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21/09/2018

Algunos aportes teórico-prácticos de Enseñanza Social Católica desde la particularidad de América Latina

1.INTRODUCCIÓN.
Con profundo agradecimiento y no sin “temor y temblor” (S. Pablo, Kierkegaard) he aceptado la amable invitación de participar y compartir con Uds. los trabajos de la Va. Semana Social organizada por los Caballeros Católicos de la Arquidiócesis de Miami. Si no fuera por la “desmesura” (hybris) de la comparación, me permitiría parodiar, analógicamente, parte de la famosa cita de S. Agustín: “Si para Uds. soy…(el expositor) con Uds. soy el cristiano. Aquél es el oficio, éste la gracia”.
La responsabilidad se hace mayor cuando me corresponde abrir esta sesión de clausura y hacerlo para, de alguna manera, introducir las dos intervenciones que tienen como objeto “aterrizar” desde y para dos realidades existencialmente tan significativas y exigentes para todos los aquí presentes como son la cubana insular y la miamense, en su doble vertiente, cívica y eclesial.
Me permitiré remitir “in extenso” a los presentes y a todo lector posible a este texto, mientras lo resumo ampliamente en la versión oral tanto por razones de tiempo como para ofrecer a los asistentes, junto a mis compañeros de panel, la oportunidad de intervenir al final con sus preguntas, comentarios, lo que suele ser el momento más enriquecedor de estas actividades.
A reserva de precisarlo más, quisiera señalar cómo procederé: he escogido un “género literario” cercano al de las meditaciones de signo ignaciano, lo que evitará largos desarrollos en beneficio de “puntos sugestivos” con vocación evocadora y reflexiva según un ritmo de precisiones que son opciones, desafíos que son interpelaciones y tareas que son compromisos, precedidos de una mención de trasfondos y prolongados por unas breves consideraciones en lugar de conclusión.

2. A MODO DE TRASFONDO.
Quien dice trasfondo apunta muy elementalmente a algo que “está en todo sin ser el todo”. Esa metáfora espacial remite, como se verá a continuación, a una experiencia temporal, generalmente asociada a “celebración” y en concreto a “conmemoración”; esta, las más de las veces, vinculada a rutina, nostalgia o incluso mitología. Por eso debe preferirse re-memoración, para privilegiar su carácter de asunción consciente y libre, motivadora de compromiso presente que abre nuevos y mejores futuros. Todo ello en la línea de lo que G. Marcel designó filosóficamente como “fidelidad creadora” – y crítica – y J. B. Metz teológicamente como “memoria peligrosa”, léase el “re-cuerdo-reinterpretación” del pasado en sus virtualidades, tal vez dormidas, para el presente “establecido”, con el paradigma de la “memoria vitae, passionis, mortis et resurrectionis Iesu Christi”. En esa línea destaco dos trasfondos con vigencia actual y/o próxima en y para la A. Latina eclesial, “locus” primario “desde dónde, por, para qué y cómo” se articulará esta presentación.
El trasfondo general, profano, cívico, más significativo, lo rescato de una pequeña, pero significativa obra del Dr. Guzmán Carriquiry (El Bicentenario de la Independencia de los países latinoamericanos, 2011) Secretario para ese entonces del Pontificio Consejo para los Laicos de la Santa Sede y actualmente Secretario con encargo de Vice-Presidente de la Pontificia Comisión para A. Latina – obra sobre la que volveré en el apartado 4 – con prólogo del para entonces Card. Arzobispo de Buenos Aires, Mons. Jorge Mario Bergoglio, actual Papa Francisco. Dicho prólogo es un aval y un comentario acerca de la importancia de dicha “re-memoración” tanto en términos de destacar su vigencia histórica, como, sobre todo, sus limitaciones, carencias y tareas pendientes en términos de una “nueva independencia” de la “Patria Grande”, y lo constitutivo latinoamericano de “lo concreto católico” según el documento conclusivo de la Va. Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (Aparecida, 2007).
El trasfondo eclesial lo representan igualmente la “re-memoración” tanto del Concilio Vaticano II – el acontecimiento eclesial católico más importante del s. XX – en la estela del 50º. aniversario de su clausura (1965). Para nuestros efectos, enseñanzas destacadas fueron: la Iglesia, como Pueblo de Dios, tiene una fundamental unidad enraizada en el bautismo común; como comunidad encarnada “ofrece al mundo el Dios que la envía y “escucha” en éste al mismo Dios que habla por Su Espíritu”; y, consecuentemente, hay una “jerarquía de verdades” en esa relación de “enseñanza-aprendizaje”, particularmente en lo relativo a las cuestiones ético-culturales ligadas a la historia de la libertad.
Otra referencia subyacente es la de la trascendente encíclica Populorum progressio (1967) de Pablo VI, que puso en el centro de la temática eclesial el problema del desarrollo y, en su posteridad, la distinción entre crecimiento y desarrollo y, más radicalmente aún, la tensión entre desarrollo y liberación.
Mención aparte en nuestro entorno merece el 50º. aniversario, en curso, del acontecimiento primero y de la posterior significación histórica de la IIa. Conferencia General del Episcopado, conocida como Medellín (1968) inaugurada personalmente por el propio Pablo VI, en una “fiesta” de ejercicio de la colegialidad episcopal, y calificada por algunos como “segunda declaración de Independencia de A. Latina”. Motivación primera fue – en los términos de la época- la “aplicación” del Vaticano II a A. Latina. Relieve histórico, referencia permanente y aporte trascendente de la “ekúmene” católica que “peregrina en A. Latina” a la Iglesia universal ha sido la centralidad de la problemática de la pobreza y, muy en concreto, de la “opción preferencial por los pobres”, que inauguraba así una tensión dialéctica entre el “no” tajante a la primera y un “sí” definitivo a los segundos, como “rostros” humanamente lacerados, pero en los que se transparenta, misteriosamente, en la fe, el rostro de Cristo crucificado, Hermano Mayor, la evocación de la dignidad humana, presente aunque pisoteada; y la promesa inextinguible de las Bienaventuranzas evangélicas.
Una referencia digna de mención, pero con destino histórico peculiar y ambivalente es la Ecclesia in America (EA) de San Juan Pablo II. La misma, originalmente concebida en el horizonte del Tercer Milenio, y en una perspectiva de “una América una”, más que unida, superpuesta implícitamente al contenido semántico anglosajón de “America” para designar a los EE.UU., aun contando con la titulatura unificante de la Virgen de Guadalupe como “Emperatriz de América” y significativos esfuerzos de colaboración eclesial, no parece haber resistido la vigencia de una América del norte anglosajona y una América Latina etnocultural y religiosamente “otra”. Esta incluye a la geográficamente norteña como México y a la políticamente neo-colonial caribeña Puerto Rico, sin contar los enclaves franceses igualmente caribeños.

3. ALGUNAS PRECISIONES QUE SON OPCIONES.
El sentido de este apartado es explicitar y justificar dos desplazamientos, epistemológicos y hermenéuticos, tanto en el enunciado de nuestra Semana como, más profundamente, en las realidades teórica (elaboración doctrinal) y práctica (agentes sociales y eclesiales de pensamiento y concreción) de nuestra temática. El primer desplazamiento es el de un trabajo de “razón teórica”, doctrinal, discursivo y de enseñanza, primaria y hasta casi exclusivamente protagonizado por la jerarquía eclesiástica a otro, más bien de “razón práctica”, por principio obra del conjunto eclesial en comunión orgánica de complementariedad y subsidiariedad. El segundo, de marcado protagonismo laical, en la línea maritainiana no del “agir en tant que chrétien” (obrar en cuanto cristiano o participación directa en la dinámica y estructuras evangelizadoras de la Iglesia), sino del “agir en chrétien” (obrar `por cuenta y responsabilidad propias en el ámbito ordinario y específico de la acción laical, el “mundo” o las “realidades temporales, profanas”, p. economía, política, ciencias, artes, pensamiento, etc.).
