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18/05/2022
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A propósito del II Domingo del tiempo ordinario.

Por el Padre Alberto Reyes Pías Sacerdote cubano, psicólogo.

Evangelio: Juan 12, 1-12.

Comentario: Todo educador de niños pasa por una etapa particularmente insoportable: la etapa de los “¿y por qué?” De momento, sin previo aviso, los niños quieren saber el por qué de todo lo que existe y de todo lo que se hace, y les da igual si llegan a producirte hipertensión. Sin embargo, es este el inicio de un camino absolutamente necesario para la realización plena de su vida: la búsqueda de respuestas que den sentido a su existencia.

En las bodas de Caná se ha acabado el vino, el signo de la alegría, del compartir, de la fraternidad, del amor, y se recurre a Jesús para que lo restituya. Pero ¿por qué obedecer a este hombre?No es el novio, no es el mayordomo, no es ni siquiera una persona relevante, no tiene un precedente que lo acredite. ¿Por qué precisamente a “él”?

Nuestras preguntas pueden ser variopintas, pero la fe no se hereda, y llega un momento en el que necesitamos dejar que surjan los “¿por qué?” de la adultez.

La fe del niño se desarrolla bajo el: “Haz lo que él (Jesús) te dice” sin mayores cuestionamientos, porque la vida del niño está pautada por el adulto (o debe estarlo, porque hoy día hay niños que gobiernan a sus padres con alegría, gozo y entusiasmo, pero ese no es el tema). Así, tanto las prácticas religiosas como los valores morales, son dichos a los niños con la firmeza con que María tuvo que haber hablado a los encargados de llenar las tinajas de agua.

Pero llega el momento en el que el adulto entra también en su etapa de los “¿y por qué?” (o sería muy bueno que entrara, porque hay gente que nunca se hace preguntas).

¿Por qué?, ¿por qué rezar?, ¿por qué bautizarme cristiano o bautizar a mis hijos?, ¿por qué integrarme a la Iglesia y permanecer en ella, a pesar de sus errores humanos?, ¿por qué elegir el modo de vida cristiano?, ¿por qué asumir eso que llamamos “valores cristianos”?, ¿por qué apostar mi única vida al seguimiento de Jesucristo?

Nada de esto puede ser respondido satisfactoriamente por el cerebro en solitario. Sabemos que Jesús de Nazaret fue un hecho histórico (negarlo no es un acto de progreso, es una incultura estúpida), sabemos lo que cuentan de él los evangelios, que afirman que ese hombre es Dios entre nosotros; conocemos la historia de la Iglesia que, más allá de sus errores, ha hecho de este planeta un mundo más humano y respirable, aunque haya que recordarle a los resentidos aquello de que “el sol tiene manchas, los agradecidos hablan del sol, los desagradecidos, de las manchas”. Sabemos que es mejor amar que odiar, perdonar que guardar rencor, ser generosos a ser egoístas, ser fieles que ser infieles, ser honestos que deshonestos. Sabemos, sabemos muchas cosas, pero el saber no basta para asumir como eje conductor de la vida el “haz lo que él te pida”.

Hace mucho tiempo, coincidí en el Camino de Santiago con un joven de unos 18 años, y cuando le pregunté por qué estaba haciendo el Camino me dijo: “Necesito convencerme de que mi fe no es la fe de mis padres”. Las crisis de sentido no son agradables, pero permiten definir nuestra identidad y vivir desde lo que queremos elegir.

Termina este Evangelio diciendo que este fue “el primero” de los signos de Jesús. A nosotros Jesús puede habernos dado muchos “signos” de que él es El Camino, pero solamente una vida que se va compartiendo con él permite entender el modo en que Dios mira nuestra existencia, y nos concede la fuerza para elegir “lo que él pida”, aunque no siempre sea lo más cómodo, lo más fácil o, incluso, lo visceralmente deseable.

Aplicación a nuestra vida. Lo que elegimos en la vida va haciéndose “normal”, por eso es importante tomar conciencia de lo que queremos vivir y lo que no.

1.- Piensa en dos actitudes valiosas para ti, que aprendiste por la educación que recibiste pero que hoy son tuyas por elección e incluso quieres que tus hijos las vivan. ¿Por qué quieres que sean parte de tu vida?

2.- Piensa en algo negativo, o poco bueno, que se ha hecho “normal” en tu familia y que, por tanto, no se cuestiona o no se hace nada por cambiarlo, porque es “normal”. ¿Quieres hacer algo para cambiarlo?

3.- Piensa en alguna actitud o comportamiento negativo en ti que se ha hecho “normal”. ¿Cómo llegó a hacerse “normal”? ¿Quieres hacer algo para que eso cambie? ¿Qué quieres hacer?

4.- Imagina que te encuentras con una persona atea que te pregunta por qué tú eres cristiano. ¿Qué dos razones le darías de modo que tal que esa persona encuentre al menos razonable y con sentido tu respuesta?

Conclusión.

Como familia, elaborarán juntos una frase que exprese por qué quieren ser una familia cristiana, por qué han decidido vivir la fe, lo escribirán y colocarán la frase en un sitio en que todos puedan verla a lo largo de la semana.

Después, tomados de la mano, rezarán juntos un Padre Nuestro y un Ave María.

Al finalizar, harán la señal de la cruz mientras uno, en nombre de todos, dice: “Que nos bendiga Dios Todopoderoso, Padre, Hijo, y Espíritu Santo”.

Amén.