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19/04/2019
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Economía y Justicia Social: a 20 años de Centesimus Annus

En mi artículo, Laicado y Sociedad Civil, hacía hincapié en la relación entre Sociedad Civil y Democracia, y decía que no era posible la evolución hacia la democracia sin el desarrollo de la sociedad civil, y esto lo afirmo para todos los pueblos, que necesitan de ese permanente acicate que la sociedad civil brinda, para que la libertad y la soberanía que emanan del pueblo pueda sustentar a las instituciones democráticas.

También recordaba que, Sociedad Civil y Subsidiaridad son inseparables y decía que la subsidiaridad, principio fundamental de la Doctrina Social de la Iglesia, presente desde la Rerum Novarum, nos dice que es imposible promover la dignidad humana, sino se promueve a la familia, a los grupos, a las asociaciones, a los municipios, en fin a toda expresión de carácter social, económico, cultural, político, deportivo, profesional, siendo éste el ámbito de la Sociedad Civil.

Centesumus Annus, portada del libroCentesumus Annus, portada del libroEn mayo de 1991, Su Santidad Juan Pablo II hizo pública la ¨Centesimus Annus¨, magistral encíclica social que conmemoraba los cien años de la Rerum Novarum, en un momento histórico sin paralelo, la caída del bloque soviético. A 20 años de la publicación de esta encíclica, sin embargo, seguimos atrapados en esa encrucijada histórica del socialismo real, que pensábamos había muerto. Hoy resuenan las campanas del Socialismo del Siglo XXI, que no es más que una variante salida de ultratumba y resucitada por Hugo Chávez en Venezuela, pero con la misma raíz totalitaria, que poco a poco ha llevado a la confrontación de hermanos contra hermanos en un pueblo tan valioso y digno como el venezolano. La historia, con diferentes matices se ha repetido en Nicaragua, Bolivia y Ecuador, y cada vez que hay un proceso electoral en Latinoamérica, vuelve el peligro de retomar un camino fracasado que ya se creía superado. A ello contribuyen la pobreza y las desigualdades, pero también una especie de ¨mal congénito¨ histórico, que padecemos los latinoamericanos, de mesianismo y autoritarismo, en el que viramos la cara al fracaso estrepitoso de la mal llamada ¨Revolución Cubana¨, que en sus últimos estertores, comienza a modificar su política económica, pero no con el fin de cambiar definitivamente la precaria situación del pueblo sino con el de tratar de ¨salvar¨ a la clase político-burocrática que ha desgobernado a Cuba por más de medio siglo. Por otra parte, los privilegios de unos pocos, siguen siendo un obstáculo real, para que el capitalismo en Latinoamérica pueda generar verdaderas sociedades democráticas, con algunas dignísimas excepciones.

En “Centesimus Annus” (en lo adelante CA) Juan Pablo II actualiza todos aquellos valores que había encarado la Rerum Novarum acerca de la problemática social de su momento histórico, con una lucidez extraordinaria. León XIII afirmaba: «Para solucionar este mal (la injusta distribución de las riquezas junto con la miseria de los proletarios) los socialistas instigan a los pobres al odio contra los ricos y tratan de acabar con la propiedad privada estimando mejor que, en su lugar, todos los bienes sean comunes...; pero esta teoría es tan inadecuada para resolver la cuestión, que incluso llega a perjudicar a las propias clases obreras; y es además sumamente injusta, pues ejerce violencia contra los legítimos poseedores, altera la misión del Estado y perturba fundamentalmente todo el orden social». ¿Profecía? Pareciera que esta conclusión se hubiese escrito en la segunda mitad del siglo XX, cuando su puesta en práctica por el bloque soviético, China, Corea del Norte y Cuba, sólo trajera miseria a sus pueblos, perjudicando a quienes decía, vivirían en la justicia. En la Cuba de hoy, incluso a la luz de la tenue apertura económica, se sigue prohibiendo el derecho de la sociedad civil a tomar las riendas de una verdadera apertura económica, que tenga en cuenta la libertad y la soberanía del pueblo para lograr un destino digno para sus hijos.

Al mismo tiempo al referirse al tipo de capitalismo que se desarrollaba en la época de León XIII y que éste condena en Rerum Novarum, Juan Pablo II nos dice: “Por desgracia hoy todavía se dan casos de contratos entre patronos y obreros, en los que se ignora la más elemental justicia en materia de trabajo de los menores o de las mujeres, de horarios de trabajo, estado higiénico de los locales y legítima retribución”.

Estas realidades se repiten día a día en América Latina y en los pueblos del Tercer Mundo, pero en el caso de América Latina como apuntaba anteriormente, nuestros pueblos se dejan encandilar por nuevos caudillos, como solución a estos problemas, para al final crear nuevas formas de despotismo, no sólo en el marco de las libertades civiles sino provocando el descarrilamiento de todo su aparato productivo, creando más miseria que la que existía con anterioridad.

Aunque no corresponde a la Iglesia tomar partido por sistemas o programas económico-sociales concretos, la doctrina social de la Iglesia, inspirada en los valores evangélicos, y con la experiencia del desarrollo histórico de la humanidad, a través del bien común, de la dignidad humana, de la subsidiaridad y de la solidaridad, nos propone trabajar por sociedades plenamente humanas, en que la democracia se encauce a través del desarrollo de una poderosa sociedad civil y de una economía orientada hacia la justicia y la libertad.

Juan Pablo II vivió primero el fascismo y posteriormente, el comunismo, en carne propia, y fue por ello testigo ejemplar de los males que engendran estos dos sistemas. Con carisma inigualable dio testimonio de Jesucristo y nos inspira para que nosotros podamos ser sus testigos también.