El punto de partida radica en la ubicación y destino de esta intervención en el curso de la Semana. En efecto, se trata, primero, de la sesión de clausura, la cual, como universalmente admitido, permite esperar tanto una recapitulación como un “aterrizaje”. Esta pequeña contribución no pretende lo primero ni ejemplificará lo segundo, pues presuponiendo los temas previos (ej. propiedad privada, principios de subsidiariedad y solidaridad) y auto-comprendiéndose como “pontifex”, puente un tanto general y sistemático a las “realidades singulares” q ue encarnarán las ponencias posteriores, se auto-califica metafóricamente como la instancia del “bosque”, sólo una “perspectiva”, con respecto a las otras, las previas y en particular las posteriores, únicas existentes reales, y que para continuar con la nomenclatura, denominaré “árboles”. En analogía con Kant podríamos decir: el primero sin los últimos está “vacío”; éstos sin aquél son “ciegos”; los primeros representan la vida, la encarnación, el segundo la idealidad sintetizante.
Para ello y forzando un tanto el esquematismo, pondré esta meditación bajo el triple “motto”, teológico, filosófico y ético-cultural del “credo ut intellegam” e “intellego ut credam” anselmiano, retomado y renovado por el Papa Juan Pablo II en la “Fides et ratio”; del “da que pensar” kantiano” y de la ya mencionada “fidelidad creadora” de Gabriel Marcel. Motto que tiene su correspondiente analógico en el triple oficio ligado a nuestro bautismo: profético, sacerdotal y real, doctrinal y pastoral laical, como místico-contemplativa, “inteligente” y de servicio eficaz.
Mencionar los calificativos “epistemológico y hermenéutico” y sin entrar en consideraciones que estarían perfectamente fuera de lugar aquí, se ubica en lo que se ha dado en llamar “la edad hermenéutica de la razón”(J. Greisch), léase, en el registro histórico donde no puede haber pretensión de justificaciones teóricas absolutas, como en “sistemas cerrados”, invulnerables a toda pregunta y toda duda. Pero “razón” que sigue “pensando” y obrando, con certezas no estrictamente “racionales”, pero sí “razonables, como corresponde al estatuto de la fe, que es del orden de la libertad ante el Misterio tal como lo plantea la Revelación, lo ha transmitido permanentemente su intérprete auténtico el Magisterio, lo profundiza la teología y lo actúa el “sensus ecclesiae”. Una razón que, en analogía con la fe, en tanto “fides quae” (fe en la que creo), pero sobre todo “fides qua” (fe por la que creo o relación personal con Cristo) no es tanto un “poseer”, sino un “vivir en”, al tiempo que un “esperar”, destacando así la dimensión escatológica de ambas, su necesaria complementariedad y su unidad creatural radical. Una razón que se abre a la fe y así, fe y razón, testimonian que Dios es más grande que ambas, porque es su origen, suelo nutricio y finalidad última.
En concreto y sin caer en “exquisiteces”, el eje primero de este parágrafo es un pequeño “plaidoyer” en favor de una vertiente histórica del trabajo eclesial permanente de elaboración de su enseñanza social. El mismo se realiza, en la interpretación católica, por, en comunión y bajo la dependencia de la instancia ordinaria y propia, el Magisterio episcopal y pontificio en particular, pero que no agota ni suplanta el “sensus fidei” que se concreta en ”el auditus y el intellectus fidei”, la escucha obediente de la Palabra, polarizada por la Verdad, por el conjunto eclesial y que se finaliza como su articulación orgánica, sistemática, comprehensiva, en la teología y en la “acción católica” y la de “inspiración cristiana”.
La Enseñanza Social de la Iglesia, se ubica, sistemáticamente, según los énfasis pontificios y las Escuelas teológicas, en el ámbito de la teología moral o en el de la ética social, léase, en su dimensión práctica, pero o bien en perspectiva salvífica católica o en registro ontológico, de “ser” o realidad común a todos. Se trata, en todo caso, del ejercicio de la sana autonomía anti-integrista y de libertad subsidiaria, en función de la colaboración y unidad de los diversos. Por una parte está, con mayor o menor pretensión de sistematicidad, la Doctrina o Enseñanza Social de la Iglesia como misión y prerrogativa específica del Magisterio, en particular pontificio, centrada en la proclama de principios, el establecimiento de criterios de juicio y la propuesta de orientaciones de acción. Por otra, la Doctrina Social Católica como elaboración académica fruto del diálogo entre los aportes doctrinales del Magisterio recogidos en la ESI y los resultados de los desarrollos y explicitaciones de aquella doctrina, en contacto con los aportes de las ciencias, en particular las llamadas sociales, históricas o humanas, pero también, sobre todo, con las experiencias, teóricas y prácticas, de la responsabilidad de las comunidades cristianas. Sea esto en la aplicación de las enseñanzas de la ESI sea en el ejercicio – con otros - de la creatividad de la libertad y de su capacidad organizativa, como respuesta a las exigencias de los “signos de los tiempos”. Por último, aparece lo que especialmente en ciertas comunidades o iglesias de la Reforma, pero con incidencia ecuménica en lo católico, y en determinados ámbitos culturales, se denomina la Ética Social Cristiana, la cual, en ausencia de un Magisterio eclesial, se configura a partir de un patrimonio suficientemente amplio y común, como para ser representativo, al mismo tiempo que acogedor, de las experiencias de singularidades específicas (ej. académicas) o comunitarias, eclesiales u otras, y ejerce un papel de iluminación y orientación en términos de filosofía social y política, pero, sobre todo, de ética de inspiración bíblica y teológica.
Es en el seno de esas variantes “no-oficiales”, en diálogo con las ciencias humanas y la filosofía sobre todo, que puede darse un trabajo de esclarecimiento, necesario, que la ESI no hace, con suficiente justificación pastoral, pero menor rigor semántico y científico. Hay dos ejemplos que se han hecho un tanto “clásicos” si bien con incidencia desigual. El primero, tal vez el más significativo, es el relativo al concepto de ideología. De su origen más bien “neutro en la Ilustración francesa (ej. Destutt de Tracy) pasa a adquirir una connotación peyorativa con Napoleón, en su reproche a los académicos, pero sobre todo con Marx y sus connotaciones de “imagen invertida de la realidad”, “violencia” que el pensamiento del dominador ejerce sobre los dominados y, en definitiva, en la ideología religiosa, paradigma de alienación. Gracias a trabajos como los de Paul Ricoeur sabemos que hay varios significados de ideología, y el marxista, si bien real, no es ni el originario ni el más “comprehensivo”, porque no hay grupo humano que pueda prescindir de darse una representación ideal de su ser y finalidad. La ideología tiene, pues, ante todo un sentido positivo como expresión primaria del “imaginario social” de identidad, de modo que la doctrina eclesial no está “condenada a asumir, pura y simplemente, como único, el concepto peyorativo de ideología, de obediencia marxista.
Otro tanto vale para las acepciones negativas del concepto, fundamentalmente positivo, de “cultura” como sinónimo de humanización, por lo que sólo por imprecisión se podría hablar de “cultura de la muerte o del descarte”, cuando lo propio es señalarlas como “anti-culturas”.
