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10/08/2020
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El quiebre de la Democracia

La democracia supone idealmente una cierta ‘convicción’ o ‘fe democrática’ de carácter ‘práctico’ –no ideológico–, aceptada y compartida como fundamento común de la convivencia social por los diversos credos o familias políticas, filosóficas y religiosas existentes en su seno, cualesquiera que ellas sean y al margen de los vaivenes de las mayorías y las minorías.

Este principio es el único que hace posible, aunque no sin dificultades, el diálogo, el consenso y la colaboración al servicio del bien común, sin renunciar a las legítimas diferencias intelectuales y espirituales que los separan y contraponen.

Desde tal punto de vista, la democracia supone el reconocimiento, aceptación y respeto del hecho mismo de ‘la diversidad política, intelectual y espiritual’, como manifestación directa de la dignidad de la persona humana y de la vigencia de sus derechos inalienables. Sin ello, la democracia no es más que una apariencia destinada a desaparecer de la faz de la tierra.

¿Cuál es la realidad actual de las democracias?

Hay varios hechos, perfectamente sincronizados, que indican que la situación actual no puede ser más grave.

Ante todo, es preciso considerar los desacuerdos de los “demócratas”, en los que participan quienes, conforme a sus experiencias de gobierno en el pasado son anti-demócratas, como es el caso de la extrema izquierda de raíz marxista empeñada en la conquista del poder total.

Tales desacuerdos crean un clima de desconfianza, no solamente, como es obvio, sobre la vigencia actual de la democracia, sino en algo mucho más grave, como son los propósitos de los que crean los desacuerdos a fin de convertir la democracia en algo distinto de lo que es.

Luego, cabe destacar el rechazo ideológico de la verdad que, queriéndolo o no, incluye el rechazo de quienes adhieren a verdades intelectuales y religiosas, de modo que para ellos no hay reconocimiento, aceptación y respeto a causa de ‘la intolerancia de la duda’.

Aquí juega un papel importantísimo la idea de que no creer en ninguna verdad es una condición de tolerancia básica requerida por la democracia. De tal premisa deriva la tendencia excluyente de todo el que adhiere a lo que estima verdadero, porque se supone que quienes así piensan o creen tenderán naturalmente a imponer sus puntos de vista, constituyéndose así en un peligro social.

La democracia relativista

Todo esto da forma a una concepción relativista de la democracia, consistente en su subordinación a la voluntad de alianzas políticas mayoritarias que dicen ser expresión de la ‘verdad del consenso’.

Este concepto relativista de la verdad, en remplazo de la verdad propia del sentido común que todos usamos a diario –la simple ‘adecuación de la mente a lo que es real’–, trae como consecuencia la precariedad y transitoriedad del sistema democrático, puesto que sirve como justificación a todos los sistemas políticos, incluidos los regímenes absolutistas y totalitarios más extremos.

Así, la ‘verdad del consenso’ puede, eventualmente, terminar sirviendo como fachada a la toma definitiva del poder por quienes tienen la suprema audacia, arrogancia y prepotencia, fundadas en el poder de las armas, de cambiar de rumbo con un simple puñetazo sobre la mesa... como en Venezuela.

Sin un sentido auténtico de tolerancia, que respete la dignidad humana y sus derechos inalienables, la democracia pasa a ser un sistema deshonesto e hipócrita, en el que todos, cual más cual menos, ocultan lo que realmente creen o piensan, unos por simple estrategia, otros por el temor de ser discriminados, otros, en fin, porque han caído a ese nivel en que lo único que importa es la conveniencia propia.

La democracia avasallada por la corrupción

Y es justamente en este clima decadente donde surge la mayor desgracia del sistema: la Corrupcióncorrupción institucionalizada en el poder político, en concomitancia, al más alto nivel, con el poder del capitalismo global y con el poder ideológico originado en las Naciones Unidas, así como también a los niveles más bajos, en alianza con el poder de la droga y de la criminalidad organizada y, por qué no decirlo, con el poder de la ignorancia generalizada en todos los estratos de la convivencia social.

De este modo, sin caminos a seguir –todos ellos bloqueados por el oportunismo de la duda–, nos encontramos en una carrera hacia la mediocridad y cobardía intelectuales, conforme a las cuales la democracia no tiene más futuro que caer nuevamente, esta vez a nivel mundial, en poder de quienes la utilizan solamente como expresión vacía y rutinaria de la verborrea totalitaria.

Ciertamente, se trata de una amenaza en vías de concreción a no muy largo plazo, sobre la que los demócratas de verdad no pueden permanecer impasibles. Esto incluye, por cierto, la esperanza de un regreso de aquellos demócratas auténticos que, por desgracia, han caído ingenuamente en la trampa demagógica del “progresismo”.

Porque, ciertamente, el camino del progreso no pasa por la destrucción de la democracia.

Vea otros enfoques sobre este mismo tema AQUÍ. ]
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Nota:  Ángel C. Correa es un abogado chileno radicado en Estados Unidos. Fundador y Editor de varios sitios de la WEB y varias obras dedicadas a difundir la filosofía cristiana, el humanismo integral y el pensamiento de Jacques Maritain y de San Juan Pablo II.