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20/06/2018

Cada Ser Humano Importa

En varias intervenciones realizadas en los últimos años, el Papa Benedicto XVI ha ofrecido una definición concisa del secularismo – una laicidad radical -que amenaza a nuestra sociedad global de hoy. Dijo que la laicidad significa, simplemente, el intento de organizar a la sociedad - y vivir - como si Dios no le importara. Por supuesto, un mundo que se organizase sin Dios terminaría por organizarse en contra de sí mismo. También se terminaría por ser un lugar bastante desesperado - como Benedicto dice en su encíclica, Spe Salvi: un mundo sin Dios es un mundo sin esperanza.

El reto del cristiano de hoy es dar testimonio de la esperanza - y podemos hacer esto simplemente al modelar lo que la vida puede parecer cuando se vive como Dios si importara. Y, porque Dios importa, estamos llamados a modelar una vida en la que el hombre también importa. Si Dios nos importa, el hombre debe importarnos también. Porque como dijo Juan Pablo II en Ecclesia in America, Jesucristo es el rostro humano de Dios y rostro divino del hombre. Por esta razón, nuestro testimonio implica necesariamente el compromiso y el trabajo por la Justicia y la Paz, para promover la vida y la dignidad del ser humano.

El Arzobispo Joseph Hurley fue el obispo visionario de San Agustín hace más de 50 años, cuando la diócesis de San Agustín incluía  todo el estado de la Florida. Él solía decir: la Iglesia tiene que hacer el bien, y la Iglesia debe ser vista como haciendo el bien.

La Iglesia debe a todos los que están involucrados en los diversos aspectos de la pastoral social una deuda real de gratitud por su testimonio - que hace a la Iglesia lucir bien por el bien que ellos hacen en nombre de la Iglesia en avanzar la justicia y la paz, en promover los derechos del ser humano y su dignidad como criatura hecha a  imagen y semejanza de Dios. Nuestro "pan de cada día" es esforzarnos a hacer en el nombre de la Iglesia lo que el Papa Benedicto XVI escribe en Deus Caritas Est. En el párrafo 28, nos recuerda: "La Iglesia tiene el deber de ofrecer, a través de la purificación de la razón y la formación ética, su contribución específica, para la comprensión de las exigencias de la justicia y lo que sea necesario para realizarlas políticamente".

Nuestro testimonio como católicos comprometidos debe proclamar: el hombre nos importa. La palabra “hombre” debe entenderse en su sentido más amplio y por lo tanto incluye también a las mujeres. "El hombre", el Beato Juan Pablo II insistió, "es el camino de la Iglesia". Y así, la Iglesia propiamente debe analizar los problemas del hombre en sus dimensiones sociales y morales. Lo que toca a la persona humana y su dignidad cae, sin duda, dentro del ámbito de la Iglesia que con razón juzga la política a la luz de los valores del Evangelio. Esto no es "meternos en la política", sino un servicio de amor - y no hablar con valentía y coherencia sería una falta de esa caridad que debemos a nuestro prójimo.

Por supuesto, eso no quiere decir que nuestro "servicio de amor" es siempre bienvenido - o entendido por nuestros conciudadanos. Tampoco lo que ofrecemos va a agradar la preconcebida ideología de nadie. Ya vemos esto en el debate actual sobre los reglamentos de la Administración de Obama que pretenden forzarnos como católicos a violar nuestras consciencias al hacernos cómplices en el aborto.

En el clima político actual - con sus fuertes divisiones partidistas - los católicos pueden sentir - y tal vez debemos sentirnos - políticamente huérfanos. Las palabras de GK Chesterton, al describir la situación política de su país natal, Inglaterra, también describen nuestro propio paisaje político actual y la dificultad de identificarnos con la plataforma o agenda de ningún partido. Él dijo: "los progresistas (lo que hoy se describe como liberales) quieren seguir cometiendo errores y los conservadores no quieren corregir los errores ya realizados."

