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22/02/2020
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Columnistas invitados/Guest columnists

Cuba y el creciente repudio popular hacia la policía castrista

Reprimir a un ciudadano por expresarse en contra del gobierno constituye algo habitual para la Policía Nacional Revolucionaria

LA HABANA, Cuba. – El pasado viernes —¡por fin! — el diario Granma se animó a ofrecer alguna información sobre la escandalosa violación de una niña perpetrada en Santiago de Cuba, así como sobre la consiguiente protesta popular. Quebrantando las reglas del buen quehacer periodístico, antes había insertado un artículo de opinión consagrado al tema, pero sólo ahora, con la firma de José Llamos Camejo, cubrió la noticia.

En cualquier lugar del mundo, el oficio de policía no resulta precisamente atractivo. Desempeñar funciones que, para mantener el orden, requieren que se llame la atención a quienes contravienen la Ley o que se les reduzca a prisión en los casos más serios, no representa una opción que seduzca a los adultos que procuran abrirse camino en la vida.

Esas afirmaciones, que poseen validez general, cobran una vigencia aún mayor en aquellos sitios en que la función policial va acompañada por la corrupción, el descaro, la incompetencia y la grosera imposición. En estos casos, no es raro que las personas decentes abominen y aun huyan de los llamados “agentes del orden” y de su actuación.

En Cuba, por tradición, el oficio de policía era considerado “la última carta de la baraja”. Y conste que hablo de la época en que Fidel Castro y su tropa no soñaban siquiera con trepar al poder. Ese rechazo ha crecido en los últimos decenios: En La Habana, por ejemplo, ante la renuencia de los lugareños a vestir el uniforme azul, los nuevos reclutas provienen en su mayoría de provincias lejanas, y se incorporan a filas para lograr vivir en la añorada capital.

Además, en nuestro país, la policía está obligada —como cosa de rutina— a efectuar actividades no vistas en otras latitudes. Se trata de realidades que responden a la demostrada vocación totalitaria del régimen. Por ejemplo, reprimir a un ciudadano por expresarse en contra del gobierno (algo impensable en casi todo nuestro Hemisferio) constituye algo habitual para nuestra PNR (Policía Nacional Revolucionaria).

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Díaz-Canel y Raúl, ¿dónde están las casas y el vasito de leche?

Los castristas, en medio de la situación caótica en la que ellos mismos han metido a Cuba, piensan seguir huyendo hacia adelante.

LA HABANA, Cuba. – Una de las características llamativas de los regímenes del “socialismo real” (como el que padecemos en Cuba desde hace seis decenios) es su vocación por las medallas y los galardones de todo tipo. Tal parece que, en una sociedad que se caracteriza por el sometimiento y la carestía, el otorgamiento de condecoraciones, órdenes y distinciones sirviera para compensar al menos en parte la mediocridad imperante.

En este campo, las palmas corresponden a los generales sin batallas que sirven a la dinastía de los Kim en Norcorea. Los más encumbrados de ellos, a falta de espacio en las pecheras de sus uniformes, se cuelgan medallas en mangas y pantalones… Una total ridiculez. En Cuba no se llega a esos extremos, pero son numerosos los reconocimientos y galardones de todo tipo. Se sigue, en esto, la práctica sentada en la antigua Unión Soviética —primer laboratorio de la pesadilla— por el tirano alias Stalin.

Uno de los títulos más curiosos ideado por el dictador georgiano en 1944 fue el de “Madre Heroína”. Se otorgaba a mujeres que tuvieran y criaran no menos de diez hijos. Subsistió en Rusia hasta 1991, pero los nostálgicos no han cesado de dirigir peticiones para que sea restaurado.

En la Cuba actual, el gobierno de Miguel Díaz-Canel exige bastante menos y otorga beneficios más palpables: Decidió en abril de 2019 asignar viviendas de manera priorizada a las familias con tres o más hijos. Pese a lo bajo del listón, son sólo “unas 2580 familias” las que al día de hoy llenarían ese requisito. Según el Centro de Estudios de Población y Desarrollo de la Isla, el principal factor en el proceso de envejecimiento es que, desde hace la friolera de 36 años, la fecundidad está por debajo del nivel de reemplazo poblacional (menos de una hija por mujer).

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Señales, no soluciones

“Que no los traten como moneda de cambio”, dijo en televisión un familiar de los presos excarcelados. Lo mismo se puede decir de la autorización a La Prensa para que liberen el papel retenido por razones políticas, y la readmisión en la Universidad Nacional Agraria, de los estudiantes expulsados.

¿A qué se refiere la familia de un excarcelado, al decir que no sea moneda de cambio? Al hecho hiriente y doloroso, de apresar, violar la libertad de expresión, y conculcar la autonomía universitaria, para después excarcelar, autorizar y readmitir, como favor.

