Por Eduardo Mesa
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Parece que la cosa se está poniendo mala, o peor, porque nunca hubo una moratoria para recoger armas de la calle, ni un play off de la serie nacional de beisbol por invitación. ¿Cuántos fusiles AK 47, cuántas pistolas modelo Makarov estarán escondidas en los solares y en los “llega y pon”, cuántas están en manos que ya no son confiables? Industriales y Habana tendrán que jugar en un pequeño estadio en San José de Las Lajas. La calle está caliente y es mejor evitar las aglomeraciones de público aunque sea en la pelota, los del D.O.R. con sus reportes diarios han alertado a la Seguridad del Estado.
El Departamento de Orientación Revolucionaria cultiva una subespecie de chivatones hormiga que salen cada día a tomar el pulso, a medir la temperatura de destemplanza o fiebre en la ciudadanía. Migdalia era del D.O.R., salía temprano con su pantalón de láster a montarse en las guaguas, a pegarse a los kioscos de prensa, a chacharear un rato en la bodega, era una mosca o una cucaracha, fue injusto de mi parte comparar su laboriosidad con la de una hormiga. La gente va cogiendo el rostro de su oficio, por eso hay quien tiene cara de médico o de cura, la cara de informante del D.O.R. también existe.
Migdalia tenía instrucciones precisas de no salir al paso a ninguna manifestación contrarrevolucionaria, no tenía que identificar al enojado ciudadano que se cagaba en la madre del Comandante en Jefe, para eso estaban otros, lo suyo era un reporte anónimo sobre las expresiones más comunes de disgusto y de rabia, dicho reporte incluía también observaciones sobre el lenguaje corporal de mujeres y hombres. Le pagaban sólo por eso, pero algunos vecinos sospechaban que ella no se limitaba a llenar cuestionarios y ejercía la chivatería a tiempo completo. Migdalia tenía hijos de un primer matrimonio, eran los más gusanos de una cuadra repleta de gusanos. Su segundo marido era un oficial de rango medio, vestido de aguacate todo el día, sin saludar a nadie.
Todos los hijos de Migdalia se han ido, viven en New York con su papá, un próspero empresario cubano americano. Migdalia se quedó sola con su marido, que ahora es oficial jubilado. Todavía sale a recorrer las calles, nadie sabe si es hábito u oficio lo que la impulsa a dar tan largas caminatas. Los que la conocieron en sus años de gloria la tratan con cuidado, sus hijos le mandan ropa, medicinas, dinero para mitigar la pobreza en que vive a pesar de su extensa hoja de servicios. Ella, aunque los retuvo en aquel infierno hasta que fueron mayores, sigue siendo su madre.
Al play off de Industriales y Habana no irán los fanáticos de siempre, el estadio de San José de las Lajas se llenará de trabajadores destacados del Blas Roca, militantes del partido o la tropa de choque del momento. La Habana está caliente, hay pistolas y fusiles perdidos que nadie va a entregar.
“La cosa” se está yendo de las manos, es la muerte de Zapata Tamayo, negro, pobre, indefenso; son las muertes que esperan en una lista que amenaza con hacerse larga, perdónenme que insista: la cosa se está poniendo mala, la gente está cansada de vivir sin futuro, los de arriba lo saben, los informantes del D.O.R. ya han avisado.