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23/04/2019
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El Laico y el Centro como Opción Radical

Don Camilo, Un Mundo Pequeño, ha sido uno de los libros que más me ha impactado, tuve la dicha de leerlo muy joven, y lo he leído dos veces más; historietas cortas e hilarantes que al mismo tiempo emanan una verdad permanente, es un libro de los que no pasa de moda y que nos brinda importantes lecciones. Quiero presentarles un fragmento de una de ellas, como muestra de lo que quizás vivimos en el día a día, se denomina El Mitin, y describe a Pepón, el alcalde comunista del pueblo, y enemigo/amigo, encarnizado y fraterno a la vez, del cura Don Camilo.

Pepón lee un manifiesto en que se anuncia que un orador va a hablar en un mitin, en la plaza del pueblo por invitación del comité del partido Liberal…

-¿Aquí, en el baluarte rojo, se podrá permitir provocación semejante? –Gritó- ¡Ya veremos quién manda aquí!

Y preparó a su estado mayor, para dar una contundente respuesta a los provocadores liberales. Sus huestes esperaron a la delegación con el fin de darles un susto acompañado del acoso, empujones, puñetazos y expulsión.

Al ver que en vez de una delegación, se bajó del tren un hombrecito flacucho con una pequeña maleta de fibra, se quedó estupefacto, éste se le acercó, y saludándole cortésmente, preguntó, si le pudieran indicar dónde estaba el comité del partido Liberal. Pepón se indignó… a su pregunta: ¿No tiene miedo de encontrarse aquí solo entre cincuenta comunistas?, el hombrecito respondió, ¨no porque estoy solo y ustedes son cincuenta¨ a lo que Pepón le dijo, ¨ ¿usted no piensa que yo solo y con una sola mano, soy capaz de hacerlo volar hasta aquel canal?¨. ¨No, no lo pienso –contestó el hombre con calma.

- Entonces usted es un loco, o un inconsciente, o uno que busca engatusar al pueblo.

El hombre rió de nuevo.

- Mucho más simple, señor mío: soy un hombre de bien.

- ¡No mi querido señor! ¡Si Ud. fuera un hombre de bien no sería un enemigo del pueblo! ¡Un sirviente de la reacción! ¡Un instrumento del capitalismo!

- Yo no soy enemigo de nadie, ni sirviente de nadie. Soy uno que piensa de distinto modo que usted.

Y aquí es donde está la moraleja de esta historia, la facilidad con la que se cae en los extremos, aun en las democracias. Es ésta la razón de este artículo: oponerse a todo extremismo, es realmente una opción radical, pues, ¡Qué fácil es caer en los extremos! Optar hoy día por opciones extremas, no tiene nada de radical, es casi lo común, lo cotidiano.

Recuerdo que cuando mis padres me enviaron al Kindergarten, no pude adaptarme, y no tuvieron más remedio que sacarme de allí, tenía 5 años. El curso escolar en que cumplí 6, pero todavía con 5, fui matriculado en el Colegio de la Caridad (llamado cariñosamente Colegio de los Hermanos), en Pre-primario. Fue para mí como una nueva vida. Toda mi primaria y mi ingreso a bachillerato, los pasé en el Colegio. Qué años tan felices. Todos los Hermanos fueron maravillosos ejemplos de vida.

Un grupo grande de alumnos,  no dejábamos de ir hasta por las noches al Colegio, unos a jugar baloncesto, volibol o gimnasia, otros a conversar con los Hermanos. Cuando intervinieron el Colegio, rompieron con lo hermoso de mi niñez y adolescencia y con la de la mayoría de mis compañeros. Por varias semanas seguimos reuniéndonos en los altos, donde conversábamos con los Hermanos sobre lo incierto del futuro de nuestra Cuba, ya algunos habían partido a Canadá, y con el Covadonga, el resto fue expulsado del país. Ruptura total.

Ya en ese entonces, el régimen había dividido a la población en dos grupos, los ¨revolucionarios¨ y los ¨gusanos¨. Yo me encontraba en el segundo grupo, y aunque interiormente era como un honor ¨ser gusano¨, no dejaba de ser despectivo y cruel. Fue por ello y a pesar del amor que profeso por mi querida patria, que por primera vez en mi vida, me sentí ¨ciudadano¨ el día que me hice ciudadano de este gran país, y  por ello lloré de alegría en esa ceremonia.

