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22/06/2017

Teilhard de Chardin: una visión cristiana para el hombre de hoy. Ensayo

  • Helio J. González
  • Visto: 1663

Introducción

El propósito de este trabajo surge de una necesidad personal de plasmar con mis palabras las múltiples ideas que tengo sobre la obra del Padre Pierre Teilhard de Chardin. Aunque no soy biólogo, ni paleontólogo, ni filósofo, sino simplemente un ingeniero en telecomunicaciones, soy un apasionado por los problemas de la Evolución y por sacar de ella un sentido.

Soy cristiano desde pequeño, desde el seno de mi hogar recibí una educación acorde con las enseñanzas de la Iglesia Católica con la que mis padres estaban profundamente comprometidos, yme eduqué en una escuela católica regida por hombres ejemplares, los Hermanos de la Caridad, que fueron expulsados de Cuba en 1961 en el vapor Covadonga unos meses después de la confiscación de nuestro Colegio de la Caridad.

En 1967 comencé mis estudios de ingeniería en la Universidad de la Habana (CUJAE). Eran tiempos difíciles, el totalitarismo comunista se había enseñoreado de nuestra patria, había miles de presos de conciencia, miles de compatriotas habían sido fusilados y los movimientos de oposición habían sido cruelmente destrozados, la sociedad civil no existía más. La Iglesia, único refugio contestatario existente, languidecía. El régimen se sentía poseído de la verdad suprema y el pueblo lleno de un temor paralizante, obedecía. El año 1969 llamado “del esfuerzo decisivo” fue de una represión ideológica increíble, como antesala del “de la zafra de los diez millones”. El estudiantado que yo había conocido en el Pre-Universitario de Güines, todavía levantisco ideológicamente, se me presentaba desconocido, ahora en la Universidad eran todos, jóvenes o menos jóvenes, (pues había grupos de trabajadores inclusive algunos cuarentones convertidos en estudiantes, por planes especiales del gobierno), casi unánimemente “revolucionarios” , marxistas y ateos, al menos en su cara visible. Recuerdo que teníamos un grupito que no se tragaba aquello, y yo como católico era la cabeza visible y desconcertante, a quien siempre se apegaban; uno de ellos, José Galán era su nombre (y a quien pude encontrar en el exilio después de muchos años) fue muy valiente, pues sin ser creyente dijo serlo para que no lo incluyeran en la cantera de la UJC. Realmente éramos un pequeño grupito dentro de un grupo de más de 100, los que no simpatizábamos con el gobierno de manera abierta pero a la vez cuidadosa y tímida para no ser reprimidos con la expulsión de la universidad. En eltercer año se nos unió el hoy arzobispo de Santiago de Cuba, Mons. Dionisio Garcia; para mí fue tremendo aliciente, pues de esa forma ya no era yo el único católico practicante. Él venía de pasar dos años de castigo forzado en Isla de Pinos, trabajando en el campo, por ser acusado de “demócrata cristiano”.  Ese ambiente se extendía por todos los sectores de la sociedad, grandes carteles propagandísticos rezaban: “Los hombres mueren, el partido es inmortal” y de veras, no era fácil ser cristiano en ese ambiente, no sólo por la represión directa, sino por la indirecta en la que los creyentes aparecíamos ante los ojos de todos, como “tontos”, “anticientíficos”, casi que “retrasados mentales”. Cómo se podía creer en un Dios, cuando la “ciencia” y el “materialismo histórico” demostraban su no existencia. Era una falacia inventada por los “imperialistas y el clero”.  Los creyentes caíamos automáticamente en el bando de los “no confiables”, se nos toleraba siempre que nos mantuviéramos calladitos. Era algo muy difícil para un joven de mi edad. Llegó un momento en que me debatía entre la fe de mi infancia y mi adolescencia y el medio en que me desenvolvía y que parecía tener la razón en cuanto a los fundamentos de la ciencia y de la técnica. En lo profundo de mi interior me preguntaba si tenía razón o si eran ellos los que la tenían.

Lleno de dudas y de contradicciones, se desencadenaba mi lucha interior. En medio de tanta dificultad, el descubrimiento de Teilhard de Chardin fue para mí un acontecimiento que marcó mi vida.  El P. Guido Rivard, párroco de mi querido pueblo de Jaruco, me regaló un ejemplar de larevista Informaciones Católicas Internacionales de abril de 1965, en cuya portada se leía, “¿Dónde? ¿Quién? ¿Por qué? El Fenómeno Teilhard”, aunque con años de retraso, aquello era un descubrimiento fabuloso para mí, devoré todos los artículos, las Reflexiones, el Cuaderno Quincenal, uno de ellos, el Testimonio, tenía por título, “Para nosotros cristianos del este…”, escrito por el poeta católico húngaro George Ronay, tenía un sabor especial para los católicos cubanos, era como hecho para nosotros. Terminaba así: “El teilhardismo (al menos para nosotros cristianos del este)  no es una filosofía, es una vida que se expande completándose, un pensamiento que, integrado en la historia, llega a ser parte esencial, fuerza formadora de la historia… El nos hizo, por otro lado, abrir los ojos para ver más completamente, más humanamente y más divinamente a la vez, la moral y el universo. Se puede imaginar, un futuro en el que todas estas teorías científicas serán rechazadas o sobrepasadas; pero permanecerá el sentido de la orientación que él nos dio… siempre avanzaremos en la dirección indicada por él”. Mi lucha interior comenzó a hacerse constructiva, las contradicciones comenzaron a servir a modo dialéctico, de puente por donde avanzar, entonces la vida tanto en el campo de la realidad exterior como interior tomó un sentido, se convirtió en acción optimista en busca de un mundo mejor y la solidaridad entre los hombres en amor cristificado.

El P. Rolando Laneuville (hoy misionero en Kenia) fue consiguiéndome sus libros. Poco a poco, pude leer seis de sus obras o relativas a su pensamiento. En la medida que leía sus libros, o los de otros autores referentes a su obra, iba tomando nota, de tal manera de poder hacer un compendio simplificado de una obra tan extensa y compleja. Mi vida había cambiado para siempre. No era la época del Internet, ni mucho menos de las computadoras, en Cuba ni podía soñarse con ello, ni en ese momento ni muchos años después, nunca pude tener una mientras viví en la Isla. Hasta conseguir una máquina de escribir era difícil. Después de la revista que nombré, el P. Guido siguió prestándome otras, así como otros materiales que recibía de los Padres Misioneros Extranjeros canadienses. Todo era tan nuevo, que me cautivaba.

Las ideas elaboradas por Teilhard como científico eran nuevas, fascinantes y complejas, pero las de contenido filosófico, teológico y religioso, lo eran aún más, pero también más difíciles de comprender y asimilar. Con todo, Teilhard llenaba cada día más esa sed que me poseía. Leerlo, implicaba un acercamiento primero, una maduración después, para lograr, por último una asimilación.

El primer libro que me trajo el P. Rolando, titulado “Origen y Futuro del Hombre”, de Josef Vital Kopp, cumplía con esas características dentro de la complejidad teilhardiana, tenía un lenguaje simple, estaba escrito para que pudiese ser entendido por el lector no especializado. Fue maravilloso. Después, el Dr. Paul Chauchard, me cautivó con “Necesitamos Amar” y “El Ser Humano”, era la visión de este afamado neurofisiólogo francés, sobre el pensamiento de Teilhard. Me sentía ya preparado para leer mi primer libro escrito por el mismo Teilhard, y el padre me consiguió “El Fenómeno Humano”, no tengo palabras para expresar lo que aquello significó para mí. 

Corría el año 1975, la Iglesia sufría, las comunidades  cristianas eran muy pequeñas, el régimen estaba en su etapa triunfal. En la Vicaría-Este de la provincia de la Habana, un grupo de jóvenes profesionales y estudiantes universitarios, aunados por el P. Rolando, formamos el Grupo de Formación de la vicaría, con el fin de comenzar un ciclo de conferencias, que se impartirían en Madruga primero, cubriendo el sudeste de la provincia, y una semana después en Jaruco, por el nordeste. Me tocó inaugurar el ciclo, en Madruga, con una conferencia que llamé “El Hombre” basada en el pensamiento de Teilhard, y a la que asistieron alrededor de 30 personas, nadie se imaginaba el tema y fue tanto el impacto, que la noticia se regó como pólvora, y cuando la repetí una semana después en Jaruco, la iglesia estaba a lleno total con alrededor de 300 personas, es decir 10 veces más que las que habían asistido en Madruga, su aceptación, el estruendoso aplauso, lo que significó para una iglesia como la nuestra, sumida casi que en las catacumbas, nunca lo podré olvidar. Comenzó así esta historia, que ahora les cuento, como iniciación del pensamiento del P. Pierre Teilhard de Chardin. Es muy poco mi aporte personal, es más bien una recolección de notas de las obras que he leído, tratando con ello de reflejar de manera sencilla la obra de este extraordinario sacerdote y científico católico, esperando que para muchos pueda llegar a significar tanto como lo que ha significado para mí.

Primera parte: La Evolución como fenómeno cósmico

El fenómeno Teilhard

Ahora bien, ¿quién fue Teilhard de Chardin? Tomo lo siguiente de “El Correo de la Unesco” de noviembre de 1981: “Hace cien años nacía en Francia Pierre Teilhard de Chardin, llamado a convertirse en una de las figuras más eminentes del mundo científico y filosófico de nuestro siglo”. Ya en 1965 la Unesco había rendidoconjuntamente homenaje a Pierre Teilhard de Chardin y a Albert Einstein, organizando un coloquio internacional dedicado a ambos pensadores, tan diferentes en múltiples aspectos pero aunados por la profundidad y universalidad de sus ideas. El homenaje era con motivo del décimo aniversario de la muerte de ambos, acaecida el mismo año de 1955. En septiembre de 1981, para celebrar el centenario de Teilhard, cuarenta especialistas de diversas ramas de las ciencias exactas y las ciencias humanas se reunieron en un coloquio organizado en la sede de la Unesco en Paris. Los participantes vinieron desde todos los continentes a exponer y debatir sus reflexiones sobre la obra de Teilhard.

Pierre Teilhard de Chardin nació el 1ro de mayo de 1881, en la región de Auvernia, en Francia, en el seno de una familia cristiana. Desde joven sintió un gran interés por todo lo referente al mundo de los minerales. Aquello anunciaba la vocación del gran geólogo que llegó a ser. Al mismo tiempo, su vocación sacerdotal lo hace entrar a la Compañía de Jesús en 1899. De manera paralela a sus estudios de filosofía mantiene su interés por la mineralogía y la geología. De 1901 a 1905 enseña física en el Colegio de la Sagrada Familia en el Cairo, Egipto; posteriormente en Hastings, Inglaterra, donde estudia teología, dedica su tiempo libre a la paleontología.

En 1912, Teilhard comienza su relación científica con Marcellin Boule, quien ya era famoso por sus trabajos sobre el hombre fósil de la Chapelle-aux-Saints, en Francia con el que trabaja en el Museo de Historia Natural de Paris. Al estallar la primera guerra mundial en 1914, se alista como camillero, prestando sus servicios hasta 1919. Esos años fueron decisivos para desarrollar su visión, plasmada en sus Escritos del Tiempo de la Guerra.

Después de la guerra, continúa trabajando en el Museo de Historia Natural. Su asistente, un joven estudiante llamado Jean Piveteau, fue después un miembro muy destacado de la Academia de Ciencias de Francia. Se incorpora también a trabajar en el Instituto de Paleontología Humana. En cada uno de estos lugares, Teilhard establece relaciones con destacadísimos científicos, de gran importancia en el desarrollo de su carrera, en este caso con el abate Henri Breuil, especialista en arte prehistórico, muy famoso por sus descubrimientos en este campo. Su doctorado en ciencias lo dedicó al tema de “Los Mamíferos del Eoceno Inferior Francés”, cuya tesis defendió en 1922.

En 1923 va a China, donde permanece hasta 1946, con interrupciones de viajes a Francia y misiones en Etiopía y Somalia entre 1928 y 1929, y más tarde en India, Birmania e Indonesia. Su experiencia china fue vital para su actividad científica, donde realizó los trabajos investigativos sobre el Sinántropo, el “hombre de Pekín” descubierto en la excavaciones de Chukutien.