En el número 13 de CA nos dice: “… hay que añadir aquí que el error fundamental del socialismo es de carácter antropológico. Efectivamente, considera a todo hombre como un simple elemento y una molécula del organismo social, de manera que el bien del individuo se subordina al funcionamiento del mecanismo económico-social… De esta errónea concepción de la persona proviene la distorsión del derecho, que define el ámbito del ejercicio de la libertad, y la oposición a la propiedad privada. El hombre, en efecto, cuando carece de algo que pueda llamar «suyo» y no tiene posibilidad de ganar para vivir por su propia iniciativa, pasa a depender de la máquina social y de quienes la controlan, lo cual le crea dificultades mayores para reconocer su dignidad de persona y entorpece su camino para la constitución de una auténtica comunidad humana.

Es por ello que en el número 42 de CA y ante la pregunta: ¿se puede decir quizá que, después del fracaso del comunismo, el sistema vencedor sea el capitalismo, y que hacia él estén dirigidos los esfuerzos de los países que tratan de reconstruir su economía y su sociedad? ¿Es quizá éste el modelo que es necesario proponer a los países del Tercer Mundo, que buscan la vía del verdadero progreso económico y civil?

La respuesta obviamente es compleja. Si por «capitalismo» se entiende un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producción, de la libre creatividad humana en el sector de la economía, la respuesta ciertamente es positiva, aunque quizá sería más apropiado hablar de «economía de empresa», «economía de mercado», o simplemente de «economía libre». Pero si por «capitalismo» se entiende un sistema en el cual la libertad, en el ámbito económico, no está encuadrada en un sólido contexto jurídico que la ponga al servicio de la libertad humana integral y la considere como una particular dimensión de la misma, cuyo centro es ético y religioso, entonces la respuesta es absolutamente negativa.

Aquí Juan Pablo II nos responde plenamente a esa pregunta que tantas veces nos hacemos los cristianos, buscando un camino de equidad y justicia, acorde con el Evangelio de Jesús. La Economía de Mercado, en un contexto de Estado de Derecho, con hincapié en la libre creatividad humana, al servicio integral de la libertad, es el camino que nos conduce a la justicia social, como modelo para el Tercer Mundo, y muy especialmente para aquellas sociedades que como Cuba, han adoptado el modelo marxista-leninista, que no solamente las ha postrado económicamente, sino que las ha sometido a la más absoluta opresión totalitaria. Es por ello también que Juan Pablo II dice no al ¨capitalismo¨ cuando la libertad económica no está encuadrada en un sólido contexto jurídico que la ponga en servicio de la libertad humana integral. Hoy tenemos varios ejemplos, como China y Viet Nam, que han desarrollado un capitalismo con el monopolio de un solo partido, sin cambio en la estructura dominante y represiva del mismo. O también a ese modelo de capitalismo, que por encima de la capacidad creadora de la libre iniciativa, se hace cómplice de la corrupción de empresas financieras poderosas permitiendo que ocurran fenómenos como el de la ¨burbuja¨ y posterior descalabro hipotecario, que han llevado a la economía de los EE.UU. (con el consiguiente efecto de arrastre de la economía mundial) a una crisis de una profundidad increíble.

Muchos en Cuba han añorado el modelo chino, pues piensan que traería prosperidad económica, sin pensar, que por encima de todo, Cuba necesita ante todo, un modelo que permita a nuestro pueblo, no sólo la libertad económica, sino también la libertad política, cultural y religiosa, dentro del marco de un verdadero estado de derecho, donde al mismo tiempo, y a través del desarrollo de la sociedad civil, podamos llevar la justicia social a todos los sectores: obreros, campesinos, empresarios, profesionales, intelectuales, jubilados, amas de casa, en fin a todos.

Como nos afirma con extraordinaria claridad, Dagoberto Valdés en su trabajo Economía con Libertad y Responsabilidad, publicado en Convivencia en febrero del presente año: La economía se arregla con economía. Y la economía es una ciencia social. Luego humana… La persona humana, sujeto y fin de la economía y de toda la convivencia social, solo puede ser sujeto de la economía y de todo proyecto humano, si puede gestionar su vida y tejer sus relaciones sociales, cuando goza de la plenitud de sus capacidades, de sus libertades y derechos… No hay desarrollo económico sin libertades civiles y políticas. No hay libertades civiles y políticas auténticas sin libertades económicas y oportunidades reales… Porque economía sin libertad da miseria humana y material. Lo dice nuestra experiencia de 52 años y el fracaso de todos los sistemas totalitarios y verticalistas… Por otro lado, todo modelo con libertades económicas y políticas sin responsabilidad ética y cívica, sin regulaciones jurídicas, produce el caos y las crisis que generan injusticias, desigualdades y desestabilización global. La trayectoria de todas las crisis del capitalismo nos lo recuerdan periódicamente.

La Iglesia no tiene como finalidad proponer un modelo económico o un modelo de sociedad determinado, pero tiene a Jesucristo, su vida, su Evangelio, y con ello una Enseñanza Social, que nos permite a todos los cristianos y muy especialmente a los laicos, por su inserción en la sociedad, trabajar con criterios que conjuguen libertad y responsabilidad, economía de mercado y justicia social. Tal como dijera Su Santidad en Centesimus Annus, para este objetivo la Iglesia ofrece, como orientación ideal e indispensable, la propia doctrina social, la cual —como queda dicho— reconoce la positividad del mercado y de la empresa, pero al mismo tiempo indica que éstos han de estar orientados hacia el bien común.