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20/11/2017

El Mercantilismo y la guerra

  • Ricardo Valenzuela
  • Visto: 360

Desde la aparición de Donald Trump en la esfera de la política mundial, el concepto del mercantilismo regresa a la vida para una vez mas lanzar sus coqueteos a través del mundo entero y, lo grave, muchas potenciales víctimas respondiendo a esos coqueteos. 
El término mercantilismo fue utilizado por primera vez por Adam Smith en 1776, cuando se refirió a él como “sistema comercial o mercantil”. En esa era ya estaba bajo poderosos ataques por todos los flancos, y Adam Smith lo hizo sujeto de otra carga sin compás, para darle, lo que se pensó sería, el tiro de gracia, cuando ya con gran precisión lo describiera como un sistema que gran número de países utilizaba, como la estrategia de las monarquías. El mercantilismo no se conoció como una teoría económica, sino como una serie de prácticas políticas unidas por algún beneficio oculto.

En esencia el mercantilismo es la práctica para utilizar el poder del gobierno y controlar la economía, pretendiendo incrementar la riqueza de una nación. Pero no para incrementar la riqueza de las naciones en general, sino incrementar la riqueza de una nación en particular. El modus operandi del mercantilismo siempre ha sido monopólico. Es el gobierno dedicado a crear, cultivar, aprobar y proteger monopolios para aquellos que él controla, esperando ese poder sobre las palancas económicas, se traduzca en incrementos de la riqueza del estado y de los miembros del club. El mercantilismo también es conocido como nacionalismo económico.

El mercantilismo ha sido un sistema de gobierno para regular, controlar y dirigir la economía. En aquella era no se consideraba parte de la ciencia económica—pues la economía estaba todavía en un estado rudimentario— sino una ideología y una creencia política. Inclusive, las ideas económicas que se conocían en esa era, en gran parte eran derivadas del absolutismo que prevalecía en todo el mundo. La perspectiva dominante durante los siglos 16 y 17 y la primera parte del siglo 18, había sido el absolutismo. Un ambiente en el cual se respiraba la idea que todo mundo y todo, en general, debería estar bajo el poder del gobierno, y usualmente el poder de una persona.

El resultado fue el absolutismo real y total, teorías del derecho divino de los reyes y, en el siglo 19, lo que ha sido llamado el despotismo “iluminado”. Estas ideas se propagaron por toda Europa, pero la expresión más bien redactada era la de Inglaterra en la figura de Thomas Hobbes en su libro titulado, The Leviathon. Hobbes era gran creyente de que si a la gente tuviera libertad, el resultado sería el caos. Y si las conductas de los hombres fueran dirigidas por ellos mismos, acorde a su juicio y sus particulares apetitos, no deberían esperar se les defendiera, ni se les protegiera contra el enemigo común, y tampoco de las injurias entre ellos mismos.

El único camino para edificar ese poder común, argumentaba Hobbes, era entregando todo el poder y la fuerza del estado y la sociedad, a un hombre, o a una asamblea de hombres que controlara sus deseos colectivos por medio de la pluralidad de voces, para convertirlos en un solo deseo. Y Hoobes lo describía así:

“Esta es la generación del gran Leviathon, o del Dios mortal, al cual debemos, bajo el Dios inmortal, nuestra paz y nuestra defensa. Y por esta autoridad entregada por todos y cada uno de los hombres de la nación, él debe usar ese gran poder y fuerza que se le ha dado, para, utilizando el terror, ser capaz de desarrollar los deseos de todos ellos, para lograr paz en casa, y cooperación mutual contra los enemigos foráneos….Y el que ejerce ese poder debe ser llamado soberano, y sabremos que tiene ese poder soberano ilimitado, y todos los demás miembros de la sociedad, son súbditos inferiores”.

Esta perspectiva de imponer cadenas para el control total a las sociedades, para supuestamente forjar un propósito de unidad, una nación que levantara cercos a las iglesias, que lograra la centralización del poder en manos de los monarcas, estableciera la censura, la autorización de monopolios y mercantilismo en general. Pero todo ello no era simple ideología, en realidad era el temor a la libertad, el temor a lo que hombres agraviados pudieran hacer en libertad, para perseguir sus propios objetivos sin ataduras. Era una profunda y enraizada creencia de que, si se pudiera lograr el control de los hombres para dirigidos hacia el interés común, grandes cosas se pudieran lograr. Y esa creencia ha sido justificación para la concentración de poder, y ejercerlo sin controles sobre la gente.

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"Si pudiésemos correr el velo oscuro de la antigüedad [en lo referente al origen de los reyes,
del Estado y los impuestos] y pudiéramos rastrearlos hasta sus orígenes,
encontraríamos que el primero de ellos no fue más que el rufián principal
de alguna banda desenfrenada; su salvaje modo de ser o su preeminencia en el engaño,
le hicieron merecer el título de jefe entre canallas.
Incrementando su poder y depredación,
obligó a los pacíficos e indefensos a comprar su seguridad
con frecuentes contribuciones." 

Thomas Paine