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19/01/2021
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La gran distancia entre Mella y Luis Manuel Otero

La exaltación de dirigentes comunistas del pasado no parece ser un método adecuado para ensalzar a los activistas del presente

Este lunes tuve ocasión de leer en este mismo diario digital una amena crónicade Jorge Ángel Pérez. Tomando como punto de partida la contemplación de un anciano sentado en una acera habanera, el colega, en un pasaje particularmente feliz de su escrito, se pone a especular sobre las razones de esa postura: tal vez el derrumbe de su humilde vivienda (un suceso que, “gracias al socialismo”, se hace cada vez más corriente en nuestra capital) o el apagón de turno.

Primero, el periodista se imagina a sí mismo sentado junto al anciano sin esperanzas, pero sin saber qué podrían decirse el uno al otro. Después, continuando por el sendero de las ensoñaciones —“elucubrando”, como él mismo dice— pasa a hablar sobre Julio Antonio Mella.

El pretexto para ello es el admirable desafío que, frente al castrismo, significó la huelga de hambre (y también, en parte, de sed) escenificada por miembros del Movimiento San Isidro en su sede de Damas 955. Como Mella también recurrió a ese medio para luchar contra el gobierno autoritario de Gerardo Machado, don Jorge Ángel considera apropiado comparar uno y otro reto. Pero las distancias entre ambos son siderales.

El colega Pérez se abandona a un encendido elogio de la hermosura física del señor Mella: “Otro de los hombres bellos de esta isla”, afirma. Acto seguido insiste en elogiar “su belleza física”, y sin evadir las repeticiones, piensa “en su espíritu, que quizás también fue bello”. Se lo imagina asimismo en San Isidro, “con la espalda desnuda, ladeada la cara, no sé si hambriento, pero sí hermoso”.

Lo único que considero criticable en esta apasionada exaltación es que ella esté dirigida a un connotado amante del color rojo, a un marxista-leninista confeso. Y esto a pesar de que el mismo Jorge Ángel Pérez se encarga de dejar bien clara una cosa: “No soy comunista; no me gustan los comunistas”.

Para hacer una comparación, no se me ocurriría elogiar —digamos— la belleza de Camila Vallejo. Y no porque no lo mereciera. Es sólo que me pregunto: ¿Por qué voy a exaltar, aunque sea en un aspecto no político, a una promotora de la funesta ideología que ha sumido a mi Patria en el desastre calamitoso de hoy!

Más allá del aspecto físico de Mella, me parece demasiado aventurado suponerlo luchando contra un régimen que enarbola la misma doctrina macabra que él abrazó con fervor. Tampoco “mirando incrédulo a Fernando Rojas” o “indagando por la salud de Luis Manuel”. Para volver al mismo ejemplo que ya puse, no me cabe en la cabeza pensar (¡y mucho menos decir!) semejantes cosas de Camila Vallejo.

La crónica mencionada ha despertado mi interés por otra razón. En sus elucubraciones, Jorge Ángel Pérez ve a su admirado Mella de brazos con Tina Modotti. Este planteamiento me ha obligado a pensar en la efectividad que, a veces, tiene la propaganda de los comunistas. Esos señores, cual dignos émulos del doctor Goebbels, repiten una mentira el número de veces que resulte suficiente para convertirla en una verdad.

Incluso una persona generalmente bien informada, como el colega Pérez (que, además, ejerce una profesión que le impone el deber de documentarse de manera adecuada para poder orientar con acierto a sus lectores), se ha dejado confundir en este punto por los infundios comunistas.

Aunque algunos no lo sepan, el señor Mella estaba legalmente casado. Una simple búsqueda en Wikipedia permite saber que su esposa era nuestra compatriota Oliva Zaldívar Freyre. Tenían hijos comunes, una de las cuales, Natasha Mella Zaldívar, estaba exiliada y falleció ya anciana en Miami.

La aventurera italiana Tina Modotti era —pues— una amante de ocasión. Sin embargo, su condición de comunista confesa y la constante propaganda de sus correligionarios, que la exaltan al tiempo que ignoran de modo olímpico a la esposa legítima, ha conducido a muchos a creer que la señora o señorita Modotti era la compañera en la vida del también fundador de la FEU.

A mayor abundamiento, Mella no fue asesinado por sicarios al servicio del dictador Machado (versión facilona que también promueve la propaganda roja), sino por sus mismos “camaradas”: Con sus actos un poco “liberales”, el joven que fundó el primer partido comunista cubano (de cuyas filas fue expulsado después por “indisciplina”), resultaba demasiado turbulento para el gusto del Kremlin.

Fue por órdenes de la Internacional Comunista (el fatídico Komintern) y del tenebroso NKVD (o, para ser más personal, del genocida alias Stalin) que se llevó a cabo el asesinato. Para mayor burla, los rumores insistentes indican que la querida de Mella, la misma Tina Modotti, fue quien, con un pretexto cualquiera, lo condujo hasta el lugar en el que aguardaban los sicarios marxistas-leninistas para ultimarlo.

¡Menudo personaje es la Modotti para, como dice don Jorge Ángel, imaginársela “colgada de su brazo” (el de Mella) o “quizá colgado él de un brazo de ella”!