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¿Qué significa ser Social Cristiano hoy día?

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LA CONCEPCIÓN SOCIAL CRISTIANA DE LAS RELACIONES INTERNACIONALES

Resumen

En esta ponencia se destacan las fuentes, influencias recientes, valores y prin- cipios, y políticas del social cristianismo en el campo de las relaciones inter- nacionales. Asimismo, se estudia el papel de los intereses en la formulación de la política exterior, el concepto y las etapas de las relaciones internaciona- les y la globalización; así como las expresiones internacionales organizadas del social cristianismo, especialmente la Internacional Demócrata de Centro y la ODCA.

Una visión de las relaciones internacionales desde la concepción socialcristiana

Tratamos aquí, de la concepción social cristiana de las relaciones in- ternacionales.
Las Relaciones Internacionales son en su sentido más clásico relacio- nes entre los estados nacionales. Tomando en cuenta que actualmente son miembros plenos de las Naciones Unidas más de 190 estados, entonces, las relaciones internacionales pueden ser entendidas como las relaciones entre todos estos miembros de la comunidad internacional. Sin embargo, conviene aclarar que actualmente se incluyen como actores de las relaciones inter- nacionales no sólo a los estados nacionales sino también a las empresas, los organismos internacionales, diversas entidades de la sociedad civil y las mismas personas. Hoy día entonces, las relaciones internacionales son el conjunto de interacciones entre actores internacionales. Los socialcristianos han destacado el papel de la persona en la sociedad internacional.

Hay que distinguir también entre las relaciones internacionales como realidad mundial y las relaciones internacionales como disciplina académica. Dentro de ésta última generalmente se distingue entre las concepciones realistas que entienden la política internacional como lucha por el poder y creen en una naturaleza inmutable del ser humano, y las concepciones idealistas que se basan en valores y principios, y confían en que el ser humano es perfectible y el mundo internacional mejorable. Dentro de esta inclinación idealista podemos ubicar la concepción social cristiana de las relaciones in- ternacionales.

Entre las fuentes doctrinarias de dicha concepción se puede mencionar el humanismo griego, especialmente el aporte de Aristóteles, el derecho romano, la tradición judeo-cristiana, la ilustración, la doctrina social de las iglesias cristianas, el derecho internacional fundado por Francisco de Vitoria y las ideas democráticas.

En las encíclicas de los Papas, se estableció que las relaciones internacionales han de Justicia social, bien común y solidaridadJusticia social, bien común y solidaridadregirse por la verdad, se fundan en la igualdad de los pueblos, deben promover el bien de todos y sociedades más humanas, regularse por la justicia, respetar los derechos de las minorías étnicas, resolver las diferencias por medios pacíficos, regirse por la razón y no por las armas, ordenarse según la libertad, y fundarse en el amor y no en el temor. (11 Grande Mensajes, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, España, 1993)

Entre las influencias más recientes sobre dicha concepción social cristiana se debe mencionar las teorías de la integración, el multilateralismo, la investigación sobre la paz o Irenología, las teorías de la negociación y de la cooperación internacional, y asimismo, los nuevos enfoques de las relaciones internacionales.

Entre los valores y principios de una concepción social cristiana de las relaciones internacionales hay que destacar el respeto a la dignidad de la persona humana y el bien común universal. Asimismo, se promueven simultáneamente y de modo equilibrado los valores de la libertad, la justicia, la solidaridad, el amor, la equidad y la paz dentro del marco de sistemas democráticos representativos y participativos que respetan y promueven los derechos humanos que son universales e indivisibles.

En la concepción social cristiana, las personas deben ser el centro y el fin de la sociedad internacional, y no el estado ni el mercado. El mundo no debe estar al servicio solamente de los estados, de las organizaciones inter- nacionales o de las empresas, sino en primer lugar al servicio de las perso- nas. Ese es el camino para avanzar hacia una sociedad global más humana y hacia la realización del bien común universal.

El siglo XX, fue el más violento de la historia humana, si lo juzgamos por el número de guerras y de víctimas de las guerras. Fue también el siglo de los totalitarismos y de los campos de concentración. Se hizo culto a la “raza superior” y al Estado. Como diría Ortega y Gasset, el ser humano se hizo “hombre masa”.