Su obra científica tuvo una influencia decisiva en su visión filosófica y teológica. Sus opiniones, extraordinariamente audaces para su tiempo, dieron lugar a que sus superiores no permitieran la publicación de sus libros. Sólo después de su muerte pudieron ser publicados, a través de un comité científico y uno general formados para ese fin.  Cuando en 1946 regresa a Francia, y es invitado a ingresar en el Colegio de Francia, sus superiores jesuitas no lo autorizan  a aceptar tal dignidad. En 1951 se ve obligado a alejarse de Paris. Va entonces a Nueva York donde es acogido por la Fundación Werner Green, llevando a cabo importantes misiones en Africa austral, en 1951 y 1953.

Teilhard había manifestado a sus allegados que deseaba morir un día de Pascua de Resurrección, y precisamente un día de Pascua,  el 1ro de abril de 1955, muere en Nueva York, de un infarto cardiaco.

En una ponencia del coloquio de la Unesco, que citamos al inicio, Ives Coppens, profesor del Museo de Historia Natural de Paris expresó: “Además de su existencia de pensador, escritor y sacerdote, llevó Teilhard una vida intensa como paleontólogo. Cuando consultamos la lista de sus trabajos científicos, nos percatamos de que su producción es la de un excelente investigador, como si no hubiera más que eso en su vida: de cinco a trece artículos o memorias por año, un total de más de 250 títulos a lo largo de unos cuarenta años de investigación… En sus trabajos se observa el habitual deslizamiento de la paleontología, por un lado, hacia la geología, porque es necesario comenzar por el continente para comprender de donde viene el contenido: los fósiles; y, por otro lado, hacia la prehistoria, porque a través del tiempo y de sus depósitos lo que buscamos siempre, consciente o inconscientemente, es el Hombre”.

Cuando leemos a Teilhard vemos una obra cargada de poesía, incluyendo a su obra científica, veamos cómo nos describe la aparición del Hombre:“Cuando por primera vez, en un ser viviente, el instinto se descubrió en su propio espejo, fue el mundo entero el que dio un paso. Y el hombre entró sin ruido.”

Las audaces opiniones emitidas por Teilhard en su obra filosófica, religiosa o teológica, han tenido una influencia que puede sintetizarse en las palabras de Ewert H. Cousins, filósofo de la universidad Fordham de Nueva York en el citado simposio de la Unesco: “… El pensamiento religioso de Teilhard nos ayuda a comprender el fenómeno religioso actual, en sus aspectos ecuménicos y laicizantes. Sus conceptos de convergencia y de complejidad-conciencia iluminan el encuentro entre las religiones. Su comprensión de la fuerza espiritual de la materia permite situar el proceso de laicización en una perspectiva espiritual. Pero su pensamiento no puede ser reducido a una síntesis armoniosa, destinada a nuestra contemplación admirada. Es el llamamiento de un profeta que mira al porvenir y exhorta a las religiones a orientar activamente las energías de los hombres, enfrentados a un momento crítico de su historia. Así, el profano podrá sumirse provechosamente en lo espiritual, y el hombre de espíritu abarcará y animará las energías profanas. En ese sentido, el pensamiento de Teilhard seguirá iluminando la conciencia religiosa de nuestro siglo”.

Hagamos un poquito de historia

El hombre, ese ser tan progresista, que lo cuestiona todo, lo pregunta todo y trata de dar respuesta a todo, siempre se ha cuestionado su condición, el lugar que él ocupa en el Universo y su destino.

Ese hombre ¿es un espíritu envuelto en un armazón de carne y huesos, formado por Dios a su imagen y semejanza? O es lo que parece manifestar de un modo indisoluble la aportación objetiva de la ciencia: producto de una evolución biológica, el hombre sería solamente el descendiente más perfeccionado de la serie animal, donde habría que clasificarlo. Ante toda esta problemática, ¿estamos los creyentes en una posición defensiva y de retroceso ante la ciencia? ¿Es cierta la tesis planteada? ¿El desarrollo de la ciencia acaba con la idea de Dios? ¿Es la evolución prueba de ello?

Trataremos de una manera breve, de analizar todos estos problemas, para después sacar algunas conclusiones al respecto. ¿Qué es la  evolución biológica? ¿Cuál ha sido y cuál es nuestra actitud hacia este fenómeno?

En 1859, el científico inglés Charles Darwin, publicó en Londres, una obra que ha sido quizás una de las más polémicas y al mismo tiempo más trascendentales de la historia, “El origen de las especies por medio de la selección natural”, en la que se planteaba que la vida en la Tierra partía de una raíz y que la evolución, basada en la selección natural y la lucha por la existencia, era el motor que daba lugar a cada una de las especies existentes.  En ese momento no se conocía el factor de las mutaciones, que permitió posteriormente explicar más detalladamente el proceso evolutivo, lo que no podía hacer la obra de Darwin, de todas formas, era un paso fundamental en el desarrollo de la ciencia. La obra, desde su publicación, provocó una polémica extraordinaria, unos la defendieron, otros la atacaron. Los materialistas la hicieron suya, los cristianos fueron sus detractores. Así comenzó la historia de uno de los descubrimientos más importantes del espíritu humano.

Todavía hoy día para muchísimos cristianos la situación es la misma que hace siglo y medio. Sin embargo, durante los 157 años transcurridos desde entonces, los naturalistas han perfeccionado constantemente sus métodos. Además, la corteza terrestre ha ido entregando con bastante generosidad, importantes piezas de su archivo. Los factores aducidos por Darwin, la selección y la lucha por la existencia, podrían explicarse en pocas líneas de la manera siguiente: la hostilidad del medio ambiente, la lucha despiadada por la existencia, el ataque sistemático de los enemigos naturales, hace que la gran mayoría de los seres no llegase a nacer o perezca antes de tiempo; estos hechos dan las condiciones para que opere la ley de la selección natural; cada  individuo tiene que compartir con otros de su misma o diferente especie y que luchar contra las condiciones adversas del medio ambiente; como resultado de esta lucha, la mayoría perece, y sólo sobreviven unos pocos, estos son los mejor dotados, los más capaces, los más adaptados al medio. Así lentamente, se iría mejorando la especie y en el decursar de los siglos, nacería por transformación una nueva especie situada un peldaño más alto en la escala zoológica. A estos factores, se ha añadido el conocimiento decisivo de las llamadas mutaciones o sea las modificaciones bruscas del material hereditario.

El material hereditario consiste en una clase de partículas denominadas genes, que se hallan en los cromosomas de las células reproductoras. Esos genes pueden experimentar cambios repentinos aunque este caso no se dé con frecuencia. Solo uno de cada medio millón de ellos sufre cambios o mutaciones en el mismo lugar del cromosoma y en el curso de una generación. Pero estas variaciones son suficientes para asegurar el fenómeno de la evolución. Las mutaciones de los genes son posibles, porque sus elementos constitutivos son unos compuestos químicos inestables y susceptibles, por lo mismo, de ser alterados por la radiación, la acción química o por otros medios; no teniendo nada que ver todo ello con la adaptación al medio ambiente. Tales cambios producen un notable efecto en las características del organismo; y las variaciones experimentadas por este último son transmitidas por herencia.

Hoy día la evolución, incluso la del hombre, es un hecho indudable; lo único que se resistía a ser captado en términos científicos, era la fuerza motriz que impulsó la progresión ascendente: en una palabra, el cómo de la evolución.

Un nuevo concepto de la idea de Evolución

El concepto de evolución queda muchas veces restringido a la evolución biológica, pero tomemos estos párrafos de “El Porvenir del Hombre”, obra hermosísima del P. Teilhard, para establecer el hilo conductor a que él desea llevarnos, para ver la evolución como un fenómeno cósmico, que está presente en todas partes y en todo momento, en este maravilloso Universo en que nos encontramos.

Para comprender lo que a continuación sigue, es preciso que antes nos compenetremos con la idea de que en el Universo hay movimientos tan lentos que no podemos percibirlos directamente. En sí misma, la noción del movimiento lento es extremadamente sencilla y banal: todos hemos mirado la manilla de un reloj. En realidad, hemos necesitado mucho tiempo para darnos cuenta de que cuanto más estable y más inmóvil nos parecía una cosa en la Naturaleza, más probabilidades tenia de representar un derrotero profundo y majestuoso. Ahora sabemos que el inmenso sistema formado por todas nuestras estrellas constituye una sola nebulosa (la Vía Láctea) en curso de granulación y despliegue; y también que esta nebulosa, asociada a millones de otras unidades-espirales, forma un gigantesco y único súper-sistema igualmente en curso de expansión y de organización. Sabemos asimismo que los continentes oscilan y que las montañas siguen subiendo actualmente bajo nuestras plantas.

Podría decirse que en este momento la ciencia no progresa más que rompiendo una tras otra en el mundo, todas las envolventes de estabilidad, ya que el resultado ha de ser que, bajo la inmovilidad de lo ínfimo, aparezcan movimientos extra rápidos; y, bajo la inmovilidad de lo inmenso, movimientos extra lentos.

De este doble resultado conjugado, no retengamos más que el segundo, el único que aquí nos interesa. Puede expresarse de la manera siguiente: “En el universo todo se mueve; solo que cuanto mayor es una cosa más lento es su movimiento”.

Comencemos por lo más grande, es decir, consideremos primero las galaxias. En sus partes menos condensadas (es decir, en los vestigios que aun conservan del caos primordial), su materia es extremadamente tenue: probablemente hidrógeno, o, en otras palabras, lo que conocemos de más primitivo en el mundo en cuanto a materia individualizada. Un núcleo y un electrón: imposible imaginar cosa más simple.

Descendamos ahora un grado en lo inmenso, y volvámonos hacia las estrellas. Aquí el quimismo es ya más rico. Por una parte, sospechamos la presencia en el centro (tanto de las Gigantes rojas como de las Medianas amarillas y de las Enanas blancas) de elementos pesados y extremadamente inestables de peso atómico superior al uranio. Por otra parte, en la zona superficial, más ligera, que envuelve esta región profunda, el espectroscopio descubre la serie compleja de nuestros cuerpos simples. Así pues, la complejidad sube rápidamente en las estrellas si se comparan con las galaxias originales; y esto es capital, pero sin poder en ningún lado superar un determinado umbral, es decir, sin llegar (con excepción de algunas agrupaciones simples localizadas en la atmósfera incandescente de ciertas estrellas) al nivel de los cuerpos compuestos, es decir, de las moléculas grandes. Es que, incluso en la periferia de estos hogares de energía prodigiosa, la temperatura es demasiado elevada para que resulten estables las combinaciones superiores.

Esencialmente, las estrellas son el laboratorio donde la naturaleza, a partir del hidrógeno primordial, fabrica los átomos, y nada más. Para que la operación siguiera más adelante, habría que suponer dos cosas sorprendentes:

1)      La primera que por una especie de “desnate”, se separe una porción de sustancia estelar, procedente únicamente de la zona superficial de los átomos ligeros que no se halle amenazada continuamente por la desintegración radiactiva. Las moléculas grandes, en efecto, solo pueden construirse con elementos que poseen una estabilidad casi indefinida.

2)      Y la segunda es que esta nata de estrellas, estable y ligera, ahora ya a cubierto de las tempestades de energía que se desencadenan en el corazón del astro que la ha formado, se mantenga, sin embargo, lo bastante próxima a él para beneficiarse moderadamente de su irradiación, porque las moléculas grandes exigen energía para realizar su síntesis.

Ahora bien, estas dos operaciones providenciales (selección de una pasta adecuada, y su tratamiento en un “horno” conveniente), ¿no son precisamente las que ha realizado, con un solo gesto, la estrella misteriosa, el astro-padre, que al rozar un día a nuestro Sol, separó de su superficie, para dispersarla luego a todas las distancias, la masa filamentosa de la que han nacido los planetas?

Ahora se ve claro a donde quería llegar, o más exactamente, a donde nos lleva irresistiblemente el hilo conductor que hemos escogido. Sí, a pesar de su enormidad y de su esplendor, las estrellas no llegan a impulsar la génesis de la materia mucho mas allá de la serie de los átomos, en cambio, sobre los muy oscuros planetas y solo sobre ellos, tiene probabilidades de proseguirse la misteriosa ascensión del mundo hacia los altos complejos. Por imperceptible y accidental que sea el lugar que ocupan en la historia de los cuerpos siderales, los planetas son al cabo nada menos que los puntos vitales del Universo. Porque por ellos pasa ahora el eje, sobre ellos se concentra ahora el esfuerzo de una evolución que se dirige principalmente hacia la fabricación de las moléculas grandes.

