| Una manera más de ver la libertad |
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por León Padron Azcuy Dedicado a los defensores del liberalismo dentro de Cuba. En el capitulo La hora del liberalismo, el autor comienza haciendo referencia al Manifiesto Liberal de Oxford... “Hace algo mas de medio siglo, un grupo de políticos e intelectuales europeos, bajo el liderazgo del escritor español Salvador de Madariaga, entonces exiliado en Londres, se reunió en Inglaterra para redactar el manifiesto con el que la Internacional Liberal surgía a la vida publica.” Para quienes defendemos esta tendencia política en Cuba, es importante estudiar el espíritu del Manifiesto Liberal de Oxford y La Agenda Liberal para el Siglo XXI. Documentos cumbres de la Internacional Liberal. En ellos encontramos la esencia de nuestras ideas. Sus postulados, claros y profundos, brindan una autentica visión del pensamiento liberal moderno. Mas adelante, el ensayista, al rememorar la historia, destaca lo difícil de aquellos tiempos para presentar una defensa coherente del pensamiento liberal. Explica con claridad el slogan que prevaleció en occidente, que acentuaban la supremacía del Estado sobre los seres humanos. Análogamente, los soviéticos implantaron su esquema totalitario en la Europa Oriental, que hoy perdura en la Cuba socialista; estatismo, planificación y un aparato burocrático que nos diseña nuestras vidas. “El gesto tenia mucho de provocación. El nazi fascismo, es cierto, había sido derrotado, pero la URSS, envalentonada, avanzaba imparable sobre Europa oriental, mientras en todo Occidente se rendía culto al estatismo y se primaba “lo social” sobre lo “personal”. En aquellos a?os defender las libertades individuales, los derechos de propiedad y la supremacía de la sociedad civil no estaba, francamente, bien visto. Eran tiempos en la que prevalecía la superstición de que la economía era una ciencia más o menos exacta, y no se podía dejar la compleja tarea de producir o distribuir al criterio poco educado de los empresarios. “Planificación” era la consigna universal. Planificación, claro llevada a cabo por expertos burócratas encuadrados en los gobiernos. Tiempos en los que la idea keynesiana de utilizar el gasto publico para estimular la demanda, y así crecer ininterrumpidamente con pleno empleo bienestar para todos, había desplazado otras formulaciones mas sensatas que advertían en esta política el punto de partida de una voracidad fiscal que acabaría por destruir el ciclo de ahorro e inversiones, así como el inicio de un devastador proceso inflacionario.” En el desarrollo de La hora..., Montaner señala el despegue del liberalismo. Y menciona a otros pensadores que también robustecieron las ideas liberales. Y menciona a Hayek, a quien retoma cuando apunta.... “El manifiesto redactado en 1947 por liberales era, por lo menos, lo que hoy llamaríamos “políticamente incorrecto”. No trataba de justificar la existencia de la propiedad privada adjetivándola con una supuesta “función social” que reivindicara. Sin propiedad privada no era posible salvaguardar las libertades individuales o progresar de forma sostenida. No rehuía los mecanismos de mercado. Por el contrario, proclamaba, a cara descubierta, el compromiso de los liberales con la libertad política y con la economía. Y decir esto, a mediados de siglo XX, era una herejía. El liberalismo parecía superado. Nadie recordaba las reflexiones de la Escuela de Austria de fines de XIX, que había conseguido perfeccionar la economía clásica de Smith o Ricardo, y todos pretendían ignorar la obra de Ludwig von Mises, un austriaco que había demostrado la imposibilidad matemática de calcular las infinitas posibilidades del mercado. Incluso un best séller, Camino de servidumbre, escrito por Hayek, conseguía despertar la curiosidad de los lectores, pero simultáneamente recibía el desden del mundo académico. Ser antisocialista, en cualquiera de sus variantes, era pertenecer al desacreditado mundo de la burguesía reaccionaria. Pero pasó el tiempo, y en todas partes comenzó un proceso de rectificación de las viejas ideas del vecindario socialista desacreditadas por la realidad. En 1974 la academia sueca le otorgo a Hayek el premio Nóbel de economía señalando con ese gesto el inicio de la reivindicación del pensamiento liberal. Fue solo el primero. Luego recibieron galardón otros pensadores liberales: Milton Friedman, James Buchanan, Gary Becker, Douglass North, Ronald Coase o Robert Lucas. Unos desde la economía pura o el derecho, otros desde la sociología o la historia, todos coincidían en la misma demostración: para lograr el desarrollo y mantener la prosperidad era clave la existencia de la propiedad privada tutelada por instituciones de derecho, todo ello enclavado en sociedades en las que reinaba el individuo y en las que el Estado tuviera la menor incidencia posible en las transacciones del mercado”. El autor nos invita a tabular diferencias entre sociedades cerradas y aquellas que ofrecen oportunidades y, acentúa además, las consecuencias afrontadas por aquellas naciones sometidas a los designios de un solo pensamiento. El liberalismo, enemigo jurado de los regimenes totalitarios, se