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29/11/2022
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A propósito del II Domingo de Pascua.

                                       A propósito del II Domingo de Pascua.

                                              Evangelio: Juan 20, 19-31.

                                     Por el Padre Alberto Reyes Pías. Sacerdote cubano.

Jesús de Nazaret es una realidad histórica, ocurrida en nuestro planeta hace algo más de 2000 años. Negarlo sería, como poco, incultura.

Otra cosa es la experiencia espiritual vinculada a esa realidad histórica: la afirmación de que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, la encarnación del Dios eterno. Esta afirmación exige fe, y eso sí es ya un proceso personal, pero cuya aceptación tiene implicaciones muy precisas.

Aceptar que Jesús es el Cristo significa que reconocemos su autoridad en los valores que propone vivir, su aceptación como “Camino, Verdad y Vida”, a lo cual va unido, de modo inseparable, la predicación, la invitación a todos a que conozcan y acepten a ese Jesús como su Dios y Señor, y la defensa del modo de vida que Cristo propone.

Sin embargo, pienso que el paso lento de 2000 años nos ha ido metiendo en un simple “buenismo”, una mentalidad cómoda y tibia de que “lo importante es ser bueno y ayudar al prójimo”. Predicar no, alzar la voz en defensa de ciertos valores, no, porque hay que respetar al otro, hay que ser inclusivo, no hay que decir nada que incomode al otro, hay que acoger todas las propuestas... Además, da igual cualquier creencia, da igual cualquier religión porque, en definitiva, Dios es el mismo para todos.

Admito que habrá personas no estén de acuerdo conmigo e incluso se molesten con este escrito, pero el Evangelio no dice que todo da lo mismo. Una cosa es el respeto a las creencias de cada cual y la sana y necesaria diferenciación entre propuesta e imposición, pero salvando estas dos condiciones, ¿qué dice el Evangelio?

Para empezar, dice que Cristo es “el Camino, la Verdad y la Vida”. No dice que da igual creer en Buda, Mahoma, Marx o la Pachamama. Si diera igual, con perdón, ser cristiano y ser católico sería la peor opción. ¿Apostar por una religión que predica el sacrificio, la generosidad, el perdón, la fidelidad matrimonial, el respeto a la vida en el vientre materno?, ¿apostar por una religión que te pide vivir en la verdad, en la honestidad, en la transparencia, en la defensa de la justicia pase lo que pase?

Si todo da igual, ¿para qué se molesta el Señor en decir: “Como el Padre me envió, así también los envío yo?”, ¿por qué se cuida de llamar dichosos “a los que crean sin haber visto”?, ¿para qué esa insistencia recurrente en “vayan y hagan discípulos míos a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo?”

A veces pienso que en un mundo en el cual mucha gente tiene cada vez más claro su objetivo, los cristianos lo tenemos cada vez menos claro.

La religión musulmana establece que el Islam es la religión perfecta, y que tienen la obligación de islamizar al mundo. De hecho, por ejemplo, cuando un europeo va a trabajar a Arabia Saudita, le asignan un musulmán encargado de mostrarle las bondades del Islam, y no de modo “sutil y solapado” sino de modo explícito. Los musulmanes están claros de lo que quieren lograr.

En la India, cada vez más se persigue y se le hace la guerra a los cristianos, porque consideran intolerable que un hindú se convierta al cristianismo. Y los cristianos son perseguidos y hostigados. Ellos saben lo que quieren conseguir.

El movimiento LGTBQ+ ha pasado de ser un pequeño grupito político de un barrio perdido de San Francisco, a ser un movimiento mundial omnipresente e incuestionable. Ellos dominan perfectamente su agenda.

Los defensores de la ideología de género han sabido lograr que los más altos niveles mundiales defiendan sin ambages criterios que van en contra de la más pura y clara biología, han logrado someter a la ciencia y a la objetividad, y han creado un movimiento aparentemente imparable capaz de generar leyes que dejan indefensos a los padres. Ellos saben a dónde quieren llegar.

La nueva izquierda se ha robado descaradamente el lenguaje evangélico, con un discurso que hipnotiza a los pueblos, y una vez en el poder, cambian las leyes y las constituciones para eternizarse en ese poder. Ellos saben cómo lograr lo que quieren lograr.

Y mientras tanto, los cristianos vamos de aquí para allá diciendo que lo importante no es proponer a Cristo y hablar con claridad sino ser buenos y ayudar al prójimo. Por supuesto que hay que ser buenos y que hay que ayudar al prójimo, faltaría más, eso es constitutivo de nuestra identidad, pero ¿desde cuándo nos convencieron de que ser buenos significaba dejar de tener criterios claros y de defenderlos?, ¿desde cuándo nos creímos que el respeto al que piensa diferente significa renunciar a proclamar nuestra identidad y a silenciar la verdad?

Es irónico que toda esa gente que sí sabe lo que quiere y sí sabe a dónde va califique a la Iglesia de intolerante y excluyente mientras le van cerrando más y más puertas, eso sí, sin cuestionar nunca el inigualable despliegue de obras de caridad y ayuda social que tiene la Iglesia y del que también ellos se benefician cuando lo necesitan.

Pero si esto es irónico, es triste que los cristianos hayamos aprendido a avergonzarnos de nuestra fe, hayamos elegido ser una “sombra buena” y nada más, y con nuestro miedo, nuestro silencio y nuestra inactividad estemos no sólo renunciando a ser luz para este mundo sino, incluso, poniéndonos al servicio de los que quisieran que Cristo no hubiese existido.

La buena noticia es que hace muchos siglos, un pequeño grupito de hombres y mujeres sencillos creyeron que valía la pena predicar a Cristo como el Salvador, y que tenían claro que “hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”, y poco a poco, con la gracia del que los envió, lograron transformar este mundo.

Yo espero que, en este mundo lleno de gente muy despierta y que sabe lo que quiere, los cristianos, por fin, despertemos, mientras estemos a tiempo.

Aplicación a nuestra vida.

1.- Piensa en los ambientes en que te mueves más allá de tu familia: escuela, trabajo, amigos vecinos… ¿todos saben que eres cristiano o “de ese tema no se habla”?

2.- ¿Te sientes libre de hablar de religión y de defender los valores de la fe cristiana delante de los demás, o eres de los que ha aprendido a callar, a hacerse el sordo o, peor aún, a unirte al criterio de la mayoría o al criterio políticamente correcto aunque no sea lo que crees?

3.- ¿Te das tiempo para enseñar a tus hijos a sentirse orgullosos de su fe cristiana, a proclamarla y a defenderla?

4.- ¿Eres de los que promueven el criterio de que “da igual cualquier creencia porque, total, Dios es el mismo para todos”? ¿Te parece una exageración eso de tener a Cristo como “el Camino, la Verdad y la Vida”?

Conclusión.

¿Qué tal si, en familia, construyen un cartel bien hecho que diga algo así como: “Aquí vive una familia católica”, “Con Dios todo, sin Dios nada”, “Dios bendiga nuestro hogar”, etc., y lo cuelgan en la puerta de la casa?

Después, siempre tomados de la mano, rezarán juntos un Padre Nuestro y un Ave María. Al finalizar, harán la señal de la cruz mientras uno, en nombre de todos, dice:

                                    “Que nos bendiga Dios Todopoderoso, Padre, Hijo, y Espíritu Santo”. Amén.