Confieso que nos quedamos anonadados ante la extrañeza y la improbabilidad de que haya astros semejantes  al que nos sostiene. Pero, ¿no nos muestra la experiencia cotidiana que, en todos los órdenes y en todos los niveles las cosas no se logran en la naturaleza más que a costa de un derroche y de un azar loco? Una reunión de azares escandalosamente frágil preside regularmente el nacimiento de los seres más preciosos y de los más esenciales. Inclinémonos ante esta ley universal, en la que, tan extrañamente para nuestras mentes, se mezcla y se confunde con la finalidad el juego de los grandes números."

Estos párrafos tomados de “El Porvenir del Hombre” del P. Teilhard nos dan pie para el siguiente análisis:

1)   De la observación del Universo podemos concluir que todo está en movimiento. Tanto lo inanimado como los seres vivos se encuentran en proceso de organización y despliegue. El mundo sólo aparece estático a nuestra mirada instantánea. El universo entero es una masa que ha estado en transformación desde el principio, sigue estándolo hoy y lo estará también en el futuro.

2)   Los sistemas de unidades-espirales (galaxias-estrellas-planetas) en que se ha ido organizando el Universo, forman sistemas cada vez más complicados. Toda la materia del mundo proviene de la estructuración de pequeñas partículas elementales que se organizan para formar elementos cada vez más complejos. Si en las zonas menos condensadas de las galaxias solo tenemos hidrógeno, ya en las estrellas el quimismo es más rico, y en los planetas ya existen las condiciones para la formación de las moléculas grandes.

3)   Y lo que es fundamental, el juego del azar, en el  que vemos como aparecen azares escandalosamente frágiles, que interactúan para dar lugar a los seres más importantes y esenciales. No queda más remedio que confirmar la naturaleza de esta ley universal del azar controlado, del azar como finalidad.

Así  también lo expresa  el célebre astrofísico canadiense Hubert Reeves en su obra “Paciencia en el azul del cielo”:

“El lector de Monod habrá notado hasta qué punto mi visión de los acontecimientos difiere de la suya. Es una cuestión de interpretación. Los hechos los aprendo de los biólogos. Han sido adquiridos por medio de una tecnología científica que presenta todos los caracteres de la objetividad. Pero la interpretación de los hechos procede de la persona entera, comprendida su lógica, sus emociones, sus pulsiones, sus vivencias anteriores. Implica a la vez a la observación y al observador. A ese nivel, no es «objetiva». Cada persona tiene la suya, que conviene respetar, pero no forzosamente adoptar. Para Monod, el papel esencial del azar en la evolución biológica prueba la ausencia de una «intención» en la naturaleza. En ese sentido, denuncia como ilusoria la antigua alianza del hombre con el universo. El hombre es un accidente del trayecto, en un cosmos vacío y frío. Es un hijo del azar. Cierto. Pero del «azar controlado». Quitémonos el sombrero ante la naturaleza que ha dominado al «azar» para hacer de él un admirable aliado.”

Todo esto implica un nuevo concepto de la Evolución. Pero dejemos que sea el Profesor Claude Cuenot, en su libro “Teilhard de Chardin” quien nos presente de una manera muy clara este concepto:

“En el siglo XIX, la ciencia de la materia todavía estaba próxima a la matemática pura, a pesar de la irrupción en ella de una noción histórica, cual es la de la entropía, que consiste en la degradación irreversible de la energía en calor, que implica a su vez la evolución del mundo hacia estados cada vez más probables estadísticamente, en los que exista una igual distribución de la energía. Pero hoy día, aunque la evolución de la materia es algo menos segura que la de la vida, en todo el reino de la materia pura se habla corrientemente de una génesis de átomos y de estrellas, puesto que estas funcionan como gigantescos reactores nucleares en los que el hidrógeno, nacido a su vez de la granulación de la energía, se transforma en helio y en átomos más pesados”. 

Hoy tenemos que ver entonces a la evolución no como un concepto aplicable sólo a los seres vivos, sino como un concepto universal aplicable a todo lo que forma parte del mundo real, la materia, la vida, el hombre. En este movimiento complejo, tenemos entonces que reconocer una génesis del mundo, una cosmogénesis, es decir, la evolución no es una hipótesis limitada que nos permite explicar solamente la sucesión de las especies, es un fenómeno aplicable a todo un universo en vías de organización y despliegue.

La ley de Complejidad-Conciencia

La obra científica de Teilhard está realizada con gran rigor, y podemos ver en ella toda una serie de planteamientos  e ideas, que para muchos son totalmente nuevas y que representan no sólo un desafío a nuestras formas tradicionales de pensamiento, sino que representan una nueva arquitectura sobre la cual erigirnos con potencialidades de una dimensión extraordinaria. Demos continuidad a esta historia tomando las propias palabras de Teilhard.

"Existe, propagándose a extracorriente a través de la entropía, una deriva cósmica de la Materia hacia estados de orden cada vez más centro-complicados (y esto, en dirección a un tercer infinito –Infinito de complejidad- tan real como lo Ínfimo y lo Inmenso). Y la conciencia se presenta experimentalmente como el efecto específico de esta complejidad llevada a valores extremos."

Dejemos que sea el Profesor Cuenot quien nos adentre dentro de esta nueva concepción:

“Esta cosmogénesis, en su deriva profunda, no es un movimiento periódico, sino un movimiento de convergencia, pues los objetos y los seres tienen tendencia a agruparse en conjuntos cada vez más complicados y ligados y esta complicación está caracterizada por un parámetro especial, pues cuanto más aumenta la complejidad, es decir, cuanto mayor progreso hay en la coordinación y en la centración, tanto más aparece la conciencia en su interior. Los grandes conjuntos constituyen sistemas cerrados, relativamente independientes del exterior y, al propio tiempo, focos de indeterminación y de espontaneidad y, por consiguiente, de libertad. Esta es la ley de complejidad-conciencia.

Esto nos permite mirar al mundo con una nueva visión, no cosificada, no dual, sino solidaria, en cosmogénesis, donde cambian las relaciones entre espíritu y materia; ya no son dos categorías yuxtapuestas, sin relación de la una con la otra. Además esta cosmogénesis es de tipo convergente, la génesis del espíritu necesita que haya materia estructurable, ya que la magnitud de ésta determina el grado de conciencia. Esto no es materialismo, como nos lo explica Teilhard, lo que subsiste es la parte espiritualizada, la cima espiritual.

Ya tenemos pues los tres factores que nos permitirán explicar la evolución, de ellos hay uno que nos permite explicar toda la Evolución, desde el átomo hasta el hombre, es la ley de Complejidad-Conciencia, o ley de Teilhard. Hasta ahora sin embargo, hemos analizado esta ley desde afuera, como en una perspectiva histórica, es decir, hemos enunciado la ley de acuerdo al comportamiento de la evolución, de acuerdo a lo que ha sucedido. Pero toda ley tiene un por qué. ¿Por qué la materia revela esta tendencia que la lleva hacia estados cada vez más complicados, más centrados, de grados de organización mayores?

El Interior de la Materia Cósmica

Este fenómeno cósmico exige una explicación. Según Teilhard, solo existe una explicación suficiente y coherente: él la llama el “lado interior de la materia cósmica”.

Dice el célebre neurofisiólogo francés Dr. Paul Chauchard en su obra “El Ser Humano”, que el descubrimiento más importante de Teilhard es que puesto que "en el fondo de nosotros mismos, sin discusión posible, aparece un interior",es necesario concluir de ello no que el hombre es una excepción y que esta interioridad no concierne a la ciencia, sino que "es suficiente para que en un grado o en otro, este interior se imponga como existente en todas partes y desde siempre en la naturaleza". Ya que, en un punto de sí misma, la tela del universo posee una cara interna, forzosamente tiene que ser de doble cara por estructura; es decir en toda región del espacio y del tiempo, coexistente con su exterior, existe un interior de las cosas.

En el hombre este interior o conciencia salta a la vista en forma innegable. Hasta para explicar los modos de comportarse de los vertebrados este interior es imprescindible. Incluso el comportamiento de los insectos es inexplicable sin este interior. En el mundo vegetal es ya más difícil de captar al igual que en el mundo inanimado. En este último, aunque de una forma muy débil, también podemos por analogía extender el concepto, en este caso la interioridad no es más que un interior consistente en las interacciones energéticas unificadoras. La diferencia radica en el grado de menor complejidad de los elementos.

Por lo que “el interior de la materia cósmica” es una de las propuestas fundamentales de la visión teilhardiana, con ella se explica esta cosmogénesis convergente, esta historia del universo, en ella, en contradicción con lo que nos depararía la  entropía, que consiste en la degradación irreversible de la energía en calor, y daría lugar a una evolución del mundo hacia estados cada vez más probables estadísticamente, sucede todo lo contrario, el universo se mueve hacia estados cada vez más improbables, hacia sistemas cerrados cada vez más complicados, en otras palabras, hacia la complejidad. Es por ello que Teilhard asume esta postura totalmente revolucionaria en su condición de científico, la vida, y la conciencia no son más que una propiedad general del universo.

Sobre ello, el  Profesor Cuenot, en su obra “Teilhard de Chardin” nos explica: “Pero al estudiar aquí el primer tema de la filosofía teilhardiana, ya no estamos en el plano de las ciencias positivas; acabamos de alcanzar el primer estadio de la reflexión filosófica, a saber, el de una fenomenología, es decir, una ciencia generalizada y unificada, que ofrece una visión coherente del universo, la cual, a su vez, implica una primera obertura metafísica (conocimiento de los principios primeros y de las causas de las cosas). Estamos en lo ultrafísico (esfuerzo por englobar materia y espíritu, es decir, la totalidad de nuestras experiencias, en una misma explicación coherente y homogénea del mundo; lo que sería en sentido amplio, una historia natural), cuyo primer estadio es susceptible de ser alcanzado por la ciencia, si esta obedece hasta el fin a su exigencia de superación, a su dinamismo interno, que la obliga a una descripción unitaria del mundo. Afirmar que el interior de las cosas, en un grado infinitesimal, se encuentra hasta en el mismo átomo, es obedecer sencillamente a una exigencia de inteligibilidad. La estructura del mundo es a la vez continua y discontinua. La física de Einstein nos enseña que la masa de los cuerpos aumenta con la velocidad, pero esta propiedad solo se revela en el caso de las grandes velocidades, que se aproximan a la de la luz. Es inobservable en nuestra experiencia común y sin embargo, existe, puesto que si no existiera incluso en nuestras débiles velocidades, tampoco aparecería nunca. De modo semejante actúa Teilhard cuando considera la vida y por consiguiente, la conciencia, como propiedades cósmicas. Una y otra, son imperceptibles en los niveles inferiores, pero no por esto dejan de estar en estado latente. Espíritu y materia son comparables a dos láminas. En las bajas complejidades, la “lámina” espíritu es infinitamente delgada. Solo se hace más gruesa lentamente, mientras que la lámina materia tiende a adelgazarse. Únicamente en el hombre ambas laminas tienen igual espesor, si se me permite la expresión”.

Antes de terminar con la primera parte de este trabajo, quisiera añadir algunas reflexiones que nos ayudarán a comprender lo que hemos visto. También pudiéramos decir que figurena modo de conclusión de esta parte. Esta fenomenología, implica una visión evolucionista y totalizadora del universo y del hombre. Es un esfuerzo de síntesis, en el que no sólo se explica el pasado, sino que este pasado, ilumina el futuro, así Teilhard nos muestra una visión completamente nueva y vigorosa, que va mucho más allá de la ciencia.

Tomo esta reflexión de la ponencia del P. Francois Russo, “Audacias de un inconformista¨ en el simposio de la Unesco, citado anteriormente: “Para explicar ese pensamiento debemos, sin embargo, distinguir sus tesis principales, estrechamente vinculadas unas con otras… Aunque Teilhard no las presentara de ese modo, es posible agrupar esas tesis en dos categorías. La primera abarca los planteamientos que se derivan en forma bastante directa de la ciencia, especialmente de la paleontología y de la teoría de la evolución. Las formulaciones que integran la segunda categoría se hallan más alejadas de la ciencia y proceden principalmente de la filosofía y la fe cristiana de Teilhard… En las tesis de la primera categoría debe destacarse, en primer lugar, la ley de la complejidad-conciencia. Aunque otros, antes que él, ya la habían intuido, Teilhard fue el primero en formularla expresamente y en todos sus alcances. Esta ley comprueba que la evolución se nos presenta bajo la forma de dos crecimientos paralelos, vinculados estrechamente entre sí: el de la complejidad (especialmente del sistema nervioso) y el de la psiquis y la conciencia… Esta ley, a la que Teilhard atribuía importancia fundamental, apenas sobrepasa la ciencia entendida en sentido estricto. Es notable comprobar, como se viera en el coloquio de la Unesco, que hoy día esa ley es aceptada casi unánimemente por todos los que se esfuerzan por comprender el fenómeno de la evolución, cualesquiera que sean sus convicciones filosóficas o religiosas”.

