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02/07/2022
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A propósito de la fiesta de Pentecostés

                                      A propósito de la fiesta de Pentecostés.

                                Por el Padre Alberto Reyes Pías Sacerdote cubano.

Pentecostés es una fiesta hermosa. Es la fiesta del Espíritu Santo, es decir, del amor que existe entre el Padre y el Hijo que es tan fuerte que se convierte en una tercera persona.

Cuando hablamos del Espíritu Santo los ánimos parecen exaltarse describiendo una realidad que irrumpe con fuerza arrolladora, que transforma hasta lo más hondo, que cambia los corazones volcándolos hacia el bien. Yo no pongo esto en duda, pero no creo que el Espíritu trabaje en modo aparatoso. Una cosa es que las imágenes bíblicas se nos den como indicativo de lo que puede lograr la acción del Espíritu, pero la realidad es más de proceso que de cambios cuasi mágicos. De hecho, suelo desconfiar de las transformaciones aparatosas.

Y es que lo que nos pide vivir el Evangelio no puede asimilarse de golpe, nunca: amar incondicionalmente, permanecer generosos y disponibles, servir al que nos ha hecho mal, perdonar, no dejarnos llevar por la ira, renunciar al desquite, vivir, en definitiva, conectados con Dios, no es algo que se asume de un día para otro. No puede asumirse de un día para otro. Por el contrario, es un proceso, largo, con muchas recaídas, y asediado por dudas, decepciones y desalientos.

El Espíritu trabaja en los corazones como la naturaleza en un bosque, con suavidad, con paciencia, con lentitud fecunda. Es verdad que, del mismo modo que hay muchos tipos de tierra y climas más o menos favorables, la disponibilidad del alma humana incide en el avance del proceso, pero aun teniendo un corazón bien dispuesto a la acción del Espíritu, lo aparatoso no es el camino.

Hay una oración que se llama "Peticiones desoídas”, y dice así:

He pedido la fuerza. Dios me ha dado dificultades para hacerme fuerte.

He pedido sabiduría. Dios me ha dado problemas a resolver.

He pedido la prosperidad. Dios me dado la inteligencia y los músculos para trabajar.

He pedido crecer. Dios me ha dado obstáculos a superar.

He pedido el amor. Dios me ha dado gente para ayudar.

He pedido la paz. Dios me ha dado oportunidades para perdonar.

He pedido favores. Dios me ha dado capacidades.

No he recibido nada de lo que había pedido, pero tengo todo lo que necesito.

Dios, se dice, ofrece semillas, y esas semillas, llámense amor, generosidad, paciencia, perdón, paz, solidaridad, servicio... necesitan ser acogidas, alimentadas, cuidadas, practicadas... y así, poco a poco, sin ruido, van transformando la vida, van echando raíces, y un día descubrimos que se han hecho parte de nuestra identidad, y que nos hemos hecho inmunes a las barreras de nuestra propia naturaleza y a las barreras que suele ponernos la sociedad.

Llegados a este punto, somos del Señor, somos para el Señor, somos el fruto de la acción del Espíritu.