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03/10/2022
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MAISÍ, LA NOSTALGIA DOLOROSA DE MI CORAZÓN

MAISÍ, LA NOSTALGIA DOLOROSA DE MI CORAZÓN

Por el P. Alberto Reyes, Arquidiócesis de Camagüey

Me han pedido que hable de Maisí, donde viví por dos años y cuando, al mes de llegar, el huracán Matthew destruyó todo, menos el espíritu de su gente.

Maisí, el sitio donde nunca me costó levantarme para un nuevo día, donde fui en plenitud el cura que quiero ser y donde tuve la intención de quedarme para siempre; la nostalgia dolorosa de mi corazón. Una de mis primeras impresiones fue este diálogo con uno de mis monaguillos pequeños, una tarde, sobre las siete.

― ¿Ya comiste?

―Sí.

― ¿Qué comiste?

―Arroz.

― ¿Y qué más?

―Chícharos.

― ¿Y qué más?

Silencio. De repente me sentí mirado como una especie rara, y me vi ante dos ojos negros entornados, como cuando hay algo que no se entiende; un niño sorprendido ante una pregunta extraña.

―Nada más, padre, ¿qué más?

Fue la primera experiencia de mis niños con hambre, de desayunos a base de un poco de café, de casas con piso de tierra, de colchones de hierba, de la tragedia del agua, de la vulnerabilidad ante los caprichos de la naturaleza, de niños caminando kilómetros para ir y venir de la escuela, de trillos de fango omnipresente, de extenuantes horas de trabajo en los campos de malanga.

Maisí, donde la vida es dura, donde (según ellos) empieza Cuba; pero, a la vez, el sitio olvidado, a donde nadie mira, porque no es lugar de paso, y solo llegas si es tu destino. Pero también, un lugar donde la gente encara la vida, donde la naturaleza y la bondad son exuberantes. Su gente es sencilla, generosa, noble, sin vergüenza para hablar de Dios: encomendándose a él o agradeciéndole en público, sin reparos para bendecir y pedir bendiciones.

Es el lugar donde los cristianos caminan kilómetros para ir a una misa o a una celebración, sea de día o de noche ―y si hay fango, llevan en una bolsita sus zapatos limpios―; donde los cristianos cantan escrupulosamente fieles a la letra y totalmente libres en la música. Un sitio donde los funerales son una institución: todos van y a todos se les da comida, porque todos permanecen hasta el final. Un lugar donde las fiestas de quince son públicas, y todos son bienvenidos.

Maisí tiene hasta su propio lenguaje: no dicen “casi”, sino “casimente”, derricarse es caerse, insultar es asustar, estar impuesto es estar acostumbrado, no existe la nuera sino la yerna, una perra en celo está “dañada”, una pareja que vive sin casarse está “aplazada”, estar “cumplida” es empezar a tener la menstruación, la “misa del cabo de año” es la misa de cuando el difunto cumple un año de fallecido; y así.

En Maisí no es difícil ver a Dios, por su naturaleza que hipnotiza y por su gente, que te abre la casa y el corazón, que agradece más y se queja menos, que asume la lucha, el dolor, la dificultad como parte de la vida. Un lugar donde se respeta el sitio de Dios.

Tomado de: Vida Cristiana, 14 de agosto de 2022, no. 3012. Año 59.