A título de ejemplos históricos pretéritos y de antecedentes relevantes de estas Semanas, en la línea de ese protagonismo laical responsable, a nivel de elaboración y concreción de la ESI, no hay necesidad de remontarnos a los orígenes y fundamentos vetero y neo-testamentarios, ni a los desarrollos sistemáticos, medievales y modernos, de la misma, así como tampoco a su largo período de estancamiento y “defensa” plurisecular - que compartió ampliamente con el resto del “corpus” eclesial en lo teórico y práctico – y como efecto conjugado, en buena medida, de las llamadas “cuatro revoluciones” (científica, política, tecno-industrial y socio-económica entre los siglos XVI y XIX), para dar como verdad adquirida, que el resurgimiento y nueva proyección de la ESI a partir de la encíclica Rerum Novarum (León XIII, 1891) estuvieron precedidos y ampliamente ligados a tres circunstancias. Con una mención aparte a la obra intelectual – magisterial en este caso - de uno de los precursores del “Catolicismo Social” a partir de 1870, el obispo von Ketteler de Maguncia (“La cuestión de los trabajadores y el Cristianismo”, 1864) y de su discípulo, el austríaco von Vogelsang. Del primero de ellos habría dicho León XIII: “nuestro gran predecesor de quien yo he aprendido”. Se trataba de:
- ciertas iniciativas de cercanía, sensibilidad social y ayuda directa a necesitados, hospicios para pobres y familias trabajadoras (ej. Don Bosco, Cottolengo, Ozanam, Léon Harmel, “Obra de los Círculos” de los “católicos sociales” de Mun y la Tour du Pin, etc.);
- la actividad social más diversificada y sistemática: ej. la Gesellenverein del P. Kolping, los Sindicatos católicos, las cooperativas, mutualidades cristianas y Congresos Católicos, así como los partidos demócrata-cristianos, en varios países europeos. Propósito más o menos confeso era de ofrecer respuestas más amplias y articuladas, a partir de analizar no sólo los efectos, sino también las causas de los problemas sociales;
- la aparición de esbozos de un “corpus doctrinal”, NO directa y explícitamente en la línea de lo que hoy se entiende por DSI, sino, más bien, de lo que posteriormente se conocería como, p. ej., “pensamiento social católico”, para encarar tanto los matices y naturales divergencias de fines o métodos entre las diversas experiencias e iniciativas como la profundización en los desafíos planteados por la doble realidad macro-social de la organización liberal-capitalista y de las alternativas socialistas, en particular la marxista. En esa vertiente encontramos los aportes de Taparelli y Toniolo en Italia, de Perrin y Freppel en Francia, del obispo Doutreloux y el P. Portier en Bélgica, organizadores del “Congreso de las obras sociales católicas”, tras la experiencia del “Código de Malinas”.
Las realidades anteriores convergieron, con espíritu de originalidad y síntesis, en el acontecimiento histórico, de verdadero reinicio y transición, de la Rerum Novarum. Ésta, al decir de H. Carrier (El nuevo enfoque de la DSI, 1991) representa la “piedra miliar” de la ESI tanto por el discernimiento de y entre las diversas experiencias y planteos como por encarar – para algunos bajo el reproche de una tardanza algo incomprensible - el panorama de los problemas sociales de la época e intentar formular principios de solución, teniendo en cuenta la situación de miseria y abuso de los obreros y sus familias en el contexto del mundo industrial, apelando a la acción conjunta de la Iglesia, el Estado y las organizaciones privadas. Sin olvidar la discusión amplia y franca de la realidad social y la ilusión ideológica del socialismo, incluyendo el antecedente pionero del “socialismo cristiano” de Buchez.
La ESI como “discurso”, en buena medida concentrada en su aspecto de doctrina, enseñanza y teoría, en su propia auto-comprensión y en su desarrollo histórico, no debemos perder de vista que tiene una primaria relación con la experiencia de la identidad y creatividad cristianas. Y ello, por su originaria articulación con el Evangelio como vida encarnada y resumida en Jesús y, consecuentemente, con el actuar la fe como caridad, amor, y con la Revelación como historia, con su explicitación teológico-moral.
Como ejemplo de creatividad, particularmente doctrinal-cultural y práctico-institucional, en la línea de la responsabilidad cristiana no directamente magisterial, sino laical, se deben mencionar aún iniciativas como las de las “Semaines Sociales”, del Movimiento “Esprit” (Mounier), de revistas como “Nova et vetera” (Ginebra), “Les Cahiers du Témoignage chrétien” y “Les Cahiers du Rhône”, en Francia libre; y, posteriormente, tras el cese de las hostilidades, pero en el marco de la “guerra fría”, en la acción de políticos cristianos (Schumann, De Gasperi, Adenauer) para poner en pie el ensayo más duradero y logrado de integración regional, pese a enormes dificultades y no pocas contradicciones, pasadas y actuales: la Unión Europea.
Por su muy distinguida labor doctrinal y de compromiso espiritual – la calificaba como de “dirección de conciencia” – con autenticidad cristiana, fidelidad eclesial y honestidad intelectual y humana con varias de las obras citadas, no puedo dejar de mencionar al P. Gaston Fessard s.j., poco conocido como una de las referencias formativas claves del Papa Francisco, particularmente en lo concerniente a la proyección espiritual, teológica y filosófica de los “Ejercicios espirituales” de S. Ignacio. A nuestros efectos, su obra de “discernimiento” de lo que él denominó la “actualidad histórica” en tiempos de vigencia de los totalitarismos del s XX, nos valieron obras referenciales de permanente actualidad como su trilogía de “Francia, cuídate de no perder tu alma (frente al nazismo), tu libertad (frente al marxismo), tu fe (frente al secularismo)”, sustentadas en dos obras magnas: una de filosofía política Pax nostra, la otra de teología de la historia, El misterio de la sociedad, en el curso de más de cuarenta años de compromiso cristiano y cívico, religioso y político.
Asistimos al “renacimiento” y vigencia de la DSI con el magisterio amplio de Juan Pablo II y su continuidad profunda e interpelante por Benedicto XVI, así como los gestos significativos (p. ej. con los migrantes y refugiados), las fórmulas”contundentes” (ej “globalización de la indiferencia”, [“anti-]cultura del descarte”, “Iglesia hospital de campaña”, “pastores que huelan a oveja”, etc.) y sobre todo la novedosa y radical encíclica Laudato Si del Papa Francisco. No obstante, ellos coexisten con un relativo nuevo letargo y con la esperanza de novedosas, significativas y eficaces experiencias de racionalidad y sabiduría, de fecundidad institucional ético-jurídico-política, de promoción humana y servicio fraterno, en buena medida fruto del compromiso bautismal de los laicos personalmente, y del laicado como institucionalidad eclesial y popular, particularmente de acción en su campo propio: el mundo, lo “público”.
4. DESAFIOS QUE SON INTERPELACIONES.
Este apartado busca ejemplificar el ejercicio de lo que puede significar la articulación de las tres dimensiones ineludibles y estructurantes de la realidad humana con sus respectivas concreciones en nuestra Semana: la de la universalidad (ejemplificada aquí por la ESI); y la de la singularidad (encarnada por la vocación de “ser persona” y “pueblo cubano” en las “dos orillas” frente a toda tentación de individualismo insolidario o de “masificación alienante” ), la de la particularidad (significada por el compromiso desde y con la Patria Grande latinoamericana), sencillo deseo de estas líneas. Su objetivo es ilustrar, aunque sea preliminarmente, una lectura de los “signos de los tiempos” de dicha realidad, en la línea de lo postulado por la Constitución Pastoral “Gaudium et spes” (GS) del Vaticano II y, más concretamente, de lo que se ha dado en llamar, metafóricamente, “luces y sombras”.
