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18/09/2021
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Los derechos humanos y el compromiso cristiano.

En el marco del pensamiento occidental, llamamos “derecho humano” a lo que cada hombre tiene por el mero hecho de ser persona. O sea, que todo individuo tiene una dignidad intrínseca (un valor que le es propio) que engendra unos derechos que no pueden ser quitados sin que el propio ser humano quede degradado en su calidad de persona.

Ya desde el tercer milenio antes de Cristo, las civilizaciones de Egipto y Mesopotamia reconocían en sus códigos legales el derecho a emplear la fuerza cuando se utilizaba para salvaguardar los derechos de los pobres, de los débiles, de los desposeídos.

Más adelante, entre el 800 y el 200 a.C., en diferentes lugares del mundo y desde diversas culturas (Confucio, Lao Tse, Buda, Zaratustra, los profetas de Israel o los filósofos griegos) se reconoce a la persona como un ser libre, dueño de su destino, si bien son proclamaciones que se insertan en un contexto social que aceptaba la esclavitud y donde solamente una minoría era considerada como sujeto de derechos.

Es el cristianismo el que va a reconocer la dignidad de todas las personas, creadas por Dios “a su imagen y semejanza” y que tendrá una influencia determinante en la génesis de un nuevo humanismo, a pesar de los errores y de las veces en que los hechos no han acompañado a las palabras.

¿Qué papel tiene la Iglesia en la defensa de los derechos humanos? El compromiso de la Iglesia en la defensa de los derechos humanos es una exigencia directa del Evangelio, por su mensaje de justicia y fraternidad. La Iglesia considera que debe existir una unidad entre las leyes de la sociedad y los valores morales (todo lo que conduce al bien).

Esto significa que las leyes deben ser expresión de la defensa del bien. Si no lo son, dichas leyes se invalidan en sí mismas, aunque hayan sido promulgadas por institucioneslegítimas. Y ante leyes que van en contra del bien común, el ciudadano no sólo no tiene el deber deacatarlas sino que está moralmente obligado a desobedecerlas.

A la Iglesia no le toca legislar, pero sí iluminar con la luz del Evangelio las realidades sociales. Por eso, a la Iglesia le toca no sólo promover los valores que dignifican la vida de las personas, sino también denunciar las desviaciones y opresiones de que son víctimas las personas.

La misión de la Iglesia está orientada a la liberación integral del ser humano, liberación del propio pecado en primer lugar, esto es, liberación de todo lo que signifique hacer el mal o hacerse mal a uno mismo; pero la Iglesia tiene también la función de ayudar a suprimir todo lo que obstaculiza el bien humano a nivel social.

En este sentido, la función de la Iglesia respecto a los derechos humanos se sitúa en una postura que busca la consideración de los polos individual y social:

- La Iglesia se opone a una interpretación individualista de los derechos humanos, propia de la mentalidad liberal del siglo XIX, centrada de tal modo en el individuo y en su “liberación personal” que no considera la dimensión social del ser humano como ser que se realiza y expresa en la relación con los demás. Es una postura que no garantiza, por tanto, la defensa del establecimiento de relaciones de justicia e igualdad.

- Del mismo modo, la Iglesia rechaza como reducción la visión de los derechos humanos desde un punto de vista puramente político, centrado únicamente en la satisfacción de las necesidades materiales de las personas y el ejercicio de sus libertades, porque la dignidad de la persona supone mucho más que eso. Es este equilibrio entre la elección del bien a nivel personal y la búsqueda del bien social donde laIglesia ejerce su papel. La visión del Reino de Dios que proclama Jesucristo, tiene su punto de partida en la toma de conciencia de uno mismo como imagen de Dios, hijo del Padre y hermano del otro. Cristo pide el cambio del corazón y, desde allí, el cambio social.

El marxismo, que proclama un cambio social sin Dios, ha derivado siempre en dictadura y tiranía.

El capitalismo, cuando se centra solamente en el desarrollo material y económico, y enarbola la bandera de la “libertad del individuo” sin tener en cuenta a Dios, sólo puede ofrecer, a la larga, una sociedad económicamente floreciente pero individualista y vacía de sentido. Valen, por tanto, para cualquier dirección política, los versículos del salmo 127: “Si el Señor no construye la casa, en vano trabajan los constructores; si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigilan los centinelas. Es inútil que madruguen, que velen hasta muy tarde, que coman el pan de sus sudores; Dios lo da a sus amigos mientras duermen”.