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20/06/2021
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Eucaristía y Misión

Estas líneas van dirigidas fundamentalmente a los cristianos, ya que es muy difícil que un no-cristiano crea en ese maravilloso milagro que se repite diariamente miles de veces a través de todo el mundo, en cada misa ofrecida, lo que para los cristianos católicos es el centro de su fe, al convertirse el pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Nuestro Señor Jesucristo. Confieso que nos quedamos anonadados ante este milagro. Lo primero es la fe, y el creer firmemente que Dios es el creador de este Universo majestuoso en que nos encontramos, y en el que la Tierra no es más que un granito de arena.


Esta Tierra y su naturaleza nos han dado la belleza de los océanos, los ríos, las montañas, las llanuras, un reino vegetal verdaderamente impresionante, y un reino animal, en el que tras millones de años de evolución se ha producido un ser con inteligencia y libertad, que lo cuestiona todo, analiza todo, es capaz de crear, y sobre todo es capaz de amar, aunque muchos también hacen el mal y son capaces de odiar. Es el Ser Humano, con todas sus cualidades y defectos.


Durante miles de años ese Ser adoró a dioses de todo tipo, lo conocemos bien de las mitologías, fundamentalmente de la griega y de la romana, al mismo tiempo se crearon clases y subclases entre los humanos, se hicieron la guerra, y los vencedores siempre hacían esclavos a los vencidos, esto se repetía una y otra vez donde quiera que se desarrollaba una comunidad humana. El politeísmo era la generalidad, menos en un pueblo, el judío que como excepcionalidad creyó siempre en un solo Dios, cuyo nombre no podían ni pronunciar, y al que conocemos como Yahvé y también Jehová.


Y nos preguntamos, y es que Dios desde su capacidad creativa, ¿habría creado un ser para hacer la guerra y esclavizar a otros de su misma especie? No lo podemos comprender, sólo si aceptamos que el ser humano en su individualidad ha sido creado con el don del libre albedrío, y en su capacidad creadora, en la misma medida que crece, se siente merecedor de aquello que sería sólo una propiedad del Creador, sintiéndose pues muchas veces elevado a la categoría de dios. Y lo peor no es eso, sino que cada vez que triunfa o un proyecto le sale bien, se da todo el mérito, pero cuando pierde o todo le sale mal, le echa la culpa a Dios, y eso lo vemos en todos los avatares de la vida, desde la salud y la enfermedad, los logros materiales o los fracasos, hasta la muerte.


Pero comencemos por la fe, porque sin fe, ¿cómo podríamos creer que un pedacito de pan y un poquito de vino se van a convertir en el Cuerpo y la Sangre de Cristo? Y, ¿qué es la fe?


Muchos dicen que la fe es sólo un sentimiento para satisfacer a los espíritus débiles y temerosos, aquellos que debido al miedo a la muerte suponen un más allá gozoso por toda la eternidad, y de esa forma se tranquilizan a sí mismos.


Mi experiencia personal es totalmente contraria. Los espíritus más fuertes y dignos que he conocido son precisamente los de mujeres y hombres de fe, que han sacrificado sus vidas por amor a los demás, misioneras y misioneros, que yendo a los más recónditos lugares han formado y educado a comunidades pobres e iletradas, a través de escuelas, dispensarios médicos, cooperativas, y otros medios de promoción, elevándolos humanamente y compartiendo una felicidad, muchas veces desconocida para los que vivimos en sociedades opulentas y descreídas, además de llevarles la palabra de Dios.


En un artículo que publiqué titulado “El fin que lleva a la vida” en el que respondía a un artículo del escritor cubano Vicente Echerri, titulado “A la espera del fin”, entre otras cosas expresaba en mi respuesta:


No es tan fácil la explicación, la FE va mucho más allá del miedo a la muerte y del afán de supervivencia. Lo demuestran también las Hermanas de Teresa de Calcula, viviendo el Amor, de dar Amor a los más pobres de entre los pobres, y ser extraordinariamente felices. Lo demuestran muchísimos misioneros en Africa, Asia y América Latina. Conozco a muchos, y son personas extraordinarias. No tienen nada de fundamentalistas, no viven pensando en “el más allá” sino en hacer el bien, en fin, no es tan ligera la explicación, se la respeto, pero no la comparto, pues, aunque haya muchos, cuya fe es sólo esa espera en “el más allá”, los que siguen, de verdad, al Amor que se hace persona en Jesucristo, lo hacen para llevar la Esperanza a la sociedad humana, motivados por la Fe.(1)


Habría muchas maneras de explicar qué es la Fe, pero a mí se me ocurre una vivida por cientos de cristianos en la Cuba que me tocó vivir en mi adolescencia, juventud y adultez, y en la que tuve esa experiencia personal.