Para ello me voy a servir, con algunos matices y complementos, del “catálogo” de “tareas históricas pendientes” a doscientos años de la Independencia de España y Portugal (pp. 85 a 129) de la obra ya mencionada (ver 2) del Prof. Carriquiry. La misma se completa con otra de reciente publicación y a la cual aún no he podido tener acceso, “Memoria, coraje y esperanza”, prologada por el Papa Francisco. El conjunto, valioso en sí mismo, recibe un suplemento de interés y pertinencia, por reflejar, con amplia verosimilitud, el pensamiento del Santo Padre y, por ende, de las instancias vaticanas concernidas, en lo que respecta al “status quaestionis” y a los desafíos que la realidad latinoamericana y la Iglesia que en ella peregrina, experimentan en la integralidad de sus dimensiones, desde la vital de su enraizamiento biológico-natural, pasando por la social-motivacional de la familia y la economía, la estructurante de la política y la justificante ético-cultural-religiosa.
Las macro-tareas son:
- Promover un desarrollo económico sólido y persistente;
- Promover la reforma del Estado, actor fundamental;
- Invertir en el capital humano y social;
- Afrontar la cuestión crucial de la equidad;
- Reconstruir el tejido familiar y social;
- Construir auténticas democracias;
- Condiciones propicias para un nueva independencia;
- Desbloquear y relanzar los procesos de integración;
- ¡ Paz entre hermanos ¡;
- Ahondar cimientos y mantener vivos ideales de independencia espiritual;
- Una nueva gesta patriótica.
A las que convendría añadir el gran desafío ético-político encarnado por los refugiados y las migraciones (dentro o no de un mismo país), la revolución comunicacional, y lo relativo al narcotráfico.
No se precisa aquí, menos aún que en el apartado anterior, un desarrollo temático, pues si bien la perspectiva particular latinoamericana tiene indudable pertinencia para todo lo que atañe a América, en el marco de nuestra Semana, lo que resta de ésta se concentra, como ya expresado, en el “aterrizaje” en las experiencias “singulares” representadas por las realidades cubana insular y socio-eclesial floridana.
No obstante, sí puede resultar significativo transcribir algunos rasgos recogidos por el autor y por el prologuista, correspondientes a esas tareas. Un primero es la exigencia de discernir la verdad en parte enmascarada por las lecturas “ideológicas” clásicas: la liberal individualista, clásica y predominante durante mucho tiempo; la romántico-patriótica; la o las marxistas, en buena medida relevo de la primera. Desde hace tiempo, particularmente en la parte sur del hemisferio, recogida oficialmente por la IIIa. Conferencia General en Puebla (1979) se viene dando el intento, esencialmente de inspiración católica, de rescatar la doble referencia a lo popular y a lo histórico. Un segundo rasgo, macro, perdurable, es la realidad negativa de la exclusión –más que explotación u opresión dirá el Papa Francisco - sistemática y masiva de las poblaciones autóctonas, indígenas, como deuda histórica. Una tercera, la imperiosa necesidad de un desarrollo humano integral que tienda a eliminar las crasas desigualdades, promueva la equidad, establezca condiciones de participación y protagonismo democráticos de las grandes mayorías y genere estructuras de convivencia verdaderamente humanizadoras, sólo factibles dentro de verdaderos procesos de integración con sentido de Patria Grande. En ese cuadro, una cuarta se refiere al imperativo de poner el progreso tecnológico al servicio de las grandes mayorías impidiendo que sea causa de nuevas injusticias y exclusiones. Por último, pero no menos importante, como garantía de paz verídica y duradera, un verdadero “sursum corda” de identidad por fraternidad solidaria, enraizado en un “humus” de dignidad y libertad, de centralidad de la persona, amor a la vida y “esperanza contra toda esperanza”, simbolizados y alentados por la presencia maternal, culturalmente enraizada, de la Virgen de Guadalupe, la “Morenita del Tepeyac”, signo de memoria fundante, de resistencia cultural y de superación popular de burocratismos, incluso eclesiásticos. Todo ello reclamando, como ya expresado, una “segunda independencia”.
Hay dos elementos, de naturaleza diversa, pero pertenecientes ambos a la dimensión institucional-estructural, que merece la pena acotar. El primero, de índole más bien histórica, se refiere a la existencia, vigencia significativa durante algún tiempo y posterior declive hasta dimensiones menores, a ratos insignificante o incluso de desaparición, que han atravesado algunas de las expresiones socio-políticas con “C”, fórmula popular para designar a los partidos, sindicatos asociaciones empresariales, cooperativas, mutualidades, etc. de definición, referencia o inspiración CRISTIANA, sea demócrata-cristiana, social-cristiana o similares.
Ellas han sido ejemplo paradigmático, por un lado, de la sensibilidad, vocación y estructuración de servicio público motivadas por la fe y el servicio a la persona y a todas las personas, en consonancia con la enseñanza tradicional y el llamado permanente de la Iglesia a ello. Y, por el otro, de la insuficiencia de planteos centrados en la sola buena voluntad, la poca atención a las “mediaciones históricas”, particularmente económicas y políticas, así como el escaso acompañamiento cualitativo, espiritual, intelectual y técnico, de las instancias jerárquicas o de instrumentos ad hoc como Universidades e Institutos de Formación.
La segunda realidad, simplemente enunciada aquí, es el desafío que representan a la ESI y a sus instancias de pensamiento y acción en A. Latina, a título diverso ciertamente, pero con semejanzas innegables, las sociedades que configuran las experiencias “revolucionarias socialistas” confesas. Desafío para la capacidad significativa y efectiva de la ESI de anunciar, denunciar y comprometerse según la justicia, la libertad, la verdad y la paz, por varios motivos y razones como son, a nivel económico, su marcado contraste entre promesas y expectativas de eficiencia y justicia, y la realidad de colapsos repetidos. A nivel político, la proclama de una redundante democracia “popular” y la realidad de perennidad en el poder prácticamente ilimitado, en nombre de aquél, ejemplificando, además, sociedades “cerradas, totalizadas” en los registros educativo, comunicacional y, en general, ético-culturales. Dicho sea de paso, esto evoca nuevamente la clásica sentencia del pensador francés Mauricio Merleau-Ponty: “todas las revoluciones son verdaderas como movimientos, todas son falsas como regímenes”. En cierto sentido, ellas ofrecen la impresión – si no fuese por su capacidad de control interno – de quedar reducidas casi a un “esqueleto” institucional vacío, inerme y crecientemente aislado, que a duras penas sobrevive, más por inercia que por auto-propulsión. Todo ello en el seno de sociedades profundamente divididas y excluyentes, que muy difícilmente legitiman su ejercicio en términos de Bien Común compartido, y que necesitan, reclaman y merecen una reconciliación en la verdad, la justicia y la misericordia.
5. ALGUNAS TAREAS QUE SON COMPROMISOS
El objetivo de este apartado es identificar y articular, no unas tareas “sectoriales”, sino más bien unas líneas tendenciales, de “actio-passio” históricas, profético-esperanzadoras, que motiven, alienten y, llegado el caso, iluminen procesos de aplicación creadora de la ESI.

5.1. ALGUNOS PRINCIPIOS OPERATIVOS.
-Interiorizar y vertebrar operativamente que la triple función del anuncio de la “Buena Nueva” hecha liberación interior y reconciliación; de la denuncia de la mentira, la explotación, la opresión y la alienación de cualquier signo y origen; y del compromiso del encuentro personal con el Señor y el respeto escrupuloso de las personas, debe ser un “sine qua non” en su exigencia, pero con un “sexto sentido de realismo” para distinguir lo irrenunciable, lo intolerable, lo imposible y lo factible. Léase, poner todo de nuestra parte, pero sabiendo, en concreto, que “sólo Dios es Dios” y que la acción cristiana no consiste en “jugar al demiurgo”. Lo anterior rige moviéndose en el horizonte “católico”, no sólo de una ética de costumbres y de una moral de la legalidad, sino ante todo, de una “lógica de la gratuidad y de la sobreabundancia” (Valadier) correspondiente a la de las Bienaventuranzas, y su concreción en la práctica del amor como “ágape” tal como lo recuerda, “opportune et importune”, el Papa Francisco.