El siglo XXI, debería ser el siglo más pacífico, el más centrado en el bienestar y e el desarrollo de las personas. Para ello, la sociedad internacio- nal debería ser regida por los valores universales de la libertad, la justicia, la democracia, los derechos humanos y la paz. El desarrollo y la seguridad deberían convertirse en realidades para todos los pueblos del mundo.

Todas las naciones deberían avanzar, cada vez más, hacia un desarrollo humano integral; es decir, económico, social y cultural.

En un mundo que independientemente de nuestra voluntad y nuestras intenciones ya es globalizado, los países no pueden subsistir solos sin reza- garse en su crecimiento y en su desarrollo. Por eso, una de las tendencias más fuertes e incontenibles a nivel mundial es la tendencia de las naciones a integrarse en bloques, regiones y tratados de libre comercio.

Los conflictos internacionales, amenazan la estabilidad económica, la seguridad, la paz y hasta las posibilidades de desarrollo. Por eso la sociedad internacional debe invertir más recursos y esfuerzos en la diplomacia como medio para la prevención y solución pacífica de los conflictos. Este es un tema sobre el que se ha escrito y hablado mucho, pero sobre el que se hace muy poco. Es urgente, que los organismos internacionales, los estados, los organismos no gubernamentales y los individuos trabajen más activamente en la búsqueda, consecución, mantenimiento y preservación de la paz; especialmente de la paz que nace de un ambiente de concordia, reconciliación y justicia.

En esa diplomacia de la paz, no sólo son esenciales los caminos alter- nativos de la solución de conflictos, la construcción de consensos, la creación de zonas de paz, la ejecución de medidas de confianza mutua y los procesos de desarme negociado, gradual y equilibrado, sino el fortalecimiento de la cooperación internacional. Se trata de una diplomacia de la paz, que incluye también la promoción de la seguridad humana y democrática como vía más integral y equilibrada para promover la seguridad de las personas ante las nuevas amenazas de la sociedad global, tales como el terrorismo, la corrup- ción, el crimen organizado, el narcotráfico, las epidemias, las calamidades naturales y la degradación del ambiente.

Los estados se manifiestan en la escena internacional por medio de políticas exteriores. Dichas políticas exteriores generalmente son una conti- nuación de la política interna y están constituidas por una mezcla de intere- ses y principios. Los estados tienen intereses. Hay que actuar de acuerdo a intereses nacionales bien definidos. Y una sana política exterior debe trabajar por la defensa de legítimos intereses nacionales, regionales y mundiales. Sin embargo, en la concepción social cristiana de las relaciones internacionales, las políticas exteriores deben basarse en valores y principios antes que en intereses. Entre dichos valores y principios, son esenciales el respeto a la dignidad de la persona humana y la promoción del amor, la solidaridad, la justicia, la paz y el bien común universal.

Una política exterior social cristiana estaría caracterizada por la pro- moción de la democracia, los derechos humanos, el desarrollo integral y sostenible, la economía social y ecológica de mercado, el multilateralismo, el respeto al derecho internacional y la solución pacífica de las controversias en el ámbito internacional.

Lamentablemente, hoy día muchos gobiernos se guían por un neo- rrealismo o pragmatismo según el cual el eje de sus políticas exteriores lo constituyen los intereses geopolíticos, estratégicos, económicos y comerciales, sacrificando con frecuencia los valores y principios de la democracia, digni- dad y derechos humanos en el altar de nuevas idolatrías sea al mercado, al Estado o a una mezcla de ambas. Las ideologías dominantes en relaciones internacionales hoy día son el neorrealismo inspirado en Nicolás Maquiavelo y Hans Morgenthau y el pragmatismo chino según el cual no importa el color del gato sino que cace ratones. Es decir que en ambas tendencias no impor- tan los medios sino los resultados.

Actualmente se señalan varias etapas en las relaciones internacionales modernas. La primera arranca con la Paz de Westfalia en 1648 y se prolon- ga hasta el congreso de Viena en 1815. La segunda iría desde el congreso de Viena de 1815 hasta la Primera Guerra Mundial. La tercera etapa es el periodo de entre guerras mundiales. La cuarta etapa es el Sistema Mundial Bipolar que se extiende desde la Segunda Guerra Mundial hasta 1991. Y la quinta etapa es la que empezó en 1991 y se prolonga hasta nuestros días, sobre la base de cinco conceptos: independencia, interdependencia, transna- cionalismo, mundialización y globalización. (Juan Carlos Pereira, Historia de las Relaciones Internacionales Contemporáneas, p. 58, Ed. Setiembre 2008, Barcelona, España: Editorial Ariel Historia).