En 1999, Ursula King, profesora y directora del Center for Comparative Studies in Religion and Gender en el departamento de teología y estudios religiosos de la Universidad de Bristol en Inglaterra, y autora de varios libros sobre Teilhard, publicó la obra “Teilhard de Chardin-Escritos Esenciales”, donde nos presenta y resume su pensamiento. Veamos como ella nos abunda en lo  anterior: "Una experiencia clave (para Teilhard)fue el descubrimiento del significado de la evolución, que condujo a su creativa mente hacia nuevas direcciones. La comprensión del dinamismo de la evolución, del ritmo y del significado del cambio en miríadas de formas vivas, expandió su sentido de plenitud e hizo que se sintiera parte de una realidad mucho más amplia, de una totalidad más grande. Al estudiar el exterior de las cosas, su apariencia y composición externa, se vio llevado a descubrir su interior, su corazón y su alma. El descubrimiento de la evolución –no como un proceso mecánico exterior, sino como un modelo dinámico y vivo en un universo que se despliega de una manera evolutiva- produjo una tremenda ruptura en su vida psicológica, intelectual y religiosa: quebrantó las rígidas divisiones del dualismo tradicional entre materia y espíritu haciendo que advirtiera que no eran dos cosas separadas, sino dos aspectos de una misma y única realidad; no son idénticos ni están fundidos, sino que uno conduce al otro, pues la materia ardiente descubre el fuego del espíritu. Esto le dio un inmenso sentido de liberación, le produjo un gran estremecimiento y le proporcionó un sentido de expansión interior. Con extraordinaria intuición y sensibilidad, y con gran belleza lírica, alabó la potencia espiritual de la materia, el torrente de energía y el crisol del espíritu."

2da Parte. La ciencia, la filosofía y la fe cristiana de Teilhard de Chardin

El Ascenso de la Vida

Dirijamos ahora nuestras reflexiones al nacimiento de la vida. En opinión de Teilhard, no podemos experimentar el brotar de lo orgánico de lo químico, el de lo vivo de lo prevital, porque este brotar estaba ligado a materias sumamente delicadas, que hoy se encuentran resueltas en sedimentos hace mucho tiempo transformados. En todo caso, el origen de la vida no es un hecho simple, uniformemente progresivo. Con la aparición de la vida se salta de un estadio a otro. La célula es el comienzo de un orden nuevo.

El Profesor Cuenot nos lo explica de la forma siguiente: “La agitación de las partículas subatómicas enloquece al físico que no sabe como clasificarlas, ni como describir sus transmutaciones. Más los átomos que, hasta el uranio y los transuránidos ya representan toda una gama de complejidades, tienden a unirse en moléculas y, merced a las valencias del carbono, en megamoléculas que, al llegar a cierto estadio de complejidad, son capaces de construir otras moléculas idénticas. Alborea la vida, cuyo descubrimiento fundamental va a ser enseguida la célula. Dicho de otra manera, a través  de umbrales críticos de emergencias (síntesis que revelan propiedades inesperadas), la misma evolución de la vida prolonga un movimiento de complejificación que está en marcha desde los orígenes, desde la granulación de la energía en partículas elementales. La biología en resumen, no es más que la física de las altas complejidades y esto además es causa de que la vida respete íntegramente, aun cuando pueda parecer paradójico, las leyes de la física y de la química. Dicho de otra forma, la vida, como cualquier otra cosa, lanza sus prolongaciones hasta lo infinito en la materia “inanimada”; la vida está por así decir, a presión en  el universo”.

Es decir, este nacimiento de la vida consiste una vez más, en un incremento del carácter sintético de la materia, en un salto a una esfera superior de complejidad. Y esta mayor complejidad exterior corresponde a su vez a un grado superior de interioridad. Esta extraordinaria complejidad de la vida, no hace más  que manifestar con más evidencia una deriva general de la materia hacia elevados grados de complejidad que parecen desafiar las leyes del azar. Por una parte la caída hacia lo probable, por otra la ascensión hacia lo improbable, como ya habíamos explicado, por ser contraria a lo que la entropía nos depararía.

Aquí es donde se plantea la importante cuestión del ascenso de los seres vivos. Aunque se dé en realidad la lucha por la existencia, la selección natural y la repentina aparición de mutaciones, no bastan para explicar la evolución superior de la vida. La evolución opera según una orientación determinada. Avanza en la dirección de un eje privilegiado. Se manifiesta una línea clara del progreso. Y en esta evolución hacia arriba se da una nota y medida común del progreso: el sistema nervioso y el cerebro. Vemos como se cumple siempre y cada vez en mayor medida la ley de complejidad-conciencia.

La aparición del hombre

A la evolución de los seres vivos le falta dar un paso fundamental, el del ser humano. En el Fenómeno Humano, una de las obras más importantes y representativas de su pensamiento, Teilhard nos lo describe detalladamente, no sólo con la precisión del científico, sino también con una gran carga poética. Josef Vital Kopp, en “Origen y Futuro del Hombre” nos presenta la visión de Teilhard, de una forma simple y también cargada de poesía, veámoslo: "Dirijamos ahora más concretamente nuestra atención a la época de la Tierra en que se sitúa la aparición del hombre. A fines del terciario la Tierra estaba cubierta de selvas y animales como los actuales. Es un período de tranquila superabundancia. Pero la evolución no ha terminado, todavía falta dar un último salto hacia arriba. La tensión síquica se eleva. Donde más se ha elevado la temperatura conciencial es en los mamíferos. Sin embargo muchos de ellos se han metido en un callejón sin salida morfológico. Muchos vinieron a ser prisioneros de sus instrumentos de carrera o de rapiña. En cambio los llamados primates, animales de cerebro y manos se portan con prudencia: no han seguido desarrollando los dientes, han conservado los cinco dedos, se han mantenido simples exteriormente y por tanto más libres para la evolución interior. En ellos la evolución, ese impulso hacia delante, ha descuidado todo lo demás y se ha especializado en el cerebro. En este complejo, lo premeditado de la finalidad ha actuado en la mejor forma posible.

De una vez, hace cosa de un millón de años, se presenta el momento más preñado de consecuencias para nuestro planeta. Se verifica un gran salto, un salto que sobrepuja todo lo mensurable, un salto no sólo a una esfera superior, sino a un orden verdaderamente nuevo. Como una flecha, el hombre se dispara del complejo de los seres dotados de manos y cerebro. Helo ahí de repente. Enciende fuego, se labra armas con las piedras, entierra a los suyos. Él no sólo mira alrededor, sino también dentro de sí. Sólo él sabe que sabe. El hombre es un alguien, una personalidad, con individualidad y libertad. Como fenómeno completamente distinto que es, como fenómeno corpóreo-espiritual, es una prueba fehaciente y viva de que la teoría evolucionista había descuidado hasta ahora una dimensión entera: el interior de la materia cósmica.

Así pues, al final del terciario y durante cientos de millones de años la temperatura síquica en el árbol de la vida se había venido elevando. Los sistemas nerviosos se habían ido concentrando y complicando cada vez más. Para dar a entender esto de alguna manera Teilhard se sirve de una imagen: a 99 grados el agua es todavía agua, a 100 grados se pone a hervir. Se trastorna completamente el equilibrio interior. Sucede un nuevo estado, un agregado en forma de vapor. Al igual que la aparición de la vida, la aparición del hombre no se efectuó paulatinamente. Es el repentino e irreiterable salto que franquea un umbral entre dos generaciones, una especie de mutación a una nueva naturaleza.

El hombre es obra de la naturaleza entera. La tierra entera, forcejeando hacia delante, ha trabajado en ella y con miras a ella. Es el resultado de un esfuerzo total de la vida. Por eso el hombre no es sólo una nueva rama en el árbol de la vida. No es un añadido casual, que como cualquier otra especie animal hubiera podido faltar. El hombre es la cima a la que tiende desde el principio todo el tantear de esta Tierra. El hombre es por consiguiente la flor de la evolución, a la que se tendía desde un principio y que se preparó lenta y consecuentemente durante miles de millones de años."

 Veamos ahora cómo nos la presenta, Claude Cuenot en su obra “Teilhard de Chardin”:

Hemos visto como Teilhard se resiste a la opinión de que la vida sería un modo de moho accidental. Helo ahora que rechaza la idea según la cual el hombre no sería más que un suboficial de porvenir en el gran ejercito de los monos, un animal que habría ganado en la lotería de los cromosomas.

Pero este acontecimiento no es una cosa cualquiera y cuando en vez de permanecer anegados en esta humanidad en que vivimos, tratamos de emerger, de tomar altura, llegamos a percibir, la magnitud del fenómeno en el que estamos prendidos, que es algo infinitamente mayor y más poderoso que la erección de una cordillera, puesto que en un millón de años ha conseguido cambiar totalmente la faz de la tierra. Así pues la aparición del hombre es un fenómeno. Podemos designarlo con el termino hominización. La vida se hominiza.

El animal sabe, pero no sabe que sabe, el hombre sabe que sabe, hasta tal punto que ha llegado a ser capaz de tomar su propio pensamiento como objeto de reflexión. Desde luego, esto no se ha producido de golpe, el hombre ha sido primero faber, luego sapiens. Pero en resumidas cuentas, el pensamiento se ha esparcido por toda la Tierra y el fenómeno humano posee una extensión tan vasta como toda ella.

Ahora bien como la noosfera (o envoltura pensante) constituye un umbral original (Teilhard es tan sensible a las discontinuidades como a la continuidad), no por ello es menos hija de la biosfera. Cuando se habla de evolución a menudo se tiene tendencia a colocar muchas cosas en un mismo plano, evolución de un cerebro, de un miembro, de unos dientes. Pero es preciso comprender que todas estas diferentes transformaciones son de tipo muy distinto. Una sola de ellas es verdaderamente fundamental, una sola tendencia evolutiva recorre en profundidad toda la vida, la que lleva hacia una mayor espontaneidad o hacia una mayor conciencia y se traduce en todos los grupos en un aumento y concentración del sistema nervioso. Esto se reconoce en los insectos, en todos los grupos de vertebrados por separado y en particular, en la línea de los primates. Si admitimos esto, nos daremos cuenta de que esta multitud de transformaciones de la vida, viene regida por una tendencia profunda y simple que puede servir para determinar la marcha del movimiento evolutivo y su naturaleza: es la cefalización, es decir, la edificación de cerebros mayores y más complejos, el acercamiento gradual hacia más conciencia y en fin, hacia más pensamiento. Entonces nos daremos cuenta de que el fenómeno humano no aparece como el resultado de una serie accidental de circunstancias, sino como el término natural de todo lo que podemos captar a nuestro alrededor en la vida que se desarrolla.

Así pues, el fenómeno humano, no solamente presenta una gran novedad, una gran extensión, sino que se ofrece como el término de una operación que parece enlazarse con la historia más profunda de toda la Tierra. La materia, en condiciones óptimas tiende espontáneamente a vitalizarse, la vida, en idénticas condiciones, tiende a hominizarse. La noosfera prolonga la biosfera, la noogénesis o nacimiento de la inteligencia reflexiva (puede también llamarse antropogénesis o nacimiento del hombre) prosigue la línea de la biogénesis”.

El Fenómeno Humano

Para poder entender la profundidad de esta tesis, es necesario que tengamos presente que, Teilhard fue un paleontólogo, como tal se dedicó al estudio de los fósiles, al estudio de la Evolución del Hombre. Es precisamente al estudiar al Hombre como Teilhard conforma su Visión. Esta Visión es una Historia y en esa Historia se suceden los hechos desde la formación del cosmos, pasando por la formación de la vida, llegando al nacimiento del pensamiento individual, y aquí la Historia no se detiene sino que avanza hasta la formación y desarrollo del pensamiento en una fase colectiva. Es decir la Historia que hemos contado tiene como parámetro principal a la Evolución y ésta se desarrolla a través de una Cosmogénesis, que nos lleva a una Biogénesis, que desembocando en una Antropogénesis, elabora sus fuerzas hasta formar una Noosfera, que desarrollándose cada vez más completa este cuadro. Para poder entender toda esta historia tenemos que ser capaces de VER. Dejemos entonces que sea el mismo Teilhard quien nos presente el cuadro de esta fenomenología, a través de algunos párrafos que he extraído de su prólogo de “El Fenómeno Humano”, obra en que expone su credo.

