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La enorme mayoría de nosotros guía sus acciones y comportamiento en la vida según algún tipo de creencias, convicciones o principios, los cuales casi siempre tienen una base religiosa. La mayor parte de los principios y doctrinas que tienen que ver con los derechos humanos y con una existencia armoniosa en sociedad surgen del derecho natural que ha evolucionado a través de toda la historia sustentado por las creencias religiosas.
Como estas creencias básicas derivan en estructuras y doctrinas muy diferentes y a veces divergentes, es indispensable defender a ultranza el reconocimiento de los derechos humanos, que permiten la libertad de conciencia, de religión y de expresión. Sin estas libertades, la armonía y la paz son imposibles. Por lo tanto, no puede de ninguna manera ser políticamente incorrecto que defendamos principios éticos y aspiremos a una moral nacional o internacional desde la base de nuestras creencias.
El problema fundamental del relativismo que se ha enseñoreado de nuestra sociedad en los últimos tiempos es que se trata de una doctrina que atenta contra TODAS esas creencias, convicciones y principios. El derecho a afirmarlos con absoluto convencimiento, al tiempo que reconocemos el derecho de los demás a hacer lo mismo, no implica que estemos obligados a renunciar a nuestra búsqueda particular de la Verdad absoluta ni que se nos impida proclamarla. Tampoco a renunciar a una moral basada en principios claros y establecidos a nombre de un permisivo relativismo.
Es una aberración para cualquier mente objetiva y analítica la pretensión relativista de que no existen hechos o principios universales porque cada cultura tiene una interpretación diferente de ellos. Es como afirmar que no existe una teoría unificada del universo por la sencilla razón de que los físicos no la han descubierto o proponen hipótesis diferentes. Toda cultura tiene una base ética que aspira a la perfección y busca la verdad. Unos pueden estar más cerca y otros más lejos, pero el propósito de esas aspiraciones y búsquedas es el mismo. Ese propósito no es relativo ni tampoco excluyente sino que para ser legítimo debe apuntar al acercamiento, la armonía, el entendimiento, el diálogo, la tolerancia y, en consecuencia, la paz. Entre los cristianos, este propósito se llama Ecumenismo, un término que tiene una raíz muy espiritual de comprensión.
Por lo tanto, no puede ser políticamente incorrecto que naciones o regiones se autodenominen cristianas, judías, budistas, etc. Se trata sencillamente de definir la conciencia colectiva que refleja las creencias –y sus bases respectivas– de la mayoría de la población en esos lugares. Es correcta esta autodenominación hasta el punto en que la mayoría preponderante reconozca y respete los derechos de las minorías y aplique en su política secular los principios ecuménicos de tolerancia y comprensión. En reciprocidad, las minorías no tienen razón alguna de ofenderse por la proyección ética que la mayoría intente plasmar en la sociedad en que vive para lograr el orden necesario para la paz. De hecho, las minorías que impulsan principios relativistas con un falso propósito igualitario están renunciando ellas mismas a su ética fundamental que debiera obligarlos a defender públicamente sus principios y valores, sobre todo cuando se desenvuelven en un ambiente de libertad y democracia.
Restringir derechos y libertades es el resultado del relativismo porque atenta contra nuestra razón de ser particular y nuestro derecho a proclamar y promover nuestro estilo de vida desde una base moral. Una sociedad relativista, carente de moral, es desordenada y se derrumba irremisiblemente.
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