- Más radicalmente aún, hay que preguntarse, ante un mundo que por un lado parece haber desechado la idea misma de salvación y por el otro parece buscarla obsesiva y hasta banalmente, por medio de toda una serie de ofertas, científicamente poco consistentes, y antropológicamente más bien o francamente reduccionistas o decididamente inmanentistas, ¿qué puede y debe significar la confesión de fe, la prédica, la articulación de la salvación cristiana como absoluta, trascendente, gratuita en su esencia, de un Dios que es personal, tiene un plan de amor, ha entrado en la historia y aunque ha muerto humanamente, se le confiesa vivo y actuante en esta historia, conduciéndola en el amor y la libertad ?.
-Prolongando lo anterior habría que señalar la ambivalencia del recurso tanto a los diversos “personalismos” y “humanismos” como incluso a una cierta comprensión de la persona. En efecto, por una parte, los unos y la otra han servido muy positivamente para superar abstracciones y hasta reificaciones no sólo de ciertos “ismos” idealistas o positivistas, verdaderas fuentes de deshumanización. Por la otra, sin embargo, ellos mismos no siempre han estado exentos de ser instrumentos de interpretaciones antropológicas y socio-culturales insuficientes, postulando que el “cara a cara” inefable podría dispensar de las mediaciones institucionales o el recurso a análisis científicos y a reflexiones filosóficas epistemológicamente más pertinentes y éticamente más “comprehensivos”, de y para la libertad (cfr. el ensayo-homenaje de P. Ricoeur a E. Mounier y su personalismo, tachado inicialmente de “iconoclasta” al criticar todo “ismo” mientras proclamaba la vigencia y necesidad de retorno a la “persona” como “actitud” en el sentido de E. Weil). De esto no han escapado a ratos ciertas formulaciones magisteriales o ciertas aplicaciones de la misma, cuando, p. ej. se ha pretendido enarbolar, sin mayor cuidado teórico o práctico, el recurso a la “dignidad de la persona, de todas las personas”, como un a priori sin necesidad de precisiones, auto-explicativa por sí misma, inalterable en el espacio y el tiempo, al margen de todo contexto de “indignidad o de dignificación”. Es decir, con el riesgo de hacer funcionar algunos elementos de la misma, sin conciencia de ello, más como una “ideología” de confusión o distracción – sea por inatención a las condiciones concretas de ejercicio sea por anunciar principios “últimos” sin indicar el “camino de aterrizaje” hacia lo penúltimo y lo cotidiano - que como un instrumento de humanización por su contenido de verdad y su capacidad de iluminación, interpelación, interpretación y orientación éticas y religiosas.
-La fe cristiana, la Iglesia y su acción específica reconocen y alientan toda acción veraz y buena donde quiera que se produzca y quien quiera que sea su autor, pues, en última instancia, proviene de la única fuente radical, divina, de verdad y bondad. En este sentido, ellas no son nunca “neutrales” (pues poseen y propugnan valores), pero sí deben ser “imparciales” (léase, estar al servicio de la verdad y del bien y no a la inversa). Ello es un terreno común de diálogo y colaboración entre personas, concepciones, estructuras y proyectos diferentes, y, en consecuencia, son “propositivas” y no “rea-activas”; ni “oficialistas” ni “oposicionistas”.
Sin embargo, ligado a lo anterior y sometido siempre al “juicio prudencial” de los actores o responsables está lo siguiente: la Iglesia, al perseguir sus fines propios y específicos, está consciente de su valor de testimonio y servicio a todo lo humano, pero muy concretamente a la dimensión definitiva y radical de éste, que es la religiosa, por mandato de su Señor. Y eso en principio le confiere prioridad de ser y quehacer. Ahora bien, por distintas razones pueden surgir conflictos sobre si priorizar los fines explícitos cristianos, eclesiales o eclesiásticos, o los comunes y propios de las personas, particularmente las vulneradas gravemente en sus DD.HH., sea como asunto de convicción o de oportunidad, cuando, p. ej. la Iglesia no goza ya del mismo nivel de respetabilidad social o, sobre todo, de reconocimiento de su labor “imparcial” – a distinguir de “neutral” - por parte de las autoridades.
Situación delicada que contrapone valores: todos ellos siempre esencialmente evangelizadores, pero según los casos, en unos primariamente tales, y en otros integralmente tales; simplificando, la contraposición entre los derechos de la doctrina o de la institución, y los de las personas; entre lo “religioso” y lo integralmente humano. Esos rasgos, con su racionalidad propia, convergente y “envolvente”, exigen una respuesta proporcional de visión de conjunto, interpretación diversificada, discernimiento permanente, juicio ponderado, acción flexible, hecha de “anuncio y denuncia”, talante esperanzador, lenguaje de convicción; el todo estructurado a partir de la virtud cardinal de la acción: la “prudentia”.
-Considerar muy seriamente la necesidad de una auténtica “conversión eclesiológica” en el sentido de que el primer y verdadero “alter ego” de la acción eclesial institucional son las personas como “sujetos”, y el pueblo estructurado en comunidades y sociedad; y NO el Estado o el Gobierno como entidades. Ello implica, en las actuales y tal vez previsibles circunstancias, pero de modo variable: primero, revisar el “lugar social de la Iglesia” (ej. valor de la “religiosidad popular”, “socialización de la vida cristiana” vía la familia, la escuela y los movimientos juveniles, relación con los afrodescendientes, sus expresiones religiosas, y la “politización” de algunas, presencia entre los “constructores de la sociedad”, etc.); luego, reestructurar las PRIORIDADES de atención a los “munera”(oficios) sanctificandi, docendi et regendi y los “ministerios” de marturía (testimonio), leiturgía(culto de alabanza) y diakonía(servicio caritativo) como “partes del todo” de la vida de fe y de la acción evangelizadora.
-Tomar mejor conciencia de que probablemente una mayor atención a ciertas actuaciones NO primariamente consideradas como “estrictamente religiosas”, sino de la labor “subsidiaria” de la Iglesia (ej. defensa de DD.HH, “desmitificación” y “desidolatrización” sociales, servicio de orientación ética como “signo y agente” de vida, esperanza, verdad, libertad, justicia, solidaridad, reconciliación; encarnar y simbolizar la necesaria institucionalidad en un contexto de “desmontaje” o insignificancia de la misma, con riesgos de anomia o anarquía, en la realidad civil, etc.) no sólo constituyen una exigencia ética, un signo de caridad, sino probablemente también, en términos de “teología fundamental”, una “præparatio evangelica”, unos “prolegómenos de fe”, “vestigia Dei”. Y es que, por contraste, en una sociedad en que llegasen a imperar rasgos evidentes de “deshumanización” como “incapacidad para el asombro”, vivir en la doblez, el temor o la desesperanza, bajo el imperio de la imagen o la interpretación que se quieran crear o transmitir (a la manera de una nueva “doxa” u “opinión” vía propaganda) en vez del culto a la verdad y a la autenticidad, buscando manipular símbolos, conceptos y re-escritura de la historia o diseño del futuro, así como pretensión nihilista de que “todo sería posible para la voluntad de poder”, etc., sería una sociedad en la que las “condiciones de posibilidad” antropológicas de acceso “normal” a la vida de fe – i. e. encuentro con Dios con libertad para buscar y encontrar la verdad, y para discernir y practicar el bien – se verían notablemente disminuidas y hasta prácticamente imposibilitadas, haciendo del acto de fe y de la vida cristiana un “affaire” heroico.