Ver

Estas páginas representan un esfuerzo por ver y hacer ver lo que es y exige el Hombre si se le coloca, enteramente y hasta el fin, dentro del cuadro de las apariencias.

¿Por qué tratar de ver? Y por que dirigir de una manera especial nuestra mirada hacia el objeto humano?

Ver. Se podrá decir que toda la Vida consiste en esto (sino como finalidad, por lo menos sí esencialmente). Ser más es unirse más y más: estos serán el resumen y la conclusión misma de esta obra. Sin embargo lo comprobaremos más aún: la unidad sólo se engrandece sustentada por un acrecentamiento de conciencia; es decir, de visión. He aquí por qué, sin lugar a dudas, la historia del Mundo viviente consiste en la elaboración de unos ojos cada vez más perfectos en el seno de un Cosmos, en el cual es posible discernir cada vez con más claridad. La perfección de un animal, la supremacía del ser pensante, ¿no se miden por la penetración y por el poder sintético de su mirada? Tratar de ver más y mejor no es, pues, una fantasía, una curiosidad, un lujo. Ver o perecer. Tal es la situación impuesta por el don misterioso de la existencia a todo cuanto constituye un elemento del Universo. Y tal es consecuentemente, y a una escala superior, la condición humana.

…………………………………………………

Pero para ello es necesario que acomodemos de una manera correcta nuestra visión.

Desde que existe el hombre, se ofrece como espectáculo a sí mismo. De hecho, desde hace algunas decenas de siglos, no hace otra cosa que autocontemplarse. Y ello no obstante, apenas si empieza a adquirir una visión científica de su propia significación en la física del mundo. No debemos extrañarnos demasiado de este lento despertar. Nada resulta tan difícil a menudo de percibir como aquello que debería “saltarnos a la vista”. ¿No le es necesaria al niño una educación especial para aislar las imágenes que asaltan su retina recién abierta al mundo que le rodea? Para descubrirse a sí mismo hasta el fin, el Hombre tenía necesidad de toda una serie de “sentidos” cuya gradual adquisición, según diremos, llena y marca los hitos de la historia misma de las luchas del Espíritu.

·         Sentido de la inmensidad espacial, tanto en lo grande como en lo pequeño, que desarticule y espacie, en el interior de una esfera de radio indefinido, los círculos de objetos que se comprimen a nuestro alrededor.

·         Sentido de la profundidad, que relegue de una manera laboriosa, a lo largo de series ilimitadas, sobre unas distancias temporalmente desmesuradas, los acontecimientos que una a manera de gravedad tiende de forma continua a comprimir para nosotros en una fina hoja de Pasado.

·         Sentido del número, que descubra y aprecie sin pestañear la multitud enloquecedora de elementos materiales o vivientes que se hallan empeñados en la más mínima de las transformaciones del Universo.

·         Sentido de la proporción, que establezca en lo posible la diferencia de escala física que separa, tanto en dimensiones como en ritmos, el átomo de la nebulosa, lo ínfimo de lo inmenso.

·         Sentido de la cualidad o de la novedad, que pueda llegar, sin romper la unidad física del Mundo, a distinguir en la naturaleza unos estadios absolutos de perfección y de crecimiento.

·         Sentido del movimiento, capaz de percibir los irresistibles desarrollos ocultos en las mayores lentitudes (la agitación extrema disimulada bajo un velo de reposo), lo completamente novedoso deslizándose hacia el centro mismo de la repetición monótona de las mismas cosas.

·         Sentido de lo orgánico, finalmente, que descubra las interrelaciones físicas y la unidad estructural bajo la superficial yuxtaposición de las sucesiones y de las colectividades. 

A falta de estas cualidades en sus estructuras, el Hombre continuará siendo indefinidamente para nosotros, hágase lo que se haga para que podamos ver, lo que aún resulta ser para tantas inteligencias: un objeto errático dentro de un mundo dislocado. Que se desvanezca, por el contrario, en nuestra óptica la triple ilusión de la pequeñez, de la pluralidad y de la inmovilidad y el Hombre adquirirá la situación central que habíamos anunciado: cima momentánea de una Antropogénesis que corona a su vez una Cosmogénesis.

……………………………………………………….

El Hombre pues, no como centro estático del Mundo (como se ha creído durante mucho tiempo), sino como eje y flecha de la Evolución, lo que es mucho más bello.

Más personal y de aceptación menos generalizada es esta última gran formulación de Teilhard de que el surgimiento de la vida no puede ser considerado en modo alguno como un accidente o una anomalía, sino como un proceso ineluctable que, en esencia, constituye un ascenso del Espíritu coronado por la aparición del hombre. Según este enunciado, prolongación directa de la ley de complejidad-conciencia, la evolución que hasta entonces era tenida por un proceso de divergencia adquiere carácter convergente para culminar en un brote final: el hombre. En “El fenómeno humano”, Teilhard sintetiza este concepto diciendo: “El hombre es centro de perspectiva y, a la vez, centro de construcción del universo”.

La concepción de Teilhard sobre la evolución se halla próxima a la ciencia, pero va más allá. El proceso evolutivo, en avance constante, encuentra sin embargo límites y momentos críticos: tránsito de la materia a la vida, momento de reflexión al producirse la hominización. Teilhard coincide, en esto último, con el eminente biólogo inglés Julian Huxley, el cual afirmaba: “La aparición del hombre es la evolución que ha cobrado conciencia de sí misma”.

Como un resumen, veamos ahora en palabras del propio Teilhard, tomadas de su obra “Ciencia y Cristo”, la presentación de esta nueva concepción totalmente liberalizadora, y que nos conduce a una visión llena de esperanza en el presente y en el porvenir de las luchas del espíritu.

Cualitativamente, en primer lugar, el Hombre manifiesta, en un grado privilegiado y por consiguiente, fácilmente estudiable, una determinable energía particular del Mundo: el término extremo, para nuestra experiencia, de lo que pudiéramos llamar la corriente psíquica en el Universo. Del mismo modo que el “radio”, por ejemplo, gracias a la intensidad excepcional de su actividad, ha revelado a la Física una propiedad universal de la Materia, así también, la conciencia, incluso en su forma superior que es la libertad, resulta ser un factor de valor cósmico. Inaprehensible en el Mundo de los átomos, insignificante a veces en el Mundo de los seres organizados, lo psíquico pasa decididamente a convertirse en el Fenómeno principal en el Mundo humano. Y, por consiguiente, se impone científicamente a la Ciencia. Esta afirmación nos parece irrefutable; y, en nuestra opinión, seguiría siendo válida aun cuando se rechazaran las consideraciones que siguen…

Por la circunstancia misma de representar la emergencia clara y distinta de una propiedad universal, el Fenómeno humano resulta tener un valor cuantitativo ilimitado…La Humanidad…evoluciona de modo que forma una unidad natural de extensión tan vasta como la Tierra. La preocupación por los asuntos humanos nos permite apreciar la significación de este enorme acontecimiento. Y, sin embargo, se desarrolla ante nuestros ojos. De día en día la masa humana “se fragua”; se construye; teje alrededor del Globo una red de organización material, de circulación y de pensamiento. Ahogados en este proceso, acostumbrados a considerarlo como algo no físico, no le prestamos atención. Pero contemplémoslo, por fin como observaríamos un cristal o una planta. Instantáneamente nos damos cuenta de que en su litosfera, en su atmósfera, en su biosfera, etc., la Tierra está añadiendo, por medio de nosotros, una envoltura más a sus otras capas, la última y más notable de todas: la zona pensante, la “noosfera”. El Fenómeno Humano, considerado en el resultado global y figurado de su evolución, es de orden “telúrico”. Sus dimensiones espaciales son las del planeta. Y también sus dimensiones temporales. ¿Acaso el Hombre no es naturalmente solidario y legítimamente salido de la Historia general de la Tierra? El Fenómeno Humano…hace penetrar a la Ciencia, un poco como la radioactividad, en el secreto de los resortes elementales del Mundo. Y he aquí que ahora asume la amplitud (en extensión) y la profundidad (en duración) de los acontecimientos geológicos. La Humanidad –recogiendo y comprendiendo mejor una expresión ya empleada antes- es verdaderamente la Tierra (podríamos decir incluso la Naturaleza) “hominizada”…

Hasta ahora, la Ciencia tenía la costumbre de no construir el mundo físico más que con los elementos impulsados por las leyes del azar y de los grandes números, hacia una atenuación creciente de energías intercambiables y hacia una difusión inorganizada. La Humanidad, en cuanto aceptemos ver en ella un fenómeno físico, nos obliga definitivamente a concebir, de frente o de espaldas a esta primera corriente universal, otra irreversibilidad fundamental: la que llevaría las cosas, en sentido inverso a lo probable, hacia construcciones cada vez más improbables, cada vez más ampliamente organizadas. Al lado, o a través de la corriente ponderable de la Entropía, existe quizá, oculta por lo material, aflorando en lo organizado pero sobre todo visible en lo humano, la corriente imponderable del Espíritu.

Formulaciones de la segunda categoría.

En la segunda categoría de las concepciones de Teilhard, aquellas cuya relación con la ciencia es menos directa, o incluso inexistente, encontramos su formulación sobre la humanidad en su conjunto en que debemos emprender un esfuerzo común para la instauración del amor universal: amor por la Tierra, por las grandes empresas humanas. Es la “fe en el hombre”, de que habla Teilhard. Ese amor debe unir a todos los humanos y orientarlos hacia un “Alguien Supremo”.

La profesora Ursula King, en su obra “Teilhard de Chardin-Escritos Esenciales” nos lo presenta de la forma siguiente: La ardiente espiritualidad de Teilhard se nutría de su fe cristiana, pero también estaba profundamente arraigada en una cosmovisión unificadora, una síntesis única que reunía elementos científicos, filosóficos, religiosos y espirituales. Él siempre buscó un patrón en el desarrollo de las cosas y se preguntó, sobre todo, por la significación del ser humano en el vasto universo. Su búsqueda de la unicidad global, de la unificación de todas las cosas, le hizo ver la unidad de la materia y el espíritu. Así, la corriente universal del devenir, que es la evolución, fue entendida como un proceso de progresiva espiritualización a través de una unión creciente.

Teihard asigna un primer lugar entre esas empresas humanas al progreso del saber, a las ciencias… Mejor que la mayoría de los pensadores contemporáneos, él supo reconocer toda la importancia de la investigación científica. El desenvolvimiento del saber es mucho más que un juego, más que la búsqueda de fines utilitarios. El hombre que se dedica a la ciencia debe aspirar a “saber para ser más”.

Las religiones (incluyendo el cristianismo, al que adhería Teilhard de Chardin) nos dice el Padre Francois Russo en su ponencia “Audacias de un inconformista”, suelen menospreciar el significado verdadero de la ciencia, desinteresarse de él, o temer que la ciencia pueda acarrear la ruina de la religión. Teilhard, en cambio, considera que las religiones deben colaborar con la ciencia y que solo así la humanidad recuperará su verdadera unidad.

En un período de su vida, Teilhard llegó a estimar que las grandes religiones jamás darían a ese problema toda la importancia que él hubiera deseado. Pero en sus escritos postreros reconoció la contribución que cada cual podía aportar a la convergencia, a la unión, a la espiritualización de la humanidad. Comprendiendo que la humanidad estaba llamada a converger, a comprimirse sobre sí misma, llego a concebir una idea audaz: la existencia del Punto Omega, lugar de convergencia final que marcaría la realización plena de la humanidad.

