El abrazo que calma el hambre

El abrazo que calma el hambre

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El pie de foto nos cuenta un telegrama: un niño con malnutrición en los brazos de su abuela en el hospital del distrito de Wajir, en Kenia, una de las zonas más afectadas por la sequía y la hambruna.

La fotografía nos ofrece un discurso. La mirada baja de la abuela, una mirada triste, de quien conoce la historia del hambre, su proceso y desenlace; de quien sabe que nada o muy poco se puede hacer por su nieto. La mirada huele a pesimismo, a derrota. Las manos expresan resignación, acompañan, se rozan unos dedos con otros. El chico no se aferra a la mujer, sin fuerza deja caer su brazo derecho sobre la espalda, es un brazo que conoce ese cuerpo, un cuerpo que pertenece a alguien que le quiere; es un brazo que muestra pertenencia.

El fotógrafo ha respetado la cara del niño, su dignidad. El verdadero rostro está dibujado en los huesos de la columna, en las costillas. Sayyyid Azim también ha respetado a la abuela. Muestra la mirada, no toda, solo la expresión que transmite. Las arrugas  son medallas de supervivencia que no pueden traducirse en años. En África, la vida transcurre rápida llena de penas que hieren y marcan. En África, la vida es capaz de dejar anciana a una mujer de cuarenta.

La foto proyecta soledad, dos islas abandonadas. Quizá sea lo único que queda de una familia: una abuela-madre que se esfuerza en sostener un hilo de vida y el niño marcado por la muerte. Es una foto de números, el número de dedos, el número de huesos.

Fotografía de SAYYID AZIM (ASSOCIATED PRESS).


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Author of this article: Ramón Lobo

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Rabí Yochanan Zweig