“No hay duda de que el contexto en que nos educamos y en el que vivimos influye de manera significativa en nuestra forma de pensar y de actuar, modela muchas veces nuestro pensamiento filosófico y religioso. Sin embargo, yo creo firmemente que la Fe es un don de Dios, que nosotros en nuestra libertad, o nos adherimos a ella y la alimentamos, o simplemente la rechazamos y la excluimos de nuestras vidas. Afirmo esto, pues en la realidad concreta que me tocó vivir en Cuba, para mí hubiese sido mucho más sencillo, virar la espalda al Señor, dejar de ser entonces motivo de discriminación y haber podido ascender fácilmente en los escalones de mi vida profesional, pero el Señor me había tocado y aunque muchas veces mis piernas temblaron y sentía fuertemente la tentación de apartarme de la Iglesia, finalmente el Señor me atrapaba y me atraía de nuevo a su Pueblo. Y más que eso, porque pude vivir el fenómeno de años y años de propaganda antirreligiosa, de una sociedad teórica y explícitamente atea, que reprimía la religiosidad creando un sentimiento de miedo real ante su práctica concreta y de discriminación religiosa, y sin embargo, a partir de los años 90 en que las gentes sintieron que se presentaba cierta “apertura” religiosa, no sólo regresaron a nuestros templos muchos de los que se habían apartado, sino que miles de jóvenes a los que nunca se les había hablado de Dios, inundaron las iglesias de todas las denominaciones buscando al Dios que había estado totalmente vedado para ellos como medio para llenar un vacío espiritual que los laceraba”. (2)


Tengo la convicción de que Dios toca a las puertas de todos, entre los cuales hay muchos con una sensibilidad especial, que va más allá de la educación recibida en la casa o en la escuela, y por la que misteriosamente responden a Dios, mientras que a otros muchos realmente no les interesa y le viran sus espaldas. No estoy diciendo que unos son buenos y otros no. He conocido a personas excepcionales que simplemente son agnósticos o ateos y con los que establecí una amistad entrañable, y que estoy convencido que el Señor va a tenerlos muy en cuenta a través de su Amor y Misericordia infinitos. A los cristianos sin embargo nos va a exigir mucho más, porque nos ha facilitado las herramientas para que seamos a su vez amantes y misericordiosos, en el Padre Nuestro, rezamos una y otra vez, “perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden” y he ahí la clave de nuestro actuar, donde quiera que nos encontremos, sea la familia o la sociedad en que nos ha tocado vivir.


En febrero de 2012 publiqué un artículo llamado La Humildad de Dios, en el que a través del mismo se llegaba a la conclusión de que la obra del Creador había que calificarla como una Obra de Amor, y terminaba con estas palabras:


Esa Obra de Amor tiene su clímax en la Cruz que nos dio la Resurrección, pero en la práctica ese clímax se manifiesta en la perpetuidad de la presencia del Dios hecho Hombre entre nosotros en la Comunión. Fíjense que sencillez, fíjense que humildad. Se quiso quedar entre nosotros. ¿Acaso lo merecemos? Y lo hizo de la forma más simple, en los alimentos más cotidianos y sencillos de su tiempo, el pan y el vino, es como si dijéramos hoy, el pan y el agua. Es algo extraordinario, pues no se quedó en los más finos y costosos manjares, sino en los que estuvieran al alcance de todos. En Juan 6, Jesús nos dice: “Yo soy el Pan de Vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed”. Y agrega un poco más adelante, “Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo les voy a dar, es mi carne por la vida del mundo”. “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día”. Nadie lo entendía, la multitud murmuraba, ¿ese no es el hijo de José? Decían. ¿Cómo nos puede dar de comer su carne y beber de su sangre? Está loco. ¿Será la locura de Dios?, o ese Amor extraordinario, que en su humildad, quiso humillarse, hasta lo más sencillo, el pan y el vino, convertidos en su Cuerpo y en su Sangre, para que viviendo en nosotros, pudiésemos vencer todas las dificultades de la vida, e ir adelante siempre con la Esperanza de que seremos capaces de vivir su Amor y construir el Reino. Para mí, es el milagro más extraordinario de Dios, viene a nosotros, como el más pequeño, nos deja insultarlo si queremos, podemos mofarnos de Él, pero Él siempre está ahí, para darnos su Amor, como siempre, escondido y humilde, para que podamos aceptarlo o no en total libertad. (3)