Es triste ver como eso se repite y repite por los déspotas que rigen los destinos de diferentes naciones, para Hugo Chávez, los que no son chavistas, son pitiyanquis, inclusive, no son venezolanos, así lo manifiesta en sus arengas públicas. Y eso que en Venezuela todavía no ha llegado el totalitarismo.

Aquí en los EE UU, país en que sus ciudadanos disfrutan de una democracia de sólidas instituciones y de libertades inimaginables para los que hemos vivido en dictadura, hay tantos y tantos que en vez de realizar crítica constructiva, tratan de destruir al adversario.

Es difícil crear un antídoto contra ese comportamiento extremo, se ha vuelto algo cotidiano. Por eso admiro tanto a aquellos que sufrieron el totalitarismo en Cuba, inclusive en sus prisiones y no sólo luchan por su futuro democrático, sino que lo hacen desde la visión de que debe ser como decía Martí ¨con todos y para el bien de todos¨. Sin exclusiones de tipo político, racial, religioso, sin homofobias ni revanchismos.

Un libro, distribuido a nivel de las parroquias, en los momentos en que se entronizaba la dictadura comunista en nuestra patria, denominado ¨El Cristiano en el Mundo de Hoy¨ publicado por las juventudes católicas a inicios de 1961 y que con prefacio de Mons. Boza Masvidal, delineaba a la luz de la doctrina social cristiana, las soluciones para nuestra sufrida Cuba, hacía un llamado a los laicos a comprometerse con la política, ya que la política nos comprometía a todos.

En la presentación del documento Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia el 2 de abril de 2004, el Cardenal Martino, entonces presidente del Pontificio Consejo Justicia y Paz nos decía: ¨Transformar la realidad social con la fuerza del Evangelio, testimoniada por mujeres y hombres fieles a Jesucristo, ha sido siempre un desafío y lo es aún, al inicio del tercer milenio de la era cristiana. El anuncio de Jesucristo, « buena nueva » de salvación, de amor, de justicia y de paz, no encuentra fácil acogida en el mundo de hoy, todavía devastado por guerras, miseria e injusticias; es precisamente por esto que el hombre de nuestro tiempo tiene más que nunca necesidad del Evangelio: de la fe que salva, de la esperanza que ilumina, de la caridad que ama¨.

La Doctrina Social de la Iglesia, nos ofrece un marco de valores, tanto en el terreno social como en el moral, que puede ser perfectamente el antídoto para tanto extremismo, no importa si se es creyente o no, pues es sobre todo universal. Hay un humanismo de base, que nos impele a:

  1. 1)      Respetar la Dignidad Plena del Hombre. El ser humano tiene dignidad y valor, sólo por su condición de ser humano. Los seres humanos son únicos e irremplazables, desde el mismo momento de la concepción.
  2. 2)      Trabajar por el Bien Común. Abarca tanto a la sociedad como a la persona. Va más allá del individuo, va a la persona, contemplando al ser humano como un todo, materia y espíritu, e implica luchar para que en libertad todos puedan llevar una vida verdaderamente humana cubriendo sus necesidades: alimento, vestido, salud, trabajo, educación, información adecuada, derecho a fundar una familia, etc.
  3. 3)      Encausar la Subsidiaridad, para que lo que puede hacer el individuo o la sociedad más pequeña, que no lo haga la sociedad más grande, o dicho en términos económicos: tanto mercado cuanto sea posible y tanto estado cuanto sea necesario.
  4. 4)      Vivir en Solidaridad. La solidaridad mira al bien común en su valor como principio social ordenador de las instituciones, que deben ser transformadas en estructuras de solidaridad, mediante la creación o modificación de leyes, reglas de mercado, ordenamientos jurídicos.

Jesús de Nazaret, representa al Hombre Nuevo, solidario con la humanidad. En Él podemos ver el amor del Dios con Nosotros. El prójimo no es ya solamente un ser humano con sus derechos y su igualdad fundamental con todos, sino que se convierte en la misma imagen de Dios.