-Prepararse para actuar en “situaciones límite”, convencida de que cuanto más especifique religiosamente su palabra y su acción (ej. referencias evangélicas y doctrinales en sus documentos, intervenciones) más y mejor estará respondiendo la comunidad eclesial, vía la ESI o la ESC o la DSC, a las reales necesidades de personas y pueblo, al ofrecerles lo que sólo ella puede ofrecer, sin confusión indebida con otras ofertas (ej. socio-económicas, políticas, jurídicas, científicas, etc.) válidas, pero de otro orden.
- Un principio “negativo”, relativo a los contenidos, plantearía la responsabilidad de todos, pero nunca la culpabilidad colectiva, penal, política o ética, a la hora de hacer memoria y señalar cargos. Su contrapartida “positiva” sería establecer, de cara al futuro, la necesidad y posibilidad de un vasto programa guiado por la consigna de la reconciliación nacional en la verdad, la justicia y la misericordia (solidaridad) como se conoce en otros países, y que encarna un compromiso común de altísima entereza y visión política (convivencia justa), moral (identidad en la verdad) y espiritual (apuesta, en esperanza, por el triunfo del bien sobre el odio y el mal) pese a ambigüedades y resistencias (ej. Alemania, España, Chile, Argentina, Uruguay, etc.).
- A partir de la distinción practicada en los países del Este de Europa: “democratizar, sí; normalizar, no”, por su diferencia cualitativa, política y ética, concentrarse, por elemental realismo histórico, sana voluntad de convivencia y reconciliación, apego a la verdad y elevación de la “calidad ética” de la nación, en concretar la dignificación de personas, la fundamentación de la democracia, la voluntad de integración regional, el diálogo con lo humano integral sin detrimento de lo propio local-nacional, a la búsqueda y consolidación de nuevas y más ricas identidades culturales. En una palabra, y retomando la principal divisa de la Revolución francesa: dar vigencia efectiva a la fraternidad, para no quedar encerrados en la falsa disyuntiva entre igualdad y libertad, sino llenando a éstas de contenido real y duradero.

5.2. EN CLAVE METODOLÓGICA.
- Metodológicamente hay que partir de un viejo principio humanista y cristiano: toda realidad humana es buena originalmente, aunque imperfecta, contradictoria y siempre perfectible. En consecuencia, la primera actitud psicológica y ética es detectar – no siempre fácil – dónde reside y cuál es la extensión y profundidad de lo positivo, del bien, así como aceptar su autoría, venga de quien venga, reconociendo las ambigüedades y las resistencias de quienes injustamente reniegan de cambios necesarios. En el mismo movimiento, sin embargo, por realismo antropológico y por convicción moral, agudizar la percepción y el análisis para des-velar, desentrañar y denunciar el mal en sus diversas manifestaciones, cuantitativas y “cualitativas”, como imperio de lo inhumano y de lo cual el siglo XX y nuestro presente han dado muestras inimaginables, pero reales. En resumen, sólo humanizan una memoria, un compromiso y un proyecto (ej. humanismo cristiano solidario) que anuncian lo verdadero y lo bueno; que denuncian el error, la mentira y la maldad; y que se comprometen, de palabra y de obra, con el corazón, el intelecto y las manos, a “liberar…de” lo que despersonaliza y manipula, y a “liberar…para” lo que personaliza por dignificación e institucionaliza hacia el “bien común”.
- En lo que atañe a la dimensión moral, es decir, a la específica e ineludible misión y tarea de “humanizar su existencia personal e histórica”, es decir, de darles sentido y valor como finalidad trascendente de “visualizar el bien absoluto y luchar contra el mal radical”, cabe señalar, al menos, dos servicios “discipulares misioneros” (Aparecida) importantes a partir de las exigencias de la ESI. En forma abreviada se puede decir que:
* Hay un primer servicio, intelectual, que se expresa en una doble dirección, “negativa” y “positiva”. La primera de éstas es de esclarecimiento. En efecto, cuando en los planteos de la ESI se proclama que ni ella como doctrina ni menos aún el Evangelio, del cual procede y en el cual se basa, son “ideología” (esencialmente en un sentido peyorativo) o cuando se recuerda, con mucha insistencia, los riesgos y distorsiones de “milenarismo o inmanentismo materialista” que comportan, en general, las “utopías”, se enuncia una generalidad y, eo ipso, se está postulando y reclamando un servicio de análisis científico, de interpretación antropológica y de discernimiento teológico-espiritual. Este supone, pero va más allá de las funciones y tareas de la ESI en cuanto magisterio oficial, y entra de lleno en el campo de otras instancias en su autonomía de pensamiento y racionalidad.
La segunda dirección es de desarrollo y profundización. Un doble ejemplo paradigmático está representado, en primer término, por ese rasgo de la cultura contemporánea que concibe y vivencia a la ética o moral como ejercicio de la “razón práctica” en relación, sí, pero no de mera dependencia “deductiva” o ejecutante “pasiva”, con lo entrevisto o dictado por la “razón teórica”, prácticamente “heterónoma a su propia acción” y cristianamente “inferior” a su condición de “criatura a imagen y semejanza de su Creador”. Es decir, de persona, llamada a vivir en la acogida libre de la alteridad gratuita, trascendente y fundante o semejante y fraterna. En segundo término está representado por la exigencia, interna, no extrínseca, de explicitar el alcance, modalidades y consecuencias de lo que Benedicto XVI denomina “criterios orientadores de la acción moral”, a partir del “principio sobre el que gira la DSI”(caritas in veritate), a saber: la justicia y el bien común. Su concreción operativa no corresponde tampoco a la ESI, pues, al decir del propio Benedicto XVI, no compete a la Iglesia establecer directamente la justicia en la sociedad, si bien es, ciertamente, parte de su misión integral de evangelización, en particular vía la acción de los cristianos, especialmente de los fieles laicos, el acometer dicha tarea, como obra de verdad y bondad, de solidaridad, fraternidad y paz, p. ej., elaborando “modelos” que medien entre los principios teóricos y los proyectos y acciones concretos;
*Un segundo servicio, práctico, es la interpelación hecha por los principios, valores y orientaciones de la ESI, tanto a la conciencia cristiana en primer lugar, como a la conciencia universal de “común humanidad”, en el sentido de “aplicarlos creativamente”, de concretarlos racional y eficazmente, en obras singulares, en proyectos estructurales, en instituciones articuladoras de los mismos. En A. Latina y el Caribe y en el marco de la Misión Continental – que Francisco ha extendido a la Iglesia universal - es justo y deseable esperar, pues, en la estela de la ESI, nuevas y más eficaces iniciativas estructuradas de “caridad política”, en formato humilde, no en forma aislada, exclusiva o “sectaria”, sin “complejos ni de inferioridad ni de culpa”, propositivas y significativas de identidad. Y ello como testimonio específico de los católicos o como participación “ecuménica”, interreligiosa o intercultural, en iniciativas conjuntas de desarrollo y liberación, de inclusión y dignificación.
-Otro elemento, de suyo con más amplitud, como de nivel o dimensión, tiene que ver con la institucionalidad, el registro “público” de toda cultura, lo que, en la ESI, se relaciona con el principio de subsidiariedad. Lo anterior debe y puede encontrar aplicación, en las mediaciones epistemológicas de las ciencias humanas y de la antropología, para lograr un discurso más pertinente por sus horizontes, contenidos, métodos y lenguajes.
