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25/04/2019
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Keynes, Friedman y la Gran Recesión Global de 2008-2009

Antecedentes

Paul KurgmanPaul Kurgman¿Cómo se pudieron equivocar tanto los economistas?, el ensayo de Paul Krugman (comentado en estas páginas de Democracia Participativa, poco después de su publicación en setiembre del 2009), así como la crisis financiera del 2008, que desatara la gran recesión global de 2008-2009, entre otros, han traído nuevamente la discusión sobre la relevancia del pensamiento, teorías económicas e implicaciones de política pública de los afamados economistas John Maynard Keynes y Milton Friedman.  No obstante, realmente este debate más bien se origina y termina centrándose sobre los roles del Estado y del mercado en la sociedad y más específicamente sobre si se justifica o no la regulación de las actividades de servicios  financieros.

Maynard KeynesMaynard KeynesLos planteamientos teóricos de Keynes influyeron decisivamente las consideraciones y las propuestas de política macroeconómica a partir de los años 1930s y en la posguerra, así como en el desarrollo del llamado estado del bienestar en EE.UU. y Europa.  Keynes fue un severo fustigador de los mercados financieros tipo casino que precedieron a la reciente crisis financiera, así como la Gran Depresión, los cuales no se basan en sus fundamentos de largo plazo sino en las presiones especulativas de corto plazo.  En diciembre de 1965 la revista Times destacó el éxito del pensamiento keynesiano y poco después el presidente Richard Nixon señaló que todos somos keynesianos.

Milton FriedmanMilton FriedmanSin embargo, Milton Friedman con su famoso discurso en el American Economic Association de 1968 sobre cómo el manejo macroeconómico estaba conduciendo a una estanflación determinó que sus teorías, interpretaciones y recomendaciones de política económica comenzaran a popularizarse y prevalecieran en las políticas públicas de EE.UU. y el Reino Unido.  Particularmente a partir de los años 1980s, cuando estuvieron muy asociadas a los gobiernos de Ronald Reagan y Margaret Thatcher, uno de cuyos lemas principales fue "el gobierno es el problema, no la solución" y el crecimiento económico es la mejor forma de ayudar a las personas de bajos ingresos y no las medidas redistributivas del Estado.

En concreto, las teorías de Friedman se reflejaron en, entre otros, la reducción de los niveles impositivos, del gasto público, de la regulación económica; un menor papel del Estado en la sociedad, la promoción del comercio internacional y de regímenes de cambio flexible para facilitar los ajustes al mayor comercio, y la preponderancia de la política monetaria para influir el nivel del PIB a corto plazo.  También en propuestas para involucrar (o empoderar) más a las personas en los problemas que le conciernen, i.e. los vales educativos.

 

Más recientemente las teorías de Friedman han estado vinculadas favorablemente al gran crecimiento de la economía y el comercio global después de los años 1980s.  Sin embargo, también han estado asociadas adversamente a la desregulación financiera en los años 2000s, a la crisis financiera del 2008 y a la gran recesión global del 2008-2009 que han determinado una década perdida en EE.UU.  En particular, el citado artículo de Krugman atribuye la crisis financiera a las erróneas, aunque elegantes, teorías de Friedman y sus seguidores en las cuales agentes racionales interactúan y se autorregulan en mercados financieros perfectos y estables, los activos reflejan precios correctos, pero ignoran el comportamiento de rebaño o manada de los inversionistas, las externalidades sistémicas y la información asimétrica que pueden llevar a explosiones repentinas e impredecibles.

Simultáneamente, algunas propuestas de Keynes que habían sido prácticamente desechadas, han tenido una vigorosa y pronta recuperación, particularmente entre aquellos que consideran que debe haber una mayor intervención del gobierno en la sociedad.  I. e. la inefectividad de la política monetaria convencional para influir la actividad económica mediante variaciones en la tasa de interés en momentos de severas recesiones y dificultades financieras, o sea la llamada trampa de la liquidez; la efectividad de la política fiscal y el gasto público expansionista para estimular la actividad económica en esas condiciones; y que en ellas, los efectos positivos de la intervención del Estado a corto plazo superan sus efectos negativos a largo plazo, o sea, de los déficits y mayores impuestos necesarios para financiarlos.  De hecho los programas de estimulo fiscal utilizados en las principales economías en 2008-2009 son claramente de inspiración keynesiana.

Paul Krugman ha caricaturizado el debate sobre los temas anteriores entre keynesianos y friedmanianos como similar a la confrontación entre los defensores de la Reforma y la Contra-reforma cristiana a principios de la edad moderna.  Así considera a Keynes como el Martín Lutero y a Friedman y sus seguidores como al San Ignacio de Loyola y la Compañía de Jesús, respectivamente.  Tal vez ello unido a la arrogancia de los académicos de las torres de marfil expliquen por qué prevalezca entre ambos grupos el enconado debate teórico sobre "cuál es la verdad" y "quienes son los culpables de la crisis del 2008-2009", las descalificaciones recíprocas y las reivindicaciones de sus propias tesis en vez de realizar un análisis objetivo sobre la realidad y la búsqueda de acuerdos y conclusiones realistas y pragmáticos que terminen siendo generalmente aceptados.  Ambos grupos o escuelas de pensamiento consideran con absoluta convicción que son los principios y tesis de sus contrarios los que determinaron los problemas existentes y, por lo tanto, que es imposible suponer que puedan contribuir a resolver los problemas existentes.

