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19/04/2019
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La Democracia como estilo de vida Cristiano

LA DEMOCRACIA COMO ESTILO DE VIDA CRISTIANO

por Gerardo E. Martínez-Solanas

Primera Semana Social Cristiana
de la Arquidiócesis de Miami
 

Valores universales

El Premio Nóbel de la Paz 2010 fue otorgado a Liu Xiao Bo (刘晓波), un intelectual y académico chino condenado en 2009 a 11 años de prisión política por el “grave” delito, a juicio del gobierno chino, de redactar la Carta 08, un manifiesto de apoyo a los valores universales modelado a semejanza del que lanzó Vaclav Havel a la palestra pública en Checoslovaquia para enfrentar al Imperio Soviético a fines de los años 70.

La clave del contenido de este manifiesto son los valores universales.  A esto se refería la Revista The Economist una semana antes del anuncio de los Premios Nóbel de 2010 cuando analizaba el impacto que estaba teniendo el concepto de los valores universales en la sociedad china y en su sistema de gobierno.  En el encabezamiento señalaban que:  “No es cierto que China esté rechazando los valores occidentales, tales como la democracia, sino que se está desarrollando una lucha acerca de ellos”.[1]

El análisis de The Economist llega a la conclusión de que existe una corriente de pensamiento en China, subyacente al propio poder centralizado del gobierno, que examina seriamente la necesidad de “reconocer los valores universales, sumarse a la corriente dominante de la civilización moderna y estructurar un sistema democrático”.[2]

El problema que frena una transformación del totalitarismo hacia la democracia en la China de hoy tiene mucho que ver con el hecho de que esta perspectiva tendiente a reconocer los valores universales se basa en una filosofía atea y relativista que intenta encontrar fundamento en las enseñanzas de Confucio, pero con una proyección preponderantemente materialista.  Lo que toman de esas enseñanzas es el precepto de que la mayoría de los hombres son Xiaoren, literalmente “hombrecillos”.  Por tanto, son personas vulgares que no se elevan a lo mejor de la humanidad.  Debido a esto, el “hombre superior” tiene la misión de ocupar cargos públicos para poder dirigir a la sociedad.  Es decir, son estos hombres los privilegiados que deben buscar en su yo interior para decidir cuáles son los valores universales y los fundamentos morales de la conducta humana.

Este concepto no puede aplicarse en modo alguno a la idea democrática.  La democracia no puede desarrollarse ni subsistir sin el respeto irrestricto de los derechos humanos como condición indispensable en la toma de decisiones y en la aplicación de las leyes.  A su vez, la base conceptual de los derechos humanos como Ley Natural que antecede y trasciende todas las leyes humanas es también indispensable para evitar los abusos, la discriminación, la intolerancia y la crueldad.  Asimismo, para evitar que se violen los derechos humanos como consecuencia de decisiones mayoritarias.  De lo contrario, facultaríamos a los Estados y los gobiernos a decidir la represión de derechos y libertades mediante una dictadura de las mayorías en una democracia transformada en oclocracia o, también, mediante el recurso malvado de la fuerza bajo un pretexto mesiánico del que se arroga el mando en nombre del bien común.

El funesto fenómeno mesiánico podemos observarlo claramente en las manifestaciones y las prácticas de gobierno de algunos líderes de países supuestamente democráticos.  Recientemente escuchamos con asombro esta afirmación:  “Cristo para nosotros tiene rostro de gente pobre y desamparada, jamás de explotadores y criminales. Yo soy bolivariano, cristiano y también marxista', porque esas concepciones de vida conviven en una estrecha hermandad”.  Estas son palabras de Hugo Chávez, pronunciadas el 11 de julio de 2010.

La Doctrina Social de la Iglesia analiza a fondo las responsabilidades de gobernantes y gobernados y nos señala claramente que “una auténtica democracia no es sólo el resultado de un respeto formal de las reglas, sino que es el fruto de la aceptación convencida de los valores que inspiran los procedimientos democráticos”.[3] Las palabras claves aquí son “los valores”.  En otras palabras, que la democracia es un estilo de vida basado en esos valores y en esos principios intrínsecamente cristianos.  Lo cual no significa que sean “exclusivamente” cristianos.