Nuestros críticos dirán que estamos tratando de imponer nuestros puntos de vista - pero para citar a Juan Pablo II de nuevo: la Iglesia no impone, propone. Nos involucramos en la plaza pública porque estamos convencidos de que tenemos algo que aportar, tenemos una propuesta que hacer sobre lo que se necesita para el florecimiento de la persona humana en la sociedad.

Tenemos algo que decir, tenemos una palabra para compartir, esa palabra - por supuesto - es Jesús. Uno de los temas principales del Concilio Vaticano II - un tema que se desarrolla en los magisterios tanto de Juan Pablo II y ahora de Benedicto XVI - es que en Jesucristo, porque Él es verdadero Dios y verdadero hombre, encontramos no sólo la verdad sobre quién es Dios, encontramos también la verdad sobre quién es el hombre - lo que somos - lo que es nuestra dignidad - lo que es nuestro destino.

En tres semanas, el Papa Benedicto viajará a Cuba “como peregrino de la caridad”. En los últimos 16 años he viajado a Cuba varias veces.  Yo he ido para apoyar a la Iglesia especialmente en la labor de Caritas, el brazo de la pastoral social de la Iglesia Católica en Cuba. Cuba hasta hace poco era un estado oficialmente ateo - ahora se llama un "estado laico". En Cuba, se puede ver lo que dijo Benedicto XVI sobre "un mundo sin Dios es un mundo sin esperanza". Para el cubano de hoy, sobretodo el joven, la esperanza significa salir de la isla. Lo poco que de la sociedad civil existe en la Cuba de hoy existe gracias a los esfuerzos de la Iglesia Católica - y de Cáritas. Y si Cuba va a encontrar su camino en la transición a una era post-Castro, si los jóvenes van a poder realizar un futuro de esperanza, sin la emigración, la Iglesia Católica tendrá que jugar un papel importante.

Juan Pablo II fue a Cuba como un mensajero de la verdad y la esperanza y la Iglesia en Cuba –como la Iglesia en cualquier lugar - tiene que ser: un mensajero de la verdad y la esperanza. Esto es el reto de la pastoral social de Ia Iglesia. De esta manera podemos cumplir con nuestro deber como ciudadanos y como fieles.

Recuerdo que, hace unos años, el cardenal Ortega de La Habana dio un discurso a una reunión de agentes pastorales en Puebla. Allí,  habló con franqueza acerca de las dificultades que la sociedad cubana enfrenta hoy en día. No se hacía ilusiones de que la tan esperada "transición" sería una tarea fácil. Señaló que Cuba parece estar pasando de un materialismo ideológico - representado por el marxismo-leninismo - al materialismo práctico, que conocemos bien en nuestra cultura de consumo.

Hablando de las dificultades experimentadas por la Iglesia (y que aún las experimenta) - las limitaciones en sus derechos, la persecución histórica (recuerden que él mismo pasó algún tiempo en un "campo de reeducación"), la intimidación, la discriminación, etc. - señaló que el comunismo no se opuso a la Iglesia a causa de lo que ella decía acerca de Dios, de la Santísima Trinidad, la Eucaristía, o la piedad mariana - ninguna de estas cosas realmente molestaban a los comunistas.  El problema que los comunistas tenían con la Iglesia no se trataba de lo que ella hablaba acerca de Dios, sino de lo que dijo (y dice) del hombre, del ser humano. Y  esto no se va a cambiar por moverse de un materialismo ideológico hacia  a un materialismo práctico.

Y este es el caso en nuestra sociedad. Cuando el New York Times critica a la Iglesia católica - sólo para ofrecerles un ejemplo - no se trata de nuestra manera de hablar de Dios, sino de nuestra manera de hablar del hombre.  Ellos no están de acuerdo con nosotros – no tanto por nuestras creencias de Dios (esto no les molesta porque no les interesa.) Ellos discrepan de nosotros por nuestras creencias sobre la persona humana. Sostenemos que el hombre es una criatura hecha a imagen y semejanza de Dios (la única criatura que Dios hizo por sí mismo para que pudiera compartir con Él la vida eterna). Que hemos sido creados para algo más que la muerte es la raíz de nuestra esperanza. Creemos que el hombre está abierto a lo infinito, que su vida y su dignidad trascienden a esta vida terrenal. Creemos que el hombre si importa.

