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18/07/2018

"Abre la boca y come lo que te doy"

Cuenta el libro de Ezequiel, uno de los grandes profetas de Israel, que este fue enviado a cumplir una misión entre un pueblo rebelde, que no quería escuchar la palabra del Señor, ni cumplir con sus mandatos. Dios le llama y le entrega un libro diciéndole: “Abre la boca y come lo que te doy, cómelo y luego anda a hablarle a la casa de Israel” (Ez 2,8). Eran “cantos fúnebres, lamentaciones y gemidos” (Ez 2,10). En el lenguaje bíblico esto significaba calamidades que el pueblo no quería asumir ni enfrentar para revertir. Sus oráculos hablan de opresión, pero también del amor de un Dios que se compadece con los sufrimientos de su pueblo. Para el profeta era dura y riesgosa la encomienda: la fe del pueblo era superficial, externa y ritualista. No confiaban en las promesas divina ocupándose solo de las cosas mundanas y de acumular riquezas a cualquier costo. Termina el pasaje diciéndonos que el profeta fue a predicar y con la fuerza de la Palabra aquello le pareció “tan dulce como la miel” (Ez 3,3).

Una de las cosas que hace grande y maravillosa a la Biblia es que podemos encontrar en ella mensajes para todos los tiempos. Al escuchar esta profecía ocurre algo misterioso y es que de alguna inexplicable manera sus beneficios nos alcanzan hoy, si los observamos con la mirada de la fe. Nuestro pueblo clama a Dios. Se lamenta y sufre por tantas y continuas calamidades. Se siente oprimido, olvidado, desesperanzado. Hoy atravesamos la más profunda crisis social, económica y política de nuestra historia. Se ha deteriorado tanto la calidad de vida y el ser mismo de la población que no es difícil encontrar personas carentes de algún proyecto de futuro, como no sea el de emigrar a cualquier lugar y lo antes posible. Por doquier hay personas desmotivadas, tristes y frustradas. Hay una tendencia creciente hacia el individualismo, el egoísmo, la violencia, la adicción al alcohol, las drogas, la prostitución y todo tipo vicios, encubiertos bajo el manto de los más disímiles eufemismos. Muchos jóvenes son seducidos por una “cultura de la muerte” que les deshumaniza y despersonaliza, quién sabe si irremediablemente. En situación tal, se afecta la unidad y dignidad de toda la familia y el matrimonio. ¡Y cuando las familias no andan bien, no anda bien la sociedad! Esos valores tradicionales de los que hemos estado orgullosos los cubanos desde que dejamos de ser colonia para tener patria, se pudren hoy en el suelo.

Pero no todo son penas y lamentos. ¡Gracias a Dios!, los cubanos seguimos siendo un pueblo de gente emprendedora y laboriosa. Soñadores, hospitalarios, compartidores, entusiastas, alegres y humoristas. Estos quizás sean los componentes de nuestra idiosincrasia que nos salvan de hundirnos en el sin sentido de una vida estéril. ¿A quién no le preocupa el futuro? pensamos, hablamos y hasta soñamos con eso continuamente. ¿Qué va a ser de nosotros y de nuestros hijos mañana?

La Escritura interpretada y explicada en la Iglesia nos da pistas a través de la que Dios nos habla. En cada momento de la historia sus acciones y aportes a la nación cobran nueva actualidad. No sólo porque le es esencial según la fidelidad que debe al Evangelio, sino porque proporciona incuestionable beneficio público. La Iglesia no es un partido político, no se ha de esperar de ella un programa completo y concreto. Esto desbordaría su naturaleza y misión en el mundo. La gestión y sostenimiento del orden social y político les corresponde a los seglares y esto precisamente en cuanto seglares. Es decir, en cuanto individuos que viven en el mundo con múltiples responsabilidades personales, matrimoniales, familiares, vecinales, etc., Además de sus múltiples compromisos profesionales, institucionales, eclesiales.