Preparando el capítulo de un libro que estaremos finalizando muy pronto, entre varios autores, sobre la crisis y las opciones de salida a la misma, he revisado con algún detalle las informaciones y análisis que antecedieron al estallido, hace casi dos años. El 4 de junio de 2016, año electoral, Ortega concluyó el proceso de “privatización” del FSLN, en un supuesto Congreso de esa organización: ese día, sin discusión y debate, se aprobaron cuatro resoluciones. Entre ellas, la candidatura de Ortega para su cuarta presidencia, y dicho sea de paso es el único candidato presidencial que esa organización ha tenido en su historia.

Las otras resoluciones, eran la autorización para que Ortega decidiera la candidatura a la Vicepresidencia y seleccionara a los candidatos a diputados. Obvio, seleccionó a su esposa, y con ella las candidaturas a la diputación. Y por si fuese poco, en su discurso de aceptación de la candidatura dijo que ya no habría observadores internacionales, a quienes llamó sinvergüenzas, y diez días después su Embajador ante la OEA, y actual Canciller, pidió la destitución de Almagro.

También concluyó el proceso de “privatización” de las elecciones nacionales. En cuestión de pocas semanas, la Corte Suprema de Justicia y Consejo Supremo Electoral despojaron a la oposición de toda personería jurídica, y cancelaron las diputaciones que Ortega le había reconocido, siempre como “favor”, a la Alianza PLI (Partido Liberal Independiente) en las elecciones de 2011.

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El costo humano del Castrismo

En Cuba se fusiló, se masacró en sitios inimaginables, no solo en campamentos militares o lugares previamente designados para tan macabra acción. Las ejecuciones tuvieron lugar en patios de escuelas, en curvas de carreteras, en parques, farallones de las sierras, en cementerios y patios de viviendas, en esa gestión fueron alumnos aventajados del nazismo y del estalinismo, los engendradores del totalitarismo cubano.

Matar para el régimen castrista fue una especie de acto de purificación porque la muerte de los otros le afianzaba en el poder, en consecuencia, cuando el pueblo cubano pueda acceder sin restricciones al conocimiento pleno de los trágicos sucesos con los que la dictadura dinástica de los hermanos Castro ha marcado al país,  de seguro quedara profundamente conmovido ante el costo humano a la nación del experimento revolucionario.

Conmoción que tendrá que sumar a las ya acumuladas  precarias condiciones de vida que padece, a la destrucción material del país y a los constantes  fracasos de todos los proyectos gubernamentales, a pesar del gran esfuerzo realizado por el sector de la población que creyó fervientemente en las promesas del Caudillo.

No pocos “compañeros” participaron en las depredaciones de la dictadura, pero son escasos los que tienen una visión integral del pasado sangriento,  ya que el control ejercido sobre la información ha sido muy estricto  a la vez que ha estado fundamentado sistemáticamente en una campaña de intimidación de la que se requiere mucha entereza para sustraerse.

Esa puede ser una de las causas por las que más de un victimario cree ciegamente que los abusos fueron aislados y los crímenes inexistentes, tal y como muchos respetables ciudadanos alemanes negaron frenéticamente  el Holocausto.

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REPÚBLICA DOMINICANA: USO DE LAS REDES SOCIALES

Dicho desde este espacio en mas de una oportunidad, las redes sociales constituyen el más amplio y acabado exponente de la libertad de expresión puesta al alcance de todos los ciudadanos para que puedan emitir sus opiniones sobre los temas que más directamente le atañen, suscribir críticas y hacer propuestas.

Ha sido a través de las redes que hechos punibles, tanto acciones delictivas como abusos de autoridad, incluyendo el testimonio visual e irrebatible de las tan abusadas y frecuentes “ejecuciones extrajudiciales”, que no encuentran  justificación ni siquiera en los casos en que la hoja de vida de las víctimas muestra un amplio listado delictivo.  Son hechos que, de no haberse puesto al descubierto por usuarios alertados, habrían pasado inadvertidos y arropados de impunidad.

Pero no siempre ocurre así.  Lamentablemente resulta muy tenue y fácil de trasponer la línea que separa la libertad del libertinaje.  Esta es la otra cara, la fea y negativa, de las redes sociales, cuando elementos desaprensivos, alienados mentales en unos casos, enajenados morales las más de las veces hacen uso irresponsable de tan importante herramienta de ejercicio democrático.

Es cuando se usa la misma para insultar, calumniar, manchar reputaciones, lanzar acusaciones a vuelo sin la menor prueba de aval, sembrar discordia, mentir sin el menor recato, servir intereses espurios, convertirse en bocinas y cajas de resonancia contratadas y pagadas de campañas difamatorias.   Pero además, para difundir las llamadas “fake news”, las noticias falsas.

El riesgo que estas entrañan, que tal como resalta Adriano Miguel Tejada, en su Antes Meridiano de este día en Diario Libre, pudiera llegar al punto de generar consecuencias catastróficas, al censurar con sobrada razón el hecho de que elementos desaprensivos, en forma culpablemente irresponsable, estén difundiendo la falsa versión de que en el país hay casos de coronavirus que son ocultados al público por las autoridades sanitarias.

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