erige hoy, en muchas naciones, como una alternativa capaz de brindar libertad y oportunidades. En nuestra región, llegado el momento, hay suficientes muestras que pudieran servir de ejemplo para Cuba,. Así lo refleja La hora del liberalismo, del libro Las Columnas de la Libertad. “No obstante, el gran espaldarazo al liberalismo no vendría del reconocimiento de su peso intelectual -la mas sólida corriente de pensamiento en nuestros días-sino de la crisis del llamado socialismo real y del descrédito total de sus variantes populistas. La Perestroika-una tácita aceptación del desbarajuste de las economías planificadas-, la caída del muro de Berlín en 1989 y la desaparición de la URSS serian los hitos fundamentales, pero no los únicos. En América Latina ningún país fue inmune al signo de los tiempos. El peronismo argentino se convirtió en otra cosa. El PRI mexicano- por lo menos una parte- sin demasiado éxito intento sacudirse el lastre populista. Los partidos socialcristiano de Chile, Venezuela y Costa Rica se desplazaron en la dirección liberal. De pronto, el liberalismo quedaba como única opción razonable. Sus enemigos se quejan acusando a quienes lo defienden de tratar de imponer un “pensamiento único”. No es eso: ¿Cuáles son las alternativas disponibles? Hace cincuenta a?os Madariaga escribió el Manifiesto en español y luego el mismo lo tradujo a las otras lenguas que dominaba. Es la hora del liberalismo. Madariaga, con todo derecho, descansa en paz. Su obra ha fructificado.” El régimen totalitario de Cuba no ha escatimado esfuerzos en tratar de desacreditar el ideario liberal. Presenta los peores ejemplos en América Latina,- Arnoldo Alemán y Alberto Fujimori (ambos pararon en la cárcel)-, que se presentaron como liberales y sus mandatos estuvieron plagados de clientelismo y corrupción; estas lamentables realidades son presentadas por la izquierda populista para manipular y confundir. A su vez, responsabilizan a los liberales de los males de la región. El autor reivindica la legitimidad del liberalismo moderno y dilucida, con una adecuada ilustración, sus preceptos para desmentir la demagogia de izquierda y establecer una nítida diferenciación entre ideología y tolerancia, así como la adecuación de los liberales a los demás criterios. Y nos invita a leer al iniciador del liberalismo moderno. “¿Son tan malos como dicen sus adversarios? A juzgar por los ataques de la Internacional Socialista, los liberales son poco menos que una pandilla de desalmados que profesan una perversa ideología consagrada a la explotación de los pobres”. Eso es una tontería. Comencemos por rechazar la errada suposición de que el liberalismo es una ideología. Una ideología es siempre una concepción del acontecer humano –de su historia, de su forma de realizar las transacciones, de la manera en que deberían hacerse-, que parte del rígido criterio de que el ideólogo conoce de donde viene la humanidad, por que se desplaza en esa dirección y hacia donde debe ir. De ahí que toda ideología, por definición, sea un tratado de “ingeniería social”, y cada ideólogo sea, a su vez, un “ingeniero social”. Alguien dedicado a la siempre peligrosa tarea de crear “hombres nuevos”, no contaminados por las huellas del antiguo régimen. Solo que esa actitud, lamentablemente, suele dar lugar a grandes catástrofes, y en ella esta, como señalo Popper, el origen del totalitarismo. Cuando alguien disiente, o cuando alguien trata de escapar del luminoso y fantástico proyecto trazado por el “ingeniero social”, es el momento de apelar a los paredones, a los calabozos y al ocultamiento sistemático de la verdad. Lo importante es que los libros sagrados nunca resulten desmentidos. Un liberal, en cambio, tiene que someter su conducta a la tolerancia de los demás criterios, y debe estar siempre dispuesto a convivir con lo que no le gusta. Un liberal no sabe hacia donde marcha la humanidad y no se propone, por lo tanto, guiarla a sitio alguno. Ese destino tendrá que forjarlo libremente cada generación de acuerdo con lo que en cada momento le parezca conveniente hacer. El liberal se limita a crear el marco institucional para que la convivencia sea fructífera y pacifica”. La vasta obra de esta corriente política es un referente para los liberales cubanos de hoy. El papel del mercado, los principios y postulados de esta corriente de pensamiento nos impone un gran reto a los que dentro de Cuba defendemos el liberalismo Los cubanos somos victimas de una total intromisión del estado en nuestras vidas. Lo que a continuación exponemos del capitulo de Las Columnas de la Libertad puede ayudarnos a comprender estas razones: “Al origen moderno del liberalismo hay que localizarlo en Inglaterra. En efecto John Locke, tras contemplar los desastres de Inglaterra a fines del siglo XVII, cuando la autoridad real británica absoluta entro en su crisis definitiva ,dedujo que, para evitar las guerras civiles , la dictadura de los tiranos y los excesos de la soberanía popular, era conveniente fragmentar la autoridad en diversos “poderes”, además de depositar la legitimidad de gobernantes y gobernados en un texto constitucional que salvaguardara los derechos inalienables de las personas , dando