- Un rasgo metodológico a destacar es la progresiva decantación del “locus” doctrinal propio de la ESI, como perteneciente a la teología moral, tras períodos de inatención o imprecisión en cuanto al mismo y en “tensión” permanente, como ya enunciado, “qua” moral, con la otra perspectiva, ontológica y de “derecho natural”. Por una parte, esto la especifica, tanto frente a todo intento de ubicarla como encarnando un proyecto ideológico-político específicamente cristiano de “tercera vía” entre, p. ej., capitalismo y socialismo, como de equiparación con un “saber científico” de índole socio-económica, apoyo y producto a la vez, de un deductivismo moral y una aplicación pastoral. Esto plantea hoy el recurso indispensable al universo teórico y práctico de los aportes filosóficos, científicos, técnicos, institucionales o a las iniciativas seculares de promoción humana, en diálogo diferenciado con las instancias eclesiales, profesionalmente teológicas o representativas del “sensus fidelium” y, obvia y primariamente, con el Magisterio en su doble condición de “munus docendi et regendi”. Dicho resumidamente y como ya expresado: al lado del desarrollo oficial auténtico de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) o la Enseñanza Social de la Iglesia (ESI) como expresión de dicho Magisterio, hay la exigencia y el “espacio” para lo que la tradición eclesial y teológica en esta materia ha denominado Enseñanza Social Católica o Doctrina Social Católica, fruto tanto de las experiencias eclesiales o de inspiración cristiana como de elaboraciones académicas, doctrinales o científicas, en comunión creyente, pero bajo la estricta responsabilidad, teórica y práctica, de los interesados.
-En el actual estadio, en particular, se hacen patentes ciertas características que concretan lo evocado en el apartado metodológico anterior. En efecto, desde distintos ángulos parece imponerse ese “diálogo” que ya el Vaticano II reclamaba, en forma de “dar y recibir”, de “proponer y escuchar”, entre la fe, la Iglesia y la teología por una lado, y la razón, el “mundo” y las ciencias y las prácticas humanas por el otro. Lo ha especificado Benedicto XVI, al menos de un doble modo, clásico y renovado al mismo tiempo: primero cuando ha reiterado, casi como gran trasfondo de su servicio como “obispo de Roma”, la inescapable dialéctica entre la fe y la razón, con sus mutuos aportes críticos, “negativos”, y “positivos”, de sabiduría y Trascendencia; segundo cuando, al tiempo que ha ratificado que la Iglesia y su ESI no poseen ni ofrecen “teorías” económicas o políticas o tan siquiera “recetas prácticas”, sino proclaman principios, valores y orientaciones de índole espiritual y moral, humanamente integrales y no tanto sectoriales, no deja de “descender” a situaciones concretas y “atreverse” a proponer o recomendar respuestas o instrumentos específicos, hablando de “razones económicas” o de “civilización de la economía”. Esto, a su manera y para lo que nos ocupa, reclama, no tanto como labor específica y menos aún exclusiva del Magisterio y de la ESI, repensar lo que, parodiándolo, se recoge de Kant: lo espiritual y lo moral, sin lo socio-económico y lo político, están “vacíos”; éstos, sin aquéllos, son “ciegos”. En igual sentido, radicaliza, en forma de “kénosis” novedosa y creativa, el papel de testimonio trascendente y de humanización integral, de la teología, en su diálogo, sincero y humilde, pero exigente y veraz, con las ciencias, la filosofía y las obras que la libertad responsable de “todo hombre y mujer de buena voluntad” conciben y promueven.
5.3. ALGUNAS ACCIONES-GUÍA.
-Sólo a título de evocación hay que señalar que lo anterior se estructura, conceptual y éticamente, en torno a los dos ejes centrales de toda ESI y de toda elaboración a partir de ella: la dignidad de la persona humana y la consecución del bien común. El primero, resumido como crecimiento en auténtica subjetividad como identidad “ipse” y no “idem (P. Ricoeur) en diálogo y partir de la exigencia fundamental que viene del “otro” reclamando respeto (E. Levinas), se puede categorizar en torno a la relación MEMORIA, PROYECTO Y COMPROMISO, como expresión, no tanto, de la temporalidad de pasado y futuro en la actualidad del presente, sino de la interpretación de “arqueo-logía”(razones fundantes) y “teleo-logía” (finalidades trascendentes) en un “kairós” de sentido, valor y promesa.
En primer término y en cuanto a su contenido, habría que precisar, frente a toda una tradición, esencialmente de origen liberal en lo filosófico, político y económico, que decir “persona”, antropológicamente y para la ESI, es estrictamente lo contrario del individualismo intimista y egoísta, de lo psicológico, ética y teológicamente insolidario, pues ella contiene en sí, “es”, originaria e indisolublemente, tanto subjetividad irreductible como socialidad constitutiva. En efecto, la persona es singularidad irrepetible, hecha de “ipseidad y otredad” radicales, “fuente creadora autónoma” de iniciativas, sujeto de “acontecimientos” de gratuidad, reciprocidad y esperanza. Ella es “sí misma” en y por la “apertura y acogida” de todo “él, ella”, hecho “prójimo”, “tú” de reconocimiento, intercambio, justicia, solidaridad y fraternidad y, en este sentido, “trascendencia horizontal” y, para el creyente, “potentia oboedientialis”, “capax Dei” que se abre al misterio de la realidad plena como don Trascendente (“Trascendencia vertical”) en y desde la inescapable condición de limitación, falibilidad y posibilidad de mal y pecado.
-Paralelo a la afirmación de que en Europa no se puede hacer teología de la misma manera antes y después de Auschwitz, así también, en América Latina, hay que preguntarse qué es y cómo se hace ESI ante la vigencia siempre real de la pobreza, miseria y exclusión causadas, objetivamente, y como trasfondo antropológico de toda “actividad sistémica”, en un continente de tradición católica, por católicos, a grandes mayorías de sus hermanos en la fe. Este “escándalo” no debe ser relegado a la ligera, sino asumido con lucidez y voluntad de reconciliación, liberación y regeneración.
-Otro tema tiene que ver con el replanteo de la relación entre fe y política, porque la desconfianza actual, masiva, profunda, en la democracia, por su formalismo, su incapacidad para erradicar la corrupción generalizada que la corroe, y para darle contenido real de bienestar, seguridad y participación, no debe ser diluida en desafíos más “globales” y “últimos”, cuando éste, suficientemente radical aunque “penúltimo”, zanja ya entre vida y muerte, dignidad o deshumanización, para millones de seres actuales, los únicos realmente existentes(ej. problema medioambiental tal como explicitado en Laudato Si) so pena de repetir la prédica de los futuros felices, pero para seres inciertos.
- Otros temas más, de perspectiva cristiana más universal si cabe, entroncan con los anteriores para completar una exigencia de profundización y diálogo – y en este sentido, como las anteriores, tienen una vertiente teórica y otra más práctica o pastoral. Se trata, en primer término y retomando la periodización de la historia de la Iglesia, intentada por el P. Rahner, en el sentido de que recién con el Vaticano II y la auto-comprensión de la Iglesia por él generada, habríamos entrado en la fase de la “Iglesia universal”, por primera vez efectivamente “ecuménica y católica” en su concreción histórica. Es decir, en un mundo que se “globaliza” económica y hasta culturalmente, y que está necesitado y a la búsqueda de unas estructuras geo-políticas correspondientes (cfr. Kant) como capacidad de gobierno responsable y eficaz, ¿qué significa ser “católico”, vivir en la perspectiva de una universalidad en la unidad, como preparación creyente a ese “cuando Dios sea todo en todos”, expresado por Pablo en la 1ª. a los Corintios ?
