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Entre sueños y pesadillas.

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Mis abismos internos son complicados. Hay allí mucha luz, una luz que se entrelaza no sólo con la bondad que me habita sino también con el deseo profundo de que esa bondad luminosa se expanda, se desborde en miradas, sonrisas, palabras, escuchas, gestos solidarios…, y alcance así la vida de otros cual abundante bendición. Y desde mi esfuerzo presente, miro al infinito y sueño, sueño con el contagio de la luz y del bien, sueño con una tierra de miradas limpias, manos que levantan y brazos que sostienen y abrazan.

Pero en mis abismos no todo es luz, en mis profundidades hay también oscuridad, hecha de amarguras, heridas y decepciones; tinieblas alimentadas por frustraciones, rencores y odios, y por el miedo; mucha de mi oscuridad nace de mis miedos. Y descubro que no sólo tengo sueños sino, también, pesadillas.

Y me ocurre algo curioso. Cuando miro mis sueños, los siento míos, y me enorgullezco de que algo tan hermoso sea propio. Pero no ocurre así con mis pesadillas. De mis pesadillas me avergüenzo, y las rechazo, y el modo de rechazarlas es culpar a otros de mis oscuridades. No me atrevo a decirme que soy responsable de mis miedos, de mis frustraciones, de mis cóleras profundas, y por eso, desde el mar de mis amarguras, miro a los demás como culpables, y siento que mis pesadillas se alinean en posición de combate, dispuestas a cabalgar mis monstruos interiores, creyéndome que si se convierten en las pesadillas de otros yo me sentiré liberado y en paz.

Para desgracia de mis justificaciones, mis luces luchan con mis tinieblas, y en medio del fragor de mis rabias ciegas, son capaces de elevar su voz para decirme que, lo que me digo, yo sé que no es verdad, que no son los demás los culpables, que no se arreglarán las cosas proyectando mis violencias, y que en el fondo, tengo miedo, tengo mucho miedo a levantar la cabeza, encarar las órdenes de mis temores y decirles: “No”.

Por eso, cuando mis guerras interiores llegan a este punto, pueden pasar dos cosas: o tengo el coraje de acoger mi luz, de escuchar a mi alma y de bajar el puño amenazante, o sucumbo a las tinieblas y entonces, para intentar, desesperado, acallar mis luces, acudo a otros y les vendo mis pesadillas, y los invito a unirse a ellas, y hago lo imposible para convencerlos de que la violencia de hoy nos llevará a la paz del mañana. Porque, en realidad -me digo a mí mismo- si somos muchos enarbolando los garrotes, será más fácil intentar convencerme de que, al final, la luz no volverá a levantarse.

Yo puedo invitar a otros a ser parte de mis sueños o de mis pesadillas, y seré responsable de mi invitación, pero sólo de eso, porque aquel que se una a mis sueños o a mis pesadillas será responsable de la propuesta que elija.

Nada justifica la adhesión al mal y a la violencia, a la intimidación, a la tortura. Y a la larga, nada valdrán frases como “cumplía órdenes”, “me obligaron”, “me presionaron”. Somos responsables de nuestras decisiones, somos responsables de nuestros miedos, somos responsables de ser promotores de sueños o de pesadillas.

Sabemos que al ser humano lo construye el bien y sólo el bien. Sabemos que la luz es imperecedera, sabemos que al amor, la verdad, la paz, el diálogo…, podemos intentar aplastarlos, pero que al final, antes o después, como árboles rebeldes, retoñarán, despuntarán, y volverán a fortalecerse.

Por eso, cuando en un acto de honestidad nos coloquemos delante de nuestros miedos, de nuestras frustraciones y de nuestras rabias; cuando tengamos el coraje de mirarlos a la cara y decirles: “Decido no pertenecerte”, nuestros abismos se abrirán, y brotará a chorros la luz, y delante de nuestros miedos, que no se irán, brotará la paz y la fuerza para elegir la bondad que salvará a nuestra tierra.

Padre Alberto

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