Como cubanos vemos como nuestro país se va despedazando día a día, por no realizarse las reformas que se necesitan, para llevar a Cuba hacia el camino del progreso; hombres visionarios como Oswaldo Payá, han luchado por ello por muchos años. Ahora que su muerte nos deja huérfanos, es necesario que sus ideales se multipliquen en cada ciudadano para que una nueva Cuba pueda renacer, en democracia,  en libertad, en los derechos inalienables a todo ser humano.

Como ciudadano norteamericano, veo un país que se divide y en el que el consenso no es la fuerza integradora. ¿Queremos seguir construyendo un país en que todos tengan cabida y progresen, y los ideales de libertad sean ejemplos para el mundo, con justicia, derechos sociales y económicos para todos, o queremos un país sólo para unos pocos?

Como laicos, tenemos la Doctrina Social de la Iglesia, traducida al mundo, ejemplo de Centro Social integrador de los valores morales que nos hacen más dignos. Conozcámosla, echémosla adelante. Sea en Cuba, sea aquí, como laicos tenemos una responsabilidad sin igual, y está en el compromiso del cristiano, que sobrepasa el Templo, para irse a las calles a transformarlas en justicia y amor.

¿Cómo podemos estar  tranquilos, sino se respeta la vida desde su inicio?, ¿cómo podemos olvidarnos del que no puede acceder a un seguro de salud?, ¿y de aquel que trabajó toda su vida para disfrutar de una vejez tranquila, con cuidado médico y seguridad social?, ¿y de un planeta que no se cuida, como deberíamos, y que quizás no podamos salvar al cabo de unas pocas décadas?

Como laicos, somos responsables de que nuestro ejemplo sea visible a todos, tenemos, repito, la doctrina social de la iglesia. Vivámosla, compartámosla, enseñémosla a todos.

En Centesimus Annus, maravillosa encíclica social, Juan Pablo II se pregunta: ¿se puede decir quizá que, después del fracaso del comunismo, el sistema vencedor sea el capitalismo, y que hacia él estén dirigidos los esfuerzos de los países que tratan de reconstruir su economía y su sociedad? Nos dice entonces: La respuesta obviamente es compleja. Si por «capitalismo» se entiende un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producción, de la libre creatividad humana en el sector de la economía, la respuesta ciertamente es positiva, aunque quizá sería más apropiado hablar de «economía de empresa», «economía de mercado», o simplemente de «economía libre». Pero si por «capitalismo» se entiende un sistema en el cual la libertad, en el ámbito económico, no está encuadrada en un sólido contexto jurídico que la ponga al servicio de la libertad humana integral y la considere como una particular dimensión de la misma, cuyo centro es ético y religioso, entonces la respuesta es absolutamente negativa.

Aquí tenemos la respuesta y también la guía para asumir la responsabilidad que debemos a Cristo, ya sea desde la familia, ya sea desde nuestro entorno social, empresa, parroquia, pueblo, ciudad, estado, país. La doctrina social de la iglesia, nos ofrece ese Centro, que se opone a todo extremo, sea éste de izquierda o de derecha; nos ofrece una visión evangélica de la sociedad para que impere la justicia: no a los extremos que excluyen, a la justicia que incluye. No al comunismo, no al fascismo, sí a una sociedad democrática, que incluya y permita que todos puedan compartir el desarrollo y el crecimiento económico. Como decíamos al hablar de subsidiaridad, tanto mercado cuanto sea posible y tanto estado cuanto sea necesario.

Como laicos cubanos exiliados, luchemos por una Cuba solidaria, en libertad, reconciliada con todos los cubanos, pero con justicia. Tanta ignominia, tanto abuso, tanta cárcel y paredón, tienen responsables, tienen culpables. La verdad histórica tiene que llegar y con ello, procesos que hagan imperar la justicia, sin revanchismos, sin odios, pero en la que impere la verdad, que permita que una nueva Patria pueda erigirse con todos los cubanos.

Como laicos no importan donde estemos, tenemos una responsabilidad por Cristo y su Iglesia, con la sociedad en que nos haya tocado vivir, y para ello, la doctrina social de la iglesia nos ofrece el marco, para que ese compromiso se haga vida, y vida en abundancia, con todos, ricos y pobres, sin importar la raza, el sexo o la religión: es el ser humano, y el entorno en que vive, el que tiene valor en sí mismo, es la Dignidad Plena del Hombre, vivida en Solidaridad.