Algunas concreciones de “mediaciones subsidiarias” a asumir de “motu proprio”, por sensibilidad pastoral, o por disposición a responder a solicitudes significativas, podrían ser las siguientes:
-desde la fe profunda en el “realismo” de la Encarnación y del valor de toda persona concreta, estar en vigilia constante contra todo intento de disolver lo “real personal” en lo “colectivo genérico”, arropado bajo el manto de “primacía de lo social”, o lo “funcional-tecnocrático”, asimilado a “progreso ineludible de la individualidad” insolidaria, y su término lógico: la distorsión del sentido de realidad, en términos “utópicos o gnósticos”;
-con la doble conciencia de que “la política está en todo, pero no es el todo” y de que la fe “toca” la totalidad de lo humano, también lo político como “educación a la convivencia en justicia, libertad y paz”, pero en particular su radical sustrato ético y su vocación espiritual de Absolutez y Trascendencia, la ESI debería retomar su “semper nova et vetera” función mediadora en aras de la reconciliación y “sanación” de prejuicios, disensos y “heridas”, ofreciéndose y convocando sin descanso al encuentro, el diálogo, la colaboración en todo lo que contribuya al bien común concreto de personas y comunidades.
6. EN LUGAR DE UNAS ORIENTACIONES CONCLUSIVAS.
De modo cuasi-telegráfico, pese a su centralidad “quoad se”, me atreveré, siempre como fruto limitado de una experiencia un tanto dilatada y peculiar, a recapitular algunas simples sugerencias, en la línea de una mejora y renovación, sea por la intermediación de la “crítica” (discernimiento) sea por la de la “u-topía” (en el sentido no de lo desesperanzador por imposible, sino de la “audacia de la racionalidad” por ensoñación y creatividad). Algunas pretenden, por cuenta propia, retomar algunas de las intuiciones de Benedicto XVI, Juan Pablo II, Pablo VI, y Francisco sobre todo, como intentos de aplicación a nuestras realidades más cotidianas.
-En lo relativo al “discurso”, facilitar su traducción eficaz, haciéndolo más existencial, cercano a la realidad, menos nocional y unilateral (según el esquema asimétrico de docente-discente) y más “radical”, paradójicamente tanto más próximo a la densidad histórica cuanto más desarrolle la vertiente clásicamente expresada por la tradición teológica cristiana del “esse” como plenitud de existencia, presencia de lo Absoluto, mejor, del Trascendente. La cual, mediada por la libertad, actúa como superación, serena y confiada, del relativismo, escepticismo y eclecticismo éticos y antropológicos.
-Con relación a la “realidad social”, una articulación, en particular de la DSC como mediación no simplemente jerárquica, más atenta a varios desarrollos. Primero, el del desafío y valor de lo insustituible (la existencia personal en la “naturalidad ética” de lo familiar) en un mundo de “arte-factos”, modelo de todo “manejo” y valoración de realidad. Segundo, el de la “racionalidad” científico-tecnológica que deriva en masificación, anonimato, incertidumbre, “desmesura” y hasta “idolatría” inmanentista, sólo enfrentable con convicción, lucidez y coraje humanistas e institucionalidad democrática. Tercero, una sensibilidad, conciencia y vivencia cotidiana, de lo histórico tanto en lo “micro” como en lo “macro”, invitando a que la pequeñez social, la humildad histórica y la brizna cósmica que somos, no se desplieguen en desesperación, cinismo o “voluntad de poder”, sino en “potentia oboedientialis”, sensibilidad a los “vestigia Dei”, apuesta pascaliana de que “el hombre supera infinitamente al hombre”.
-Con respecto, por último, a la “praxis de los cristianos”, en línea bíblica, “probarlo todo y quedarse con lo bueno”, “no apagando el Espíritu que sopla donde quiere…”, lo cual comporta varias perspectivas. Una primera, vivir en y de la “afirmación originaria” y no de negaciones o simples reacciones, ratificando así que la primera y última palabra corresponden a “la verdad, el bien y la belleza” y no a la contradicción y el mal. Y que la “historia de la libertad” está abierta, delante de nosotros, cuenta con el “conflicto” ineliminable, pero no “destino fatal”, y que, p. ej. ante la interrogante epocal, que engloba y supera la “crisis del modelo industrial, energético, de desarrollo, de la Modernidad y de la relación natura-cultura” (Ladrière), y que Ricoeur caracterizó como “mutación de la naturaleza profunda del obrar humano”, hay otra apuesta. La apuesta por la “escatología de la razón” en sus diversas figuras, que “adelanta” lo postrero al presente, afianzando la confianza ontológica que sostiene la apuesta de la esperanza (Ladrière). La apuesta, pues, de que la fe, sus articulaciones históricas, no tendrían “complejo de inferioridad o de culpa” ante la objeción o el reproche de haber agotado su “reserva de sentido” y su capacidad de humanización.
Una segunda, sin embargo, la de no “canonizar” ninguna praxis como “orto…” en un sentido exclusivo o excluyente, ni siquiera las jerárquicas en estas materias, por razones múltiples, algunas ya enunciadas; y sin que ello dispense a esta instancia fundamental de la comunidad de fe, de atreverse a “ensuciarse las manos”, como si la simple proclamación de principios, el enunciado de criterios y la formulación de orientaciones – necesarios, pero no suficientes - agotasen o reflejasen, en las coordenadas actuales y según las circunstancias, lo único o lo mejor de su derecho magisterial, su deber testimonial, su compromiso de servicio humanizador, todo lo cual pertenece a la integralidad de la fe. En esa misma línea, se impone una “denuncia profética”, un anuncio repetido y contundente y, sobre todo, respuestas ante la ausencia significativa, creativa, sanamente desafiante, de experiencias católicas de “prácticas y obras” de encarnación de la “caridad” en la realidad social, y de esperanza, ante el eclipse indicativo de las mismas en orden a la vigencia de la justicia, la solidaridad y la paz como efecto “católico” (universal) de humanización, signo de la presencia del Dios de la vida, de la libertad y de la fraternidad.
Una tercera, nuevamente, frente al prestigio cuasi-mitológico atribuido a la eficiencia tecnológica o al “primado de la praxis histórica” (Marx) más reificada que analizada y regulada, la ESC debe estar en capacidad de articular, razonable y eficazmente, una acción sobre la naturaleza, no como simple objeto de dominio sin límites, sino como “creación” acogedora y propiciadora; sobre la sociedad en términos de lucidez y responsabilidad creadoras de justicia, solidaridad, libertad, paz y fraternidad; sobre los sujetos como artífices de nuestro propio destino en términos de identidad, respeto de todo otro(a) y reciprocidad o reconocimiento mutuos; sobre la dinámica de deseo y apertura a la plenitud. Se trata del primado de una razón práctica apostando que, como experiencia de gratuidad y sobreabundancia por Gracia, por Caridad, como acción libre de acogida de luz, fuerza y experiencia de la “hermana menor esperanza” (Péguy) por la presencia del Espíritu de Dios, de Cristo, ella debe poder ser “veri-ficación” de una fe históricamente actuante, intencionalmente fraterna y co-laboradora, con otros, potencialmente con todos, en el proyecto de perfeccionamiento de la Creación y de vigencia de la Redención, porque “donde abundó el pecado sobreabundó la Gracia”, ya que la convicción más profunda y eficaz radica en lo que Karl Rahner resumió, en buena medida, como su confesión de fe teologico-antropológica: “el cristiano del siglo XXI será místico o no será”, porque “Dios es el futuro absoluto del hombre”.