Debido a que el hombre importa, nuestra manera de hablar del hombre es importante. Las antropologías reductivas  de la sociedad actual son responsables de la crisis de  esperanza que afecta al mundo moderno -y los males sociales de nuestro tiempo, ya sea que hablemos sobre el aborto, la promiscuidad, el abuso de drogas, la desintegración de la familia - estos males sociales son un síntoma de esta crisis de  desesperanza. Como Juan Pablo dijo en Centisimus Annus, el comunismo en Europa fracasó no tanto por su economía ineficiente o por su anticuado ejercito. El Marxismo fracasó por su antropología equivocada. No entendieron lo que es el hombre. Y nuestra sociedad, también influenciada por lo que el Papa Benedicto llama “la dictadura del relativismo” está en camino al fracaso también por una antropología errónea. Los matrimonios “gay”, el sexo sin responsabilidad, el vivir solo por bienes materiales son manifestaciones de tal antropología errónea. Cuando usted piensa que usted o que su vecino no importan entonces ¿para que se preocupan por la paz y la justicia?

El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia se dedica a la propuesta de que el hombre si importa. De hecho, todo el cuerpo de la doctrina social católica, inspirado por las enseñanzas de las Sagradas Escrituras pero también accesible a la razón humana, representa un esfuerzo de dialogar con el hombre moderno  porque creemos que el hombre nos debe importar.

Ahora bien, estas doctrinas, algunas veces, pueden parecer bastante complejas - y los argumentos muy difíciles. (Algunos han sugerido que la lectura de una encíclica papal puede ser un buen remedio para el insomnio). Sin embargo, sugiero que la doctrina social de la Iglesia en su totalidad se puede resumir en una frase sencilla: ningún hombre es un problema. Ningún hombre es un problema. Cualquier antropología que reduzca a la persona humana a ser un simple problema es defectuosa. Es una antropología errónea - indigna del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios.

Cuando nos permitimos pensar que un ser humano  es un problema, ofendemos su dignidad. Y, cuando vemos a otro ser humano como un problema, a menudo nos damos  permiso para buscar “soluciones” que por no reconocer su dignidad violan sus derechos. La trágica historia del siglo 20 muestra que pensando así nos lleva a "soluciones finales".

Esta es la razón por la que la doctrina social católica proclama una ética positiva y coherente de la vida: ningún hombre es un problema. Para nosotros, los católicos, por lo tanto, no hay tal cosa como un "problema del embarazo" - sólo un niño por nacer que debe ser bienvenido a la vida y protegido por la ley. El refugiado, el migrante - aunque no tenga “papeles” - no es un problema. Él tal vez sea un extraño, pero un extraño que debemos abrazar como un hermano. Incluso los criminales - por todo el horror de sus crímenes - no pierden su dignidad que Dios les dio como seres humanos. Ellos también deben ser tratados con respeto, incluso en su castigo. Esta es la razón porque en la enseñanza social católica condenamos la tortura y trabajamos para la abolición de la pena de muerte.

En Cristo, para recordar lo que el Papa Juan Pablo II dijo, vemos el rostro divino del hombre y el rostro humano de Dios. Que Dios se hizo hombre en la Encarnación, explica por qué hacemos lo que hacemos en nuestra pastoral social - y por qué lo que hacemos tiene el amplio alcance que tiene. Como el evangelio que hemos oído en la Misa esta mañana nos indica: Jesús es el cumplimiento de la ley y los profetas. En él, nos encontramos con una esperanza que no defrauda. Él es la última palabra de Dios. Esta Palabra - y no una ideología o postura partidista - está a la raíz de nuestro ministerio social como Iglesia. Esta palabra se hizo carne de nuestra carne, sufrió y murió en la cruz: porque cada hombre, cada ser humano importa.