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UMAP, un crimen del castrismo contra la juventud.

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Desde la toma del poder, 1959, la dictadura castrista creo y desarrolló instrumentos de represión que podían ser aplicados con diferentes variantes a todos los sectores de la comunidad nacional.  

Sus objetivos fundamentales fueron la oposición política, la iglesia y el sector productivo de la sociedad, porque tenían conciencia qué sin dinero no se puede hacer política. La prensa, la educación y los organismos de la sociedad civil como sindicatos y colegios profesionales, también se encontraban entre sus prioridades.   

Entre 1960 y 61, Ernesto Guevara y Raúl Castro iniciaron una persecución oficial contra las prostitutas, proxenetas y homosexuales, pero también contra todo individuo que no ocultara su rechazo al nuevo orden. Los apresados en las redadas fueron concentrados en la distante e inhóspita península de Guanahacabibes.  

Esta situación fue reseñada en un documento de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, 17 de mayo de 1963, que dice, “Y todo eso sin una sentencia escrita, hecho por un capitán de policía, sin procedimiento ni base legal y mucho menos constitucional, simplemente porque en un discurso el Sr. Castro dijo que los elementos “antisociales” tenían que ir a hacer su vida en aquellos campos de concentración. En Guanahacabibes hay cerca de 4,000 personas” 

Mientras esto ocurría las cárceles estaban abarrotadas de prisioneros políticos. El paredón funcionaba y el acoso contra los que decidían abandonar el país, habían dado paso a los primeros y siempre presentes mítines de repudio.

 

En noviembre de 1963 se implantó en la isla el Servicio Militar Obligatorio, otro instrumento de opresión e ideologización que merece ser estudiado en toda su crueldad.  

Entre sus objetivos estaba la militarización de la sociedad, el adoctrinamiento político, a la vez que se impregnaba a las nuevas generaciones de un sentido de obediencia que solo se adquiere en los cuarteles, en los que los comisarios políticos tienen más autoridad que el oficial de mayor graduación.  

La capacidad creativa para reprimir y controlar no se agotaba y como una joya importante en la corona de opresión del régimen, surgieron las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP). 

Miles de jóvenes fueron literalmente secuestrados. Sacados de sus casas, centros de estudios y seminarios religiosos. Engañados unos y apresados por la policía otros, sin argumento que justificara arrestos y menos aún la deportación forzosa a la que fueron sometidos. Nunca fueron acusados formalmente y menos juzgados por un tribunal por espurio que este fuera. 

En su mayoría estaban en edad militar, pero no les llamaban al SMO porque la dictadura los consideraba “desechables”. El régimen no los quería con armas. No eran confiables. Eran jóvenes desafectos que incurrían en el pecado original de no creer en el castrismo, la nueva religión impuesta por los vencedores.  

El mismo Raúl Castro, entonces ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias dijo: “En el primer grupo de compañeros que han ido a formar parte de las UMAP se incluyeron algunos jóvenes que no habían tenido la mejor conducta ante la vida, jóvenes que por la mala formación e influencia del medio habían tomado una senda equivocada ante la sociedad y han sido incorporados con el fin de ayudarlos para que puedan encontrar un camino acertado que les permita incorporarse a la sociedad plenamente”.

Le transportaron a la fuerza a campos de concentración alambrados. Vigilados por militares. Recluidos en condiciones inhumanas, fueron obligados a trabajo forzoso en la agricultura. Les controlaban las visitas. Eran castigados con frecuencia. Golpeados por esbirros uniformados que disfrutaban el dolor que causaban. Algunos cometieron suicidio, otros asesinados por los carceleros y fusilamientos como el de Alberto de la Rosa.  

La UMAP fue un instrumento sofisticado de represión política que pretendía desacreditar a las víctimas, otro tipo de ejecución no menos despiadado que el paredón de fusilamiento. Decir que la UMAP se implementó para buscar la reeducación social de los reprimidos es un absurdo e irracional argumento porque el único objetivo era destruirlos por ser contrarios al régimen, al igual que pretender que cuando desapareció la UMAP, terminó la represión a los jóvenes, un error, en poco tiempo aparecieron nuevas formas de control y manipulación igualmente injustas. 

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