El presidente general Raúl Castro está realizando “sin (ninguna) prisa, pero sin pausa” reformas (“actualizaciones”), palabra que no solo denota, sino que también determina una sombría realidad. Algunas de las reformas son significativas e irreversibles, pero se aplican en forma parcial, estrecha y limitada. Por eso sus efectos son insuficientes para superar la insostenible crisis nacional. La amplia, profunda y prolongada crisis y, por consiguiente, la mediocridad de la economía cubana son resultados de la inercia e incapacidad de generar suficientes cambios de un sistema pasado de moda y fracasado que responde a planteamientos del siglo XX y que es incapaz de renovarse y desencadenar una dinámica progresiva en el siglo XXI. Un buen gobierno sabe distinguir los desafíos que le imponen los tiempos y su obligación es aprovecharlos.
Raúl Castro ha caracterizado la crisis nacional con las siguientes manifestaciones: el salario no alcanza para cubrir las necesidades básicas, se requieren cambios estructurales y conceptuales, estamos al borde del precipicio, etc. Estos pronunciamientos si bien son muy reveladores de las fallas fundamentales del sistema, son incompletos, porque ignoran o evaden problemas fundamentales, entre ellos, la carencia de una política macroeconómica prodesarrollo que elimine los obstáculos al crecimiento del país. Entre ellos: (1) el amplio desempleo encubierto resultado de la ineficiencia de las empresas estatales pero también de la burocratización y de la corrupción social que Raúl censura infatigablemente, pero que no corrige sino por el contrario acentúa con las medidas adoptadas; (2) la escasez de los recursos externos, secuela de una distorsionadora dualidad monetario-cambiaria que se defiende con sofismas inmovilistas (“hay que aumentar la productividad antes de eliminar la dualidad” cuando es completamente al contrario); y (3) la baja tasa de inversión y la emigración de la juventud que continúan descapitalizando al país.
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