¡Qué Diferencia!

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El ex gobernador Bill Richardson, enviado especial a países problemáticos de cuanto gobierno demócrata ha pasado por la Casa Blanca, acaba de marcharse de Cuba sin haber logrado no ya que el régimen de La Habana liberara al contratista Alan Gross, como muchos pensaron, sino ni siquiera que le permitiese verlo en la cárcel.

El fiasco ha dado motivo incluso a una caricatura de El Nuevo Herald, menos graciosa que de costumbre, pero que refleja la amarga realidad. El visitante, portando una maleta vacía, aprende que las autoridades cubanas no desean un mejoramiento de relaciones con Estados Unidos, lo cual el autor del chiste equipara a descubrir el agua tibia.

Por supuesto, no creo que el caricaturista tenga razón al suponer que un negociador tan avezado como Richardson esté ajeno a las preferencias políticas castristas. Me entrevisté con él años atrás, durante una visita anterior, y pude constatar no sólo su perfecto dominio del español, que aprendió de su mamá, sino también su agudeza y la amplia información con la que contaba.

Lo que ni él ni nadie previó es que, después que quienes pueden hacerlo lo invitaran a visitar La Habana, lo desairasen de modo tan cruel y absurdo. En ese contexto, resultó particularmente descortés la negativa a facilitarle la entrevista con Gross, en lo cual muchos observadores han creído ver una muestra de las contradicciones existentes en el seno del régimen castrista.

 

Se impone aquí una comparación con el caso de los cinco espías cubanos encarcelados en Estados Unidos, que hace unos días volvieron a las primeras planas al cumplirse trece años de su arresto. Y conste que, al hacer ese parangón, no estoy poniendo en plano de igualdad el caso del contratista norteamericano y el de esos cinco señores.

 

Gross se limitó a introducir por la aduana un equipo de comunicación satelital que pensaba obsequiar a sus correligionarios, el cual es de uso común en todo el mundo. Por esa tontería está cumpliendo quince años de prisión, lo que me ha hecho preguntarme cuál habría sido la pena si el objeto de su tráfico hubiese sido algún explosivo letal.

El caso de los cinco miembros de la Red Avispa es todo lo opuesto. Los propagandistas del castrismo y tontos útiles del mundo corean que sólo se infiltraron en grupos terroristas para evitar afectaciones a Cuba y a los mismos Estados Unidos, país al que —según afirman— no atacaron en absoluto. Tanto lo han repetido, que algunos tal vez crean que es verdad.

Pero quien tenga un conocimiento siquiera somero de su largo juicio, tendría que preguntarse: ¿Y que hacía uno de los agentes trabajando en una base militar? ¿Qué hay de la serie de mensajes cruzados con La Habana y que los criptólogos estadounidenses lograron descifrar?

¿Por qué en esas comunicaciones se preveían contraseñas especiales que debían ser pronunciadas por radio para evitar el derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate en caso de que algún agente de Cuba tuviese que viajar en ellas? Y aunque lo que sigue se descubrió después del juicio: ¿Qué hacía Ana Belén Montes informando a la Red todo lo que lograba averiguar en su trabajo del Pentágono!

Todas estas interrogantes son oportunas, pero lo fundamental es contrastar el tratamiento diferente otorgado por las autoridades carcelarias de Cuba y los Estados Unidos a sus respectivos reos, pese a las diferencias ya señaladas entre los actos de uno y otros: mientras Richardson tiene que irse con las manos vacías, Danny Glover, buen actor y pésimo político, acaba de ser premiado en La Habana.

Factor determinante de ese galardón ha sido la militancia del artista hollywoodense en pro del gobierno cubano y sus cinco espías. En un larguísimo y aburrido promo muy repetido por TeleSur, Glover narra su entrevista con el jefe de Los Cinco en una prisión californiana.

Nadie le impidió visitar a Gerardo Hernández, pese a que éste había hecho muchísimo más que pensar en regalar un equipo de comunicación, pues era jefe de una red de espionaje y participó en la preparación del derribo en aguas internacionales de dos avionetas desarmadas.

A Richardson, invitado a La Habana por las autoridades cubanas, ni siquiera le permitieron entrevistarse con su compatriota preso. ¡Qué diferencia!

La Habana, 16 de septiembre de 2011

René Gómez Manzano, Abogado y periodista independiente


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Author of this article: René Gómez Manzano

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