ciencias positivas, lo cual tiende a dar excesivo valor a las nociones científicas o pretendidamente científicas. Por tanto, sus críticos lo califican como una postura ideológica que pretende hacer pasar como conclusiones de la ciencia lo que serían en realidad nociones intelectuales propias de una determinada filosofía materialista. Por el contrario, sus promotores estiman que las ciencias formales y naturales presentan primacía sobre otros campos de la investigación tales como ciencias sociales o humanidades.»

En otras palabras, en la mentalidad contemporánea se está imponiendo agresivamente el dogma que postula que todos los problemas o preguntas pueden solucionarse con el método científico y que éste es una forma muy superior a cualquier otra de llegar al conocimiento.

La humanidad comenzó a reaccionar a mediados del s.XX ante esta confronta entre el mundo del arte y las humanidades frente al embate del cientificismo. Este abismo fue reconocido por primera vez por el público en general el 7 de mayo de 1959, cuando el físico y autor Charles P. Snow dio una conferencia en la Universidad de Cambridge titulada "Las dos culturas", destacando no solo las diferencias entre ambas tendencias culturales, sino también la falta de comprensión que cada una tiene de la otra. Empero, Snow declaró crudamente que: «Mientras crece el gran edificio de física contemporánea, la mayoría de los occidentales inteligentes comparten el mismo conocimiento científico que sus antepasados neolíticos», criticando la importancia exagerada, según él, que se le daba a las ciencias sociales y a la filosofía en las universidades.

Sin embargo, la filosofía existe de forma autónoma y previa a la ciencia. A su vez, la ciencia necesita fundamentarse en bases filosóficas, como lo explica el famoso filósofo de la ciencia, Thomas Kuhn, cuando describe que han habido distintas versiones de la ciencia a lo largo de la historia; señala que el paradigma que ha sostenido cada versión de la ciencia estaba basado en teorías filosóficas (atomismo, escolástica, racionalismo, empirismo, etc., etc). Luego es razonable concluir que la ciencia es realmente una rama o derivación de la filosofía, que se dedica al estudio de lo que denominamos naturaleza o mundo natural.

«El sentido en que se usa en filosofía el término "dogmatismo" es distinto del que se usa en religión», según nos explica José Ferrater Mora en su Diccionario de Filosofía, porque aunque el vocablo "dogma" en griego significaba primitivamente "opinión" y "dogmático" se interpretaba como "relativo a una doctrina" o "fundado en principios", que es la interpretación religiosa actual, Ferrater Mora aclara que ya desde la antigüedad «los filósofos que insistían demasiado en los principios terminaban por no prestar atención a lo hechos o a los argumentos que pudieran poner en duda tales principios o hechos. Tales filósofos no consagraban su actividad a la observación o al examen de los hechos, sino a la afirmación». Y ese es precisamente el sentido actual de la calificación de "dogmático".

Reconociendo esta verdad, otro filósofo de la ciencia, John Dupré, calificó esta tendencia cientificista que ahora predomina en nuestro entorno social y político de "imperialismo científico" (aunque podría llamársele también "dogmatismo científico"), reconociendo que desde la década de los 50 vivimos bajo la dictadura de la física: primero, porque sus promotores pretenden que esta disciplina sea el espejo en el que obligatoriamente deben mirarse todas las otras ciencias y disciplinas; y, segundo, porque los físicos son los únicos que aspiran a explicar por completo la realidad. Es la única rama del conocimiento que tiene la petulancia de buscar una "teoría del todo". Adoptan un dogmático unilateralismo que se remonta al ingeniero Vannevar Bush, quien fuera coordinador de los esfuerzos científicos de Estados Unidos durante la II Guerrra Mundial, y tuvo la osadía de negar todo valor intelectual a las artes y las humanidades porque "no son una forma de conocimiento", dando lugar a que estas materias prácticamente desaparecieran del curriculum de los estudiantes de ciencias y tecnología.

Este dogmático desprecio por las artes y humanidades, incluyendo la historia, fue reforzada por muchos en años posteriores. Por consiguiente, el historiador de la Universidad de Rutgers, T. J. Jackson Lears, afirmó que: «El positivismo depende de la creencia reduccionista en que el universo entero, incluida toda la conducta humana, puede explicarse con referencia a procesos físicos deterministas, medibles con precisión».

Ciencia e intereses de poderEs un hecho lamentable que estas convicciones se hayan visto manipuladas hasta el punto de conmover los cimientos de la sociedad y su economía cuando los gobiernos y autoridades de la mayoría de los países del mundo se arrogaron un poder casi dictatorial para imponer medidas de conducta y políticas de cierre económico para supuestamente enfrentar e impedir la difusión de la pandemia del Covid-19, aferrándose a la autoridad dogmática de algunos prominentes científicos y a sus soluciones, quienes, por su ignorancia de las humanidades, no tuvieron en cuenta los factores económicos, sociales y políticos para calibrar sus consecuencias.

No obstante, además de las advertencias de Dupré, ya se está observando una tendencia a rechazar este dogmatismo en defensa de una ética universal que es producto del derecho natural y plantea la supremacía del entendimiento humano y su base moral sobre las afirmaciones de la ciencia y la tecnología, que no son permanentes sino que evolucionan a medida que hay nuevos descubrimientos resultantes de la investigación. En realidad, como hemos visto durante la época de la pandemia, es un grave peligro para la humanidad que el sector científico y técnico esté profundamente alineado con los círculos del poder. Ya lo advirtió Jacob Bronowski, el matemático polaco creador de la serie televisiva de divulgación científica "El ascenso del hombre" (The Ascent of Man), cuando señaló que el liderazgo intelectual ha sido sometido a una situación de dependencia del dogmatismo científico del s.XX que «plantea un gran problema, porque la ciencia también es una fuente de poder que camina al mismo paso del gobierno». En otras palabras, un positivismo convertido en fuente de poder como lo afirmó Jackson Lears.

Curtis White, profesor emérito de literatura inglesa en la Universidad de Illinois, defendió este punto de vista cuando cuestionó si el verdadero valor de la ciencia radica en los privilegios sociales que protegen sus subvenciones y becas y le dan fácil acceso a los pasillos del poder; una realidad que nadie se atreve a expresar en voz alta. Por tanto, él aceptó el desafío y se atrevió a afirmar que «quizá la división de las dos culturas no se reduzca al currículo, como creía C.P. Snow, sino a los intereses de la clase científica. Desde su origen, la ciencia se ha instalado con comodidad entre los oligarcas y ha dependido de ellos».

Por supuesto que la ciencia es muy valiosa para el progreso y el bienestar de nuestra civilización universal porque nos induce a asumir que el entorno en que vivimos es cognoscible y a aceptar el intercambio de ideas y el debate civilizado por el cual nuestras hipótesis y las de los demás pueden ser refutadas, modificadas o comprobadas mediante la investigación. Pero debemos prestar atención a White cuando nos dice que: «cada vez que la ciencia se vanagloria de ser lo último que queda en pie –una vez marginada la filosofía, la imaginación y el arte al ámbito del entretenimiento– se convierte en su propio enemigo». Porque como insistía Jacob Bronowski, el científico debería aprender a verse en el artista y servirse de la inspiración del filósofo. Sencillamente porque la labor de ambos es un proceso de creación.