Lo que si puede y debe hacer la Iglesia es proponer orientaciones cívicas para tiempos difíciles. Esto es lo que hace la Doctrina Social de la Iglesia, que no es otra cosa que una interpretación cristiana de la realidad social de inspiración bíblica. En cualquiera de sus documentos uno puede advertir que la Iglesia ha apostado siempre, de forma inequívoca, por la Democracia como el mejor de los ordenamientos políticos-sociales de la modernidad. Tres son los presupuestos fundamentales para entenderla como el ámbito adecuado para la participación política del cristiano en cuanto ciudadano; porque ahí puede ejercer la dimensión social del evangelio en compromiso con la realidad circundante sin obstáculo para su fe.

El primero, el reconocimiento de la naturaleza humana. Es un hecho que crece el reconoci-miento mundial de la Democracia como modelo de organización social, exigido por la razón y como postulado de la “Ley natural”. No todos los hombres somos iguales, existen grandes diferencias culturales, cultuales e ideológicas. La democracia es la única que tiene en cuenta esto y favorece la participación de todos y el intercambio de opiniones, con absoluto respeto por la pluralidad y la dignidad humana. Además, cuando se obedece el derecho natural se está obedeciendo por ello mismo a la ley de Dios que está escrita en el interior de cada hombre.

El segundo, el reconocimiento de los valores que comporta, porque permite que los cristianos participen en este ordenamiento político sin vincularse con otros valores que no complementan nuestra fe, sino que la contradicen. La democracia no sacrifica en el ara de la unidad a la diversidad, sino que la tiene en cuenta, la beneficia y la tutela. Por esta razón, también la ética cristiana ha enunciado cuáles son los cuatro principios fundamentales para el ejercicio de la laicidad en el ámbito político. Estos son: el respeto por la Verdad, la práctica de la Justicia, la preeminencia del Amor y la salvaguarda de la Libertad. Virtudes todas que facilitan la participación en igualdad de todas las personas en la promoción y defensa de los derechos humanos, de todo ciudadano y de todo grupo social.

El tercero, el reconocimiento de la marcha de la historia. La Democracia está más en consonancia con las características del mundo contemporáneo, la sociedad civil y las funciones del Estado dentro de ella que son: salvaguardar el bien común, favorecer el Estado de Derecho, con división de los poderes políticos y garantías constitucionales para que todos los ciudadanos puedan participar libremente en la vida pública de la nación. Además, también es un hecho que hoy el mundo se organiza políticamente en torno a regímenes democráticos, exigiéndolos como garantía para el sostenimiento de una paz duradera. Y como condición para la integración económica regional y la solidaridad internacional.

Después de leído el pasaje del profeta Ezequiel en la Biblia, haber hecho un brevísimo diagnóstico de nuestra realidad social y vista la opinión de la Iglesia en materia de relaciones sociales, se puede concluir que muchos de nuestros males tendrían otro remedio si en nuestra sociedad comenzaran a soplar los vientos de la tolerancia y el pluralismo. Si todos cambiamos y dejamos detrás el odio, el resentimiento, el deseo de venganza y la envidia. Si todos pudiéramos dialogar, intercambiar opiniones, ideas, sentimientos, en un ambiente de transparencia y recíproca confianza. Si todos trabajamos juntos por un futuro mejor donde no se coarte la iniciativa propia y se dé espacio a la creatividad personal. Si producir riquezas -y disfrutar de ellas-, no es demonizado sino entendido como un derecho y un camino hacia la dignidad personal. Si abandonamos de una vez y para siempre el igualitarismo ideológico y el temor a que las inversiones extranjeras y nacionales nos roben la soberanía. Solo entonces estaríamos construyendo una patria próspera que solucionaría mucho de nuestros problemas. Cuba tiene un gran potencial humano esperando poder ponerse en acción. Abandonemos el auto bloqueo para que podamos situarnos en el camino de la construcción de una nueva patria “con todos y para el bien de todos”.


** El Diácono Orlando Fernández Guerra presta sus servicios a la grey católica en el Arzobispado de La Habana, Cuba