El pasado mes de diciembre se cumplió el décimo aniversario de la suspensión de pagos de la deuda soberana argentina, seguido poco después de la renegociación de la deuda uruguaya, eventos que tienen importantes lecciones para la crisis de la deuda soberana de los países del euro, aunque las semejanzas distan de ser perfectas.
En primer lugar, Argentina se recuperó rápidamente de las severas crisis económica y financiera causadas por la cesación de pagos de 2001 después que impuso una considerable rebaja de su deuda soberana (unos cien mil millones de dólares) que no podía pagar. Argentina a[un continúa sin mayor acceso a los mercados financieros internacionales.
En segundo lugar, la experiencia de Uruguay muestra que los adversos efectos económicos y financieros de una crisis de la deuda son menos severos si desde el principio se emplea una reestructuración ordenada de la deuda en lugar de una cesación de pagos abrupta. Uruguay negoció una reducción de su deuda en un 20%, extendió los pagos restantes a un mayor plazo y en poco tiempo (menos de un año) recobró su acceso a los mercados financieros. Una reestructuración ordenada podría haber ocurrido en Grecia hace dos años, como lo hizo Uruguay hace unos diez años.
En tercer lugar, y más importante, a pesar del impacto inmediato y fuerte de la cesación de pagos de Argentina, hubo poco contagio internacional en el momento del incumplimiento. Este resultado fue contrario a las muchas advertencias en el momento de que tal incumplimiento tendría efectos de fuerte contagio tal como lo tuvo el de Rusia tres años antes, en 1998. El contagio tras el incumplimiento ruso se reflejó en la elevación de los diferenciales del mercado de bonos de Asia y en la posterior crisis financiera en esa región.
La razón de esa notable diferencia es que el FMI y la comunidad internacional fueron claros, al menos después del aumento de los préstamos del llamado blindaje de agosto de 2001 de que cesarían los rescates financieros a Argentina, lo que hizo inevitable una reestructuración de la deuda o al menos fue más predecible que la retirada sorpresiva del apoyo a Rusia en 1998 que entonces causó el contagio. El contagio no es automático si la política es clara y predecible.
Ese temor al contagio expresado durante los últimos dos años con mucha fuerza por Jean-Claude Trichet, el presidente del Banco Central Europeo que terminó el 31 de octubre pasado, ha sido una razón importante de por qué la reestructuración de la deuda soberana griega, que es impagable por su elevado monto en relación al PIB, se haya pospuesto tantas veces. En lugar de reducir el papel de nuevos rescates, como ocurrió en los mercados emergentes después de Argentina, los rescates a Grecia en vez de una renegociación ordenada han tenido el efecto perverso de aumentar el papel de los rescates en Europa y han hecho que la política financiera sea menos predecible. Las expectativas de nuevos rescates disminuyen los incentivos a tomar difíciles medidas para reducir el déficit y la deuda como lo evidenció Italia el año pasado e hizo peor la crisis del euro. En cualquier caso Grecia tiene que ir tarde o temprano a una restructuración de su deuda para recobrar su solvencia e Italia es muy grande para cesar sus pagos y también es muy grande para ser rescatada.
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