La profesora King nos da más luz acerca de esta visión: Fue en el frente, en la Primera Guerra Mundial, donde advirtió por primera vez esta gran revelación de la unicidad de la humanidad en toda la tierra. Fue entonces cuando descubrió que, a pesar de la confusión de la guerra y la discordia, la humanidad es arrastrada hacia una unión más estrecha para formar una unidad más grande. Para explicar cómo iba a suceder esto desarrolló su teoría de la “unión creadora”, que trata de establecer cómo los muchos pueden llegar a ser uno, no a través de la fusión y la pérdida de identidad, sino a través de una forma de unión más alta que establece una diferencia entre los elementos individuales, a la vez que los reúne en una unión más profunda. Ésta es una síntesis nueva y compleja de un orden superior que produce algo nuevo y a cuyo resultado último o cima espiritual Teilhard llamó Omega.

En un comienzo Teilhard llega a la noción del Punto Omega a través de una pura deducción filosófica. En una segunda etapa, y sabiendo que sólo los cristianos lo seguirían, Teilhard afirmará, aunque sin confundir ambos conceptos, la unión entre el Punto Omega y Cristo. Se trata de un Cristo universal, que abarca y da plena consistencia a todas las cosas, único capaz de unirlas en un amor cuya fuente verdadera se encuentra en Él.

Por lírico que sea a menudo su discurso filosófico, mantiene casi siempre un elevado rigor intelectual. Pero no debe vérsele como un simple técnico del pensamiento. En toda su reflexión va implícito el propósito de poner el pensamiento al servicio de una acción: la verdadera y plena realización de la humanidad.

De ahí provienen el calor, a veces la vehemencia, de sus planteamientos. Teilhard quiso, ciertamente, elaborar una síntesis. Pero, ante todo, quiso también decir lo que había “visto”, “expresar ideas ardientes”. Unas ideas que han influido en tantos espíritus sensibles provenientes de diversas culturas y animados por convicciones diferentes.

Una evolución que continúa y converge. El Punto Omega

Tratemos ahora de explicar cada una de estas formulaciones, para completar esta estructura de pensamiento, profundamente filosófico además de religioso, de la mano de un científico que supo darles sentido a través de su rigurosa visión de biólogo, de geólogo, de paleontólogo y de antropólogo.

De manera simplista podríamos pensar que la evolución habría terminado con el Hombre, pero no es así, la evolución continúa, no a través de la morfología, sino a través del pensamiento.

En la Aparición del Hombre, Teilhard nos introduce en esta realidad: Sin ninguna razón científica precisa, sino por simple efecto de impresión y rutina, hemos adquirido la costumbre de separar unos de otros, como si pertenecieran a dos mundos diferentes, los ordenamientos de individuos y los ordenamientos de células, siendo sólo los segundos mirados como orgánicos y naturales, por oposición a los primeros relegados al dominio de lo moral y lo artificial. Lo Social (lo Social humano sobre todo), se considera asunto de historiadores y de juristas, más que de biólogos…

Superando y desdeñando esta ilusión vulgar, intentemos, más sencillamente, la vía contraria. Es decir, ampliemos, sin más complicaciones, la perspectiva reconocida más arriba como válida para todos los agrupamientos corpusculares conocidos, desde los átomos y las moléculas hasta los edificios celulares inclusive. Dicho de otra forma, decidamos que los múltiples factores (ecológicos, fisiológicos, psíquicos…) que actúan para aproximar y relacionar establemente entre sí a los seres vivientes en general (y más especialmente a los seres humanos), no son más que la prolongación y la expresión, a este nivel, de las fuerzas de complejidad-conciencia, que como decíamos, siempre han sido actuantes para construir (tan lejos como sea posible y en todos los lugares donde sea posible en el Universo), en dirección opuesta a la Entropía, conjuntos corpusculares de orden cada vez más elevado.

Es la socialización humana, del individuo a la tribu, a la comunidad primitiva, a la región, al país, al mundo, a la unión a través de comunidades religiosas, científicas, políticas, raciales. Al mundo que se hace “aldea global”, al universo que se conquista, a los seres que buscamos en otros planetas o galaxias, en fin a una comunidad humana, que a la vez que formada por individuos con intereses contrapuestos, al mismo tiempo se une para defender intereses comunes. Pero la visión del biólogo nos explica este fenómeno más allá de la visión del sociólogo, o del filósofo. Es la Evolución, la que a través del paso de la reflexión, hace que el Hombre se totalice, se prolongue  a escala planetaria, formando así la red y la conciencia de una Noosfera. Todavía sin embargo estamos en una etapa juvenil. El Hombre encontrará su madurez en la asociación, en la unión. Es su decursar hacia lo Ultrahumano.

Lo he dicho con frecuencia, y lo repito: ante montones de trigo, de carbón, de hierro, de uranio (bajo cualquier presión demográfica), el Hombre de mañana se quedará inactivo si pierde alguna vez el gusto de lo ultra-humano. Y no un gusto cualquiera: sino un gusto violento y profundo; un gusto ascendiendo constantemente, con el crecimiento en él del poder de visión y de acción; un gusto, dicho sea de otra forma, capaz de llegar al paroxismo en las proximidades del paroxismo final que él está encargado de preparar (La Aparición del Hombre).

Para Teilhard este ascenso del Hombre,  que es el ascenso del Espíritu es un fenómeno irreversible, es la ley de Conservación de lo Personal. Recordemos que esta manifestación universal de la evolución en pasos de síntesis, el paso de lo inorgánico a los orgánico, de lo orgánico a lo prevital, de lo prevital a lo vital, y de lo vital al hombre, no tiene marcha atrás, es una ley que afirma que cada vez que se llega a una nueva cima de complejidad conciencia, no hay marcha atrás,  el Mundo no vuelve a descender. Por lo que una vez que aparece la vida en la materia, el Cosmos no puede desvitalizarse, una vez que aparece el pensamiento, éste puede avanzar pero no retroceder. Todo lo contrario, esta irreversibilidad afecta al foco más profundo y precioso de nuestra conciencia, cuyo límite hacia arriba se da en términos de ultra-personalización.

Tomemos estos fragmentos de la obra del famoso filósofo, helenista y teólogo francés Claude Tresmontant, “Introducción al pensamiento de Teilhard de Chardin”: Esto no es, desde luego una demostración metafísica de la inmortalidad del alma. No estamos en el terreno metafísico, sino en el de un análisis fenomenológico, físico. Lo que nos enseña el estudio de la realidad física es que, para ser coherente, el Universo debe ser de estructura irreversible. Para “salvar los fenómenos” hay que admitir que el Universo no desembocará en la nada… El Universo se presenta a la ciencia como un Fenómeno orientado desde hace miles de millones de años en un sentido perfectamente determinado. Para que continúe su marcha normal, para que acabe la obra emprendida, cuyo plan es ya legible por el estudio del pasado, es preciso que se descubra un porvenir, que sea deseable. A falta de lo cual, el Universo aparecerá como un inmenso trabajo emprendido hace una inmensidad de tiempo para abortar de una manera absurda en el momento en que se aproxima a su término.… Teilhard no se coloca en el punto de vista metafísico, sino en el punto de vista científico, físico…. Teilhard desde luego, acepta plantear como postulado, y ello por una preocupación por el rigor, la coherencia de lo real: hay que admitir la irreversibilidad de la Evolución orientada hacia el espíritu si se quiere mantener la coherencia de la totalidad del Fenómeno espacio-temporal. Pero el hombre de ciencia sabe perfectamente que la hipótesis de la absurdidad intrínseca del universo es, desde el punto de vista en que le coloca un conocimiento extenso de la Historia cósmica, una hipótesis gratuita, que le toca demostrar a quien la plantea, una hipótesis altamente improbable. La certeza que se impone al sabio es que el Mundo, en su totalidad, es una máquina bien construida, y que “marcha”. Es esta certeza lo que autoriza el razonamiento físico, fundado en lo real, de Teilhard.… La infalibilidad del Mundo es, sin duda, una de las certezas mayores, axiales, que han dado forma al pensamiento de Teilhard. Certeza proporcionada por un largo y apasionado trato con la materia y con la vida. Raramente nos ofrece la historia del pensamiento tal amor al Universo, a la Creación. Es preciso remontarse a los profetas de Israel para encontrar una comprensión y un amor tan profundos de la creación…. Este optimismo cósmico de Teilhard no excluye la conciencia aguda (incluso se puede decir la familiaridad) de los riesgos de fracaso que son inherentes a una evolución que se ha vuelto reflexiva y hominizada. El optimismo de Teilhard es un optimismo, si así puede decirse, “estadístico”. El no niega que, entre los elementos humanos arrastrados en el proceso de la obra, varios no participan en el movimiento, ni que se pierden. No niega tampoco, sino que por el contrario, lo subraya, el peligro que ahora se manifiesta para una Evolución capaz ya de rechazarse, o de invertirse. Con la conciencia, con el Hombre, el riesgo de fracaso ha entrado en el Mundo. Pero lo que Teilhard nos dice es que, por parte del Mundo, por parte del universo, todo está previsto, y están cumplidas las condiciones requeridas para que la Evolución reflexiva consienta en proseguir la obra emprendida. Si hay fracaso, la culpa no deberá ser imputada al Universo, ni a la Creación,  sino al hombre. Y Teilhard veía en las filosofías del absurdo y de la derelicción los signos inquietantes de un “aburrimiento” que para él, es el más grande, el único peligro que puede amenazar a la Evolución…. En cuanto a lo demás, es evidente que en Teilhard, una seguridad “estadística” del éxito final del Universo no ha sido jamás puesta en duda. Es una seguridad científica que responde, en nombre de lo real, a la virtud de la esperanza…

Otra de las grandes lecciones de la obra de Teilhard es la forma en que nos muestra la Convergencia de la Evolución. Hay que leer su obra para abordar este otro tema apasionante, en la que vemos como la Evolución converge en lo alto, atraída hacia una cima de personalización y de unificación. "En su fase pre-humana, la Evolución biológica se caracterizaba por una ramificación y una divergencia. Con el Hombre, la Evolución se repliega sobre sí misma en una inflorescencia terminal…. Así se verifica, al nivel humano y reflexivo, la gran ley de complejidad y de asociación que hemos visto actuar en etapas inferiores, en cosmogénesis y en biogénesis…. La Humanidad, después de haber cubierto la Tierra con un tejido viviente débilmente socializado, está en trance de “anudarse en sí misma (racial, económica y mentalmente) con una rapidez y una precisión constantemente aceleradas… Irresistiblemente…el mundo humano se ve arrastrado a formar bloque. Converge sobre sí mismo" (Introducción al pensamiento de Teilhard de Chardin, Claude Tresmontant).

Subrayemos aquí una de las tesis, uno de los axiomas incansablemente repetidos por Teilhard:la Unión diferencia.

En cualquier terreno (ya se trate de células de un cuerpo, o de miembros de una sociedad, o de  elementos de un sistema espiritual, la Unión diferencia. Las partes se perfeccionan y se perfilan en todo conjunto organizado. Por haber olvidado esta regla universal, es por lo que tantos panteísmos nos han desviado al culto de un Gran Todo en que los individuos estaban destinados a perderse como gotas de agua, o a disolverse como granos de sal en el mar. Aplicada al caso de la suma de conciencias, la Ley de la Unión nos libra de esta ilusión peligrosa y siempre renaciente. No; al confluir siguiendo las líneas de sus centros, los granos de la conciencia no tienden a perder sus contornos y a mezclarse. Acentúan, por el contrario, la profundidad y la incomunicabilidad de su ego. (El Fenómeno Humano)

La metafísica que tiene en cuenta la enseñanza de lo Real descubierto de naturaleza evolutiva, es exactamente inversa. El tiempo es un  factor de diferenciación, sí, pero esta diferenciación tiene valor positivo: es creadora de individualidades y de riquezas, de diversidad, que no pre-existían en forma alguna. La multiplicidad de los seres engendrados en el  curso de los tiempos no es una ilusión o un mal que hay que abolir, sino el fruto mismo de una evolución que tiende por entero hacia la constitución de seres cada vez más libres y más conscientes…. La Evolución es irreversible, no volverá jamás atrás, no deshará lo que ha creado laboriosamente (Introducción al pensamiento de Teilhard de Chardin, Claude Tresmontant).

Por lo que Teilhard ya nos afirmaba al final de su vida, alcanzando una convicción certera de este fenómeno, que el Universo no sólo está en un estado de evolución permanente, sino aún más de una evolución dirigida. Una Evolución en que la materia se mueve como Pensamiento; por lo tanto y a pesar de que descubrimos todo el fenómeno a través de la historia del pasado del Universo, es en el porvenir, en el término donde se le encuentra su total sentido. Llega entonces Teilhard a la convicción de un centro evolutivo, debido a la convergencia del pensamiento, de una convergencia psíquica de la evolución, al que él llamó Punto Omega.