Una anécdota

Formo parte de un grupo de voluntarios que desde diversas partes del mundo colaboramos para publicar y mantener un sitio en la WEB conocido como DemocraciaParticipativa.net que cuenta con más de 500 páginas dedicadas a informar y elaborar sobre asuntos y temas relacionados con la democracia y los derechos humanos.  En estas páginas aparecen intermitentemente al margen una serie de citas y preceptos de grandes pensadores y otras personas prominentes que nos parecen pertinentes como orientación de nuestras inquietudes y propósitos.

Recientemente debatíamos si debíamos incluir entre estos pensamientos y citas una frase de Jürgen Habermas, un prominente filósofo y sociólogo alemán que cuenta entre sus grandes obras una “Teoría Crítica de la Sociedad” y que en 2005 pronunció un notable discurso titulado “The Public Role of Religion in a Secular Context” [“La función pública de la religión en un contexto secular”]

La frase que proponíamos incluir entre las que respaldan el mensaje global que deseamos dar desde nuestras páginas de la WEB dice así:  “El cristianismo es el fundamento último para la libertad, la conciencia, los derechos humanos y la democracia, el punto de referencia de la civilización occidental”.

Pues bien, es notable la controversia que originó esta frase.  Por ejemplo, un Profesor de la prestigiosa Universidad de Lille, en el nordeste de Francia, argumentó que “la tradición greco - latina tiene tanto peso en el arte y en el pensamiento europeo como la tradición judeo-cristiana”, y cuestionó además que si la democracia es una emanación del «cristianismo», hay países como Turquía o la Unión India ─en los cuales casi no hay cristianos─ que son, desde hace tiempo, verdaderas democracias. También observo que en ‘Nuestra América’, tierra de un catolicismo muchas veces exuberante, la democracia es un concepto casi virtual”.

Este planteamiento no podemos dejarlo pasar como una opinión más porque aunque no fue el propósito de nuestro interlocutor, el esfuerzo por descristianizar nuestra denominada “Civilización Occidental” es demasiado prominente ya en muchos círculos académicos y alcanza notoriedad en muchísimos documentales y programas que aparecen en el cine y la televisión.  Se hace mucho énfasis en que las bases jurídicas y los conceptos democráticos de nuestra “Civilización Occidental” no emanan de la doctrina cristiana ni tampoco debe fundamentar su ética en principios cristianos porque esa pretensión atentaría contra la libertad religiosa.

Estamos obligados a tomar muy en serio estos planteamientos porque son algunos de los argumentos del relativismo que abre las puertas a la permisividad y a la desmoralización de la sociedad.

Influencia Cristiana en la Civilización

En cuanto a la frase de Habermas, descubrimos en el curso del debate que no era una cita correcta, sino una interpretación del alemán parafraseada por un periodista italiano, lo que a su vez ha dado lugar a incontables debates en la WEB denostando a los cristianos por la “tergiversación”.  Pero no es así, porque la interpretación se ajusta al significado que quiso dar Habermas a sus palabras.  No obstante, el meollo de la cuestión consiste en que podemos sintetizar una respuesta a todos estos argumentos señalando que no es el cristianismo como religión sino los principios y preceptos que grabó en las sociedades donde se desenvolvió durante más de dos milenios los que determinan las bases jurídicas y éticas que han edificado esta entelequia que denominamos “Civilización Occidental”.

Juan Pablo II, en su encíclica Veritatis Splendor nos recuerda la importancia de las normas morales y condena las teorías del relativismo, donde el fin justifica los medios, es decir, que si el fin es “bueno” cualquier medio para alcanzarlo vale.

