El Neoliberalismo y la Ética

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Neoliberalismo se ha convertido prácticamente en una mala palabra tergiversada por las constantes campañas de desinformación de los enemigos de la democracia y de las libertades indispensables para ponerla en práctica.

Para aclarar algunas confusiones, conviene destacar que el neoliberalismo redefine las doctrinas liberales para el mundo contemporáneo a partir del teorema Arrow-Debreu, que calcula los resultados de las decisiones individuales que toman las familias y las empresas en una sociedad libre.  "La mano invisible", como muchos califican este proceso, ha venido a ser artículo de fe para los neoliberales.  Esta "mano invisible" es una fuerza todopoderosa que conduce al equilibrio del mercado sin que sea necesario un coordinador para lograrlo.  Uno de los adalides del neoliberalismo, Firedrich von Hayek, define en su obra este fenómeno como el concepto del “orden espontáneo”.  Con estas bases conceptuales, y con el aporte de Ludwig von Mises y otros, se funda la “Escuela Austriaca”, que matiza los desequilibrios que provoca la competitividad con un dinamismo que estimula el progreso y la movilidad de quienes mejor complacen las necesidades de los consumidores.  A su vez, esta influye en un grupo de economistas –Milton Friedman, Gary Becker, George Stigler, Richard Posner y otros– que desde Chicago proyectan la “economía neoliberal” que ahora conocemos como motor del desarrollo del primer mundo durante la última mitad del siglo XX.

En resumen, neoliberalismo implica descentralización de la política económica.  Por el contrario, la centralización de los sistemas políticos propicia una creciente interferencia en los procesos económicos con el propósito de coordinar la oferta y la demanda para lograr un equilibrio óptimo ventajoso para todos.  Empero, es imposible para un dictador, un ministerio o una institución reguladora calcular todos los factores que implican decisiones individuales, gustos, modas, aspiraciones, costos, gastos superfluos, emociones y miedos, entre muchos otros factores fortuitos que influyen directamente en la economía, pero de modo distinto en cada sociedad, además de otras circunstancias incontrolables como el clima, los desastres naturales, etc.  Por tanto, la centralización económica que promueve el socialismo, cuanto mayor es el control que pretende ejercer, más desastrosas distorsiones provoca.

Por otra parte, la ciencia económica se basa en teoremas y modelos con bases matemáticas racionales que sirven de patrón y guía para interpretar lo que sucede e intentar algún tipo de planeamiento básico, pero que no pueden determinar siquiera el resultado aproximado que su aplicación tendrá debido a las tantísimas variantes que provoca la intervención de las decisiones humanas y de las circunstancias imprevistas y desastres.  Aunque un modelo como Arrow-Debreu demuestre la posibilidad de alcanzar un orden espontáneo en cualquier sistema económico, no demuestra que ese orden se logrará.  Esto significa que el papel regulador del Estado es necesario para enfrentar y ajustar estos factores cambiantes en lo posible, aunque sin llegar al nocivo control político de los procesos económicos.

Los economistas moderados hacen hincapié en el papel del Estado en cuanto a su función protectora tanto del consumidor como de la libre empresa y promotora de una política de justicia social que se derive de un ambiente nacional de colaboración a favor del bien común y para satisfacer necesidades básicas.  Richard Posner (Economic Analysis of Law, 1998) afirma que la eficiencia es la condición más necesaria de la justicia y que ésta no debe derivar en un proceso derrochador de recursos.  En otras palabras, que la justicia social como política de Estado debe basarse en proyectos orientados a mejorar el bienestar de la población dentro de parámetros eficientes de equilibrio económico.

El endeudamiento excesivo de cualquier sociedad o el empobrecimiento resultante de un derroche no productivo e ineficiente de recursos no puede justificarse con la etiqueta de "justicia social".  Por rica que sea, toda sociedad cuenta con recursos limitados y la función primordial de los gobernantes consiste en saber utilizarlos eficientemente para que sus planes y proyectos de bienestar y desarrollo sean costeables.  El grave error del populismo consiste en su falta de pragmatismo ante estas realidades.  El gasto excesivo o distorsionado es "bueno" para el gobernante que no deberá enfrentar sus consecuencias.  Es "bueno" para quienes se benefician del derroche momentáneo.  Pero es malo para el grupo social porque atenta contra el bien común a largo plazo.

Si tuviera espacio, sería oportuno analizar el “concepto de eficiencia de Pareto”, pero me limitaré a señalar que este ilustre economista y sociólogo del siglo XIX postuló la existencia de un punto óptimo en el cual no es posible beneficiar a más elementos de un sistema sin perjudicar a otros.  Las políticas populistas violan este concepto con decisiones que perjudican a una minoría a fin de beneficiar supuestamente a una mayoría.  El problema es que el efecto acumulativo de más y más decisiones como esta, acaba por perjudicar a las mayorías también.  Peor aún, tienden a fomentar políticas dictatoriales.

El neoliberalismo ha pecado de exceso de confianza en la racionalidad de las decisiones humanas y en su capacidad autoregulatoria.  Las consecuencias han sido la especulación desenfrenada y la corrupción como motores de una burbuja de crecimiento insostenible aprovechada por estafadores, manipuladores y oportunistas.  Le ha faltado también el elemento de responsabilidad ante las necesidades humanas y ante su incapacidad de defender eficazmente sus intereses individuales.  Alentó el enriquecimiento improductivo y careció de una base de justicia social. Empero, la reforma indispensable no consiste en centralizar en la política las decisiones económicas sino en asumir las responsabilidades básicas de protección y reglamentación que corresponden al Estado en un proceso democrático.

El proceso que desembocó en la crisis financiera que nos aqueja destaca la falta de ética como razón fundamental del problema.  No se trata de teorías económicas fracasadas sino de la ambición inescrupulosa desatada por gobiernos demasiado permisivos o resueltamente corruptos.  Su Santidad Benedicto XVI acaba de regalarle a la humanidad una encíclica titulada Caritas in veritate.  Si bien, como documento religioso y filosófico, hace hincapié en la caridad y la verdad para sanar los pecados del mundo, es sumamente pertinente también en el momento actual por el enfoque resuelto a la necesidad de fomentar un Nuevo Orden Económico nacional e internacional basado en la ética.

"La ganancia es útil si sirve como medio hacia un fin", afirma. "Una vez que la ganancia se convierte en el fin exclusivo, si se produce por medios indignos y sin tener el bien común como fin último, corre el riesgo de destruir la riqueza y crear pobreza".   Hace hincapié en el bien común, como es de esperarse en cualquier enseñanza cristiana.  Pero tiene sentido también desde la perspectiva de la ciencia económica.  El bien común es el resultado de la mano invisible que empuja a la sociedad hasta alcanzar un orden espontáneo.  No obstante, como en el caso del neoliberalismo, el ideal cristiano puede resultar utópico si lo dejamos al libre albedrío de las ambiciones humanas.  El Estado tiene una responsabilidad de velar por el bien común.  No con una prepotencia centralizadora sino promoviendo la libre empresa con la determinación de proteger a los ciudadanos mediante la aplicación de las leyes y el mantenimiento del orden en un régimen democrático y transparente.


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Gerardo E. Martínez-Solanas, con nosotros desde / has been with us since Viernes 09 de Septiembre de 2005.

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