Por estructura, la Noosfera, y más generalmente el Mundo, representan un conjunto, no solamente cerrado, sino centrado. Puesto que contiene y engendra la Conciencia, el Espacio-Tiempo es necesariamente de naturaleza convergente. Por consiguiente, sus desmesuradas capas, seguidas en el sentido conveniente, deben replegarse en algún lugar hacia adelante, en un Punto, llamémosle Omega, que las fusione y las consuma íntegramente en sí (El Fenómeno Humano).

La ley de complejidad-conciencia, motor que nos ha llevado a todas estas conclusiones, es casi universalmente aceptada por la comunidad científica, sin embargo, muchos científicos que siguen a Teilhard en ello, para explicar la convergencia de la Evolución y al Hombre, no aceptan esta visión, acerca del Punto Omega. Teilhard más que un científico, un profeta, nos lleva inexorablemente a describirnos esta maravillosa Visión, que por cierto es totalmente opuesta a la desesperación. Es una visión (y nos adentramos ahora en una filosofía) que nos devuelve totalmente la Esperanza.

El Medio Divino

En 1927, Teilhard escribe “El Medio Divino”, una obra en que de manera muy especial describe su espiritualidad, del mismo modo en que en “El Fenómeno Humano” describía su credo. En “El Medio Divino”, Teilhard nos presenta una forma de espiritualidad en la que el trabajo, la ciencia, la técnica y el arte pueden ocupar su lugar dentro de una concepción cristiana de la vida. Recuerden que para Teilhard el amor a la Tierra nos conduce al amor a Dios y a Cristo. No hay una dicotomía en ello, son como dos variables de una misma ecuación, en las que sus infinitas soluciones nos llevan siempre al lecho de un Universo que deja de ser hostil para conducirnos al mismo Dios, al que podemos ver entonces en todo el tantear de esta Tierra.

En su introducción nos alerta: No intentaré hacer Metafísica, ni Apologética. Con los que quieran seguirme volveré al Ágora. Y allí, todos juntos, oiremos a San Pablo decir a las gentes del Areópago: “Dios, que ha hecho al Hombre para que éste le encuentre –Dios, a quien intentamos aprehender a través del tanteo de nuestras vidas-, este Dios se halla tan extendido y es tan tangible como una atmósfera que nos bañara. Por todas partes Él nos envuelve, como el propio Mundo. ¿Qué nos falta, pues, para que podáis abrazarlo? Sólo una cosa: verlo”.

Y qué nos intentaba decir con verlo, si recordamos el prólogo de El Fenómeno Humano, en que nos exhorta a desarrollar unos ojos que nos permitan ver lo que quizás por cotidianidad no somos capaces de ver, o entender, o descubrir, -Ver o perecer. Al final de su vida en otros escritos autobiográficos nos dice: A lo largo de mi vida, el Mundo se ha ido poco a poco encendiendo, inflamando ante mis ojos, hasta que a mí se me ha hecho enteramente luminoso por dentro….Tal como yo lo he experimentado al contacto con la Tierra: la Diafanidad de lo Divino en el corazón de un Universo que se ha hecho ardiente…Cristo, su Corazón. Un Fuego: capaz de penetrarlo todo, y que, poco a poco, se extiende por todas partes.

La profesora King nos plantea lo siguiente al abordar este tema en su obra “Teilhard de Chardin-Escritos Esenciales”: “Medio Divino” es una expresión que trata de captar el significado de dos experiencias diferentes. Por un lado, designa todo un entorno, como la atmósfera que nos rodea y el aire que respiramos. Por otro lado, significa también y al mismo tiempo, un punto central, un centro donde todas las realidades se unen, se encuentran y convergen. La presencia divina en el mundo es este “medio” misterioso que irradia a través de todos los niveles del universo, a través de la materia, la vida,  la experiencia humana. Nosotros estamos inmersos en este medio, bañados en él. Si se lo permitimos, puede invadir todo nuestro ser y transformarnos. Teilhard lo llamó también “medio místico”, un “océano divino” en el que nuestra alma puede ser inflamada y divinizada. Todas las realidades, todas las experiencias, todas nuestras actividades, todas nuestras alegrías y sufrimientos, tienen este potencial de divinización, de verse encendidas por la efusión del amor divino.

Teilhard y Cristo, Dios y Salvador

Como han podido apreciar al avanzar en la lectura de este trabajo sobre la obra de Teilhard de Chardin, a pesar de tratar de exponerlo con sencillez, como un acercamiento a su pensamiento, son tantas las cosas nuevas y originales que aparecen ante nuestra mirada, que muchas veces son difíciles de entender, y tenemos que releerlas, sumergirnos en esta obra decisiva y apasionante. Hoy día es difícil encontrar todos los libros de Teilhard, sin embargo todavía se consiguen muchos, y también de otros autores que nos pueden ayudar en ello. De todas formas, es evidente que la obra de Teilhard, armada a través de la concepción de un científico eminente, se trasluce en la mirada de un cristiano ejemplar, como lo fue él, y al que el Señor le bendijo con un partir hacia la vida eterna, el día que él siempre había anhelado, el de la Pascua de Resurrección de Cristo (en el año 1955).

Es por ello que quiero resumir este final, con tres hermosas síntesis, para concluir en Cristo. La primera la tomo del resumen del libro de Hubert Reeves, “Paciencia en Azul”.

No nacimos ayer. Nuestra existencia empieza en la fulgurante explosión que dio origen al universo y que prosigue entre estrellas ardientes, vastos espacios interestelares, en el océano primitivo de la Tierra y en la superficie de los continentes. Todo el universo es nuestra cuna. Mientras buscamos el origen de nuestras más profundas raíces, este libro narra la historia de nuestro cosmos. La ciencia moderna nos revela el universo en permanente estado de gestación. Surgido en el seno de un gran desorden, ha engendrado átomos, moléculas, organismos vegetales y animales hasta llegar al cerebro humano. La vida es la manifestación de esta tendencia de la materia a la organización: los átomos se unen para formar una molécula, un hombre y una mujer se unen para engendrar a un niño. Recuperamos, pues, la tradición hindú: las piedras y las estrellas son nuestras hermanas. ¿Cuál es el porvenir del universo, de nuestra galaxia y de la Tierra? La astronomía arroja luz, pero  el porvenir del género humano sólo depende del hombre.

La segunda, nos la da el Dr. Paul Chauchard en su obra “Necesitamos Amar”.

En este universo inmenso, sobrecogedor y hostil, hemos descubierto un sorprendente secreto: lo esencial reside en las atracciones organizadoras que permiten una complicación y una centración cada vez mayores que no se pueden explicar más que por una energía de amor. Lo que cuenta no es el absurdo, lo incoherente, lo horrible, que salta a los ojos, es, al contrario, la existencia de un significado. El mundo está en evolución, es decir está en construcción en el curso de los siglos, progresa. La naturaleza es como una obra o también, sean cuales sean las causas y los mecanismos, como una ascensión de amor desde lo inanimado a lo unicelular y de esto al hombre. Desde entonces, un universo así, que ha pasado por todo a través de mil contingencias y quizás por innumerables tentativas, hasta llegar a nosotros, que no somos quizás los únicos seres amantes del cosmos, no podría ser contemplado fríamente. Hechos para el amor, hemos sido hechos por una obra de amor. Podemos complacernos en este universo, pese a todo, de donde hemos salido. No somos ya en él un accidente extraño y extranjero; pese a nuestra pequeñez, nuestro papel es esencial, pues se trata de un logro consciente, de un ascenso en el amor donde este mismo amor se vuelve persona reflexiva y comunidad de personas….Este universo amorizante para quien, como Teilhard de Chardin, se debe contemplar lúcidamente, nos da un mensaje. La tarea de la naturaleza no ha llegado a una obra completa, ha producido un ser capaz de acabarla. Al universo de los órganos útiles modelados por la evolución biológica de la vida creadora de formas, sucede el universo de los útiles y de la técnica humana.

El primer fragmento, nos deja ver el pensamiento del gran astrofísico canadiense Hubert Reeves y que pudiera ser tomado de una obra de Teilhard, ya que vemos aquí también esa visión a que nos lleva la Complejidad-Conciencia y que nos da a conocer desde la Cosmogénesis que la evolución no es sólo un fenómeno restringido a la biología, sino que se extiende hasta el átomo, y con ello al final del recorrido, nos da la responsabilidad como género humano de conducir el porvenir del Universo. El segundo fragmento, tomado de la obra del Dr. Paul Chauchard, eminente neurofisiólogo católico francés, de compromiso permanente con la fe y con la ciencia, quien fuera un gran admirador del pensamiento de Teilhard, en el que también nos da la responsabilidad como género humano de culminar esta obra signada por el amor, obra del amor de Dios, cuya extraordinaria creación dio lugar al ser humano, que se miró a sí mismo, se extendió por toda la Tierra, socializó a través de una noosfera de pensamiento y que desde luego tiene la responsabilidad de conducir este proceso como decía Teilhard, hacia lo positivo, hacia el bien común, hacia el mismo Dios. ¿Podrá hacerlo? Su libertad le da la capacidad de elegir entre el bien y el mal. Su responsabilidad, siguiendo el curso científico de la evolución lo debería llevar siempre por el camino del progreso, de la unión, de la personalización, de la integración. Hasta ahora, a pesar de las guerras, la destrucción, el terror y la maldad, la humanidad ha seguido la senda del progreso.

Veamos ahora por qué Teilhard debido a su profunda fe en la ciencia y en Cristo, nos dejó una visión tan optimista. Ursula King en su obra “Pierre Teilhard de Chardin, Escritos Esenciales” nos lo presenta claramente en estos fragmentos cuyo título “Cristo en todas las cosas”, nos emociona e inspira. Ver a Cristo en todo, en el sufrimiento de la cruz, redimiéndonos, y en su gloriosa resurrección intercediendo permanentemente por nosotros ante el Padre, repito, nos emociona e inspira como Teilhard a marchar con un optimismo permanente,  por el logro de una humanidad que desarrolla a plenitud todo el espíritu de la Tierra.

Cristo en todas las cosas (fragmentos)

La fe de Teilhard era profundamente encarnacional y enteramente cristocéntrica. Él infundió a la doctrina de la encarnación un realismo que es difícil de encontrar en otros autores. Como científico, estudió la evolución de la tierra, el desarrollo orgánico de las formas vivas y el origen de los seres humanos: todo ello requería un ojo penetrante para los detalles concretos y un contacto continuo con el mundo vivo. Su “visión”, mencionada con tanta frecuencia en sus escritos, estaba arraigada en la experiencia de los sentidos, de tocar y saborear, que alimentó su percepción interior de la esencia espiritual de las cosas. Según él, los cristianos tenían que estar animados y encendidos por una “conciencia cósmica” que encuentra a Dios a través de las abundantes, hermosas e imponentes realidades de la tierra, aunque Dios es también distinto de la creación. Para Teilhard, la figura de Jesucristo no es sólo humana y divina, sino también cósmica, ya que la influencia y la presencia de Cristo se pueden encontrar en todas las cosas en el mundo y en el cosmos.

Al principio, Teilhard describió a Cristo, o “lo Crístico”, como un “elemento universal” presente en todas partes a través de la acción creadora de Dios; pero Cristo es también el centro orgánico de todo el cosmos, su corazón y “el alma del mundo”. Todo el proceso cósmico de la evolución está vinculado a una concentración y una convergencia crecientes; y, a juicio de Teilhard, este proceso culmina en un centro final que él llama “Omega”. Además, este centro que satisface los anhelos de la ciencia se expande, en la contemplación de su fe cristiana, en el “Cristo-Omega” o el “Cristo-Universal”, el orgánico, dinámico, profundamente personal y ardiente centro de amor en el universo, el punto de convergencia para todas las cosas y todas las personas.

…El Cristo-Omega como realidad histórica, personal y cósmica, simbolizado por la imagen del corazón como un horno de fuego, de energía, de vida y de luz: éste es el Dios encarnado a quien Teilhard adoró y nos pide que adoremos.