Son precisamente esas bases jurídicas y éticas que niegan el relativismo y que han dado fundamento a lo que llamamos “Civilización Occidental” las que permiten el desenvolvimiento de la democracia auténtica.  Hago énfasis en “auténtica” porque hay muchas seudodemocracias en el mundo (incluyendo la venezolana), como también hay muchos falsos cristianos que pretenden seguir las doctrinas de Jesús “a su manera” o las manejan al estilo de los fariseos.

Por otra parte, ese “catolicismo exuberante” que incluye el profesor de Lille en su crítica es desgraciadamente la mezcla, por una parte, del barniz de supersticiones que confunden a una masa amorfa de cristianos “a su manera” y, por la otra, de las pretensiones fariseas de quienes se aferran a la religión para proyectar sus complejos de superioridad.

Por tanto, tenemos que hablar del cristianismo auténtico y de la democracia auténtica para entender la simbiosis práctica de ambos en un estilo de vida definitorio de nuestra sociedad moderna.

El estilo de vida Cristiano

La democracia auténtica se basa en la dinámica de la acción individual y en el respeto irrestricto a los derechos y libertades fundamentales de la persona. En los mecanismos democráticos, el ciudadano es un sujeto político que hace conocer su voluntad para que esta sea parte de la voluntad gobernante. Debe tener la facultad de poder deliberar con el resto de los individuos en igualdad de condiciones para lograr decisiones legítimas[4] y de decidir las discrepancias y divergencias resultantes de tales deliberaciones por mecanismos de participación y votación.

Estos mecanismos provocan una tensión entre el individuo y "los otros", que produce una dicotomía en la sociedad que contiene en sí misma las libertades del individuo y la soberanía de un pueblo como un todo, aún cuando esto signifique limitar ciertas libertades –y por lo tanto intereses– individuales en aras del bien común.[5] La libertad y la equidad (que no es lo mismo que la "igualdad"), el individuo y la comunidad, el ciudadano y el Estado, forman dinámicas que entran en tensión constante, hasta el extremo de que pueden polarizarse si no se respeta el Estado de derecho y son capaces de empujar a la sociedad afectada al caos de la oclocracia y a su ulterior consecuencia, el totalitarismo.

Muchos politólogos famosos, como Robert Dahl (La Poliarquía, Participación y oposición; Editorial REI, Bs. As, 1989), han definido abundantemente los muchos mecanismos –y también las muchas condiciones para que estos mecanismos funcionen– para que un sistema pueda calificarse como “democracia”.  Pero ya estamos viendo en el caso venezolano y otros más en varios continentes, que el mecanismo por sí solo no garantiza la práctica genuina de la democracia.  El mecanismo democrático se convierte entonces en una farsa.

Bachrach, Macpherson y Pateman afirman que para que haya una sociedad más equitativa es necesario un sistema político más participativo.[6] Rescatan la dimensión de la democracia que hace referencia a la participación de los ciudadanos en el proceso de toma de decisiones. La democracia no sería entonces sólo un método: posee una dimensión ética, implica una dimensión amplia de lo político que abarca no sólo las instituciones representativas gubernamentales sino aquellos espacios en los que se toman decisiones que afectan los valores sociales.

El cristianismo se funda en valores emanados de la doctrina de Jesús, el Cristo.  Ser Cristiano es todo un estilo de vida basado en la tolerancia y el amor como promotores de un propósito común que aspira a la perfección.  Es una convicción compartida de que podemos alcanzar entre todos una existencia mejor y convivir en paz.

Hemos aprendido que todos formamos parte de una conciencia universal que conforma la dignidad intrínseca e inalienable del ser humano.  Ese concepto, que los antiguos denominaban como ley natural, ha permitido el reconocimiento universal de los derechos humanos como norma codificada obligatoria que nos protege de los abusos y arbitrariedades que provocan las pasiones y ambiciones desmedidas.  Y este reconocimiento es el resultado de las tradiciones milenarias trasmitidas de generación en generación hasta nuestros días.