El Siglo XXI es el primer siglo que empieza realmente global, pero han existido por lo menos cuatro olas de globalización. La primera comenzó en los albores del Renacimiento con los viajes de descubrimiento de América, África y Asia. A partir de 1492 Cristobal Colón fue el personaje central de esa ola y España y Portugal las potencias del momento. Una segunda ola de globalización empezó a raíz de la Revolución Industrial y las Revoluciones liberales de Inglaterra y Francia que eran las potencias de la época. Esta segunda ola de la globalización se extendió durante todo el siglo XIX y comienzos del XX hasta interrumpirse con la Primera Guerra Mundial y la Gran Depresión de 1929. La tercera ola de globalización arranca hacia finales de la segunda Guerra Mundial y se extiende hasta la década del 80. Es un proceso que comienza con los acuerdos de Bretton Woods en 1944, que contemplaron la creación del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mun- dial. Asimismo, en 1945 se fundan las Naciones Unidas como el más global de los organismos internacionales. Posteriormente, continúa con la aparición de la televisión y las computadoras, el primer viaje a la Luna que coincide con la primera transmisión global vía satélite, la creación de los chips y del internet. El cuarto proceso de globalización empezó a partir de la caída del muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989 y de la muerte de la Unión Soviética en 1991. Ambas fechas marcan el fin del sistema bipolar de la Guerra Fría. A partir de allí, la ex Unión Soviética y sus aliados del Pacto de Varsovia inician una acelerada marcha de incorporación al mercado mundial y a las tendencias de la globalización.

La globalización es la principal tendencia de la economía internacional actual y tiene aspectos positivos y negativos que han dividido a la sociedad mundial en globalizadores que tienden a idealizar el proceso y antiglobalizadores que se oponen al mismo. Ante tal polarización, la concepción social cristiana propone un tercer camino que consiste en aceptar la globalización como una realidad de nuestro tiempo con aspectos positivos, negativos y neutros; y trabajar por políticas públicas que permitan fortalecer lo positivo y contrarrestar lo negativo del proceso.

En el documento conclusivo de la conferencia de obispos latinoamericanos realizada en Aparecida, Brasil se mencionan algunos de los aspectos tanto positivos como negativos del proceso. Entre los positivos se mencionan el acceso a nuevas tecnologías, mercados y finanzas, así como las altas tasas de crecimiento económico (hoy no tan claro en medio de tanta recesión y desaceleración económica) y la formación de una clase media tecnológicamente letrada. Entre los aspectos negativos se mencionan la concentración de ri- queza, el aumento de las desigualdades y la tendencia a excluir a los pobres:

Más allá de las clásicas divisiones ideológicas, los países que mejor se han adaptado a los procesos de globalización se convierten, en palabras de Andrés Oppenheimer en sus “Cuentos Chinos”, en países “atrapa inversiones”, mientras los que rechazan la globalización se tornan en “ahuyenta inversiones”. China por ejemplo, con una ideología oficial marxista es el más exitoso “atrapa inversiones”, mientras la Venezuela de Hugo Chávez, tam- bién simpatizante de un marxismo bolivariano más bien clasifica como “ahu- yenta inversiones”.

En conclusión, dentro de la concepción social cristiana de las relaciones internacionales, se debe promover una globalización diferente, una globalización con rostro humano.
Como escribió Enrique San Miguel Pérez: “Los socialcristianos somos cristianos en el foro, en el ágora, en la plaza pública de la democracia. No es en la placidez de la vida retirada donde se encuentra ahora el lugar del servidor público en cuanto cristiano, sino en la primera línea de los gran- des debates sociales, políticos, académicos y cívicos”. Dicha participación se puede hacer realidad hoy día en los partidos y movimientos de inspiración demócrata cristiana y de centro.

Conforme a las tendencias de globalización política, los social cristia- nos han construido una internacional que encarna sus valores, principios, ideas y objetivos en el ámbito internacional. Efectivamente, la Internacional de Partidos Demócratas de Centro fue fundada en 1961 bajo el nombre de Unión Mundial Demócrata Cristiana (UMDC). Fue creada por los Nuevos Equipos Internacionales, organización predecesora de la Unión Europea Demó- crata Cristiana (UECD), por la Organización Demócrata Cristiana de América (ODCA) y por la Unión Demócrata Cristiana de Europa Central (UCDEC). En 1999 adquirió su actual denominación, Internacional Demócrata de Centro y tiene su sede en Bruselas, Bélgica.