lugar a lo que luego se llamaría un Estado de derechos. Es decir, una sociedad racionalmente organizada, que dirime pacíficamente sus conflictos mediante leyes imparciales que en ningún caso pueden conculcar los derechos fundamentales de los individuos. Hoy los cubanos carecemos del derecho- entre otros- a la propiedad privada. El régimen socializa los bienes de los ciudadanos. El Estado se erige en benefactor de todo el conjunto de la sociedad, no permite el desenvolvimiento económico. El sistema es improductivo, por tanto fracasado. Tal vez, muy pronto nos veremos enfrentado al tan ansiado cambio de sistema.El liberalismo, quizás pueda contribuir a resolver el gran problema que enfrenta la nación desde hace 50 años. La economía de mercado es un elemento primario que vemos como el probable remedio eficaz para salir del atolladero. A continuación el autor, expone... “Todo eso lo explicaba el mercado. El mercado era un sistema autónomo de producir vienes y servicios, no controlado por nadie, que generaba un orden económico espontáneo, impulsado por la búsqueda del beneficio personal, pero autorregulado por un cierto equilibrio natural provocado por las relaciones de conveniencias surgidas de las transacciones entre la oferta y la demanda Los precios, a su vez, constituían un modo de información. Los precios, no eran “justo” o “injustos”, simplemente era el lenguaje con que funcionaba ese delicado sistema, múltiple y mutante, con arreglo a los imponderables deseos, necesidades e informaciones que mutua e incesantemente se trasmitían los productores y consumidores. Ahí radicaban el secreto y la fuerza de la economía capitalista: en el mercado. Y mientras menos interfieran en el los poderes públicos, mejor funcionaria, puesto que cada interferencia, cada manipulación de los precios, creaba una distorsión, por pequeña que fuera, que afectaba a todos los aspectos de la economía. Otros de los principios básicos que aúnan a los liberales es el respeto por la propiedad privada. Actitud que no deriva de una concepción dogmática contraria a la solidaridad – como suelen afirmar los adversarios del liberalismo- sino otra observación extraída de la realidad: donde no hay propiedad privada no existen las libertades individuales, pues todos acabamos en manos de un estado que nos dispensa y administra arbitrariamente los medios para que subsistamos (o perezcamos). Donde no hay propiedad privada ni siquiera es posible la rebelión contra la tiranía”. ¿En que más creen los liberales? Obviamente, en el valor básico que le da nombre y sentido al grupo: la libertad individual. Libertad que – al margen de la aceptada declaración Universal de los derechos humanos- se debe definir como un modo de relación con los demás en el que la persona puede tomar la mayor parte de las decisiones que afectan su vida dentro de las limitaciones que dicta la realidad. Esa libertad individual esta- claro- indisolublemente ligada a la responsabilidad individual. Un buen liberal sabe exigir sus derechos, pero no rehuye sus deberes, pues admite que se trata de las dos caras de la misma moneda. Los asume plenamente y entiende que solo pueden ser libres las sociedades que saben ser responsables”. Por ultimo, y para que no quede precepto sin elucidar, el autor del capitulo La Hora del liberalismo, del libro Las columnas de la Libertad. Añade una magistral enseñanza para cualquier demócrata, estudioso y defensor del liberalismo. En este segmento nos sentimos aludidos y es valida la palabra comprender la responsabilidad. Y difundirla dentro de nuestro pueblo. “¿Que otros elementos liberales, realmente fundamentales, habría que añadir a este inventario? Pocos, pero acaso muy relevantes: un buen liberal tendrá perfectamente clara cual debe ser su relación con el poder. Es el, como ciudadano, quien manda, y es el gobierno quien obedece. Es el quien vigila, y es el gobierno quien resulta vigilado. El amo y protagonista es la sociedad civil. Los funcionarios electos o designados –da exactamente igual- se pagan con el erario publico, lo que automáticamente los convierte (o los debería convertir) en servidores públicos sujetos al implacable escrutinio de los medios de comunicación y a la auditoria constante de las instituciones pertinentes. Por ultimo: la experiencia demuestra que es mejor fragmentar la autoridad, para que quienes tomen decisiones que afecten a la comunidad estén mas cerca de los que se vean afectados por esas acciones. Esa proximidad suele traducirse en mejores formas de gobiernos. De lo que se trata es que los poderes públicos no sean más que los necesarios y que la rendición de cuenta sea más sencilla y transparente. Esto es finalmente, lo que creen los liberales. El resto son pamplina”. Finalmente, era necesario presentar una definición precisa de lo que significa ser liberal, lo que nos posibilita ver el comportamiento de la construcción democrática de una adecuada manera. Solo faltaría agregar dos cosas paciencia y diario cumplimiento del deber, lo que puede situarnos en el centro de esta corriente de pensamiento, la que considero de vital importancia para la edificación de una sociedad pluralista en nuestra Cuba. Junio 9 de 2008 |