Las enseñanzas y la tradición cristianas reconocen esa ley natural y han estructurado en su doctrina los preceptos del derecho natural que antecede a todas las leyes  porque todo ser humano es una célula elemental de un solo y mismo cuerpo, el de toda la Humanidad.  En otras palabras, es lo que nosotros llamamos “el cuerpo de Cristo, que es la Iglesia”, en el concepto católico (universalista) que abarca a todos los hijos de Dios.  Por lo tanto, todos tenemos los mismos derechos para poder beneficiarnos del mismo respeto y gozar de la misma libertad, independientemente del país, la cultura o el régimen político en que vivamos.

Es decir, que asumir un estilo de vida cristiano no proscribe la práctica de otras religiones o creencias sino que implica que se respetan los fundamentos de ese derecho natural que forma parte de la ética y la estructura jurídica de la denominada “Civilización Occidental”.  Los fundamentos de este estilo de vida son la comprensión y el amor al prójimo, que unifica esa iglesia universal que nos plantea Pablo en su Epístola a los Efesios, que no hace distinciones entre judíos y gentiles y que abarca a todas las culturas.

La visión de Jacques Maritain

Jacques Maritain publicó en el siglo XX varias obras que abundan sobre este tema.  Entre ellas, destacan “Humanismo Integral”, donde plantea la proyección política de la ética cristiana , “El Hombre y el Estado”, donde nos dice que “el Estado es un instrumento al servicio del hombre” y “Los Derechos del Hombre y la Ley Natural”, que analiza profundamente los parámetros del tema que ahora nos ocupa.

En “El Hombre y el Estado”, Maritain afirma que “en una democracia la vocación de liderazgo –al contrario de la siniestra imagen que nos ofrece el partido único de los Estados totalitarios– debería normalmente ser ejercida por pequeños grupos dinámicos libremente organizados y múltiples por naturaleza, que no estuvieran interesados por los éxitos electorales, sino que se entregaran por entero a una gran idea social y política, y que actuasen como un fermento en el interior o al exterior de los partidos políticos”.[7] Nos plantea aquí, ni más ni menos, un estilo de vida tanto cristiano como democrático en perfecta simbiosis.  En otras palabras, el desarrollo de una verdadera vocación política guiada por la ética cristiana, porque, según sus propias palabras, “el derecho del pueblo a gobernarse a sí mismo procede de la ley natural”.[8] Y la ley natural es un concepto cristiano en cuya formulación la Iglesia (como cuerpo compuesto por todos los seguidores de Cristo) reclama primacía de lo espiritual.  Nos dice Maritain:  “la dignidad y la autoridad superior de la Iglesia se afirman, no en virtud de una coacción ejercida sobre el poder civil, sino de las luces espirituales que aporta a las almas de los ciudadanos, que han de juzgar en conciencia sobre todo asunto referente al bien común político”.[9]

La democracia no es obediencia, sino libertad. ¡Ah! Pero una libertad basada en el derecho natural y en el respeto de su manifestación jurídica internacional, que es el conjunto de instrumentos que componen la Carta Internacional de Derechos Humanos, entre los cuales, la Declaración Universal es la más famosa y conocida.[10]

En otras palabras, la democracia es un choque de voluntades, de proyectos y de ambiciones, un choque que se manifiesta por el derecho a disentir, a decir que ¡NO!  Pero no porque se aspire a la anarquía, ni a la oclocracia, ni a la dictadura de las mayorías que avasallarían el derecho natural y violarían los derechos humanos y las libertades fundamentales, sino porque ese choque y ese rejuego de rivalidades y aspiraciones se desenvuelve en un ambiente de concordia donde impera el derecho y se resuelve con un amplio mecanismo de consenso mediante la participación popular en las decisiones públicas.  Esta noción del consenso prescribe determinados derechos y libertades que tienen precedencia y son inalienables y no pueden ser socavados ni violados por las decisiones de una mayoría.  En el reconocimiento de esos derechos y libertades fundamentales consiste el consenso democrático.