Han sido muchos los milagros eucarísticos, y las evidencias científicas que demuestran su veracidad. No soy persona que se deja impresionar fácilmente, creo que mi profesión ha contribuido a ello. Como ingeniero en telecomunicaciones satelitales, sólo los hechos cuentan, hechos comprobados por las leyes de la física. Técnica y racionalidad van de la mano. Sin embargo, repito, Dios me ha tocado, y la Eucaristía ocupa un lugar central en mi existencia. A pesar de ello, muchas veces las historias no nos impresionan hasta no ser testigos. En octubre pasado, mi esposa y yo tuvimos la bendición de realizar un viaje a los Santuarios de la Virgen, que incluyó una visita a la Iglesia de Santo Estêvão, en Santarém, Portugal, ciudad de alrededor de 30,000 habitantes al norte de Lisboa, y pude presenciar la reliquia del Milagro Eucarístico de Santarém. Es impresionante el efecto de presenciar la reliquia de un milagro eucarístico como éste. Conocer de tan cerca la sabiduría de Dios es extraordinario.


En otras palabras, para un cristiano la Comunión es Centro de Vida, es el mismo Cristo que se hace alimento en las especies de pan y vino, tal y como lo hizo realidad por primera vez, en la Última Cena, y lo hizo realidad, repito, para todas las generaciones, al decirle a sus Apóstoles: “hagan esto en conmemoración mía”. Por lo tanto, la Comunión es también responsabilidad, apostolado y misión. Cristo es tan humilde que se nos da para que tengamos vida, y vida en abundancia. Cuando lo recibimos, normalmente, meditamos un ratico, y muchas veces, antes de salir del Templo, ya se nos olvidó que lo tenemos en nuestro corazón. Debería ser todo lo contrario, deberíamos esforzarnos para que nuestro corazón sea como un sagrario, en el que lo conservaremos para que cada uno de nuestros actos, inclusive los más sencillos y yo diría hasta los equivocados, pero de buena fe, sean ofrecidos a Él, siendo la Comunión el alimento que nos conduce a ser sus discípulos.


Cristo, bebito en Belén está en la Eucaristía; Cristo, predicando y sanando en Palestina está en la Eucaristía, Cristo, redimiéndonos en la Cruz está en la Eucaristía; Cristo resucitado, exhortando a sus Apóstoles a ir a todos los pueblos, hacer discípulos y bautizar está también en la Eucaristía. Es Cristo humilde y firme a la vez, el que quiere hacernos sus discípulos para poner en práctica su Evangelio y construir el Reino de Dios. Y no nos deja solos en ese inmenso trabajo, nos da los sacramentos, pero fundamentalmente la Eucaristía, para alimentarnos y darnos fuerzas día a día para ser misioneros, cada uno de acuerdo a sus habilidades, carismas, y hasta limitaciones, en este mundo tan complicado, difícil, y tan lleno de dificultades de todo tipo. Pero Cristo nos promete al final del Evangelio de Mateo, “Yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo”, ¿necesitamos algo más para ir adelante en nuestra misión?, ¿necesitamos algo más para darnos cuenta que este mundo necesita del Evangelio para lograr no sólo la salvación personal, sino la justicia, la dignidad plena del ser humano, el bien común, la solidaridad, en otras palabras, el Reino de Dios aquí?


Dentro de la profundidad del pensamiento del famoso científico y sacerdote jesuita, P. Pierre Teilhard de Chardin, veamos este hermoso fragmento de “El Medio Divino” sobre la Eucaristía: “Al contacto eucarístico reaccionaré, pues, mediante el esfuerzo entero de mi vida, de mi vida de hoy y de mi vida de mañana, de mi vida individual y de mi vida aliada a todas las demás vidas. En mí, periódicamente podrán desvanecerse la santas Especies. Cada vez me dejarán un poco más profundamente hundido en las capas de tu Omnipresencia: viviendo y muriendo, en ningún momento dejaré de avanzar en Ti. Por tanto, se justifica con un vigor y un rigor insospechado el precepto implícito de tu Iglesia de que es preciso siempre y en todas partes comulgar. La Eucaristía debe invadir mi vida. Mi vida debe hacerse, gracias al Sacramento, un contacto contigo sin límite y sin fin”. (4)


Hagamos nuestro el Sermón de la Montaña, para repetir con Cristo, “Felices los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos”. Y como en la oración a Santa Madre Teresa de Calcuta: “Enséñame, como dejar que Jesús penetre en mí, y posea por completo todo mi ser, para que mi vida también pueda irradiar su luz y amor a los demás. Amén”.


Notas:
(1) El fin que lleva a la vida- Helio J. Gonzalez- Revista Ideal (12/3/2014 Pag 43)
(2) Por qué soy creyente- Helio J. Gonzalez- Revista Ideal (2009 No.361 Pag 51)
(3) La Humildad de Dios- Helio J. Gonzalez- Revista Ideal (3/15/2012 Pag 25)
(4) El Medio Divino- Pierre Teilhard de Chardin- Alianza/Taurus (8va reimpresión:1998 Pag 105)