…la omnipresencia de Dios en el universo se nos revela a través de la encarnación, un acontecimiento que aún continúa y en el que el cuerpo de Cristo sigue alcanzando una estatura cada vez mayor. El medio místico y divino que nos rodea, en el que respiramos y con el que podemos comunicarnos, aún sigue expandiéndose, intensificándose y revelándose en el “Cristo cada vez más grande”, cuya alabanza expresaron las oraciones de Teilhard con palabras de entrega, unión orante y adoración. Nuestro universo es un universo cristificado, marcado por la omnipresencia divina, que brilla tanto a través de la gloria del mundo como de su dolor. Cristo es el centro del universo, es el centro de la humanidad y es el centro de cada ser humano.

Conclusión. Visión desde el Humanismo Cristiano

Al inicio de este trabajo nos hacíamos la pregunta siguiente: Ante toda esta problemática, ¿estamos los creyentes en una posición defensiva y de retroceso ante la ciencia? ¿Es cierta la tesis planteada? ¿El desarrollo de la ciencia acaba con la idea de Dios? ¿Es la evolución prueba de ello?

Ahora podemos responder con certeza: por supuesto que no, los cristianos no estamos a la defensiva y de retroceso ante la ciencia. Todo lo contrario, la obra y el pensamiento de Teilhard nos lo han demostrado ampliamente. Hoy día, un cristiano puede ser un firme defensor de la ciencia, y al mismo tiempo ser un firme defensor de su fe, como lo fue Teilhard de Chardin. Podemos pues leer, y encontrar la extraordinaria belleza del Poema de la Creación, tal y como lo expone el Génesis en la Biblia, encontrar su profundo espíritu religioso, con nuestro Dios, Creador y Padre a la vez, que ha dado al hombre en herencia ese poderoso legado de Crear y llegar hasta lo que parece imposible. Debemos pues ser cristianos con gran espíritu de apertura, jamás debemos atrincherarnos en un bunker ideológico. No hay incompatibilidad entre la ciencia y la fe, entre la evolución y el sentido religioso de los relatos bíblicos. Otro gran científico católico, el padre jesuita Georges Lemaitre, quien al resolver las ecuaciones de Einstein, planteó que el Universo estaba en expansión y eso demostraba el  corrimiento hacia el rojo de las nebulosas espirales, proponiendo más tarde la idea de que el Universo se originó en la explosión de un átomo primigenio, dando lugar  con ello a la teoría del Big Bang, hoy universalmente aceptada, sobre el inicio y formación del Universo, nos dio las herramientas, para junto a la Evolución como fenómeno cósmico, tal y como nos lo presenta el P. Teilhard, poder ver en nuestra Tierra y en nuestro Universo, la mano de Dios creando y dándonos el potencial de la responsabilidad que tenemos ante ello.

El pensamiento de Teilhard va mucho más allá, pues ese amor que nos infunde sobre la Tierra, y el Universo, esa convergencia que descubre en el fenómeno evolutivo y que culmina en el Punto Omega, no sólo es un fin, consecuencia de un modelo evolutivo, que desemboca en un pensamiento filosófico, sino que modela el pensamiento cristiano, ya que podemos descubrir al Cristo Total en que convergen todas las cosas. Podemos realmente, con ello, convertirnos en verdaderos luchadores por un mundo mejor, por una humanidad solidaria, porque en Cristo el amor se hace Persona y hacia Él convergemos todos.

Se podrá criticar esa visión, como idílica y que “no pone los pies sobre la tierra”. Al ver hoy un mundo, día a día, en el que el pecado está a la orden del día, a través del terrorismo internacional, el crimen de todo tipo, la inseguridad, la cultura hedonista, las dictaduras totalitarias, que desprecian al ser humano, y en las que la vida no vale un centavo, nos preguntamos, ¿cómo el pensamiento teilhardiano nos presenta un escenario tan positivo y perfecto? Pareciera un paraíso en el que el pecado y sus consecuencias no tendrían cabida.

En su obra “La Visión del Pasado”, Teilhard planteó: La Evolución no es en manera alguna creadora, como pudo la Ciencia pensar en un momento; sino la expresión sensible para nosotros de la Creación en el Tiempo y en el Espacio.

Científicamente hablando, desde su posición como biólogo, Teilhard analizó la socialización humana, llegando a la conclusión de que la evolución no había llegado a su etapa final con la aparición del Hombre, sino que a través de la extraordinaria forma en que éste se totalizaba planetariamente, tejía una red de conciencia global, o Noosfera, continuando y formando así una nueva etapa del fenómeno evolutivo. Este pensamiento, surgido de la evolución es irreversible, inmortal, no en el sentido metafísico, sino físico, evolutivo, y con ello la libertad del hombre nacida de su seno, es imprescindible para lograr la consumación efectiva del proceso. La biología nos lleva a conocer la irreversibilidad del mismo, y con ello, el hombre obtiene el acicate que necesita, para llevarlo a su destino, pero al mismo tiempo, su libertad, le permite hacerlo  o no. La ley de conservación de lo Personal expresa que el ascenso del Espíritu en el Universo es un fenómeno irreversible. De cada nueva cima de conciencia a la que se llega, afirma dicha ley, el Mundo no vuelve a descender ya. Habiendo aparecido la vida una vez en la Materia, el Cosmos no puede ya desvitalizarse, del mismo modo que el Pensamiento, habiendo nacido una vez de la Vida, no podrá jamás “deshominizarse” (La energía humana-Teilhard de Chardin). Repito, no estamos en el terreno de la metafísica, sino en el del análisis físico de una fenomenología que evidentemente en Teilhard da lugar a un optimismo que no significa que no haya riesgos para el fracaso, debido a la misma realidad del ser inteligente y con capacidad ilimitada de decisión.

Teilhard sin embargo, nunca dudó del éxito final del Hombre en su camino hacia una mayor unidad y convergencia. Como de la forma en que Emmanuel Mounier aplicaba al Cristianismo, Teilhard también lo veía como un optimismo trágico.

¿Satisface esta visión al Humanismo? Aún más, ¿al Humanismo Cristiano? Sí, rotundamente sí.

No es el momento de hacer una historia de la civilización humana, pero si vemos cómo la evolución en su caminar, ha logrado a base de enormes esfuerzos, de un azar con finalidad, y de una preparación hasta llegar a umbrales límites para cada uno de sus pasos, dando lugar a nuevos e irreversibles niveles, la historia nos va mostrando igualmente a través de un azar loco de luchas de iguales y contrarios, el paso de las comunidades primitivas, a las ciudades, a las naciones y hoy día a uniones de naciones con un proyecto común, en el que poco a poco todos van uniéndose también para luchar, desde la diversidad por un planeta mejor, más limpio, después de que por siglos, lo hemos ensuciado, llegando incluso a perforar la capa de ozono que cuida del efecto dañino de los rayos ultravioletas; en esta lucha de iguales y contrarios, de civilizaciones, muchos interpretaron el progreso como industrialización desmedida, como obtención de riqueza y bienestar, sin tener en cuenta las consecuencias. Hoy sin embargo, seguimos adelante, pero comenzamos a cuidar nuestro planeta, con energías alternativas, hemos comenzado a cerrar la capa de ozono, a través de tratados que nos impiden emitir determinados fluorocarbonos, y acabamos de firmar el primer gran acuerdo mundial en Paris para el cuidado de la Tierra, a pesar de tantos que lo obstaculizan todavía.

Tuvo que soportar la humanidad, una segunda guerra mundial, el fascismo y el nazismo, para que se creara una Organizacióninternacional conocida como las Naciones Unidas, ya con anterioridad había surgido una Liga de las Naciones. La idea de una Europa unida tiene sus raíces en los valores cristianos, con sus principios de solidaridad, verdad y justicia. Políticos de la talla de Robert Schuman, Konrad Adenauer y Alcide de Gasperi, hombres de fe, y comprometidos con el bien común, hicieron posible, junto a otros como Jean Monnet, la construcción europea.

Con todas las críticas que vemos diariamente en los medios, la Unión Europea es quizás el sueño político-económico-social más importante de la historia en cuanto a la unidad de una veintena de naciones que hasta hace unos años se destruían con guerras sin fin. Vemos como después de haber logrado que 29 países formaran parte del mismo, Gran Bretaña acaba de separarse, y otros partidos populistas pregonan su destrucción, pero, eso es parte de esta dialéctica. Es el camino de la libertad en el seno del mundo democrático. La democracia es también heredera de esa convergencia de la evolución. El hombre en su libertad, se diferencia, pero a través de los diálogos y del consenso, logra objetivos comunes y sigue la marcha hacia adelante. Teilhard decía que la unión diferencia. Fue uncrítico severo del marxismo y también de los panteísmos, y aunque traslucía optimismo de futuro, siempre advertía que podíamos echarlo todo a perder.

El comunismo fue también otra expresión utópica, que llevó a límites extremos la represión contra las libertades individuales, encumbró los campos de concentración, los gulags, los campos de trabajo forzados, y dio al traste con millones de vidas humanas asesinadas cruelmente por dictadores deshumanizados, que se erigían en mesías de dicha utopía. Todavía dirigen con crueldad varias naciones.

En una hermosísima conferencia, el Dr. Francisco Javier Muller, profesor de Astronomía de la Universidad Internacional de la Florida (FIU), el 7 de marzo de 2012, sobre el Humanismo Integral basada en la enseñanza correspondiente del gran humanista cristiano Jacques Maritain, nos dejaba un sabor extraordinario de esperanza al concluir con las palabras siguientes: En resumen, pues, se pudiera decir que la tarea ingente que plantea el humanismo integral es, precisamente, integrar o reintegrar, reparando, todas aquellas brechas, separaciones, dualismos y divisiones en que la humanidad cayó tras cinco siglos del cese de la cristiandad medieval que la precipitó no solo en la “muerte de Dios” sino, sobre todo, en la “muerte del hombre”. La integración a lograr es, pues, la de gracia con la libertad; la gracia y la naturaleza; la fe y la razón; el alma y el cuerpo; la persona y el individuo; la unidad en amistad cívica con el pluralismo democrático; la colaboración solidaria entre el capital y el trabajo; el orden temporal con el orden espiritual, en fin… el Cielo con la tierra.

Estar al servicio de Cristo, es estar al servicio del Mundo. El mandamiento del amor, se hace persona en Jesucristo, y a través del pensamiento de Teilhard de Chardin, podemos encontrarlo en toda la creación, como centro de Unión de este Ser Humano, que lo cuestiona todo, y que tantas veces le hace la guerra a la misma Creación, pero que a través del amor, es capaz también de hacerla más bella y fuerte, caminando hacia su culminación en Cristo, Dios y Rey del Universo.

 Bibliografía:

1)      El Fenómeno Humano ---Teilhard de Chardin, Ediciones Taurus, Madrid, (1965)

2)      Origen y futuro del Hombre --- Josef Vital Kopp, Editorial Herder, (1965)

3)      El Ser Humano según Teilhard de Chardin --- Paul Chauchard, Editorial Herder, S.A. (1972)

4)      Necesitamos amar --- Paul Chauchard, Editorial Herder, S.A.(1969)

5)      El porvenir del hombre --- Teilhard de Chardin, Taurus Ediciones S.A. (1965)

6)      Teilhard de Chardin --- Claude Cuenot – Taurus Ediciones (1967)

7)      La aparición del hombre --- Teilhard de Chardin, Taurus Ediciones S.A. (1965)

8)      El himno del universo --- Teilhard de Chardin, (La Messe sur le Monde) Editions du Seuil (1965)

9)      El medio divino --- Teilhard de Chardin, 8va reimpresión, Alianza Editorial-Taurus Ediciones, Madrid 1998

10)   El pensamiento religioso de Teilhard de Chardin --- Henri de Lubac, Taurus Ediciones (1967)

11)   Audacias de un inconformista --- Francois Russo, El Correo de la UNESCO (Nov 1981)

12)   El fenómeno Teilhard --- Yves Coppens, El Correo de la UNESCO (Nov 1981)

13)   Pierre Teilhard de Chardin-Escritos Esenciales --- Ursula King, Editorial Sal Terrae, 2001

14)   Paciencia en el Azul del Cielo: la evolución cósmica --- Hubert Reeves, RBA Libros, 2012

15)   Introducción al pensamiento de Teilhard de Chardin --- Claude Tresmontant, Taurus Ediciones, 1968 (6ta edición)

16)   La Energía Humana ---- Teilhard de Chardin, Taurus Ediciones (1973)

17)   La Visión del Pasado --- Teilhard de Chardin, Taurus Ediciones (1960)

18)   Ciencia y Cristo ---- Teilhard de Chardin (fragmentos tomados de Internet)