Con todo, es pertinente una síntesis de los mejores argumentos y tesis de Keynes y Friedman y aplicarlos para resolver los complejos problemas que se confrontan y no una estéril discusión de naturaleza casi teológica.  La realidad muestra que ni Keynes ni Friedman son o han sido infalibles en sus planteamientos y, muchos menos, que no haya que ajustar sus teorías y proposiciones de política a las nuevas realidades y problemas.

Algunos elementos básicos para un enfoque ecléctico

Hoy en día es difícil encontrar entre los economistas keynesianos aquellos que consideren que cualquier gasto fiscal puede recuperar una economía sobre bases sostenibles y más aún si es conveniente intentarlo.  Por ello consideran que los gastos de infraestructura pública pueden aumentar la demanda a corto plazo y a la vez aumentar la capacidad productiva y, por lo tanto, no tienen efectos financieros adversos a largo plazo.

Varios economistas, i.e. John Taylor de la Universidad de Stanford, consideran que los paquetes fiscales orientados a aumentar los ingresos de las personas con transferencias temporales u ocasionales, no tienen mayor efecto sobre el consumo y el nivel de actividad económico, como se ha demostrado con los paquetes implementados por los gobiernos de George W. Bush en 2008 y Barack Obama en 2009, respectivamente.  El fracaso de esos paquetes para estimular el consumo es que se han basado en las funciones de consumo keynesianas que relacionan el consumo y el ingreso personal proporcionalmente en vez de emplear las funciones consumo de Friedman (o de Modigliani) que consideran que la relación relevante es entre el consumo y el ingreso permanente.

Un aspecto que cada vez tiene más aceptación es regular y supervisar al sector de servicios financieros ya que tiene una serie de características muy peculiares.  Un mercado financiero eficiente no florece en un marco de "laissez faire, laissez passer" o de anarquía.  Economistas de diferentes persuasiones ideológicas defienden la regulación y supervisión prudenciales para que las transacciones se realicen en un marco de información y transparencia, se favorezca la adecuada liquidez y capitalización de las empresas financieras participantes y se eviten instrumentos opacos y de dudosa calidad de riesgos, muy difíciles de evaluar, que terminan contribuyendo al riesgo generalizado y a la incertidumbre.

Irónicamente, son dos economistas de la Universidad de Chicago, autores del excelente libro "Saving Capitalism from Capitalists," Raghuram Rajan y Luigi Zingales; quienes han hecho un efectivo e influyente caso sobre la necesidad de establecer y desarrollar normas y estándares básicos que aseguren la competencia y la libre entrada a los mercados financieros e impidan que el cabildeo de las grandes empresas incumbentes sean los que determinen reglas que las beneficien a ellas, pero no al funcionamiento apropiado del mercado.  Rajan y Zingales consideran que hay que impedir un sector de servicios financieros en que las ganancias sean privadas, pero las pérdidas sean públicas, y que los comportamientos imprudentes e irresponsables  de los empresarios no sean penalizados apropiadamente y terminen socavando el funcionamiento efectivo del sistema económico como un todo.  De lo contrario, los agentes privados con apalancamientos wxcesivos y tomando riesgos muy elevados, redundan en menor crecimiento, contribuyendo a que dicho crecimiento beneficie sólo a unos pocos y a que las crisis financieras sean más recurrentes e intensas.

Simon Johnson de MIT va mucho más allá y plantea que el reciente paquete de rescate financiero (i.e. el programa de compra de activos tóxicos de la banca estadounidense y los créditos de emergencia a AIG) ha favorecido una mayor concentración del sector de servicios financieros, y, en general, a un riesgo moral mayor y, en particular, a que la oligarquía financiera se beneficie en detrimento del contribuyente estadounidense, brindando en vez de minimizando incentivos equivocados al subsidiar a los accionistas y ejecutivos que se comportaron de manera irresponsable.  Además, que es necesario establecer, entre otros, mayores normas de capitalización y liquidez que eviten los riesgos financieros sistémicos, se establezcan normas y estándares mínimos sobre instrumentos financieros riesgosos y se regulen los cambios de contratos que terminan siendo abusivos, i.e. en el caso de las tarjetas de crédito, para así proteger a los inversionistas y los consumidores.  Adicionalmente, considera que hay restablecer la tradición estadounidense de separar a la banca comercial de la banca de inversión, porque tienen intereses contrapuestos, así como regular la misma existencia de las grandes empresas financieras (muy grandes para que quiebren y, por tanto, para que existan) para reducir su poder político y económico y el elevado riesgo sistémico que conllevan.  De lo contrario se estará incubando una nueva crisis.

Así paulatinamente ha surgido una confluencia de que la actual crisis financiera no se debe necesariamente a la falta de regulación financiera sino a su mal diseño y su inadecuada aplicación.  Consecuentmente, debe haber un sistema financiero debidamente regulado y supervisado, basado en los principales objetivos que se pretenden con la regulación del sistema financiero (estabilidad, solvencia, y protección a los inversionistas y consumidores), y no a la atención de problemas puntuales que fueron surgiendo históricamente, lo que ayudará a prevenir futuras crisis y a que la economía estadounidense recupere su dinamismo.  Entonces se podría liberar adecuadamente el poder del mercado financiero para crear mayores oportunidades y riquezas.