Aquí encaja el concepto Maritainiano de que los rasgos característicos de una sociedad de hombres libres son que esa sociedad es personalista, comunitaria y pluralista.

PERSONALISTA porque la dignidad humana antecede a la sociedad y el Estado está al servicio de la persona;

COMUNITARIA porque tiende al consenso que busca el bien común y que acata la autoridad legítima que deriva del mandato popular (conceptos elaborados siglos antes por Sto. Tomás); y

PLURALISTA porque las personas se asocian naturalmente en grupos variados y no deben ser nunca discriminados por las mayorías ni, mucho menos, por una minoría gobernante.

Para que estos rasgos sustenten los mecanismos democráticos de intervención en las decisiones públicas es indispensable que éstos se rijan por el principio de subsidiariedad.  Este principio establece que una estructura social de orden superior no debe interferir en la vida interna de un grupo social de orden inferior, privándole de su autonomía y, en consecuencia, privándole del pleno ejercicio de sus competencias.  ¡Todo lo contrario!  Su función –en tanto que estructura de orden superior– debe consistir en sostenerle, ayudarle a conseguir sus objetivos y coordinar su acción con la de los demás componentes del cuerpo social, a fin de alcanzar más fácilmente los objetivos comunes a todos. Es decir, la sociedad debe dejar a las personas o los grupos que la componen todo lo que ellos puedan realizar responsable y eficazmente a su nivel. En otras palabras, implica un alto grado de descentralización del poder del Estado, como lo plantea claramente la Doctrina Social de la Iglesia.[11]

Hay que insistir también en que es obligación insoslayable de los gobernantes, en el proceso de administrar los mandatos de su pueblo, gestionar el bienestar y la felicidad de los ciudadanos del país, la provincia, el municipio o la ciudad o pueblo a su cargo. No hay pretextos válidos para justificar el fracaso de esta gestión, porque esa es la única razón de ser de los gobernantes.

Resumen

Es importante subrayar que el derecho natural no es una ley escrita sino que se trata de una evolución del pensamiento correlativa a los progresos de la conciencia moral. Esta conciencia moral, que da luz al derecho natural, es el resultado espontáneo de nuestra capacidad de comprender nuestra propia trascendencia ante la creación.

Los cristianos identificamos esta conciencia moral y esta trascendencia como una relación armoniosa de todas las leyes naturales y espirituales que se manifiestan en todo lo creado como una Conciencia Divina que inspira nuestras vidas y nuestras acciones. El ser humano, al comprender su propia trascendencia, recibe la Revelación, a través de las enseñanzas de Jesús, en su ser interno. Esa es nuestra conciencia: una fuerza interna que nos señala el camino a seguir por nuestra vida para cumplir con la misión que nos da razón de ser y para la que hemos nacido.

Nuestra conciencia es la depositaria de esa evolución del pensamiento y de esa percepción moral que denominamos derecho natural, que vive en nuestro ser interno y, por lo tanto, es inherente e inalienable. Jacques Maritain nos dice claramente que “la ley natural y la luz de la conciencia moral no nos prescriben solamente cosas que se deben hacer o no hacer”, sino que “también reconocen derechos”[12] y, por lo tanto, añade que “la verdadera filosofía de los derechos de la persona humana reposa sobre la idea de la ley natural. Es la ley natural la que nos prescribe nuestros deberes más fundamentales y en virtud de la cual toda ley obliga, y es también la que nos asigna nuestros derechos fundamentales”.[13]

Por lo tanto, al hablar de un estilo de vida que reconoce todos estos principios y postulados, hablamos específicamente de un estilo de vida cristiano que se basa en la tolerancia y el amor como promotores de un propósito común que aspira a la perfección.

Esas cualidades de tolerancia y amor propician la colaboración y la fraternidad entre todos nosotros para seguir los dictados de nuestra conciencia, que reflejan los principios inalienables del derecho natural.

