Algunas consideraciones normativas básicas sobre las crisis financiera y medioambiental del Golfo de México

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El adecuado equilibrio entre el aprovechamiento de las innovaciones y nuevas tecnologías energéticas y financieras, sus crecientes complejidades y la necesidad que sus regulaciones sean apropiadas, constituye uno de los mayores desafíos que las sociedades modernas deben enfrentar decididamente en el siglo XXI. El problema primordial de la combinación de las nuevas tecnologías, la creciente complejidad y las efectivas regulaciones de los mercados se da también en muchas otras actividades y sectores de las sociedades modernas.

La economía nos enseña que, cuando hay una gran incertidumbre sobre posibles riesgos catastróficos, es peligroso confiar únicamente en los mecanismos de libre mercado ("laissez faire") limitando los riegos de los inversionistas para determinar los resultados.   Lamentablemente, los economistas tenemos serias deficiencias sobre cómo regular actividades complejas y en constante transformación a través del tiempo por las innovaciones y las nuevas tecnologías, particularmente si además tienen grandes incertidumbres y riesgos mayores, así cómo diseñar las instituciones reguladoras sólidas que cuiden apropiadamente por el interés social.
Hasta que se entiendan bien estos problemas, podemos estar condenados a vivir en un mundo de regulaciones desproporcionadas, ya sea por exceso o defecto.

Así el sector financiero de EEUU está reclamando que las nuevas regulaciones en consideración por el Congreso podrían ser excesivas y frenarían el crecimiento, a la vez muchos economistas académicos consideran que serían marcadamente deficientes para evitar otra crisis y sus nefastas secuelas. Es decir, las nuevas regulaciones pudieran tener efectos indeseados por exceso de frenar y dificultar nuevas innovaciones financieras, o por defecto generar las condiciones para una nueva crisis. Pronto EEUU afrontará las mismas preocupaciones y debates en materia de decisiones energéticas en relación con el petróleo y el gas.

Las innovaciones y las nuevas tecnologías brindan beneficios al crear nuevos bienes y servicios para mantener el progreso y aumentar el grado de bienestar social. Aún así, con todas esas nuevas tecnologías y las regulaciones existentes, que no siempre se diseñan ni aplican bien, es difícil prevenir una gran catástrofe como el derrame de petróleo de British Petroleum (BP) del Golfo de México o como la gran recesión-crisis financiera del 2008-2009.

Aún dadas las serias implicaciones de lo que está en juego para la sociedad, como se aprecia del catástrofe ecológica del Golfo de México y las nefastas secuelas de la gran recesión del 2008-2009, es muy difícil lograr un consenso y convicción sobre lo que se debe hacer.

Los países avanzados, que son los que están mejor preparados para permitirse restringir algo el crecimiento a largo plazo, postergando o limitando el aprovechamiento de las innovaciones, y deben dar el ejemplo cubriéndose de riesgos catastróficos.

Así en tanto siguen brotando millones de litros de crudo del pozo de petróleo de BP del Golfo de México y el problema inmediato es cómo mitigar la extraordinaria catástrofe ambiental que se agrava por momentos y cómo prevenir situaciones similares en el futuro próximo. La catástrofe plantea un problema fundamental mucho más profundo, la forma cómo las sociedades modernas pueden regular apropiada y efectivamente el aprovechamiento de las nuevas tecnologías y las actividades complejas para prevenir riesgos catastróficos.  La rapidez de las innovaciones tecnológicas hace difícil las labores de los reguladores para enfrentar y prevenir los problemas derivados. Pero hay que intentarlo para evitar catástrofes.

El paralelismo entre el derrame del petróleo y la reciente crisis financiera es demasiado doloroso. De una parte, los beneficios de las innovaciones; de otra parte, la complejidad, la falta de transparencia y la inadecuada regulación para evitar eventos catastróficos.

Grupos de presión muy poderosos económica y políticamente ejercen grandes presiones sobre el gobierno para aplicar de inmediato las nuevas innovaciones tecnológicas. Es un problema mayor para el presidente Barack Obama, el haber propuesto –presionado por la oposición republicana, bajo el lema de "drill baby drill"- las perforaciones en los océanos en busca de petróleo poco antes de que se produjera la catástrofe de BP.

Los avances de la tecnología del petróleo, como los de los instrumentos financieros, eran muy convincentes y seductores. Los ejecutivos de las empresas petroleras consideraban que podían perforar sin mayores riesgos hasta una profundidad de dos kilómetros y después un kilómetro en sentido horizontal y acertar en el blanco con un margen mínimo de error de unos pocos metros y sin mayores riesgos.  Así, en lugar de un mundo en el que se habría llegado a la tasa máxima de extracción de petróleo y con recursos cada vez más escasos, las nuevas tecnologías ofrecían la posibilidad de aumentar el suministro de petróleo para la próxima generación. También las autoridades de EEUU fueron influidas por la preocupación de la estabilidad del suministro de petróleo del Medio Oriente y de Venezuela, que representa una proporción muy elevada del consumo estadounidense.

De momento todo está en duda. Las perforaciones marinas de EEUU podrían seguir la misma trayectoria que la energía nuclear, y los nuevos proyectos podrían engavetarse por décadas y, como sucede frecuentemente, una crisis en un país puede extenderse a ser mundial, si muchos otros países reducen drásticamente los proyectos de perforaciones marinas. ¿Pondrá Brasil en peligro sus maravillosas playas y costas para extraer petróleo, ahora que lo ocurrido ha hecho evidente los riegos de lo que podría suceder?

Hay mucha más preocupación por las perforaciones profundas en cualquier medio ambiente delicado y el problema no se limita al petróleo. En materia de energía hay noticias recientes sobre los importantes avances tecnológicos para explotar el gas. Como hay notables reservas de gas cerca de zonas pobladas, los gobiernos tendrán que dominar su entusiasmo y preocuparse por realizar un análisis cuidadoso de los riesgos y los beneficios.

En contraste las crisis financieras parecen más controlables. Las burbujas especulativas y las crisis bancarias han sido endémicas y recurrentes por siglos. Pese a ser horribles y con secuelas muy negativas a mediano plazo, las sociedades las han sobrevivido.

Quienes consideraban antes de la reciente gran recesión que estamos en la "gran moderación" y "esta vez es diferente", resultaron estar equivocados. Aún cuando no se esté progresando a la hora de evitar las crisis financieras, tampoco la situación ha empeorado si se contrasta la Gran Depresión de los años 1930s con la Gran Recesión del bienio 2008-2009.

Las autoridades públicas del G-20 aún no han tapado completamente el agujero existente en el sistema financiero. Lo muestran sobradamente los grandes problemas de la deuda soberana en la zona euro y los que están conformándose en EEUU, Japón y otros países. Sin embargo, hasta ahora los esfuerzos de las autoridades del G-20 parecen ser más efectivos que los de los ejecutivos de BP de tapar el agujero de petróleo en las profundidades marinas.

Si alguna vez ha habido una llamada clara para despertar a la sociedad civil a fin de que participe activamente en el replanteamiento de la utilización y regulación de las cada vez más rápidas innovaciones tecnológicas, no cabe duda que lo ha sido el catastrófico derrame de BP en el Golfo.


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Rolando H. Castañeda, con nosotros desde / has been with us since Jueves, 09 Agosto 2007.

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