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20/05/2022
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A propósito del miércoles santo.

                     Por el Padre Alberto Reyes Pías, Sacerdote cubano.

                                   Evangelio: Mateo 26, 14-25.

Las cosas se rompen… las personas se rompen… solemos decir, pero decimos mal, porque ni las cosas ni las personas se rompen solas.

Tal vez hemos conocido a personas que eran “de Iglesia” y que hoy no sólo han abandonado la comunidad cristiana sino que viven incluso como si nunca hubiera llegado a ellos el mensaje cristiano; tal vez conocemos matrimonios que parecían la encarnación de un cuento de hadas y que hace mucho que se separaron; tal vez conocemos sacerdotes y religiosas que un día abandonaron su ministerio y algunos incluso su práctica de fe. Personas en las que, de algún modo, algo se les rompió dentro por el camino.

Judas se fue rompiendo: su admiración por Jesús, su fascinación inicial, su esperanza, sus sueños… todo se fue rompiendo, hasta convencerse de que Jesús no era el Mesías, hasta concebir tal vez la idea de que era un impostor al que, más que abandonarlo silenciosamente, había que exponerlo y “quitarlo de en medio”.

¿Tuvo Judas alguna vez “límites protectores”? Y si los tuvo, ¿en qué momento dejó de respetarlos? Romperse es relativamente fácil, no sólo porque es el final de un proceso lento, a veces imperceptible, sino porque, muchas veces, hemos entrado en ese “proceso destructivo” buscando un “más” y un “mejor”, tal vez totalmente válidos, pero que nos van drenando las energías, la armonía y la sonrisa. Queremos ser mejores padres, mejores hijos, mejores profesionales, mejores misioneros, mejores cristianos… pero al precio de exigirnos demasiado, de dejar de cuidarnos, al precio incluso de maltratarnos… y nos rompemos.

¿Por qué Cristo no se rompe, a pesar de las traiciones, las deserciones de sus discípulos, las injusticias, las torturas…? ¿Cuáles eran sus límites protectores? El Señor sabía darse tiempo: tiempo para dialogar con el Padre; tiempo para irse a Betania, sitio de amigos, de familia, de intimidad; tiempo para irse con sus discípulos “a un lugar apartado para descansar”, tiempo para pasar de incógnito porque “iba enseñando a sus discípulos y no quería que nadie lo supiera”, tiempo para predicar sobre el Reino y enseñar “muchas cosas con calma”.

De Judas no sabemos mucho. No sabemos si se daba tiempo para entrar, también él, en comunión con el Padre; no sabemos si se daba tiempo para crecer en amistad y sana intimidad con los demás discípulos, no sabemos si se autorizaba a mostrarse vulnerable y a sacar fuera sus dudas, sus agobios, sus miedos, sus tristezas; no sabemos si ponía empeño en entender lo que le oía decir o le veía hacer al Maestro, no sabemos cuándo se desconectó tanto de sí mismo y de su conciencia, que ya no le importó ni siquiera robar a los suyos.

Todo lo vivo necesita cuidados, y la fe es un organismo vivo, como lo es el amor, como lo es la esperanza, como lo son los sueños que nos ayudan a caminar. La fe, por muy fuerte y vital que haya sido en algún momento, necesita límites protectores, necesita cuidado y alimento, necesita tiempos de soledad con el Maestro, y escucha, y a otros con los cuales compartir las estaciones del alma. De lo contrario, sin que nos demos cuenta, Jesús va haciéndose cada vez más ajeno, más extraño a la cotidianidad, hasta que llega un día en el que ya, de modo natural, rotos, no nos reconocemos como “uno de los suyos”.