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29/11/2022
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A propósito del Domingo de Ramos

                 Por el Padre Alberto Reyes Pías, Sacerdote cubano.

                            Evangelio: Lucas 22, 14 – 23, 56.

De los muchos retos que tenemos los seres humanos, hay uno particularmente hermoso y, a la vez, difícil: aprender a no ser hostiles a la luz.

Somos propensos a sentirnos heridos por la luz ajena, tal vez porque pone en evidencia nuestras tinieblas o, simplemente, nuestros dones atascados. Sentirnos heridos no es una decisión personal, simplemente ocurre, pero sí depende de nosotros lo que elegimos después. Es decisión nuestra acoger al otro o rechazarlo, promoverlo o hacerle la guerra, tomarlo como inspiración y trabajar lo mejor de nosotros mismos, o intentar destruirlo.

Jesús es descrito en el Evangelio de Juan como “La luz (que) brilló en las tinieblas, pero las tinieblas no la acogieron” (Cfr. Jn 1, 5), la luz que vino al mundo pero “los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas” (Cfr. Jn 3, 19).

Y sin embargo, ante la hostilidad, ante la cerrazón de los suyos, Jesús se mantiene fiel a la luz: se acerca al rechazado, vive el perdón y la misericordia, disiente del discurso oficial cuando este aplasta en vez de liberar, defiende la verdad hasta hacerse políticamente incorrecto, no pacta con el mal (nunca pacta con el mal), no tiene miedo de defender la justicia, no pone su prestigio por encima de hacer el bien a los demás… Y ya conocemos las consecuencias: las tinieblas se rebelaron, y lo mataron, colgándolo de una cruz.

Pero la luz es inmortal; puede ser ocultada, tergiversada, apaleada, encarcelada… pero la luz tiene vida propia, y tarde o temprano, renace, y hace renacer una y otra vez a aquellos que la eligen.

Es esto lo que celebramos esta semana: el triunfo de la luz, en medio de un mundo que se obstina en hacerse cada vez más irracional, que parece empeñado en negar la verdad evidente y en perseguir y denigrar a los que la defienden, un mundo que se especializa cada vez más en la manipulación, en la mentira, en el abuso y en la desfachatez de defender lo indefendible mirándote a los ojos. Un mundo que, sin embargo, es derrotado cada vez que un simple corazón elige la libertad que nace de la adhesión a la verdad, cada vez que alguien renuncia a la “tranquilidad” de colaborar con el mal y se decide a pagar los precios de la fidelidad a la voz del Padre.

No me cansaré de repetirlo: tenemos una sola vida, tenemos una única oportunidad de pasar por este mundo. Cuando nos politizamos, cuando nos ideologizamos, cuando nos rendimos al miedo, al qué dirán, a la dictadura de lo políticamente correcto, al pánico de tener una “mala imagen”… entonces Dios pasa a ser un concepto, el otro una pieza a calcular, y uno mismo, una sombra, una identidad que se desvanece, sumergida en una ilusión de existencia. Y llegados a este punto, nos hacemos hostiles a la luz.

Por el contrario, cuando decidimos existir y ver la realidad, y llamar a las cosas por su nombre, y buscar el bien mayor en todo lo que hacemos, entonces, Dios se convertirá en nuestro faro, los demás en hermanos que importan y nosotros en resucitados. Sufriremos, porque las tinieblas no pueden soportar la luz, pero estaremos vivos.