La Internacional Demócrata de Centro Internacional Demócrata de Centro/Centrist Democrat InternationalInternacional Demócrata de Centro/Centrist Democrat International

La IDC reúne en su seno a partidos, organizaciones y asociaciones políticas que inspiran su pensamiento y su conducta en los principios del humanismo cristiano, es decir de un humanismo abierto a la trascendencia y comprometido con la fraternidad. Inicialmente fue conocida como Internacional Demócrata Cristiana, pero a partir del ingreso del Partido Popular europeo y de los partidos populares nacionales en ese y otros continentes, se adoptó el nuevo nombre.

Para dichos partidos y organizaciones esto significa:

Para mejor lograr todo lo anterior, la adopción y el mantenimiento de una posición de centro, desde la cual realizar una política lo más incluyen- te, que introduzca los cambios necesarios en la sociedad a fin de alcanzar el mayor progreso posible para todos los pueblos por vía del diálogo y del consenso.

Si la Unión Demócrata Internacional (UDI) es la entidad mundial de los partidos conservadores y la Internacional Socialista es la opción de la izquierda, entonces la Internacional Demócrata de Centro se presenta como una opción en el centro democrático. Por su parte, el social cristianismo latinoamericano ha tenido su expresión política en la Organización Demócrata Cristiana de América, conocida como ODCA que fue fundada el 23 de abril de 1947 en Montevideo, Uruguay, durante un evento en el que participaron dirigentes de Argentina, Brasil, Chile y Uruguay. Allí se aprobó la Declaración de Montevideo con una clara inspiración en el humanismo cristiano. Junto a ODCA y al gran movimiento social cristia- no siempre estuvo presente la cooperación y la solidaridad de la Fundación alemana Konrad Adenauer.

Desde el año 2001, la ODCA inicia una nueva etapa de su historia llamada de apertura con identidad, en la que además de la presencia de los partidos demócrata-cristianos y socialcristianos se abren las puertas de la participación a partidos del centro del espectro político.

En la Primera Conferencia de Líderes Demócrata-cristianos, Populares y de Centro realizada en Santiago de Chile, se define la posición política de ODCA como la de “Un nuevo centro humanista y reformista”. De Centro porque se cree en la moderación, en la distancia de los ex- tremos, en el diálogo y en la construcción de consensos. Humanista porque se inspira en los valores y los principios del Huma- nismo Cristiano. Reformista porque se piensa que a través de cambios graduales se puede construir una sociedad más humana, democrática, justa y solidaria.

La ODCA se define como centro humanista

Considerando que la persona, el ser humano debe ser el centro y el fin
de la acción política, la familia como núcleo fundamental de la sociedad es un compromiso básico de la ODCA. Asimismo el derecho a la vida y la equidad entre mujeres y hombres. “Somos profundamente democráticos, creemos en la democracia re- presentativa con participación ciudadana, creemos que todos los derechos humanos deben ser respetados en todas las sociedades y rechazamos todas las formas de dictaduras y autoritarismos, sin excepción alguna. A diferencia de las visiones materialistas de uno y otro signo estamos al servicio de la dignidad de la persona humana, del pluralismo ideológico y de la construcción del bien común.

Trabajamos por un desarrollo humano sostenible con justicia social

Después de más de 65 años de historia, la ODCA se ha consolidado como la gran familia de los partidos demócrata cristianos, social cristianos y de centro en América.
La ODCA es hoy día la organización internacional de partidos y movi- mientos políticos más poderosa del continente americano. Su trabajo da una especial prioridad a la promoción de la democracia y de los derechos huma- nos basándose en la Carta Democrática Interamericana y en la Declaración Americana de los Derechos Humanos.
ODCA forma parte de la Internacional Demócrata de Centro, con gran influencia en el Parlamento Mundial, el Parlamento Europeo y el Parlamento Latinoamericano.

** Licenciado en Ciencias Políticas de la Universidad de Costa Rica.
Doctor en Ciencias Políticas de la Universidad de Bircham.

 

 

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