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20/01/2020
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Bondades de Dakota

Desde hace 6 años paso en Dakota la Semana Santa y mis vacaciones de verano. Las tierras de Sacagawea nunca estuvieron en mi bucket list, pero desde que un americano guapo se cruzó en mi camino, la nieve, los venados y estos inhóspitos parajes empezaron a formar parte de mi mundo.

Tanta tierra sin gente me da miedo. A veces conducimos por más de dos horas y no se nos cruza un alma en el camino. Muy pocos árboles y este año, como no ha llovido, se perdieron las cosechas. No hay una brizna verde, hierba seca por todas partes.

Ayer, mientras conducíamos por un camino rocoso nos encontramos un faisán. – Por favor, detén la camioneta - le pedí a Rob. –Si quieres, podemos salir un día a cazar faisanes –me propuso él enseguida.

Yo solo quería llenarme de sus colores. El faisán es un ave distinguida, camina con una elegancia que te hace erguirte y sacar el pecho. En medio de aquella tierra tan seca y uniformemente ocre, las plumas del ave me conectaron con la vida, con la brillantez del mundo tropical al que pertenezco.

Siempre ando lista para tomar fotos de cualquier detalle interesante que pueda encontrar. Me concentro en los puntos bellos para no dejar que la aridez del lugar me reseque el alma.

Habíamos dejado el terraplén detrás y tomamos la carretera 1804 que nos lleva a Bismarck, capital de Dakota del Norte. Aprovechando la vista que nos proporcionaba la altura de la colina, Rob detuvo la camioneta para que pudiera tomar unas fotos de Beaver Bay, punto donde nuestra carretera cruza el majestuoso río Missouri. El contraste tan grande entre mi vida citadina y estos paisajes tan extensos y solitarios a veces me zarandea y siento miedo. Los celulares no tienen cobertura en muchas zonas; si tienes un accidente, ¿quién te socorre?

Caminaba y miraba al horizonte buscando alguna casita que apaciguara mis temores y casi tropiezo con una nevera plástica muy parecida a la que usamos en Miami cuando vamos a la playa.

Algo así debe haber sentido Sherlock Holmes cuando descubría una pista importante, ¡había gente cerca!

–Mi princesa querrá hacerme tortilla española con huevos frescos esta tarde? – me dijo Rob mientras me mostraba el contenido de la nevera: huevos criollos. Un granjero de los alrededores los dejaba allí cada día, justo al borde de la carretera. En una especie de alcancía se podía depositar el dinero, aunque se veían billetes sueltos mezclados con los huevos que quizás viajeros con mucha prisa no tuvieron tiempo de introducir en la ranura.

Para una cubana como yo que tuve una amiga en La Habana, que cuando colgaba la ropa en la tendedera del patio tenía que vigilarla hasta que se secara para que no se la robaran, esta muestra de la nobleza que todavía se vive en las Dakotas me conmovió.

–¡Qué hombre tan confiado este granjero! Me gustaría preguntarle si nunca le han robado. ¿Me llevas hasta su finca? –le pedí a mi novio, asumiendo que él tendría que conocerlo y que la finca estaría oculta detrás de alguna colina.

–Nunca lo he visto, no tengo idea quién es, solo sé que llevo años pasando por este lugar y a no ser los días de mucha nieve o intenso calor, ahí está la nevera. Bondades de Dakota, cubanita, que no pierdo las esperanzas de que tú vuelvas a ver en tu tierra –me dijo Rob, alentador.

Cuando se ha vivido rodeado de personas en las que puedes confiar así, es natural esperar lo mejor de los demás.

Profesora de Español y Literatura.