Por Eduardo Mesa
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Yoani es una bloguera, una mujer que escribe crónicas con el puño, tiene de isla y de abismo, aventura de ensoñación y vértigo. Fidel y Raúl le pegarían con gusto un cabillazo: quién la manda a decir lo que piensa, a colarse en las columnas de los diarios, en las portadas de influyentes revistas. Ya ensayaron la primera paliza, ya buscarán el modo.
El peligro del golpe, del secuestro diario, del interrogador con nombre de novela no es el único, también está la envidia, ese animal silencioso que habita en todas partes, su dentellada alcanza la piel del trapecista, la sotana del santo.
Los artistas y los políticos padecen la envidia con más frecuencia que otros, al fin y al cabo construyen sus criaturas con el mismo barro.
El cerco se cierra, la serpiente va hilvanando el círculo, espiral engañosa de su abrazo. El veneno no suele tener nombre, a veces queda el rastro de una letra pero no es suficiente.
Yoani, sabe o debe saber, que los perros cumplirán con su oficio, son los perros del amo. Sabe o debe saber, que los boleros suelen tener razón cuando nos cuentan que este mundo es ingrato. Casi nadie es profeta para los suyos mientras vive. Pocos celebran el éxito ajeno, sobre todo si se trata de un éxito inesperado y rotundo.
Esta mujer tiene encima los ojos de la noche, se cierra sobre ella el cerco de los perros y el de la envidia, vivir es un asunto de vida o muerte.