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03/10/2022
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A propósito del XX Domingo del tiempo ordinario.

A propósito del XX Domingo del tiempo ordinario.

Evangelio: Lucas 12, 49-53.       

Leído literalmente, el Evangelio de hoy es desconcertante, ante un Jesús que habla de traer fuego, guerra y división. Pero ¿qué significa todo esto?       

El fuego, en el Antiguo Testamento, está asociado a la presencia de Dios. Recordemos, por ejemplo, el episodio de la zarza ardiente, o de la columna de fuego que guiaba a los israelitas hacia la libertad. Por otra parte, el fuego también está asociado a la purificación, a la eliminación de lo impuro, de lo imperfecto.       

Por tanto, lo que está diciendo Jesús es que ha venido a traer al mundo la presencia del Padre, del Dios todopoderoso que desde el amor nos pide “purificar” nuestras vidas, o sea, hacerlas puras, hacernos capaces de sacar lo mejor de nosotros mismos, de vivir desde el mayor bien posible, sin las “impurezas” del mal.       

¿Y qué tiene que ver en esto su “bautismo”? Bautismo viene de “baptizein”, “sumergir”, es decir, morir para resucitar a una vida nueva. Cristo tiene que ser “sumergido”, tiene que morir en la cruz para que, vencido el poder del maligno en el mundo, quede para nosotros el camino libre para aceptar al Padre y para aceptar el Evangelio, el modo de vida que nos purifica.       

Y esto, necesariamente, provoca “división”. La primera división es la que se da al interno de cada persona, entre el deseo y el esfuerzo por vivir de acuerdo al Evangelio y la inclinación perenne al mal, a lo que no es Dios. Todos nosotros vivimos esa “división” interna, esa lucha serena pero continua que permite a Dios ganar cada vez más terreno en nuestras almas.

Esa lucha que ha hecho posible que hayamos superado defectos y pecados porque, si miramos bien nuestro pasado, hay actitudes y comportamientos no cristianos que tuvimos y ya no tenemos, pecados que cometíamos y que ya no cometemos. Esa lucha que nos permite ahora seguir creciendo en la aceptación de la voluntad de Dios en nuestras vidas. Esa lucha que, ciertamente, nos quita a veces la paz, pero que nos da la garantía de que no hemos “pactado” con el mal, que no nos hemos abandonado a la falacia del “yo soy así” o del “Dios me entiende”.

De hecho, un alma demasiado tranquila, un alma que no se sienta para nada “dividida” puede ser un alma que ha buscado la paz pactando con el mal. Y esa “división” interna, también se manifiesta al externo de nosotros, en la familia, con los amigos, los compañeros de estudio o trabajo, los vecinos… que no comprenden o no aceptan los valores del Evangelio y que nos consideran anticuados, estúpidos o de “mente estrecha”.

Hoy vivimos en un mundo que ha confundido el respeto a la postura del otro con la falacia de que “todo vale”, de que todo da igual, de que todo debe ser “incluido”, sin distinción, y que ve con horror, cuando no con prepotencia e intolerancia, toda actitud que busca una identidad definida, sobre todo una identidad según el Evangelio de Jesús. Y es que Cristo viene, precisamente, a darnos una identidad, la identidad de hijos del Padre, de pueblo de Dios.

Asumir esta identidad no es posible sin darle a Dios las riendas de nuestra vida, sin dejar que el “fuego” del Espíritu arda en nosotros, nos haga tomar conciencia del bien y el mal que nos habita y que divide nuestra alma, y nos acompañe en la lucha que nos permita, cada vez más, purificar nuestras decisiones y convertir el suelo que pisamos en “tierra sagrada”.