Tenemos que ser muy cuidadosos de no apoyar tendencias políticas o ideológicas que alejen a la sociedad de la idea sublime de un Dios que podamos comprender y llevar en nuestro corazón como origen y fundamento de todas las cosas. Sin necesidad de confrontar creencias religiosas, basta con que aspiremos a la Verdad con una humilde predisposición ecléctica y ecuménica.

Las vicisitudes de la existencia nos impulsan a interrogarnos sobre la razón de nuestra presencia sobre la Tierra. Esta búsqueda de una justificación es natural, ya que forma parte integral del alma humana y constituye el fundamento de su evolución. Por otra parte, los acontecimientos que marcan la historia no se justifican por el solo hecho de haber acaecido, sino que postulan una razón que les es externa. Pensamos que esta razón de ser se integra a sí misma en un proceso espiritual que nos incita a cuestionar los misterios de la vida. De ahí el interés que otorgamos al misticismo y a la “búsqueda de la Verdad”. Si esta búsqueda es natural, nos sentimos elevados a la esperanza y al optimismo por una convicción íntima de nuestra naturaleza divina y por un instinto biológico de supervivencia.

A este respecto, la aspiración a la Trascendencia aparece como una exigencia vital del ser humano y se convierte en un estilo de vida que no sólo respeta a la creación y al espíritu divino que es su origen sino también a nuestros semejantes en ese concepto cristiano que nos iguala.

Esta igualdad cobra carácter jurídico en los mecanismos que permiten el desarrollo de una democracia auténtica.  La democracia es una OBRA DE TODOS, incluso de los perdedores en el proceso político de tomar decisiones, porque todos contribuimos a la controversia enriquecedora de la diversidad.  Y es nuestro estilo de vida cristiano lo que le da impulso, cohesión y razón de ser.  Un estilo de vida cristiano que se manifiesta con nuestra solidaridad, tolerancia y respeto por el derecho ajeno.  Un estilo de vida basado, ni más ni menos, en el amor a nuestros semejantes.

«El desarrollo necesita cristianos con los brazos levantados hacia Dios en oración, cristianos conscientes de que el amor lleno de verdad, caritas in veritate, del que procede el auténtico desarrollo, no es el resultado de nuestro esfuerzo sino un don. Por ello, también en los momentos más difíciles y complejos, además de actuar con sensatez, hemos de volvernos ante todo a su amor.»[14]



[1] “It is not quite true that China is rejecting Western values such as democracy.  Rather, it is fighting over them”. The Economist: “The Debate over Universal Values”; Oct. 2nd 2010, pp. 43-44.

[2] Ibid.

[3] Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia (CDSI, 407)

[4] Para profundizar en estos mecanismos, recomiendo leer:  David Held: Modelos de democracia; Alianza Editorial, 1990.

[5] Sobre este tema se explaya abundantemente C. Strasser en Democracia y desigualdad. Sobre la democracia real a fines del siglo XX. CLACSO - ASDI, Buenos Aires, 2000

[6] McPherson, C.B. La democracia liberal y su época; Editorial Alianza

[7] Maritain, J. El Hombre y el Estado; Encuentro Ediciones, p. 158.

[8] Maritain, J. El Hombre y el Estado; Encuentro Ediciones, p. 60.

[9] Maritain, J. El Hombre y el Estado; Encuentro Ediciones, p. 183.

[10] Es importante destacar aquí que el concepto de “ius gentium” (derecho de gentes o derechos humanos) es ya definido magistralmente por Francisco de Vitoria (1483–1546), quien también se adelanta varios siglos al análisis del tema de la globalización en su planteamiento de la "res publica totius Orbis”, es decir, la república de todo el orbe, la trabazón política y natural de todos los seres humanos.

[11] Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia (CDSI, 185-188)

[12] Maritain, J. Los Derechos del Hombre y la Ley Natural, Ediciones Palabra; pág. 57.

[13] Ibid., pág. 58.

[14] Encíclica “Caritas in Veritate”, 79.